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Capítulo 76 : La curación por los sentidos

Author: Déesse
last update publish date: 2026-10-28 20:25:29

Blanche

Han pasado tres semanas desde el ataque.

Los puntos de sutura han sido retirados. La cicatriz en su costado es una línea rosada, irregular, que cruza su piel morena como una firma de guerra. Vuelve a caminar: pequeños paseos por la habitación primero, luego por el pasillo, apoyado en un bastón con pomo de plata. Sus fuerzas regresan lentamente, como la marea que sube después del estiaje. Sus noches son menos agitadas. Sus ojos han perdido ese velo vítreo que me aterraba. Incluso ríe a v
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    Léna Nunca debí hurgar en sus cosas. Es lo que me repito, sentada en el borde de mi cama, la llave USB negra apretada en mi palma sudorosa. Esa llave que robé del despacho de Damien Cross hace semanas, cuando me pidió que le llevara un expediente durante una reunión del Círculo. Esa llave que copié, o al menos intenté copiar, antes de devolverla a su sitio sin que se diera cuenta. Esa llave que contiene todos los secretos de L'Œil, todos los expedientes, todas las pruebas, y que Vance me había prometido cambiar por mi libertad. Mi libertad. Como si la libertad existiera todavía para mí. Como si hubiera sido libre alguna vez, desde el día en que traspasé las puertas de esta mansión. Miro la llave USB en mi mano, y no veo un objeto electrónico. Veo una granada sin seguro. Veo el arma que casi mata a Damien. Veo la prueba de mi traición, la más grande, la más imperdonable de todas. Porque he trai

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    Cuando llego a la cicatriz en su costado, me detengo. La línea rosada aún es sensible; lo sé porque se estremece ligeramente a mi aproximación. Pero en lugar de evitar la zona, me inclino y deposito un beso. Uno solo. Ligero como un ala de mariposa, cargado de toda la gratitud y todo el amor que siento. Esta cicatriz es la marca de su sacrificio. Esta cicatriz es la prueba de que está vivo. Esta cicatriz es una medalla de guerra, y la honro como tal.— Gracias, murmuro contra su piel. Gracias por estar vivo.Su mano se crispa en mi nuca. Su respiración es ronca, irregular. Levanto la cabeza y veo que tiene los ojos húmedos; no lágrimas, no del todo, pero un brillo que no engaña. El Rey de las Sombras, el Maestro absoluto, está conmovido hasta el borde de las lágrimas por mis besos.Continúo mi exploración. Mi cuerpo se desliza a lo largo del suyo, mis pechos rozando su piel, mis muslos entrelazándose con los suyos. Tengo cuidado con su pierna herida,

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    BlancheHan pasado tres semanas desde el ataque.Los puntos de sutura han sido retirados. La cicatriz en su costado es una línea rosada, irregular, que cruza su piel morena como una firma de guerra. Vuelve a caminar: pequeños paseos por la habitación primero, luego por el pasillo, apoyado en un bastón con pomo de plata. Sus fuerzas regresan lentamente, como la marea que sube después del estiaje. Sus noches son menos agitadas. Sus ojos han perdido ese velo vítreo que me aterraba. Incluso ríe a veces, con esa risa grave y rara que me derrite cada vez.Pero hay una cosa que no ha vuelto. Una cosa de la que no hablamos, pero que flota entre nosotros como un fantasma. El deseo. La carne. La fusión de los cuerpos que era nuestro lenguaje secreto, nuestro territorio sagrado.Sigo durmiendo en el sillón junto a su cama, o a veces en la cama con él, pero sin tocarlo de otra manera que con caricias castas, besos en la frente, manos entrelazadas en la oscuridad. Él no pide nada. Yo no me atrevo

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    Léna me dirige una media sonrisa y me tiende la brocha de afeitar, la espuma de afeitar, la navaja. Luego se retira, replegándose en un rincón de la habitación, presente pero invisible, lista para intervenir si es necesario.Tiemblo un poco al acercar la brocha al rostro de Damien. Mis dedos no son seguros, mi gesto es vacilante. Él abre los ojos, sus ojos negros que capturan los míos, y esboza esa sonrisa rara que transforma su rostro de mármol en rostro de hombre.— Despacio, Blanche. Como acariciarías a un gato. Deja que tus dedos aprendan.Aplico la espuma en sus mejillas, su mentón, el contorno de sus labios. Mis dedos descubren la textura de su barba incipiente, áspera bajo la espuma untuosa. Me tomo mi tiempo. Hago durar el gesto, transformando la aplicación mecánica en una caricia lenta, una exploración de su rostro como nunca lo había hecho. Sus sienes, donde la piel es fina y suave. Su mandíbula cuadrada, donde el hueso aflora bajo la carne. El hueco bajo su labio inferior,

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    Blanche La convalecencia de Damien es un purgatorio. No para él; él soporta el dolor como lo soporta todo, con esa fuerza silenciosa, esa resistencia de granito que me aprieta el corazón. El médico ha dicho seis semanas antes de que pueda caminar sin ayuda, tres meses antes de que recupere toda su movilidad. La bala atravesó el hígado, rozó el pulmón, dejó daños internos que solo la paciencia puede reparar. Está clavado en la cama en sus apartamentos privados, esa habitación principal que nunca había visto antes del ataque, un santuario de maderas oscuras, terciopelo granate, libros antiguos y lámparas de aceite que proyectan sombras danzantes en las paredes. Para mí, es un purgatorio porque lo veo sufrir y no puedo hacer nada. Porque cada mueca, cada movimiento demasiado brusco que le arranca un silbido de dolor, es una puñalada en mi propia carne. Porque querría tomar su sufrimiento, absorberlo, cargarlo en su lugar, y es imposible. Así que hago lo único que puedo hacer. Me que

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    Arrastro un taburete hasta la cama, me siento y mantengo su mano entre las mías. No la soltaré. Ni esta noche. Ni nunca. Las horas transcurren lentas como siglos y rápidas como segundos. La enfermería se va tranquilizando. Los heridos reciben tratamiento, son evacuados o se quedan dormidos. El monitor cardíaco continúa emitiendo sus pitidos regulares, una nana mecánica que marca el ritmo de mi vigilia. Poco a poco, la mano de Damien se calienta entre las mías. Su piel recupera el color y su respiración se vuelve más profunda y regular. No duermo. No como. Solo bebo el agua que me trae una enfermera, sin apenas mirarla. Mis ojos permanecen clavados en su rostro, atentos a cada temblor de sus párpados y a cada movimiento de su pecho.

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