Beranda / Romance / PAPÁ Y YO 1 / Capítulo 7 : Desenmascarada 2

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Capítulo 7 : Desenmascarada 2

Penulis: Déesse
last update Tanggal publikasi: 2026-09-06 03:23:02

La sumisa en el centro de la sala llega al orgasmo con un grito que desgarra el aire como una cuchilla. El sonido rebota en los muros de piedra, rebota en los espejos sin azogue. Nadie nos presta atención. El espectáculo continúa, imperturbable, mientras mi universo se derrumba en silencio. Nadie se fija en la mujer rota en la barra, la periodista desenmascarada, la presa que acaba de comprender que nunca ha sido otra cosa que una presa.

—Cómo…

—No es la primera que intenta la infiltración, Blanche. Simplemente es la menos dotada.

La menos dotada. El desprecio es total, absoluto, y sin embargo permanece ahí, tranquilo, casi elegante en su crueldad. No ha llamado a seguridad. No ha hecho un gesto amenazante. Me mantiene en suspenso, como un insecto en resina, y parece saborear mi pánico con una paciencia de coleccionista.

—Sígame.

No es una invitación. Ni siquiera es una orden, en el sentido en que una orden deja teóricamente la posibilidad de desobedecer. Es la enunciación de un hecho por venir, tan ineluctable como la gravedad. Ha dicho "sígame" como habría dicho "el sol saldrá mañana".

Gira sobre sus talones sin verificar si obedezco. Sabe que voy a obedecer. Sabe que no tengo elección porque cada segundo que paso en este club es un segundo robado a la policía que no vendrá, a la seguridad que no me protegerá, a la huida que no existe. Y es la peor de las humillaciones: tiene razón. Lo sigo.

Atravieso la sala detrás de él, como una sombra patética aferrada a los faldones de su traje negro. Pasamos entre los cuerpos entrelazados, las miradas que se apartan a su paso con una deferencia temerosa, las sumisas que bajan la cabeza a su aproximación como flores cerrándose a la noche. Margot está en algún lugar de la multitud. La vislumbro por el rabillo del ojo, inmóvil a los pies de su Amo. Me ve pasar, arrastrada en la estela del Rey de las Sombras. Su expresión es una mezcla de piedad y espanto, la mirada de alguien que asiste a un accidente y no puede hacer nada para impedirlo. Le dije que buscaba una historia. Acabo de convertirme en una.

Damien empuja una puerta oculta que no había notado, disimulada detrás de una cortina púrpura. Un pasillo estrecho, iluminado por apliques de bronce. Una escalera de caracol que se hunde en las entrañas del edificio. El ruido del club se apaga progresivamente detrás de nosotros, los bajos, los gritos, los suspiros, todo se extingue capa tras capa, reemplazado por un silencio espeso, afelpado, casi palpable. Las paredes están revestidas de caoba oscura. Alfombras orientales absorben el ruido de nuestros pasos como secantes. Apliques de bronce difunden una luz amarilla, enfermiza, que deforma las sombras.

Una última puerta. Maciza. De caoba tallada con motivos que no distingo en la penumbra. La abre sin llave, con una simple presión de la mano. La puerta gira sobre goznes perfectamente engrasados, sin un chirrido.

—Entre, Blanche.

Pronuncia mi nombre como una caricia envenenada. Una mezcla de terciopelo y arsénico. Mi nombre, mi verdadero nombre, el que nadie aquí debería conocer.

Entro.

El despacho es inmenso. Más vasto que mi apartamento entero. Una biblioteca cubre un paño de pared del suelo al techo, cientos de volúmenes encuadernados en cuero, obras antiguas que huelen a papel y a tiempo. Una chimenea monumental de mármol negro donde crepita un fuego que no calienta nada, que no combate el frío glacial de la estancia. Un escritorio de mármol negro, macizo como un altar de sacrificios, totalmente desnudo. Ni un papel. Ni un ordenador. Ni un bolígrafo. Una superficie vacía que parece esperar algo. Detrás del escritorio, un ventanal da a los jardines oscuros de la finca, árboles centenarios que se recortan contra un cielo sin luna.

Y sobre el escritorio, un expediente.

Mi expediente.

Lo reconozco inmediatamente. Las fotos mías, tomadas en seguimiento, a la salida del Chronicle, en el mercado, en casa de mi madre. Instantáneas robadas donde sonrío, inconsciente del peligro, donde vivo mi vida creyéndome segura. Las notas de gastos de mi redacción, los memos internos que enviaba a mi redactor jefe. La copia de todos mis correos electrónicos desde hace cuatro meses, cada intercambio, cada pista, cada hipótesis que creía confidencial. Mi dirección personal, el plano de mi apartamento, el duplicado de mis llaves. Los números de teléfono de mi familia, de mis amigos, de mis contactos. El nombre de mi médico de cabecera. Mi grupo sanguíneo. Mis alergias. Todo. Absolutamente todo.

—Siéntese.

Me siento en la silla frente al escritorio. Mis piernas ya no me sostienen. El cuero del asiento está frío bajo mis muslos. Él permanece de pie, detrás del escritorio, y contempla su territorio con la satisfacción tranquila de un monarca absoluto antes de bajar los ojos hacia mí.

—Ha cometido dos errores.

Contornea el escritorio, cada paso medido, cada paso resonando en el silencio espeso. Sus zapatos negros se hunden en la alfombra con una lentitud deliberada.

—El primero, haber creído que era más inteligente que mi servicio de seguridad. Mi equipo la detectó desde su primera solicitud de información. La dejaron hacer, por curiosidad. Por juego. Para ver hasta dónde llegaría.

Se detiene en el ángulo del escritorio, posa una mano sobre el mármol negro. Sus dedos se extienden sobre la piedra fría.

—El segundo, haber cruzado mi mirada.

Reanuda su marcha, lentamente, inexorablemente, como un metrónomo que escande los últimos segundos de mi libertad.

—No he…

—Me ha mirado. Directamente a los ojos. Sin bajar la cabeza. Sin apartar el rostro. Como a un igual. Como a una adversaria.

Contornea el escritorio, se acerca. El aire se vuelve más denso, más difícil de respirar, como si su sola presencia modificara la composición de la atmósfera.

—Las mujeres que me miran así son de dos clases. Las que quieren desafiarme, y que siempre terminan arrepintiéndose. Y las que quieren ser tomadas, y que aún lo ignoran. Usted pertenece a las dos categorías, ¿no es cierto, Blanche?

Su rostro está a unos centímetros del mío. Siento su aliento sobre mis labios, veo las motas doradas de sus pupilas, respiro el olor de su piel.

—No. Soy periodista. Nada más.

—Era periodista. Esta noche, está en mi despacho. Y en mi despacho no hay periodistas. No hay carreras. No hay tapaderas. Solo hay presas, y el cazador.

Se detiene frente a mí, me domina con toda su estatura. Su mano se levanta, atrapa un mechón de mi cabello que se ha escapado del moño, lo aparta de mi rostro con una dulzura clínica. El gesto es casi tierno. Casi. Pero sus dedos son cadenas, y me estremezco de la raíz del cabello a la punta de los pies.

—Tiene miedo. Lo siento. Su pulso late a ciento veinte pulsaciones por minuto. Su respiración es superficial. Sus pupilas están dilatadas. Todos los signos fisiológicos del terror están presentes.

Su mano libera mi cabello, pero no se aleja. Permanece suspendida en el aire, a unos centímetros de mi mejilla. Una amenaza implícita. Una promesa.

—Está bien. El miedo es el principio de todo. El comienzo de la sabiduría. El fundamento de la obediencia. Ahora, escúcheme atentamente, Blanche, porque no repetiré jamás lo que voy a decirle.

Retrocede un paso, cruza los brazos sobre el pecho. El gesto tensa la tela de su chaqueta sobre sus hombros, subraya la anchura de su espalda.

—Tiene dos opciones. La primera: llamo a mi jefe de seguridad. Un hombre discreto, profesional, al que pago muy caro para resolver problemas sin dejar rastro. Él la hace desaparecer. Su cuerpo nunca será encontrado. Su periódico recibe un correo de dimisión firmado de su puño y letra, que hemos tenido el cuidado de hacer imitar por un experto. Su madre recibe un mensaje suyo, desde Milán, explicándole que ha decidido tomarse unas vacaciones prolongadas. Las autoridades nunca se ven involucradas. Su vida se apaga como una vela que se sopla, sin ruido, sin olas, sin consecuencias para nadie salvo para usted.

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