登入En la voz de Mauro
El silencio de mi apartamento se sentía más pesado de lo normal. Entré lanzando las llaves sobre la mesa del recibidor, me desabroché el cuello de la camisa y me dejé caer en el sofá. Toda mi vida había estado rodeado de lujo y mujeres superficiales, pero esa mañana una extraña sensación de vacío se me instaló en el pecho, una molestia que no podía sacudirme del cuerpo.
Tenía que saber quién era aquella dama. Jamás me había sentido tan bien con alguien. No era solo la atracción física; era su combinación perfecta de belleza, dulzura y esa mente brillante que me había dejado fascinado bajo las estrellas. Era única. Y yo, como un completo idiota... m****a, ni siquiera le había preguntado su nombre. Al despertar en el observatorio la cúpula ya estaba bañada por la luz de la mañana y me encontré completamente solo. Lo único que había dejado atrás era un sutil e inconfundible rastro a vainilla impregnado en la tela de mi saco y en las sábanas. Una sombra escurridiza que se me había escapado entre los dedos. No podía quedarme de brazos cruzados. Me duché a toda prisa, me vestí y salí directo a la corporación. Al llegar al piso ejecutivo, caminé con paso firme hacia la oficina principal. —Adela —llamé a la secretaria de mi padre tan pronto como crucé la puerta de recepción. —Buenos días, joven Mauro. ¿En qué puedo ayudarle? —Necesito de inmediato el listado completo de asistentes a la gala de anoche. Absolutamente todos los nombres. Adela asintió con eficiencia y, a los pocos minutos, entró a mi oficina dejando una carpeta sobre el escritorio. Comencé a revisar los nombres uno a uno con desesperación. Todos eran conocidos: herederos de familias con las que teníamos negocios, proveedores de alto nivel y un puñado de analistas juniors de la empresa que habían recibido invitación. Quizás ella era una de las jóvenes profesionales que recién ingresaba a la firma, o tal vez había venido como acompañante de alguno de los invitados. La idea de que estuviera vinculada a otro hombre me revolvió el estómago. Tenía que ser metódico. Tomé el teléfono corporativo y marque el número directo de Alejandro, mi mejor amigo y el único en quien podía confiar para este tipo de asuntos. —¿Qué pasó, Mauro? —contestó Alejandro al segundo tono, con voz somnolienta—. Apenas son las nueve de la mañana y anoche la fiesta terminó tarde. —Necesito que me ayudes a encontrar a una mujer —fui directo al grano, paseándome de un lado a otro detrás de mi escritorio—. La vi anoche en la gala. Llevaba un vestido verde esmeralda. Necesito saber quién es, Alejandro. Se hizo un silencio al otro lado de la línea, seguido por una risa incrédula. —¿Estás loco? Estuve en la gala toda la noche, hablé con media fiesta y te juro que no vi a ninguna chica con un vestido esmeralda. ¿Estás seguro de que no te lo soñaste? —No me lo soñé —apreté el puño sobre la madera del escritorio, sintiendo cómo el recuerdo de su piel y su aroma a vainilla me quemaban la memoria—. Estaba allí. Se fue al amanecer y no tengo su nombre, pero necesito encontrarla. Alejandro soltó un largo resoplido de resignación a través del auricular. —Está bien, está bien. Si el gran Mauro Vance está perdiendo la cabeza por una aparecida, esto debe ser serio. Pásame la lista de invitados y hablaré con la gente de logística y relaciones públicas a ver si alguien la vio salir. Pero no te prometo nada, amigo. —Solo encuéntrala —sentencié antes de colgar. Me apoyé contra el ventanal de mi oficina, observando los rascacielos de la ciudad. No me importaba cuánto tiempo me tomara ni cuántos recursos tuviera que mover: la mujer del vestido esmeralda no se iba a quedar como un simple fantasma en mi vida.POV MARIANA La llegada de un mensajero rompió el murmullo habitual de las diez de la mañana en la redacción. Varios compañeros levantaron la cabeza de sus pantallas al ver la cajita azul profundo que el muchacho traía entre las manos, rematada por un moño de seda dorada. —Vaya, Mariana... parece que alguien tiene pretendiente—comentó Carlos desde el escritorio de al lado, silbando con picardía mientras el chico depositaba la caja justo en el centro de mi mesa. Firmé la planilla de recepción intentando mantener la compostura, pero sentí cómo las miradas de media sección se clavaban en mi sitio. La más evidente, por supuesto, era la de Tatiana. Salió de su cubículo sosteniendo un vaso de café, haciendo sonar sus tacones sobre el piso de mármol a un ritmo lento y deliberado. Se detuvo a medio metro de mi escritorio, recorriendo la caja con sus ojos y una sonrisa cargada de un veneno sutil. —Bueno, bueno... —soltó Tatiana, inclinando la cabeza con una lástima estudiada—. Q
POV de Alejandro Tenía una reunión con el departamento de finanzas a las once. A las diez y media estaba parado frente a la puerta de una joyería del centro, con las manos en los bolsillos, como si fuera a asaltarla.Nunca había comprado un regalo romántico. Lo que había hecho durante años era pedirle a mi asistente que enviara flores, o dejar una tarjeta de crédito sobre una barra. Eso no contaba.Wanda me miraba desde el coche, con los brazos cruzados y una sonrisa que no se molestaba en disimular. Le hice un gesto para que se fuera. No se movió.Entré.La tienda olía a cera y a madera. Una vendedora de unos cuarenta años, de gafas con cadena y pelo canoso recogido, levantó la vista desde el mostrador. La vi reconocerme. Alzó una ceja con elegancia, como quien ve entrar a un personaje de revista.—Buenos días, señor Santoro.—Buenos días. Necesito un regalo. —Me aclaré la garganta—. Para una persona.—Una persona. —Asintió con toda seriedad—. ¿Se trata de una persona en particular?
POV de Mariana Lo primero que sentí al escucharlo fue alivio. Lo segundo, una ternura tan inoportuna que tuve que apretar la mano que él aún sostenía para no deshacerme ahí mismo, en el pasillo. Hablaba como un loro, sí. Un loro muy guapo, despeinado, con la corbata floja y cara de haber ensayado el discurso en el coche y haberlo perdido a la mitad. Pero cada frase era verdad. Y yo llevaba una hora sentada en la oscuridad del sofá, convencida de que alguien me había dicho la verdad solo para lastimarme, y ahora la misma verdad llegaba por su boca, sin adornos. Lo llevé a la cocina. Necesitaba ocupar las manos, y las suyas también. —Siéntate —dije, señalando los taburetes de la isla. Se sentó. Lo vi mirar alrededor con respeto, como quien entra a un sitio ajeno y teme tocar algo. Yo llené la cafetera, medí el café con más cuidado del necesario, y el olor empezó a llenar el silencio. —Ya lo sabía —dije, de espaldas a él. —¿Qué? —Lo de la compra. Me lo dijeron esta noche, en la
POV de Alejandro Ferrán me alcanzó junto al guardarropa, cuando ya iba por mi abrigo. —Alejandro. —Tío. Se quedó un momento callado, con las manos a la espalda, mirando hacia la puerta por donde Mariana había salido del brazo de Damián. No me preguntó nada. No hacía falta. —La chica me cae bien —dijo al fin—. Hablé con ella un rato. Es de las que preguntan lo incómodo y no se ofenden con la respuesta. —Lo sé. —Entonces no cometas el error de tu padre. —Su voz bajó—. Él creía que callar era una forma de proteger. Casi siempre es una forma de esconderse. Sé sincero con ella. Antes de que alguien lo sea por ti. Lo miré. Había algo en cómo dijo alguien que me dejó inquieto. —¿Qué quieres decir? —Nada. Una intuición de viejo. —Me dio una palmada seca en el hombro—. Vete a casa. Le hice caso, al menos en la dirección. Wanda me llevó al apartamento sin una sola pregunta. Entré, tiré el saco sobre una silla, me serví un vaso de agua y me quedé mirando la ciudad por el ventanal. C
El Hotel Meridiano tenía el salón lleno de luz dorada y de gente que sonreía con los dientes y no con los ojos. Alejandro cumplió lo prometido: me presentó a una operadora de resorts, a un gerente de reservas y a una creadora de contenido con dos millones de seguidores, y después se apartó con una inclinación de cabeza, sin tocarme y sin mirar atrás. En cuarenta minutos tenía tres entrevistas agendadas y la libreta medio llena. Lo busqué de reojo y lo vi al otro lado del salón, hablando con alguien, de espaldas. Respetaba mi espacio con tanta disciplina que casi dolía. —Señorita Valenzuela. Me giré. Un hombre de unos sesenta años, canoso, de traje oscuro y gesto seco, sostenía una copa de agua con gas. —Ferrán Santoro. —Su apretón fue breve y firme—. Leí su reportaje sobre mi sobrino. Se me tensaron los hombros, pero él no sonreía con ironía. Me miraba como se mira un balance. —Escribió que Alejandro parece haber decidido quién quiere ser. ¿Lo creyó, o quedaba bien como cierre?
POV de Mariana El mensaje llegó un martes a las nueve y diez de la noche, cuando yo ya llevaba una hora fingiendo que leía en el sofá. "Señorita Valenzuela, el viernes la Asociación Hotelera celebra su aniversario con un cóctel en el Hotel Meridiano. Asistirán operadores, inversionistas y varios creadores de contenido del sector turístico. Pensé que podrían servirle de fuentes para su reportaje. Si le interesa, la incluyo en la lista de invitados. Sin compromiso." Lo leí dos veces. Después dejé el teléfono boca abajo sobre el cojín, como si pudiera morderme. Ni una palabra sobre la gala. Ni sobre la portada, ni sobre la escalera. Un mensaje impecable, de esos que se escriben cuidando cada coma. Y justamente por eso me costaba tanto contestar. Es útil, pensé. Es muy útil. Llevaba una semana intentando que un creador de contenido me respondiera una entrevista, y los operadores hoteleros no contestaban llamadas de la prensa. En un cóctel, todos ellos estarían en la misma sala, con







