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Capítulo 75 : Un cuidado especial 2

Autor: Déesse
last update Fecha de publicación: 2026-10-28 20:24:33

Léna me dirige una media sonrisa y me tiende la brocha de afeitar, la espuma de afeitar, la navaja. Luego se retira, replegándose en un rincón de la habitación, presente pero invisible, lista para intervenir si es necesario.

Tiemblo un poco al acercar la brocha al rostro de Damien. Mis dedos no son seguros, mi gesto es vacilante. Él abre los ojos, sus ojos negros que capturan los míos, y esboza esa sonrisa rara que transforma su rostro de mármol en rostro de hombre.

— Despacio, Blanche. Como ac
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    BlancheHan pasado tres semanas desde el ataque.Los puntos de sutura han sido retirados. La cicatriz en su costado es una línea rosada, irregular, que cruza su piel morena como una firma de guerra. Vuelve a caminar: pequeños paseos por la habitación primero, luego por el pasillo, apoyado en un bastón con pomo de plata. Sus fuerzas regresan lentamente, como la marea que sube después del estiaje. Sus noches son menos agitadas. Sus ojos han perdido ese velo vítreo que me aterraba. Incluso ríe a veces, con esa risa grave y rara que me derrite cada vez.Pero hay una cosa que no ha vuelto. Una cosa de la que no hablamos, pero que flota entre nosotros como un fantasma. El deseo. La carne. La fusión de los cuerpos que era nuestro lenguaje secreto, nuestro territorio sagrado.Sigo durmiendo en el sillón junto a su cama, o a veces en la cama con él, pero sin tocarlo de otra manera que con caricias castas, besos en la frente, manos entrelazadas en la oscuridad. Él no pide nada. Yo no me atrevo

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    Léna me dirige una media sonrisa y me tiende la brocha de afeitar, la espuma de afeitar, la navaja. Luego se retira, replegándose en un rincón de la habitación, presente pero invisible, lista para intervenir si es necesario.Tiemblo un poco al acercar la brocha al rostro de Damien. Mis dedos no son seguros, mi gesto es vacilante. Él abre los ojos, sus ojos negros que capturan los míos, y esboza esa sonrisa rara que transforma su rostro de mármol en rostro de hombre.— Despacio, Blanche. Como acariciarías a un gato. Deja que tus dedos aprendan.Aplico la espuma en sus mejillas, su mentón, el contorno de sus labios. Mis dedos descubren la textura de su barba incipiente, áspera bajo la espuma untuosa. Me tomo mi tiempo. Hago durar el gesto, transformando la aplicación mecánica en una caricia lenta, una exploración de su rostro como nunca lo había hecho. Sus sienes, donde la piel es fina y suave. Su mandíbula cuadrada, donde el hueso aflora bajo la carne. El hueco bajo su labio inferior,

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    Blanche La convalecencia de Damien es un purgatorio. No para él; él soporta el dolor como lo soporta todo, con esa fuerza silenciosa, esa resistencia de granito que me aprieta el corazón. El médico ha dicho seis semanas antes de que pueda caminar sin ayuda, tres meses antes de que recupere toda su movilidad. La bala atravesó el hígado, rozó el pulmón, dejó daños internos que solo la paciencia puede reparar. Está clavado en la cama en sus apartamentos privados, esa habitación principal que nunca había visto antes del ataque, un santuario de maderas oscuras, terciopelo granate, libros antiguos y lámparas de aceite que proyectan sombras danzantes en las paredes. Para mí, es un purgatorio porque lo veo sufrir y no puedo hacer nada. Porque cada mueca, cada movimiento demasiado brusco que le arranca un silbido de dolor, es una puñalada en mi propia carne. Porque querría tomar su sufrimiento, absorberlo, cargarlo en su lugar, y es imposible. Así que hago lo único que puedo hacer. Me que

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    Arrastro un taburete hasta la cama, me siento y mantengo su mano entre las mías. No la soltaré. Ni esta noche. Ni nunca. Las horas transcurren lentas como siglos y rápidas como segundos. La enfermería se va tranquilizando. Los heridos reciben tratamiento, son evacuados o se quedan dormidos. El monitor cardíaco continúa emitiendo sus pitidos regulares, una nana mecánica que marca el ritmo de mi vigilia. Poco a poco, la mano de Damien se calienta entre las mías. Su piel recupera el color y su respiración se vuelve más profunda y regular. No duermo. No como. Solo bebo el agua que me trae una enfermera, sin apenas mirarla. Mis ojos permanecen clavados en su rostro, atentos a cada temblor de sus párpados y a cada movimiento de su pecho.

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    Espero a que los gritos triunfales de los hombres de Vance se conviertan en gritos de derrota y, finalmente, en silencio. Entonces escucho lo que tanto esperaba. Botas en el corredor. Muchas botas, avanzando con disciplina. Voces que gritan órdenes. No son los ladridos guturales de los mercenarios de Vance, sino las órdenes precisas y firmes de los hombres de Damien. La puerta se abre de golpe. En el umbral aparece Marcus, el lugarteniente leal, con el rostro manchado de hollín y sangre, pero vivo. Vivo y victorioso. —Señorita Sterling. Gracias a Dios, está sana y salva. —¿Damien? ¿Dónde está Damien? La pregunta sale de mis labios como una bala, cargada con todo el terror que he contenido durante horas. Marcus baja la mirada y siento que la san

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    No ve la mentira. La cripta está al otro extremo de la mansión, muy lejos del túnel donde Damien permanece oculto. Allí no hay nadie. Solo tumbas vacías y recuerdos cubiertos de polvo. Pero Vance lo ignora. Y el tiempo que tarde en enviar a sus hombres a comprobarlo, el tiempo que necesiten para atravesar la mansión y descubrir el engaño, será tiempo ganado. Tiempo para que Marcus encuentre a Damien. Tiempo para que lleguen los refuerzos. Tiempo para que mi sacrificio sirva de algo. —Lleváosla —ordena Vance a sus hombres—. Encerradla en la habitación de marfil. Si ha mentido, me ocuparé personalmente de ella. Los guardias me agarran de los brazos y me sacan del despacho. No me resisto. Lanzo una última mirada a Vance, sentado en el sillón de Damien, acariciando con sus dedos manchados de sangre la memoria USB vacía

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