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PAPÁ Y YO 1
PAPÁ Y YO 1
작가: Déesse

Capítulo 1: La Máscara

작가: Déesse
last update 게시일: 2026-09-06 03:17:35

Blanche

Lo primero que me golpea cuando atravieso las puertas de El Ojo es el olor.

Me había preparado para todo. Para los efluvios de transpiración, para los perfumes baratos que enmascaran mal la depravación, para el olor acre de los cuartos traseros que había infiltrado en otras investigaciones. Pero aquí, nada de eso. El aire está saturado de cuero noble, de cera de abeja calentada por cientos de velas, de un perfume de piel limpia mezclado con algo más animal, más profundo. Un olor a poder.

El vestíbulo se abre ante mí como una catedral subterránea excavada en las entrañas de Boston. Los techos desaparecen en una penumbra que los candelabros nunca llegan a perforar del todo. Cortinas púrpura, espesas como sudarios, caen en cascada desde las cornisas. Las paredes están cubiertas de espejos sin azogue detrás de los cuales adivino presencias, miradas, juicios silenciosos. La música es un bajo lento, orgánico, que sube por el suelo de mármol negro y se infiltra en mis huesos, modificando el ritmo de mi corazón sin mi permiso.

Me llamo Eva esta noche.

Eva no existe. Eva es una construcción, una mentira tallada a medida para este mundo. Un vestido tubo negro que se ciñe a cada curva como una segunda piel. Unos tacones de aguja que repican sobre el mármol con una autoridad que no poseo. Una mirada fría, unos labios pintados de rojo oscuro, una curva de cadera que proclama estoy en mi sitio mientras cada fibra de mi ser grita lo contrario.

Repito mi mantra interior mientras bajo la escalera monumental que conduce a la sala principal. Soy Eva. Consultora de arte. Neoyorquina. Curiosa pero no fácilmente impresionable. Estoy aquí para observar, nada más.

Los escalones son anchos, pulidos por miles de pasos anteriores a los míos. Cada peldaño me hunde más en un mundo que obedece a leyes que aún no conozco. La barandilla de hierro forjado está fría bajo mi palma sudorosa. Cuento los escalones para darme compostura. Doce. Veinticuatro. Treinta y seis. El club se despliega progresivamente ante mí, como un cuadro que se revela por fragmentos.

Los cuerpos están por todas partes.

No es una expresión. Es una realidad que me golpea al pie de la escalera con la violencia de un puñetazo en el esternón. Cuerpos desnudos, cuerpos a medio vestir, cuerpos encadenados, cuerpos arrodillados. Una mujer cruza la sala a cuatro patas, completamente desnuda, llevada con correa por un hombre de traje de tres piezas que conversa con otro invitado como si nada. Lleva una máscara de cuero que solo deja ver sus labios, entreabiertos, y su espalda está surcada de marcas frescas, líneas rojas que dibujan una geografía de sufrimiento consentido.

Nadie aparta la mirada. Nadie reacciona. Ni un ceño fruncido, ni un murmullo escandalizado. Es normal aquí. Es el telón de fondo, el decorado viviente de un mundo que no conoce nuestras leyes, que ha creado las suyas propias, más antiguas, más oscuras, más honestas quizá.

Mi cuaderno está en mi cabeza. Mi grabadora se quedó en el apartamento, demasiado arriesgada. Así que grabo cada detalle en mi memoria con la precisión maniática del periodista infiltrado. Los espejos sin azogue que cubren la pared norte, del suelo al techo. ¿Cuántas personas detrás? ¿Quién observa? La disposición del lugar: el escenario elevado en el centro, las alcobas en semicírculo, la barra de caoba maciza a la derecha, las escaleras disimuladas que llevan a pisos prohibidos. Los hombres de pie, copa en mano, que observan sin tocar, coleccionistas de carne esperando su hora. Las mujeres en cuclillas sobre cojines de terciopelo, collares centelleantes en la garganta, miradas bajas, manos posadas sobre los muslos en una actitud de espera que evoca más obras de arte que seres humanos. Algunas bailan, desnudas, cintas de seda anudadas a las muñecas, sus movimientos hipnóticos, sus ojos vacíos o extáticos, aún no sé distinguir la diferencia.

Un camarero pasa, bandeja en equilibrio sobre una mano enguantada de blanco. Copas de champán, flautas esbeltas donde las burbujas suben en columnas regulares. Tomo una sin pensar. Mis dedos tiemblan contra el cristal. Aprieto la flauta con más fuerza, hasta temer romperla. El champán está frío, demasiado frío, baja por mi garganta como un hilo de hielo.

Es en ese momento cuando él se acerca.

Un hombre. Sesenta y tantos, guapo con una belleza mantenida por décadas de privilegio. Traje gris antracita que debe costar más que mi alquiler mensual. Pañuelo blanco, gemelos de ónice. Sus ojos se deslizan sobre mí con esa lentitud clínica de los expertos en carne humana, los conocedores que nunca se apresuran porque saben que todo acaba perteneciéndoles.

—Nueva.

No es una pregunta. Lo sabe. Lo sabe todo de mí con una sola mirada, como un felino que olfatea la sangre de un animal herido.

—Sí.

—¿Conoces las reglas?

Su voz es educada, arrastrada, la de un hombre que nunca ha tenido que alzar el tono para conseguir lo que quiere.

—Yo… observo por ahora.

Él sonríe. Y esa sonrisa es peor que una amenaza. Es la sonrisa del que ya te ha clasificado, catalogado, etiquetado. La sonrisa del que sabe que vas a caer, que es cuestión de horas o de minutos, y que tu resistencia forma parte del entretenimiento. Ha visto a cientos de mujeres como yo cruzar esa puerta, con el mismo destello de desafío en los ojos, y las ha visto a todas doblegarse.

—Entonces observa, preciosa. Observa bien. Pero no olvides nunca una cosa.

Se inclina, su boca cerca de mi oído. Su colonia es una mezcla de sándalo y algo más amargo. Metálico.

—Aquí se es tan observado como se observa. Cada movimiento que haces, cada respiración, cada parpadeo es una información que entregas a depredadores que ni siquiera ves. Desconfía de los espejos. Y desconfía de quienes no se reflejan en ninguno.

Se aleja, engullido por la multitud, dejándome sola con mi champán y mis certezas que se desmoronan.

Respiro. Intento bajar mi ritmo cardíaco. La verdad me golpea por primera vez desde que acepté esta misión, desde que pasé cuatro meses recopilando información sobre este club, sobornando a antiguos empleados, cruzando fuentes anónimas, convenciendo a mi redactor jefe de que esta infiltración era necesaria, vital, que nadie más podía hacerla.

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