Inicio / Romance / PAPÁ Y YO 1 / Capítulo 6 : Desenmascarada

Compartir

Capítulo 6 : Desenmascarada

Autor: Déesse
last update Fecha de publicación: 2026-09-06 03:21:48

Blanche

La escena se desarrolla en el centro de la sala principal, sobre el estrado circular iluminado por una corona de velas negras.

Un hombre, torso desnudo, musculoso como un bailarín clásico, una máscara de cuero sobre los ojos. Una mujer, joven, veinte años a lo sumo, la piel lechosa y virgen de toda marca, completamente desnuda, arrodillada ante él sobre un cojín de terciopelo granate. Él sostiene una fusta flexible, de cuero trenzado, que hace oscilar suavemente contra su muslo. No la usa. Todavía no. Saborea la espera, la tensión que sube en el público, la respiración suspendida de su sumisa.

Están rodeados por un círculo de espectadores silenciosos. Hombres sobre todo, trajes oscuros, vasos de whisky olvidados en sus manos. Algunas mujeres, collar al cuello, que observan la escena con una intensidad que me turba. No es celos lo que hay en sus ojos. Es reconocimiento. Nostalgia, quizá. El aire está espeso de deseo contenido, de transgresión inminente, de esa violencia codificada que solo espera la señal para liberarse.

El hombre habla en voz baja, palabras que no oigo pero que la mujer recibe como caricias. Ella asiente, los ojos brillantes, los labios entreabiertos. Él le ordena levantarse, girarse, mostrar su espalda al público. Ella obedece con una gracia fluida, casi danzada. Su espalda es un lienzo virgen, blanco, perfecto, que solo espera la firma del cuero.

—Mirad —dice el hombre a la asamblea con voz de predicador—. Esto es lo que da el abandono. Esto es lo que da la confianza absoluta. Un lienzo virgen que solo pide ser pintado. Un instrumento que solo pide ser afinado.

Levanta la fusta. El cuero silba en el aire saturado de incienso. La multitud contiene el aliento colectivamente. La mujer cierra los ojos, sus labios articulan una palabra que no entiendo. Una plegaria, quizá. O el nombre de su Amo.

Debería apartar la mirada. Mi cuaderno mental arde de detalles que grabo en mi memoria con la precisión del reportero de guerra. El resplandor de las velas danzando sobre la piel tierna de la espalda ofrecida. El sonido mate del cuero al restallar, seco como un latigazo en el silencio recogido. El grito de la mujer, un sonido que sube del vientre, a medio camino entre el dolor y el éxtasis, que desgarra el aire y se hunde en mi carne como una cuchilla calentada al rojo vivo.

Es exactamente lo que he venido a documentar. La mecánica del poder. La coreografía de la sumisión. El intercambio misterioso entre el que golpea y la que recibe, y que parece encontrar en ello un placer que no comprendo pero que no puedo ignorar.

Pero no puedo tomar distancia. No puedo permanecer en esa postura clínica del periodista que observa detrás de un cristal sin azogue. Algo en ese grito, en esa piel, en esa rendición consentida hasta el éxtasis turbio, me aspira. Una parte de mí es arrastrada al espectáculo, horrorizada y fascinada, incapaz de mantener la distancia profesional que me había prometido.

No es compasión. No exactamente. Es una curiosidad vertiginosa, como si estuviera al borde de un acantilado y sintiera la llamada del vacío. ¿Qué se siente al saltar? ¿Qué se siente al ser la que recibe? ¿Qué se siente al ser el lienzo, y no el pintor?

Una mano se posa sobre la mía.

Me sobresalto tan violentamente que casi derramo mi vaso.

Damien Cross está a mi lado.

No estaba allí una fracción de segundo antes. Se ha materializado, como si la propia sombra lo hubiera traído hasta aquí sin un ruido, sin un roce de aire, sin un desplazamiento de luz. No lo he visto ni oído acercarse, y sin embargo está ahí, a unos centímetros, su mano posada sobre la mía con una firmeza que no tiene nada de tierna.

Su mano es cálida. Inmensa. No una mano de hombre de negocios, no los dedos finos y manicurados que esperaba. Una mano de trabajador, de escultor, de luchador. Nudillos prominentes. Callosidades ligeras en la yema de los dedos. Una presión que no aplasta, pero que no deja ninguna duda sobre la capacidad de aplastar si quisiera.

Se inclina hacia mí. Siento su aliento contra mi oído, cálido y regular, perfectamente controlado. Su colonia es una mezcla de sándalo, cuero y algo más oscuro. Humo. Metal. Peligro.

—Buenas noches, Blanche Sterling.

Mi sangre se convierte en hielo. No metafóricamente. Lo siento físicamente, ese torrente de frío que parte de mi nuca y baja a lo largo de mi columna vertebral, que congela mis órganos uno a uno, que paraliza mis pulmones.

—¿Avanza bien su artículo?

El suelo se abre bajo mis pies. No de manera figurada. Siento físicamente el abismo que se excava bajo mis tacones, el vacío que aspira mis certezas, mis mentiras, mis cuatro meses de preparación minuciosa. Mis piernas ya no responden. Mi lengua está soldada a mi paladar, espesa y seca como un trozo de cuero. Clavo la mirada en la escena de dominación como si fuera a salvarme, como si la espalda surcada de la sumisa, las velas vacilantes, los rostros extáticos de los espectadores pudieran formar un escudo entre ese hombre y yo. Pero nada puede salvarme.

Lo sabe.

Sabe mi nombre. Mi verdadero nombre. Sabe por qué estoy aquí, desde cuándo investigo, cuáles son mis intenciones. Lo sabe todo, y me lo anuncia con la desenvoltura de un maître que confirma una reserva.

Retira su mano, lentamente, muy lentamente. El movimiento tiene algo obsceno en su lentitud calculada. Como si cada milímetro de piel que abandona fuera una concesión que me otorga, un favor por el que debería estar agradecida. Sus dedos se deslizan sobre mis nudillos, sobre mis falanges, se demoran un segundo de más en mi muñeca, allí donde mi pulso late a una velocidad desbocada bajo la piel fina.

Luego el contacto cesa. Mi mano está sola sobre el zinc de la barra, helada, abandonada.

Giro la cabeza hacia él. Es un error. Lo sé en el momento en que lo hago. Pero no puedo evitarlo. Es más fuerte que yo, ese instinto que empuja al antílope a mirar al león de frente antes de morir.

Su rostro está a unos centímetros del mío. Lo bastante cerca para que vea las motas doradas de sus iris negros, para que cuente las finas arrugas en las comisuras de sus ojos, para que sienta el calor de su piel más allá del espacio que nos separa. Esos ojos que absorben la luz como dos pozos sin fondo. Esa media sonrisa que no tiene absolutamente nada de sonrisa. Esa expresión de depredador que ya ha ganado y que saborea el instante que precede a la carnicería.

Busco una réplica. Una mentira. Una pirueta verbal. Cualquier cosa. He pasado años afilando mis reflejos de periodista infiltrada, aprendiendo a mentir bajo presión, a improvisar coartadas en una fracción de segundo. Nada viene. Mi cerebro está vacío, cortocircuitado por el pánico, como si todas mis formaciones se hubieran borrado de golpe.

—Yo… se equivoca.

Mi voz es débil. Patética. Ni yo misma me la creo.

—¿De verdad?

Su tono es plano como la piedra. No cree mi mentira. No la cree porque no la necesita. Sabe. Y quiere que yo sepa que sabe.

—Blanche Sterling. Nacida en Boston, barrio de Back Bay. Treinta y un años. Periodista del Chronicle desde hace ocho años. Especializada en infiltraciones en medios cerrados. Hizo caer un casino clandestino en Atlantic City haciéndose pasar por crupier. Una secta milenarista en Vermont interpretando a una conversa. Una red de tráfico de influencias en Washington inventándose una carrera de lobista.

Cada palabra es una cuchilla. Precisa. Documentada. Fatal. Desgrana mi vida como se lee un currículum, con el desapego clínico de un oficial de inteligencia que interroga a un agente capturado.

—Investiga El Ojo desde hace cuatro meses. Ha contactado con siete antiguos empleados, de los cuales tres aceptaron hablar con usted a cambio de una remuneración. Ha sobornado a un proveedor de champán para obtener las fechas de las veladas privadas. Tiene un billete de avión para Milán dentro de treinta y seis días. Piensa publicar su artículo acto seguido y abandonar el país mientras dura la tormenta mediática.

Inclina la cabeza, divertido por mi palidez creciente. Mi rostro debe estar blanco como el mármol de la barra. Lo siento en la frialdad de mis mejillas, en mis labios exangües, en el zumbido que invade mis oídos.

—Tiene una gata que se llama Orwell. Un guiño a su vocación, imagino. La recogió de la protectora hace cuatro años. Tiene una madre, viuda, que vive en Beacon Hill y que la llama todos los domingos a las siete de la tarde en punto. Le habla de su vida omitiendo cuidadosamente los detalles peligrosos. La semana pasada, le dijo que estaba haciendo un reportaje sobre galerías de arte contemporáneo.

Hace una pausa. La media sonrisa se ensancha un milímetro.

—¿Olvido algo?

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • PAPÁ Y YO 1   Capítulo 73 : Hacia la luz 2

    Arrastro un taburete hasta la cama, me siento y mantengo su mano entre las mías. No la soltaré. Ni esta noche. Ni nunca. Las horas transcurren lentas como siglos y rápidas como segundos. La enfermería se va tranquilizando. Los heridos reciben tratamiento, son evacuados o se quedan dormidos. El monitor cardíaco continúa emitiendo sus pitidos regulares, una nana mecánica que marca el ritmo de mi vigilia. Poco a poco, la mano de Damien se calienta entre las mías. Su piel recupera el color y su respiración se vuelve más profunda y regular. No duermo. No como. Solo bebo el agua que me trae una enfermera, sin apenas mirarla. Mis ojos permanecen clavados en su rostro, atentos a cada temblor de sus párpados y a cada movimiento de su pecho.

  • PAPÁ Y YO 1   Capítulo 72 : Hacia la luz 1

    Espero a que los gritos triunfales de los hombres de Vance se conviertan en gritos de derrota y, finalmente, en silencio. Entonces escucho lo que tanto esperaba. Botas en el corredor. Muchas botas, avanzando con disciplina. Voces que gritan órdenes. No son los ladridos guturales de los mercenarios de Vance, sino las órdenes precisas y firmes de los hombres de Damien. La puerta se abre de golpe. En el umbral aparece Marcus, el lugarteniente leal, con el rostro manchado de hollín y sangre, pero vivo. Vivo y victorioso. —Señorita Sterling. Gracias a Dios, está sana y salva. —¿Damien? ¿Dónde está Damien? La pregunta sale de mis labios como una bala, cargada con todo el terror que he contenido durante horas. Marcus baja la mirada y siento que la san

  • PAPÁ Y YO 1   Capítulo 71 : El sacrificio 3

    No ve la mentira. La cripta está al otro extremo de la mansión, muy lejos del túnel donde Damien permanece oculto. Allí no hay nadie. Solo tumbas vacías y recuerdos cubiertos de polvo. Pero Vance lo ignora. Y el tiempo que tarde en enviar a sus hombres a comprobarlo, el tiempo que necesiten para atravesar la mansión y descubrir el engaño, será tiempo ganado. Tiempo para que Marcus encuentre a Damien. Tiempo para que lleguen los refuerzos. Tiempo para que mi sacrificio sirva de algo. —Lleváosla —ordena Vance a sus hombres—. Encerradla en la habitación de marfil. Si ha mentido, me ocuparé personalmente de ella. Los guardias me agarran de los brazos y me sacan del despacho. No me resisto. Lanzo una última mirada a Vance, sentado en el sillón de Damien, acariciando con sus dedos manchados de sangre la memoria USB vacía

  • PAPÁ Y YO 1   Capítulo 70 : El sacrificio 2

    Cada segundo que gane será un segundo más para salvarlo. Atravesamos la mansión devastada. Los corredores que he aprendido a amar, aquellos pasillos de piedra y terciopelo que se han convertido en mi hogar, resultan irreconocibles. Hay cuerpos tendidos aquí y allá: hombres de Damien, hombres de Vance e invitados inocentes atrapados en el fuego cruzado. El olor a pólvora y sangre impregna el aire. A través de las puertas cerradas llegan sollozos ahogados. El despacho principal. La puerta está abierta de par en par y los paneles de madera presentan las marcas de los impactos de bala. Vance está allí, sentado en el sillón de cuero de Damien, detrás del escritorio de mármol negro, como una grotesca parodia de un soberano sentado en un trono usurpado. Tiene el hombro vendado con un apósito improvisado, manchado de sangre. Su rostro está deformado po

  • PAPÁ Y YO 1   Capítulo 69 : El sacrificio

    Blanche El túnel desemboca en las bodegas de la mansión, un laberinto de corredores abovedados, almacenes polvorientos y puertas de madera carcomida. Conozco estas bodegas. Durante mis semanas de iniciación y mis exploraciones nocturnas, recorrí cada rincón de esta fortaleza, impulsada por una curiosidad periodística que el adiestramiento nunca consiguió apagar por completo. Sé dónde están los pasadizos secretos, las escaleras de servicio y los escondites de armas. Sé dónde encontrar a nuestros aliados. Pero también sé que los hombres de Vance siguen merodeando por allí, eliminando los últimos focos de resistencia y persiguiendo a los leales a Damien. El ruido de sus botas resuena por los corredores. Sus voces se multiplican bajo las bóvedas de piedra. Cada cruce es un peligro. Cada rincón oscuro puede esconder a un enemigo. Me desliz

  • PAPÁ Y YO 1   Capítulo 68 : Una cuestión de vida o muerte 2

    La luz blanca atraviesa las tinieblas y revela el estrecho túnel, las paredes de piedra cubiertas de humedad y a Damien. Está tendido en el suelo. Su camisa blanca se ha vuelto completamente roja. Tiene los ojos cerrados y el rostro pálido como la cera. El charco de sangre se extiende bajo su cuerpo, oscuro bajo la luz artificial. Todavía respira, pero cada inspiración es una lucha, un estertor que apenas consigue levantarle el pecho. —Damien... Me arrodillo a su lado y le pongo los dedos en el cuello. Su pulso sigue ahí, pero es débil. Muy débil. Un latido errático, como una mariposa desesperada que golpeara sus alas contra un cristal. —Damien, ¿me oye? Por favor, abra los ojos. Sus párpados tiemblan. Sus labios se mueven. Un murmullo casi inaudible. —Blanche

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status