LOGINVolví a tener una crisis. Mi mejor amiga, Leticia Ríos, me arrebató el cuchillo, con el rostro lleno de rencor. —¿Hasta cuándo vas a seguir con tus escándalos? ¡Usas la depresión como excusa para hacer lo que te da la gana! ¡Con razón Álex ya no quiere estar contigo! Me quedé paralizada. Ella, en cambio, soltó un suspiro de alivio. —Debí decírtelo hace tiempo. Hoy Álex me pidió que viniera a vigilarte para que no arruines su boda con Alicia. Se plantó en la puerta, convencida de estar haciendo lo correcto. —Te lo advierto: aunque te cortes las muñecas y te mueras aquí, no voy a dejar que sigas siendo la amante. ¿Y qué si Álex te debe un favor? ¡Después de tantos años cuidándote, ya te pagó con creces! Mi mamá llegó a toda prisa para relevarla, porque Leticia tenía que ir a la boda como dama de honor. Me habló en un tono suplicante. —Sin Álex, esta familia se habría venido abajo hace años. Sé buena persona. Déjalo buscar su felicidad. Todo aquello me resultaba tan absurdo que no podía asimilarlo. En mi celular seguían los mensajes que Álex me había enviado. "Mi amor, voy al extranjero a ver a un médico que puede ayudarte. No te preocupes. Voy a conseguir que te cures". "En cuanto te recuperes, nos casaremos". Me desplomé en el suelo. Las lágrimas caían sobre la pantalla del celular. Álex Duarte, mi mamá y Leticia no sabían que tenía cáncer ni que hacía tiempo que ya no quería ser una carga para él. Miré a mi mamá con una sonrisa desolada. —Está bien. Te lo prometo. Dejaré que Álex sea feliz.
View MoreMi mamá llegó el día del entierro de Álex. Vestía de negro, tenía el cabello completamente blanco y había adelgazado tanto que la ropa le colgaba del cuerpo.Mis cenizas habían sido sepultadas en una tumba junto a la suya. Mi mamá se detuvo ante las dos lápidas y dejó un plato de fideos sobre la tierra, al pie de la lápida de Álex. Mientras el vapor se elevaba, dijo:—Álex, a Margarita le encantan los fideos. Coman juntos.Leticia estaba a su lado. Durante aquellos días, había seguido pendiente del caso de Alicia, como antes lo hacía Álex.Alicia no había ido. Seguía detenida y el proceso continuaba. Su padre había enviado un mensaje a través de un abogado para pedir a los Duarte que intercedieran por ella. Pero Álex había muerto y su familia descargaba toda la rabia sobre Alicia. Más tarde supe que la habían condenado a cinco años de prisión.En el entierro, Leticia me habló del caso frente a mi tumba. El viento soplaba con fuerza y había esparcido los lisianthus blancos que habían de
Álex se encerró en la casa que habíamos compartido y se negaba a salir. Se divorció de Alicia sin darle opción y dejó la empresa a cargo de un gerente profesional.Todos los días se dedicaba a dos cosas. La primera era escribir. Repasaba cada jornada, desde el día en que me habían diagnosticado cáncer hasta el día en que descubrió la verdad: qué había hecho, qué me había dicho y cómo me encontraba yo.Al llegar a la tercera página, reparó en una coincidencia. El día en que me habían diagnosticado cáncer, él se había llevado a Alicia de vacaciones a la costa. La fecha de salida del vuelo coincidía con la del informe de mi biopsia.Escribió ambos datos uno al lado del otro, trazó una línea y dibujó encima una enorme cruz. Luego cerró el cuaderno. Esa noche no durmió.Se quedó sentado en el sofá, con la televisión encendida y el volumen al mínimo. En las noticias, los periodistas se agolpaban frente a una estación de policía y grababan cómo unos agentes se llevaban a Alicia. Ella se cubrí
Desde entonces, mi mamá se quedó en el pueblo. Regresó a aquel dormitorio pequeño en el que yo había pasado mis últimos días, acurrucada y tosiendo sangre.Dedicó un día entero a limpiarlo. Tiró los pañuelos ensangrentados, rellenó con masilla los arañazos de la pared y dobló mi ropa vieja para guardarla en el armario.Al terminar, se sentó en el borde de la cama y pasó mucho tiempo mirando una mancha marrón en la almohada. La mancha no había salido con el lavado. Yo ya había recibido quimioterapia. Una de aquellas noches, me había sangrado la nariz y la sangre había traspasado la tela. No se lo había dicho a nadie.Empezó a revisar las cosas que había dejado. Debajo de la cama encontró una caja de cartón llena de copias de mi expediente médico, recibos e indicaciones escritas a mano.Fue leyendo hoja por hoja. Al llegar a la tercera, le empezaron a temblar las manos."La paciente refiere dolor abdominal persistente desde hace más de tres meses y una pérdida de peso de doce kilogramos.
Álex tenía la mano apoyada en el vientre apenas abultado de Alicia. Ella seguía hablándole, pero él no reaccionaba.—¿Qué descubrieron? —preguntó con voz ronca.El asistente miró a Alicia, bajó los ojos y le entregó una tableta a Álex.—Borraron parte de la grabación del pasillo del hospital, pero otra cámara del mismo pasillo captó la escena desde un ángulo distinto. La señorita Soto no empujó a nadie ese día. Fue la señora Beltrán quien le agarró la mano y se dejó caer hacia atrás.Álex tomó la tableta. En la pantalla aparecía yo, con una bata de hospital que me quedaba enorme, pálida como el papel y apenas capaz de mantenerme en pie.Alicia se acercó. Yo retrocedí por instinto. Al momento siguiente, me sujetó de la muñeca y colocó mi mano sobre su propio vientre. Después se dejó caer hacia atrás y me arrastró con ella. Di un paso torpe hacia adelante, perdí el equilibrio y caí, con la mano todavía extendida.Yo miraba la grabación junto a Álex, deseando poder abrazar a la mujer que






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