登入Volver a la casa se sintió diferente esta vez.
Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las palabras. —No fué necesario que me llamaras, sentí tu energía, supe que estabas en peligro y fuí de inmediato. No esperé esa respuesta y mucho menos su tono suave. Ni la forma en la que me miró cuando lo dijo. Sentí algo revolverse en mi pecho, y fingí no haberlo escuchado del todo. —Te traeré un vaso con agua —me levanté antes de que el calor en mi cara fuera evidente. —Ya debería haber sanado—murmuró para sí mismo, aún así logré escucharlo. Fui, regresé y después de darle el vaso, lo ayudé a quitarse la parte superior de la túnica. Tenía un moretón extendiéndose por el costado. Me costó contener las lágrimas al verlo tan lastimado. En ese momento no comprendí porque me sentía tan afectada. —¿Por qué lloras?, ¿Seguro que no estás lastimada? —No... es solo que... creo que me cayó algo en el ojo—mentí. —No sabía que tú también podías sangrar —dije en voz baja—. ¿De que sirve ser la muerte si no eres inmortal? —Nada es invencible... y ya te he dicho que no soy la muerte. A pesar de sus palabras, pude notar que no tenía cicatrices. El mantuvo la mirada fija en el techo. Yo, en sus costillas. Y al pasarle la toalla húmeda cerca del moretón, se quejó. —¿Duele? —pregunté. —Solo un poco. —Mientes fatal. —¿Ya terminaste?, hablas demasiado. Sonreí. No pude evitarlo. —¿Cuánto tiempo te toma sanar por completo? —Un par de minutos... esta vez está tardando más de lo habitual. —¿Crees que sea porque yo esté cerca de ti? —No directamente... —Me contuve un suspiro de alivio—. Pero ese Lóbrego... no era igual a los otros, creo que no solo se alimentó de tu miedo, si no también de tu energía. Debo mantenerte lejos de esos espectros. Me estremecí al recordar esas cosas tan horribles. —Supongo que esos monstruos son los encargados de llevar a las almas que van al infierno. —No... ese trabajo lo hacen los oscuros. —"Perfecto", ¿algo más a lo que le deba temer? —A los oscuros no debes temerle... ellos no se meten en nuestros asuntos ni nosotros en los de ellos. —¿Y su aspecto es como lo de tu especie?, ¿se ven iguales a ustedes? —Algo así, pero menos atractivos. Sonreí por unos segundos. —¿Y entonces esas cosas de dónde salieron?, me refiero a los espectros. —Son antiguas almas en pena, seres humanos que deciden irse por el camino de la incredulidad. —¿Personas que no creen en el cielo ni en el infierno? El asiente con la cabeza antes de agregar: —Y su final termina siendo peor que el Inframundo. Sus almas se pierden en el hilo de la existencia. Oir todo aquello me resultaba tan triste y al mismo tiempo tan escalofriante, que no quise seguir escuchando más del tema. Sus moretones al fin fueron desapareciendo y mi alivio fue inmediato. Le subí la túnica y me quedé sentada en el suelo, entre sus piernas, y dejé la cabeza recostada en sus rodillas. No sé por qué lo hice, y él tampoco me apartó, así que me quedé ahí. De alguna forma sentía que no podía estar lejos, o no quería. Tal vez era porque ambos nos sentíamos igual de cansados. Casi me sobresalté cuando sentí que comenzó a acariciarme el cabello. Lo hizo muy despacio, como si no supiera cómo hacerlo pero aún así quiso intentarlo. —Bastian… —¿Mm? —Gracias. —¿Por qué? —Por salvarme... Por no dejarme sola aunque yo me fui. —No vuelvas a hacerlo —fue todo lo que dijo. —Solo si tú no vuelves a pensar en borrarme. —Debi suponer que estabas escuchando. —No fue a propósito. Pero sí. —Elysia no me ordenó borrarte—confeso, y después de explicarme todo a detalle me sentí como una tonta. Me incorporé, sentándome junto a él en el sofá. Sin saber que más decir, me encontraba avergonzada. —¿Puedes prometerme algo? —preguntó en voz baja y mirándome a los ojos. Yo solo asentí para afirmar— Que de ahora en adelante confiaras en mí. —Lo prometo...Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros