LOGINEn la voz de AnnLas horas previas a la llegada de Mauro habían sido un infierno absoluto. Postrada en esa cama, sintiendo el tirón punzante de la sutura en mi abdomen cada vez que intentaba respirar profundo, mi mente solo podía reproducir una y otra vez la imagen de Gonzalo arrancándome el cochecito. La angustia me desgarraba por dentro, dejándome rota, sin aire y al borde del colapso.Por eso, cuando Mauro entró por esa puerta y me sostuvo entre sus brazos para darme la noticia, sentí que la vida regresaba de golpe a mi cuerpo. Mateo estaba a salvo. Estaba abajo, en pediatría, fuera de peligro.—Necesito verlo, Mauro... Por favor, llévame con él —le supliqué entre lágrimas, aferrándome a su camisa.Él no lo dudó ni un segundo. Con infinita paciencia y extrema delicadeza, me ayudó a incorporarme de la cama. Deslizó su brazo alrededor de mi cintura, sosteniendo la mayor parte de mi peso para evitar que hiciera cualquier esfuerzo abdominal. Cada paso por el pasillo del hospital e
En la voz de Mauro No podía soltarlo. Aunque las manos me temblaban sin control y la adrenalina aún me quemaba las venas como ácido, pegué a Mateo contra mi pecho con una fuerza casi desesperada. Sentía el calor abrasador de su piel por la fiebre y el ritmo frenético de su pequeño corazón latiendo contra el mío. Los paramédicos que me abordaron en la azotea de aquel edificio en ruinas entendieron de inmediato que intentar quitármelo de los brazos sería completamente inútil. Con enorme profesionalismo y una paciencia infinita, comenzaron a examinar a mi hijo directamente sobre mí mientras me ayudaban a abordar la ambulancia.Mientras el vehículo avanzaba a toda marcha por la avenida, esquivando el tráfico con las sirenas abiertas cortando la tarde, Alejandro se inclinó hacia mí con el rostro ensombrecido por la culpa y la frustración.—Mauro... ese infeliz tenía una ruta de escape muy bien planificada desde antes —me comunicó en un murmullo tenso, sosteniendo su radio de comunicac
El motor de la van blindada zumbaba en un tono bajo mientras avanzábamos por la zona industrial abandonada. Alejandro iba al volante y el veterano jefe de seguridad revisaba por última vez su equipo en el asiento trasero. Nadie hablaba. La tensión dentro del vehículo se podía cortar con un cuchillo.—Nos detendremos aquí, señor Vance —indicó el jefe de seguridad, señalando un tramo de vía destrozada—. Estamos a una distancia prudente. El rastreo satelital confirma que la señal salió de ese complejo. Nosotros nos desplegaremos por los flancos. No intervendremos a menos que su vida corra peligro inminente.Asentí en silencio. Descendí del vehículo y saqué del maletero los dos pesados morrales con los diez millones de dólares en efectivo. Ajusté los tirantes sobre mis hombros y me adentré a pie en aquel sector desolado.El paisaje era desolador: maquinaria industrial descompuesta, carrocerías oxidadas de camiones, montañas de basura y una capa densa de polvo que el viento caliente levant
En la voz de AlexandraCaminaba de un lado a otro por la oficina, sintiendo que los muros de Vance Enterprises se me venían encima. El aire se me hacía cada vez más denso. Las acciones de ese demente de Gonzalo nos estaban arrastrando al borde del precipicio a los dos; el muy imbécli se había sobrepasado por completo y su desesperación lo estaba volviendo impredecible.Cuando el teléfono encriptado sobre mi escritorio comenzó a vibrar, el corazón me dio un vuelco violento. Lo tomé con torpeza y contesté de inmediato.—¿Te volviste loco del todo, Gonzalo? —siseé en un murmullo furioso, pegando el auricular a mi boca—. ¡Llamar a Mauro a exigirle diez millones! ¡Estás atrayendo a toda la policía sobre tu cabeza!—Ahorrate los regaños, Alexandra —se burló Gonzalo desde el otro lado de la línea, con esa risa áspera que me revolvía el estómago—. Es el precio por el paquete. Vance va a pagar cada centavo si quiere volver a ver a su bastardo.—Escúchame muy bien —interrumpí con la respiración
Han pasado cuarenta y ocho horas. Dos días completos de un infierno sofocante que me está consumiendo vivo.Mi propio equipo de seguridad privada, contratado con los mejores recursos de la familia Vance, no ha encontrado una sola pista sólida. La policía despliega operativos, patrulla las calles y revisa cámaras de seguridad, pero no tienen nada. Absolutamente nada.Alejandro, mi mano derecha, intenta sostenerme junto al jefe de seguridad en la oficina improvisada que montamos en el hospital.—Mauro, tienes que respirar, tienes que mantener la calma —me repite Alejandro por décima vez en la mañana, poniéndome una mano sobre el hombro—. Si te derrumbas tú, nos quedamos sin dirección.—¿Que me mantenga en calma? —espeté, apartándome de un manotazo mientras los venas del cuello se me marcaban de la rabia—. ¡Mi mujer, el amor de mi vida, está postrada en una cama de hospital destrozada por dentro! ¡Y yo ni siquiera puedo estar a su lado consolándola porque el fruto de nuestro amor está en
En la voz de MauroLas horas en aquella habitación de cuidados intensivos se sentían eternas. El constante pitido del monitor cardíaco era el único sonido que rompía el pesado silencio de la noche. Me mantenía sentado al lado de la cama, sosteniendo la mano de Ann, observando la palidez de su rostro y la venda que cubría la parte inferior de su abdomen. Mis dedos estaban fríos, pero no me atrevía a soltarla. Cada minuto sin saber dónde estaba Mateo me quemaba las entrañas.De pronto, sentí un leve movimiento en sus dedos.Ann comenzó a parpadear despacio, aturdida por los efectos de la anestesia y los analgésicos. Sus ojos recorrieron el techo blanco, desorientados, hasta que finalmente se posaron en mí.—Mauro... —murmuró en un hilo de voz seco, casi imperceptible.—Aquí estoy, mi amor. Aquí estoy contigo —dije de inmediato, poniéndome de pie y acercándome a su rostro para besar suavemente su frente.Pero en cuestión de segundos, la bruma del medicamento se disipó y el recuerdo del a







