LOGINAparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa.
La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo, demasiado fina para aquella noche tan fría. Me quedé observándolo unos segundos. Ya el bebé no se movía. Había visto miles de cuerpos durante los siglos que llevaba haciendo aquel trabajo. Pero nunca dejaba de existir algo extraño cuando se trataba de un recién nacido. Un ser tan pequeño e indefenso. Tan nuevo en un mundo que ni siquiera había tenido oportunidad de conocer. —Bastian... La voz de Legna sonó detrás de mí y me gire de inmediato. Había desobedecido. Debí suponerlo, tratándose de ella. —Te dije que me esperaras allá. Pero ella ya no me estaba mirando. Sus ojos estaban fijos en la caja. —Eso es... ¿Es un bebé? No respondí. Eso fue suficiente. Legna se acercó lentamente. —¿Está...? —Sí. Ahora regresa y espérame dónde te dije. Su rostro cambió. —Por Dios... Bastian. —Legna, regresa ahora. —No puede ser. —Tenemos que irnos... te llevaré a casa y volveré a terminar el trabajo. —¿Quién le hizo esto? No contesté. Porque no tenía una respuesta, o quizá tenía demasiadas. Lo abandonaron, lo dejaron allí, solo, en una noche helada. Ni siquiera se tomaron unos minutos para darle un nombre. De un instante a otro el alma del bebé apareció entre mis brazos. Era pequeño, tan pequeño que casi parecía imposible que una existencia pudiera ocupar tan poco espacio. El pequeño comenzó a llorar, y yo reaccione por instinto. —Shhhh... ya, ya, estás bien. Es momento de irnos —le susurré mientras lo mecía con suavidad. Y al igual que el bebé, Legna también se puso a llorar. —Bastian... Vi sus intenciones. —No lo hagas Legna. —¿Cómo puede alguien hacer algo así? —No debes tocarlo. —¡Es un bebé!—Su voz se quebró. —¿Por qué no lo dieron en adopción?, de entre tantas formas, eligieron la peor... No supe qué responder. Ella se agachó frente a la caja. —No... Extendió las manos. —Legna, no. Antes de que pudiera detenerla, tomó el pequeño cuerpo entre sus brazos y lo sostuvo contra su pecho. —Estás tan frío...—cerró los ojos. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.—Debimos llegar más rápido, tal vez habríamos podido... —No podíamos cambiar su destino. —¡Pues es injusto! —se quejó, mirándo hacia el cielo. —No culpes al creador por las decisiones que toman ustedes, los seres humanos. El les da la vida, ustedes deciden cómo vivirla. —Pero él... no tuvo oportunidad alguna de elegir—le acarició el rostro —. Perdón pequeñito... no merecías ésto. Le pidió sollozando, como si fuese su culpa. El alma entre mis brazos comenzó a llorar otra vez, y yo comencé a tararear una vieja canción de cuna que inconscientemente me aprendí uno siglos atrás. —¿Por qué Bastian?, ¿Por qué existe tanta maldad?—preguntó una vez que el bebé se calmo. La miré en silencio. Yo conozco a la maldad perfectamente. He visto personas matar por dinero, por odio, por miedo. He guiado almas que habían muerto de las formas más crueles. Pero para mí siempre había sido parte del trabajo, para ella no. Ella podía mirar aquel cuerpo y preguntarse cómo alguien había sido capaz de dejarlo allí. Era capaz de sentir todo ese dolor por un desconocido. —Legna, sueltalo. Por favor.... regresalo a la caja. Ella negó con la cabeza. —No puedo dejarlo aquí. —Ya no está aquí. —Pero... —Su alma está conmigo. Le mostré mis manos. El pequeño espíritu permanecía tranquilo entre ellas. —Él ya no siente frío, ni dolor. Te prometo que lo enviaré a un lugar mejor. Legna miró el alma y luego volvió a mirar el cuerpo que sostenía. —Entonces ¿por qué a mí me duele tanto? Aquella frase me golpeó de una manera que no esperaba. Ella apretó los labios intentando contener el llanto, pero no pudo. —¿Al menos le dieron un nombre? Moví la cabeza arriba y abajo, lentamente para afirmar. No sé porque le mentí, quizás fue para arminorar su dolor. —¿Cuál es su nombre? Pensé rápido en uno. No creo que haya ningún problema en nombrarlo yo mismo. No estaría rompiendo ninguna regla. Solo le estába haciendo un favor. Me acerqué para susurrarle: —Aydam. —Aydam— repitió en un tono bajo—Tu nombre en tan lindo como tú... —sonrió a pesar de su llanto. Ya era momento de cruzarlo. No podía seguir aguardando. —Aydam, llegaste a este mundo hace solo unas horas, pero ya es momento de partir, y yo, el número dos, te guío con mi luz. El alma desapareció, dejando por unos segundos un pequeño destello de luz. El llanto de ella se incrementó al escuchar mis palabras. —Legna, tienes que soltarlo. —No. —Por favor. —No quiero dejarlo solo. —No está solo. Me arrodillé frente a ella. —Está en un mejor lugar. Legna me miró con los ojos llenos de lágrimas. —¿Y ahora qué? —Ahora debemos irnos. Ella volvió a mirar al bebé. —Pero... ¿Y si le damos sepultura?, al menos merece una ceremonia. —No Legna, debe quedarse aquí. No podemos —No quiero dejarlo. —Lo sé. Tomé suavemente sus manos. —Mírame. Ella levantó los ojos. —El está ahora en un lugar donde fue bien recibido. Un lugar donde si será amado y estará protegido. Una nueva lágrima recorrió su mejilla. —¿Y cómo se si tienes razón? —Porque confías en mí. Yo también quiero confiar en ti. Me prometiste que harías lo que te pidiera. Debemos irnos. Con mucho cuidado, conseguí que aflojara los brazos. El pequeño cuerpo quedó nuevamente en la caja. Legna se puso de pie. Parecía completamente devastada. —Quiero volver a casa. Asentí. —Vamos. Extendí mi mano. Ella la tomó, pero esta vez no dijo nada. Chasqueé los dedos y la calle desapareció...Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros