로그인Vael Zarkov. En el milisegundo exacto en que la gravedad inicia su retroceso, mi mano derecha se dispara hacia el frente con la velocidad de un percutor calibrado.La sujeto firmemente por la muñeca, frenando el impacto de su caída en seco. Ejerciendo la fuerza de torsión exacta en mis bíceps, la elevo hacia la pasarela intermedia sin el menor asomo de esfuerzo físico, arrojando su anatomía exhausta directamente contra las baldosas rígidas del segundo nivel.Avery Crown cae de rodillas, tosiendo por el hollín industrial, pero antes de que pueda deponer su respiración o buscar lo que sea que pretenda usar en mi contra bajo sus prendas, me desplomo sobre ella con toda mi descomunal peso, que comparado al suyo, la reduce sin problemas.La acorralo contra el suelo de rejilla. Le sujeto las manos por encima de la cabeza en un agarre de hierro que le corta la circulación y le como la boca con un apetito infernal, salvaje y devorador, adueñándome del rastro de terror por morir que habita en
Vael Zarkov.Por eso saboreo la imagen que me da en los días posteriores, porque su rostro lleno de emociones distintas revela que su enfado solo es el abrebocas. Apuntarle a la cabeza al dueño de Mozg no es un error ordinario; es una alteración en la física del lugar. Y una anomalía de ese calibre exige una purga de sus victorias, que no requiere que yo levante un solo dedo. Mozg en sí se encarga de triturar a los elementos insubordinados a través de su propio engranaje.Durante los días posteriores, observo su frustración acumularse a través de las ópticas de los monitores tácticos. La ceguera informativa a la que la tengo sometida la está carcomiendo por dentro. Puedo ver la impotencia en la rigidez de su mandíbula cada vez que enciende una esperanza de avanzar y se la apagan. Le enoja que la dejen atrás. Le enfurece comprobar que nadie viene a interceder y que su arrebato en el hangar se convirtió en el ejemplo perfecto de por qué no es buena idea usar un arma en mi contra. El
Vael Zarkov. Margosha se hace cargo de la recuperación de activos, reagrupando únicamente a los elementos que demuestran un mejor desempeño. Su bloque sabe cómo proceder bajo presión; por ello, vuelvo a la Fortaleza, donde Yaro está haciendo justo lo que necesito que haga.Un Zarkov carga con la mala manía de que, entre más se le niegue el acceso a algo, más obsesiva se vuelve la tarea de obtenerlo. Mi tío no es la excepción. El hermano de Melor permanece estático en el corredor, observando a Arkady hacer uso de la ecolocalización mientras Svarog lo sigue a corta distancia. El chico se entrena en su propia oscuridad, asimilando las dimensiones del terreno a través del sonido, sin permitir que el Presa Canario se vuelva un objetivo que lo distraiga.Mi mirada se clava en Yaro con la fijeza que lo reduce todo a la presión de mi presencia y se mueve de la plazoleta, regresando sobre sus pasos hacia el interior del edificio. Me quedo analizando el avance de Ark. El muchacho se detiene u
Vael Zarkov. Un segundo. Cuatrocientos metros por segundo es la velocidad de salida promedio de un proyectil de ese calibre. Si el percutor hubiera golpeado el fulminante, la bala habría atravesado mi cráneo antes de que el sonido del disparo terminara de expandirse por el hormigón del hangar.Sin embargo, hay una constante en mi cerebro, y es que me hubiera perdido el espectáculo que daría cualquiera de mis hombres al reventar su estructura a balazos ante el menor amago de amenaza verdadera. Timur tenía el dedo en el guardamonte; Grok ya calculaba el ángulo de dispersión. El pulso de la ponzoñosa no tembló por miedo. Tembló por el exceso de revoluciones en su motor interno. Sostuvo la culata contra su hombro lastimado, ignorando la fricción de su propia carne abierta, y me alineó la cruz de la mira exactamente entre las cejas. En sus ojos no había la duda ordinaria de un civil; había un desprecio espeso, sádico y enfocado de un soldado que ya sabe enfocar objetivos.La calibración
Avery Crown. No sé cuánto tiempo pasa, ni cuantos han salido con buenos resultados o quiénes son mutilados con palabras que los enviaron de regreso al inicio, pero al fin consigo que el último muelle encaje en la recámara con un chasquido metálico y perfecto. El sonido reverbera en la madera de mi estación de trabajo como el cierre de un veredicto que me confirma que sí iba en ese lugar. Los dedos me arden por el roce del acero pavonado, pero no me detengo a respirar. Mi cerebro ha dejado de procesar el dolor de la rodilla; ha entrado en una fase de automatismo puro, y hasta diría que un poco implacable al no ver quienes fallaron, sino que me concentro en saber si yo me equivoqué.Sujeto el armazón del fusil con ambas manos, meto el cargador vacío en la ranura y jalo la palanca de desarmado hacia atrás con un movimiento fluido.Casi de forma inconsciente, impulsada por una inercia salvaje que no responde a la lógica de Nueva York, levanto el cañón pesado. Apoyo la culata rígida cont
Avery Crown. Arrastro la pierna izquierda al caminar. Cada paso que doy desde la línea de entrada hasta mi mesa de trabajo asignada es una fricción mecánica, áspera y dolorosa en el interior de mi rodilla. Las costuras y el vendaje limpio tiran de mi carne, y la articulación protesta con una pulsación rítmica que me recuerda la fiebre de ayer. Pero hoy no tengo que moverme para correr. Hoy el ejercicio no depende de la velocidad de mis extremidades, sino de la frialdad de mis dedos y la velocidad con la que mi cerebro sea capaz de procesar el despiece técnico.A mi derecha, escucho el murmullo de los mercenarios extranjeros que lograron salir del subsuelo. —¿Qué no tocaba hoy algo parecido a campo abierto? —presiono la carne de mi pierna al sentir que el dolor se intensifica. —Creí que nos mandarían a las minas de nuevo.No le doy la menor importancia a sus dudas. No me detengo a escuchar las conjeturas de un bloque de hombres que, para el sistema de Vael Zarkov, valen exactamente l







