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Capítulo 6

Author: Mónica Herrera
Para salir del paso durante la ceremonia, utilizó las anillas de unas latas de gaseosa como sustituto de nuestros anillos.

Aquella noche me enfadé tanto que lo obligué a dormir fuera de la habitación.

—Dave, eres el peor. Voy a apuntarte en mi cuaderno de agravios.

En vez de ofenderse, soltó una carcajada.

—Anota todo lo que quieras. Yo siempre encontraré la forma de reconciliarme contigo.

Sabía que había malinterpretado el propósito de aquel diario, pero no lo corregí. Simplemente asentí.

Dave parecía estar recordando nuestra época de recién casados. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

—¿Lo ves? Te dije que acabaría recuperando tu cariño. Así que deja de guardar rencor.

Me entregó otra escritura de propiedad y me atrajo hacia sus brazos.

—Es un nuevo complejo inmobiliario en el centro. Aparté uno para ti. El departamento de relaciones públicas ya solucionó lo de los videos y el próximo mes te ayudaré a volver al modelaje, ¿sí?

Los empleados que estaban afuera miraban hacia dentro con evidente envidia.

Yo, en cambio, seguía rígida, sin mostrar ninguna emoción.

—Como tú digas.

Cuando se dio cuenta de que ni la amabilidad ni las amenazas funcionaban conmigo, su rostro se ensombreció.

—¿Todavía piensas discutir conmigo por esto?

Alcé la mirada y respondí con tranquilidad.

—No. ¿Cómo podría atreverme, señor Tarrett?

Mi respuesta lo irritó de inmediato.

—Bianca, yo grabé esos videos. Y si Maggie consiguió la cámara, también fue por mi culpa. Si quieres culpar a alguien, cúlpame a mí. ¿Está claro?

Sentí que algo pesado me aplastaba el pecho.

Por Maggie, él haría cualquier cosa.

Hasta humillarse.

Hasta asumir toda la responsabilidad.

De pronto, toda la fuerza que me quedaba desapareció.

Ya no quería seguir peleando.

Así que respondí en voz baja:

—Lo entiendo.

Al no encontrar la reacción que esperaba, Dave me observó durante varios segundos. Luego apretó los dientes y salió de la habitación dando un portazo.

Al día siguiente, recibí un mensaje suyo pidiéndome que fuera al campo de golf.

Estaba por negarme cuando llegó otro mensaje.

[Ven. Cuenta esto como una ficha de perdón.]

Miré la pantalla y entendí que aquella sería la última ficha.

Por eso fui.

En cuanto llegué al campo de golf privado, noté que Dave no estaba por ninguna parte.

Entonces una fuerte patada impactó contra mi espalda. Caí de cara contra el suelo.

La voz fría y arrogante de Maggie llegó hasta mí.

—Deja de buscar a Dave. Fui yo quien te llamó.

Antes de que pudiera incorporarme, dos guardaespaldas me inmovilizaron.

Entonces los palos de golf comenzaron a golpearme la pierna. Con fuerza. Una y otra vez.

La sangre salpicó el césped y un dolor insoportable me atravesó el cuerpo, arrancándome un grito.

Apenas logré reunir fuerzas para decir:

—¡Maggie, estás loca!

Ella sonrió con dulzura, aunque sus ojos estaban llenos de malicia.

—¿Por qué? Todo el mundo te desprecia y aun así Dave se niega a divorciarse de ti. Hasta dijo que quiere compensarte y ayudarte a recuperar tu carrera. Dime, Bianca... ¿por qué?

Dave la trataba como a una reina.

Y aun así, el simple hecho de que quisiera compensarme fue suficiente para desatar sus celos.

La miré fijamente.

—Nunca quise competir contigo.

Aquellas palabras parecieron alimentar su ego.

Resopló con satisfacción.

—Tal vez. Pero aun así no soporto verte. Eres una supermodelo internacional, ¿no? Pues veamos qué tan atractiva sigues siendo cuando te deje coja.

Su mirada se deslizó sobre mi pierna ensangrentada y frunció el ceño con evidente disgusto.

Entonces vio una pelota de golf a pocos metros.

Una sonrisa perturbadora apareció en sus labios.

—¡Quítenle los pantalones!

La dureza de su voz hizo que se me helara la sangre.

—Es una lástima que el desafío del huevo no se hiciera la última vez. Pero no importa. Tenemos una pelota de golf. Bianca, te prometo que hoy será un día muy especial para ti.

Mientras hacía girar la pelota en la palma de la mano, les indicó a los guardaespaldas que me quitaran la ropa.

Me resistí desesperadamente.

Grité hasta que la garganta me ardió de dolor.

Maggie, en cambio, se rió suavemente junto a mi oído.

Luego me sujetó el rostro y sus uñas afiladas me rasgaron la piel hasta hacerme sangrar.

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