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Capítulo 5 - ¿Cuál es la verdad?

Author: E.Nuella
last update publish date: 2026-09-25 18:56:10

Gina conducía ella misma.

El coche negro era silencioso y lujoso. Mantuvo ambas manos en el volante. El mensaje de la noche anterior seguía presente en su teléfono como un cable de alta tensión.

«Mañana, 8 p. m. No me obligues a ir a buscarte».

Se dijo a sí misma que solo iba a familiarizarse con el lugar. Ver cómo vivía. Encontrar sus puntos débiles. Eso era lo que había planeado.

El GPS la llevó fuera de la ciudad, a una zona más tranquila donde las casas se alineaban separadas tras altos muros. La villa de Jack Romano era la última del camino. Altas puertas de hierro negro. Cámaras por todas partes.

Se detuvo y esperó.

Dos hombres salieron de la caseta de vigilancia. Uno se quedó atrás con una mano cerca de su arma. El otro se acercó a su ventana.

«Nombre», dijo.

«Gina. Jack me está esperando».

Habló por la radio. Unos segundos después, las puertas se abrieron. «Sube. Alguien te recibirá». Gina llegó en coche.

El camino de entrada era largo y curvo. Unas luces brillaban tenuemente a lo largo del sendero. La villa apareció a la vista: moderna, de piedra oscura y cristal, ancha y baja. No parecía delicada. Parecía dinero que sabía defenderse.

Aparcó y salió del coche. El aire nocturno era fresco. Se alisó el vestido una vez y esperó.

Un hombre salió de las sombras cerca de la puerta.

Alto. De buena complexión. Ojos fríos. Se movía como alguien que lo hubiera hecho cien veces sin relajarse ni un instante. Frank Russo. La mano derecha de Jack. Su sombra.

Frank se detuvo a unos metros y la examinó. Lentamente. Analizándola. No como la mayoría de los hombres la miraban. Era un hombre que decidía si ella representaba una amenaza.

—Llegas temprano —dijo.

—No me gusta llegar tarde.

La boca de Frank no se esbozó una sonrisa. —Sígueme y mantén las manos donde pueda verlas.

Gina lo siguió adentro.

El vestíbulo era amplio y limpio. Suelos oscuros. Techos altos. Todo tenía un propósito. Frank la condujo por un pasillo corto hasta una gran sala que daba a una terraza de baldosas negras. El silencio era intencional.

Jack estaba de pie junto a una mesa baja con un vaso de whisky en la mano.

Estaba sin camisa.

Gina ralentizó sus pasos por un instante antes de reaccionar. Músculos definidos. Viejas cicatrices. Una en las costillas. Otra cerca del hombro. Unos pantalones oscuros le quedaban bajos en las caderas. Parecía que acababa de terminar un entrenamiento o una pelea y aún no se había puesto una camisa.

La vio entrar. Sus ojos color avellana la recorrieron una vez, igual que en el club, como si estuviera atando cabos.

Frank se detuvo cerca de la puerta. —Está limpia. No lleva armas.

Jack asintió brevemente. —Eso es todo.

Los ojos de Frank se posaron en Gina una vez más, fríos y llenos de advertencia, y luego se marchó. La puerta se cerró tras él.

Se hizo el silencio.

Jack levantó el vaso de whisky y dio un sorbo lento. No le ofreció uno. Simplemente la miró.

—Viniste —dijo—.

—No me dejaste muchas opciones.

—Siempre hay una opción. Tú la elegiste. —Dejó el vaso—. ¿Quieres algo de beber?

—No, estoy bien.

—Como quieras. —Inclinó la cabeza hacia el sofá—. Siéntate.

Gina permaneció de pie. —Estoy bien aquí.

La boca de Jack se crispó. —Sigue teniendo cuidado.

—Siempre.

Se acercó, sin prisa. La tenue luz iluminaba las líneas de su pecho y abdomen. Gina se obligó a mantener la mirada fija en su rostro.

Jack se detuvo a unos metros. —Condujiste tú mismo. Bonito coche.

—Me gusta conducir.

—La mayoría de la gente que invito envía un chófer. O vienen acompañados. Entrecerró un poco los ojos. —Viniste solo.

—Hago casi todo solo.

—Me di cuenta.

Gina mantuvo la voz firme. —Me querías aquí. Aquí estoy. ¿Y ahora qué?

Jack volvió a coger el whisky, dio otro sorbo y la observó por encima del borde del vaso. —No estás nervioso.

—¿Debería estarlo?

—La mayoría de la gente lo está cuando entra en mi casa por primera vez.

—Yo no soy como la mayoría.

—Sigues diciendo eso. Dejó el vaso y se cruzó de brazos. Los músculos de sus hombros se tensaron. —Anoche entraste a mi club como si fueras la dueña del lugar. Luego bailaste conmigo como si estuvieras midiendo cada uno de mis movimientos. Ahora estás en mi sala como si nada aquí pudiera afectarte.

Gina sostuvo su mirada. —Quizás nada aquí pueda.

Los ojos de Jack brillaron con algo oscuro e interesado. —Esa es una forma peligrosa de pensar cuando estás conmigo.

—Te gustan las cosas peligrosas.

—Me gustan las cosas honestas. Lo peligroso es solo un extra. Dio un paso más cerca. —Dime algo honesto, Gina.

—¿Qué quieres saber?

—Por qué viniste realmente esta noche.

Ella tenía una respuesta preparada. —Tenía curiosidad. El hermano de Isabella. El hombre del que todos hablan. Quería ver dónde vivías.

Jack rió una vez, una risa baja y corta. —¿Curiosidad? ¿Esa es la palabra que usas?

—Es la verdad.

—En parte, tal vez. Descruzó los brazos. —Anoche me miraste como si ya me conocieras. Como si hubieras visto mi cara antes.

El pulso de Gina se aceleró, pero mantuvo la compostura. —Tu cara no es precisamente privada. La gente sabe quién eres.

—La gente sabe mi nombre. No me miran como tú lo hiciste.

—¿Y cómo te miré?

La voz de Jack se suavizó. —Como si estuvieras decidiendo cuánto daño valía.

El ambiente entre ellos se volvió más denso. Gina no apartó la mirada. Apartarla sería como perder.

Jack se acercó de nuevo. Más cerca. El calor de su piel desnuda la alcanzó. Podía oler el whisky en él, y debajo, el aroma limpio del jabón y algo más oscuro que solo él percibía.

—No le tienes miedo a esta casa —dijo—. No le tienes miedo a Frank. No me tienes miedo a mí. Eso te hace estúpida o te hace alguien que ya tiene una razón para estar aquí.

—No soy tonta.

—Lo sé. —Sus ojos recorrieron su rostro, lentos y minuciosos—. Eso es lo que me molesta.

Gina ladeó la cabeza—. Me invitaste. Me enviaste el mensaje. Me dijiste que no te hiciera venir a buscarme. Ahora estoy aquí y te quejas de que no tiemblo.

La boca de Jack se curvó, pero no era una sonrisa amistosa. —No me quejo. Intento averiguar qué demonios eres.

—Soy amiga de Isabella.

—Eres más que eso.

—No lo sabes.

—Soy buena leyendo a la gente. —Dio el último paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que ella tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo a los ojos—. Y tú… eres un rompecabezas con demasiadas aristas afiladas.

La respiración de Gina se mantuvo constante solo porque la forzó. —Quizás deberías dejar de intentar descifrarme.

—No paro. Las palabras resonaron con fuerza. Este era el hombre al que había venido a arruinar. Este era el hombre cuya vida planeaba destrozar. Y él la miraba como si ya hubiera empezado a apropiarse de ella sin su permiso.

La voz de Jack se volvió aún más grave.

"Anoche me miraste como si quisieras matarme... o follarme. ¿Qué prefieres?"

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