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Capítulo 4 - Ese hombre es peligroso

Author: E.Nuella
last update publish date: 2026-09-25 18:55:28

El viaje en coche de regreso a la mansión Moretti se hizo más largo de lo que debería. Gina iba sentada en el asiento trasero, con las manos apretadas en el regazo, mirando las luces de la ciudad. Su corazón seguía latiendo con fuerza. La sensación de la mano de Jack en su espalda, el sonido de su voz, la forma en que la miraba como si la decisión ya estuviera tomada... nada de eso había desaparecido.

La adrenalina se mezclaba con la rabia bajo su piel. Había bailado con el hombre que mató a su padre. Se había dejado acercar por él. Y una parte de ella había sentido algo que no quería nombrar.

Las puertas se abrieron. Los guardias asintieron. La gran casa permanecía en silencio bajo el cielo nocturno. Debería haber transmitido seguridad. Esa noche se sentía como una jaula.

Dominic ya la esperaba cuando salió del coche. Su rostro era duro, su boca apretada en una línea recta. La siguió adentro sin decir palabra, subiendo las escaleras hacia su ala de la casa.

Gina no lo detuvo. Sabía que esto iba a suceder.

En cuanto se cerró la puerta de su sala privada, Dominic habló.

—Ese hombre es peligroso.

Gina se giró para mirarlo. Mantuvo la voz tranquila, aunque la sangre le ardía. —Sé quién es.

—¿De verdad? —Dominic se acercó—. Porque desde donde yo estaba, parecía que lo habías olvidado. Bailaste con él. Dejaste que te tocara.

—Nunca dejé de pensar en lo que hizo.

Dominic se pasó una mano por el pelo. —Jack Romano no es alguien con quien se juegue, Gina. Arruina a la gente. Acaba con ella. Tu padre… —No. —Su voz se quebró—. No pronuncies su nombre así. No esta noche.

Dominic la miró fijamente. —Alguien tiene que decirlo. Estás entrando de lleno en su mundo. Isabella es su hermana, y eso lo empeora todo. Él indagará. Encontrará cosas. Y si descubre quién eres en realidad antes de que estés preparada…

—No lo hará.

—No lo sabes.

Gina se cruzó de brazos. —Sé cómo ser cuidadosa. He sido cuidadosa toda mi vida.

—¿Cuidada? —Dominic soltó una risa corta y amarga—. ¿Llamas cuidadosa a lo que pasó esta noche? Te tenía encima. Te miraba como si ya fueras suya, y tú te quedaste ahí parada.

—Me quedé ahí parada porque lo necesitaba —replicó ella—. Necesitaba verlo de cerca. Necesitaba oír su voz. Necesitaba saber a qué me enfrentaba. Ese era el objetivo.

Dominic apretó la mandíbula. —El objetivo era la venganza. No dejar que te arrastrara a la pista de baile.

—Sé cuál es el objetivo.

—¿De verdad? —Su voz bajó de tono, más baja pero más dura—. Porque la forma en que me miraste cuando se inclinó... no parecía odio, Gina. No del todo.

Las palabras la hirieron profundamente. Gina sintió que se le subía el calor a la cara y lo contuvo. —No tienes derecho a decirme lo que siento.

—Intento protegerte.

—Ahora mismo no necesito tu protección. Necesito que confíes en que sé lo que hago.

Dominic dio otro paso hacia ella. —Siempre he confiado en ti. Pero esto es diferente. Jack Romano no es un objetivo cualquiera. Es el jefe de la familia Romano. Es frío. Es inteligente, y por lo que vi esta noche, ya está interesado en ti. Eso lo hace diez veces más peligroso.

Gina sostuvo su mirada. —Entonces es una suerte que no me asuste fácilmente.

El silencio se extendió entre ellos. El único sonido era el zumbido bajo del sistema de aire acondicionado y los pasos lejanos de un guardia en el pasillo.

Los hombros de Dominic se encogieron un poco. La lucha aún se reflejaba en sus ojos, pero también había algo más: preocupación, y algo más profundo que nunca expresó en voz alta.

—No quiero perderte por su culpa —dijo finalmente con voz ronca—. Ni por una bala. Ni por el juego que esté tramando.

Gina lo miró fijamente durante un largo instante. Vio la lealtad. Vio el miedo. También vio la línea que estaba a punto de cruzar.

—No voy a perderme —dijo—. Ni por su culpa. Ni por la de nadie. Ahora vete. Necesito estar sola.

Dominic no se movió de inmediato. Sus ojos escrutaron su rostro como si buscara a la chica que solía escuchar todas sus advertencias. Luego asintió una vez, rígido, y caminó hacia la puerta.

Se detuvo con la mano en el pomo. “Si te contacta, avísame. Inmediatamente.”

Gina no respondió.

Dominic se marchó. La puerta se cerró tras él.

Gina se quedó inmóvil hasta que sus pasos se desvanecieron. Entonces la máscara se resquebrajó.

Entró en su habitación, cerró también la puerta y se apoyó en ella. Le temblaban las manos. No se había dado cuenta hasta ahora. La adrenalina la estaba desplomando, dejando en su lugar rabia y algo más desordenado.

Abrió la puerta y fue al baño. La luz se encendió con fuerza, intensa y cegadora. Gina se aferró al borde del lavabo y se miró en el espejo.

Su cabello seguía perfecto. Su maquillaje no se había corrido. Pero sus ojos se veían diferentes. Más grandes. Más intensos. Como si algo se hubiera encendido dentro de ellos y se negara a apagarse.

Volvió a ver el rostro de Jack. La forma en que la había estudiado. La forma en que su voz se había apagado cuando le dijo que quería verla al día siguiente. En su villa.

Sintió un nudo en el estómago.

—Jack Romano —susurró al espejo. El nombre salió como una maldición, cargado de todas las promesas que había hecho sobre la tumba de su padre.

Lo susurró de nuevo, con más fuerza—. El maldito Jack Romano.

La mujer del espejo no apartó la mirada. Parecía preparada. Furiosa. Y debajo de la furia, algo que aún se negaba a nombrar.

Gina abrió el grifo del agua fría y se salpicó la cara. Necesitaba pensar. Necesitaba un plan para mañana. Si iba a esa villa, se adentraría a propósito en su mundo. Si no iba, él la buscaría. Ya se lo había dejado claro.

De cualquier manera, el juego había comenzado.

Se secó la cara y volvió al dormitorio. Las luces de la ciudad brillaban a través de las cortinas entreabiertas. En algún lugar, Jack Romano probablemente seguía despierto, decidiendo ya cómo la miraría la próxima vez que se vieran.

Gina se sentó en el borde de la cama y sacó el móvil del bolso. La pantalla se quedó en negro unos segundos.

Entonces se iluminó.

Número desconocido.

Un mensaje.

Gina posó su pulgar sobre él. Ya sabía de quién era. Aun así, lo abrió.

«Mañana a las 8 p. m. No me obligues a ir a buscarte».

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