LOGINEl peso de la mañana comenzó a colarse por la gran cúpula del observatorio, pintando el lugar con un tono azulado y frío. Abrí los ojos despacio, sintiendo el cuerpo liviano y una extraña paz que no experimentaba hacía años.
A mi lado, aquel desconocido descansaba plácidamente sobre el sofá, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo constante y una sábana rodeándole la cintura. Se veía tan diferente dormido: la severidad de su rostro se había disipado por completo, dejándolo lucir peligrosamente atractivo. Me quedé mirándolo unos segundos, consciente de que ni siquiera sabíamos nuestros nombres. Él no sabía que yo era Ann, la chica invisible de logística, y yo solo sabía que él era un hombre asombroso, culto y extrañamente protector. Decidí que era mejor así. Un hombre como él pertenecía a un mundo de elegancia, Audi y telescopios privados; yo solo era la nerd que pasaba los días escondida entre carpetas de una corporación. Cruzar nuestras vidas fuera de esa noche no tenía sentido. Me levanté sin hacer el menor ruido. Recogí mi ropa del suelo, me vestí a toda prisa, acomodé el vestido esmeralda como pude y salí en silencio, dejando atrás el aroma a madera de cedro que impregnaba el lugar. Caminé unas cuadras con los tacones en la mano hasta la avenida principal y tomé el primer autobús hacia los suburbios. Durante el trayecto, vi mi reflejo en la ventanilla: el peinado deshecho, el maquillaje corrido y la mirada perdida. El hechizo de la noche comenzaba a romperse y la cruda realidad me esperaba en casa. Al abrir la puerta de mi apartamento, encontré a mi madre en la cocina. Ella me esperaba emocionada, lista para escuchar cómo me había ido en la sorpresa de nuestro aniversario con Gonzalo. Tenía una taza de café caliente sobre la mesa. Al verme entrar en ese estado, su sonrisa se borró de golpe. No pude sostenerle la mirada. Rompí a llorar otra vez y se lo conté todo: la traición de Gonzalo en el jardín, el anillo arrojado, las humillaciones y el final de nuestra relación de dos años. Omití los detalles del hombre del observatorio; aquello se sentía como un secreto sagrado que solo me pertenecía a mí. Mi madre no me juzgó. No me hizo preguntas difíciles ni me echó en cara haber perdonado tantas cosas antes. Solo se acercó, me envolvió en un abrazo apretado y me dio un beso tierno en la frente. —Ese hombre no te merecía, mi amor —murmuró con suavidad—. Vas a estar bien. Me duché con agua caliente, me lavé la cara y me despojé del vestido verde. Me puse mis jeans holgados de siempre, una blusa ancha, me recogí el cabello en el moño bajo de costumbre y me encajé las gafas de pasta gruesa sobre la nariz. La Ann de la noche anterior se había evaporado por completo. Salí a la calle y tomé el autobús hacia la empresa, lista para volver a ser invisible entre las carpetas. Al llegar a la corporación, bajé directamente al sótano. El área de archivo era un lugar frío, sin ventanas, impregnado del olor característico al papel viejo y al polvo. Allí me esperaba don Antonio, un hombre de sesenta años con cabello cano, gafas de lectura en la punta de la nariz y una paciencia infinita. Él era el único en toda la empresa que realmente me trataba con aprecio genuino. —Buenos días, Ann —me saludó con una sonrisa amable desde su escritorio lleno de sellos y biblioratos. —Buenos días, don Antonio —respondí, dándole un abrazo rápido antes de tomar una torre de carpetas amarillas para comenzar a clasificar el papeleo del trimestre. Llevábamos apenas media hora trabajando en silencio cuando el chirrido de la puerta pesada de metal nos hizo levantar la vista. Era Gonzalo. Se veía impecable con su traje de junior, pero traía una expresión tensa y los ojos inyectados en sangre. Al verme con mi ropa holgada y las gafas gruesas, dio un paso al frente intentando acercarse. —Ann, necesitamos hablar de lo de anoche —dijo en un susurro exigente, mirando de reojo hacia las estanterías. Giré la cara de inmediato, dándole la espalda y concentrándome obsesivamente en alinear unas hojas en la carpeta que tenía en las manos. La sola presencia de él me revolvía el estómago. Don Antonio, que no se perdía de nada, se interpuso sutilmente en su camino con una tabla de sujetapapeles en la mano. —Joven Gonzalo, estamos tapados de trabajo aquí abajo y tenemos una entrega urgente para Gerencia —intervino el viejo con voz firme y tono seco—. Ann no tiene tiempo para distracciones ahora. Si no tiene una orden firmada para buscar un documento, le pido que nos deje trabajar. Gonzalo apretó la mandíbula, me dedicó una última mirada cargada de frustración y, sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y salió dando un portazo que retumbó en todo el sótano. El silencio volvió a adueñarse del archivo. Pasaron unos segundos antes de que don Antonio soltara un resoplido y dejara la tabla sobre la mesa. —Definitivamente no soporto a tu novio, Ann. Tiene un aire de prepotencia que no puedo ver —dijo el viejo negando con la cabeza mientras se acomodaba las gafas. Lo miré de reojo y dejé salir un suspiro largo, sintiendo cómo me liberaba de un peso enorme. —Exnovio, don Antonio. Es mi exnovio. El viejo se detuvo en seco, me miró por encima de sus lentes y una sonrisa enorme de satisfacción se le dibujó en el rostro. —¡Vaya! Esa sí que es una excelente noticia para empezar la mañana —dijo alegremente, dándome un par de palmaditas afectuosas en el hombro—. Te mereces a alguien mil veces mejor, muchacha. Ahora, celebremos ordenando este desastre.POV MARIANA La llegada de un mensajero rompió el murmullo habitual de las diez de la mañana en la redacción. Varios compañeros levantaron la cabeza de sus pantallas al ver la cajita azul profundo que el muchacho traía entre las manos, rematada por un moño de seda dorada. —Vaya, Mariana... parece que alguien tiene pretendiente—comentó Carlos desde el escritorio de al lado, silbando con picardía mientras el chico depositaba la caja justo en el centro de mi mesa. Firmé la planilla de recepción intentando mantener la compostura, pero sentí cómo las miradas de media sección se clavaban en mi sitio. La más evidente, por supuesto, era la de Tatiana. Salió de su cubículo sosteniendo un vaso de café, haciendo sonar sus tacones sobre el piso de mármol a un ritmo lento y deliberado. Se detuvo a medio metro de mi escritorio, recorriendo la caja con sus ojos y una sonrisa cargada de un veneno sutil. —Bueno, bueno... —soltó Tatiana, inclinando la cabeza con una lástima estudiada—. Q
POV de Alejandro Tenía una reunión con el departamento de finanzas a las once. A las diez y media estaba parado frente a la puerta de una joyería del centro, con las manos en los bolsillos, como si fuera a asaltarla.Nunca había comprado un regalo romántico. Lo que había hecho durante años era pedirle a mi asistente que enviara flores, o dejar una tarjeta de crédito sobre una barra. Eso no contaba.Wanda me miraba desde el coche, con los brazos cruzados y una sonrisa que no se molestaba en disimular. Le hice un gesto para que se fuera. No se movió.Entré.La tienda olía a cera y a madera. Una vendedora de unos cuarenta años, de gafas con cadena y pelo canoso recogido, levantó la vista desde el mostrador. La vi reconocerme. Alzó una ceja con elegancia, como quien ve entrar a un personaje de revista.—Buenos días, señor Santoro.—Buenos días. Necesito un regalo. —Me aclaré la garganta—. Para una persona.—Una persona. —Asintió con toda seriedad—. ¿Se trata de una persona en particular?
POV de Mariana Lo primero que sentí al escucharlo fue alivio. Lo segundo, una ternura tan inoportuna que tuve que apretar la mano que él aún sostenía para no deshacerme ahí mismo, en el pasillo. Hablaba como un loro, sí. Un loro muy guapo, despeinado, con la corbata floja y cara de haber ensayado el discurso en el coche y haberlo perdido a la mitad. Pero cada frase era verdad. Y yo llevaba una hora sentada en la oscuridad del sofá, convencida de que alguien me había dicho la verdad solo para lastimarme, y ahora la misma verdad llegaba por su boca, sin adornos. Lo llevé a la cocina. Necesitaba ocupar las manos, y las suyas también. —Siéntate —dije, señalando los taburetes de la isla. Se sentó. Lo vi mirar alrededor con respeto, como quien entra a un sitio ajeno y teme tocar algo. Yo llené la cafetera, medí el café con más cuidado del necesario, y el olor empezó a llenar el silencio. —Ya lo sabía —dije, de espaldas a él. —¿Qué? —Lo de la compra. Me lo dijeron esta noche, en la
POV de Alejandro Ferrán me alcanzó junto al guardarropa, cuando ya iba por mi abrigo. —Alejandro. —Tío. Se quedó un momento callado, con las manos a la espalda, mirando hacia la puerta por donde Mariana había salido del brazo de Damián. No me preguntó nada. No hacía falta. —La chica me cae bien —dijo al fin—. Hablé con ella un rato. Es de las que preguntan lo incómodo y no se ofenden con la respuesta. —Lo sé. —Entonces no cometas el error de tu padre. —Su voz bajó—. Él creía que callar era una forma de proteger. Casi siempre es una forma de esconderse. Sé sincero con ella. Antes de que alguien lo sea por ti. Lo miré. Había algo en cómo dijo alguien que me dejó inquieto. —¿Qué quieres decir? —Nada. Una intuición de viejo. —Me dio una palmada seca en el hombro—. Vete a casa. Le hice caso, al menos en la dirección. Wanda me llevó al apartamento sin una sola pregunta. Entré, tiré el saco sobre una silla, me serví un vaso de agua y me quedé mirando la ciudad por el ventanal. C
El Hotel Meridiano tenía el salón lleno de luz dorada y de gente que sonreía con los dientes y no con los ojos. Alejandro cumplió lo prometido: me presentó a una operadora de resorts, a un gerente de reservas y a una creadora de contenido con dos millones de seguidores, y después se apartó con una inclinación de cabeza, sin tocarme y sin mirar atrás. En cuarenta minutos tenía tres entrevistas agendadas y la libreta medio llena. Lo busqué de reojo y lo vi al otro lado del salón, hablando con alguien, de espaldas. Respetaba mi espacio con tanta disciplina que casi dolía. —Señorita Valenzuela. Me giré. Un hombre de unos sesenta años, canoso, de traje oscuro y gesto seco, sostenía una copa de agua con gas. —Ferrán Santoro. —Su apretón fue breve y firme—. Leí su reportaje sobre mi sobrino. Se me tensaron los hombros, pero él no sonreía con ironía. Me miraba como se mira un balance. —Escribió que Alejandro parece haber decidido quién quiere ser. ¿Lo creyó, o quedaba bien como cierre?
POV de Mariana El mensaje llegó un martes a las nueve y diez de la noche, cuando yo ya llevaba una hora fingiendo que leía en el sofá. "Señorita Valenzuela, el viernes la Asociación Hotelera celebra su aniversario con un cóctel en el Hotel Meridiano. Asistirán operadores, inversionistas y varios creadores de contenido del sector turístico. Pensé que podrían servirle de fuentes para su reportaje. Si le interesa, la incluyo en la lista de invitados. Sin compromiso." Lo leí dos veces. Después dejé el teléfono boca abajo sobre el cojín, como si pudiera morderme. Ni una palabra sobre la gala. Ni sobre la portada, ni sobre la escalera. Un mensaje impecable, de esos que se escriben cuidando cada coma. Y justamente por eso me costaba tanto contestar. Es útil, pensé. Es muy útil. Llevaba una semana intentando que un creador de contenido me respondiera una entrevista, y los operadores hoteleros no contestaban llamadas de la prensa. En un cóctel, todos ellos estarían en la misma sala, con







