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Capítulo 4

Author: Frida Cervantes
—Señorita Soto, ¿no le advertí que, si seguía descuidándose así, quizá no llegaría a vivir ni un mes? Además, está embarazada, pero en su estado no puede continuar con el embarazo…

El olor a desinfectante fue lo primero que percibí al despertar. Estaba en el hospital y no recordaba cómo había llegado. Me quedé inmóvil y las lágrimas empezaron a caer en silencio.

El médico suspiró.

—¿De verdad no va a decírselo al señor Duarte ni a su familia? Al menos deberían acompañarla cuando firme el consentimiento para interrumpir el embarazo.

—¿Serviría de algo? Si les importara, ¿no estarían aquí?

No insistió. Solo me indicó que descansara y me preparara para la intervención.

En el celular me esperaban mensajes de Álex:

"Alicia siente lástima por ti. Le preocupa que tengas una crisis frente a los periodistas, así que no tienes que ir a la conferencia de prensa. Voy a pasar un tiempo con ella para compensarla. ¿Puedes dejar de darme motivos para preocuparme?".

Mi mamá y Leticia me habían enviado un mensaje tras otro para intentar hacerme entrar en razón. No tenía ganas de responderles.

No quería seguir en aquella ciudad y me negué a quedarme internada para la intervención. Cuando me disponía a salir del hospital, me encontré de frente con Alicia en el pasillo.

—¿Hasta al hospital vienes a dar lástima?

Se llevó lentamente una mano al vientre y sonrió con crueldad.

—Qué pena. Estoy esperando un hijo de Álex, así que tu truco ya no funciona.

Me mordí el labio hasta hacerlo sangrar. Apenas se habían casado y ella ya esperaba un hijo suyo.

—Felicidades. No volveré a buscar a Álex.

Alicia observó mi rostro pálido con una sonrisa de desprecio.

—Pero yo no me fío. Eres demasiado importante para él. No me dejas otra opción.

Todo ocurrió en un instante. Me agarró y se dejó caer hacia atrás, arrastrándome con ella.

Antes de que pudiera reaccionar, Álex apareció en el pasillo, desesperado y seguido de un grupo de periodistas.

—¡Alicia!

Corrió directamente hacia ella sin dedicarme siquiera una mirada. La sostuvo entre sus brazos, mientras ella adoptaba una expresión dolida.

—Solo me preocupaba que Margarita estuviera sola en el hospital. Pensé que podía tener otra crisis. Sin querer, le dije que estoy embarazada y entonces ella…

Álex me miró fuera de sí.

—¿Hasta cuándo vas a seguir? ¿A cuánta gente piensas lastimar por una depresión? ¿Cuánto tiempo más vas a manipularme con la violación que sufriste al ir a rescatarme? ¿Nunca se te ocurrió que también pudo haber sido culpa tuya?

Me zumbaban los oídos. Cuando había ocurrido la agresión, Álex había impedido que la noticia se difundiera. Ni siquiera después de que Leticia lo mencionara delante de todos en la boda había llegado a la prensa.

Pero ahora él mismo exponía mi herida más profunda para defender a Alicia. Entre el alboroto y los destellos de las cámaras, sentí las lágrimas frías en la cara.

—Con razón el señor Duarte no la quiso. Después de que le hicieron eso, todavía se mete con un hombre casado. ¡Qué descaro!

—¡Dios mío! Hasta me pregunto si lo de rescatarlo no habrá sido un montaje suyo.

Mi mamá y Leticia, que llegaron al enterarse de lo ocurrido, solo mostraron decepción. Delante de los periodistas, anunciaron que rompían toda relación conmigo.

—¿Ni siquiera respetas a un bebé? ¿Qué clase de persona eres?

Al verme inmóvil, Álex frunció el ceño. Levantó a Alicia en brazos y me habló con desprecio.

—No es más que una depresión. Te he llevado con tantos médicos durante años y no ha servido de nada. Esta vez no voy a seguirte el juego. A veces me arrepiento de haberte conocido.

Bloqueó todas mis tarjetas y ordenó que nadie me ayudara.

No sé cuánto tiempo pasó. Todos se habían ido cuando el dolor volvió a retorcerme el estómago y me hizo reaccionar. Sonreí con amargura. Álex ni siquiera quería concederme la oportunidad de pasar mis últimos días en paz.

Saqué del bolsillo el boleto de tren, ya arrugado, y volví a mi pueblo.

Me quedé acurrucada en la cama de la casa, temblando entre vómitos, pesadillas y sudores fríos. La televisión no dejaba de hablar de mi violación y de presentarme como la amante de Álex.

En el dormitorio se acumulaban los pañuelos manchados de la sangre que expulsaba al toser. Tenía los brazos llenos de arañazos que me había hecho al no soportar el dolor.

Ya no podía más. Aturdida, tomé un cuchillo pequeño. Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue a Álex corriendo hacia mí, con los ojos enrojecidos.

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