INICIAR SESIÓNDespués de ocuparse de Alberto, Elba no fue al hospital ni volvió a su departamento.En cambio, condujo hasta la casa que alguna vez fue nuestra.En el pasillo, varias luces estaban fundidas y todo quedaba sumido en una penumbra grisácea.Cuando sacó las llaves para abrir la puerta, su mano se detuvo un instante.Hacía cinco años que no volvía a usar ese llavero y, aun así, la llave seguía encajando en la cerradura.Con un clic seco, la puerta se abrió.Dentro, el polvo se acumulaba en una capa todavía más espesa de lo que ella había imaginado. Bastaba con una corriente de aire para levantar una nube grisácea que quedaba flotando en el ambiente.La luz del sol entraba por la ventana cubierta de mugre, y en el haz se veían incontables motas suspendidas en el aire.Ella se quedó parada en la entrada. Ni siquiera se atrevía a seguir avanzando con los tacones, como si temiera perturbar algo.Yo flotaba en medio de la sala, observándola avanzar poco a poco.Su mirada se posó en el sofá.Ese
Después de aquel día, Elba se encerró en su oficina y pasó dos días y dos noches sin pegar ojo.Sobre el escritorio se acumulaban montones de documentos, todos relacionados con Alberto.Había registros de las ocasiones en que había alterado historiales médicos años atrás; facturas de los equipos importados que había comprado desviando fondos del hospital; y también los reportes de la cirugía vinculada a aquel último caso de negligencia médica, en los que quedaba claro que había cometido irregularidades durante el procedimiento.El celular no dejaba de vibrar sobre la mesa. En la pantalla, el nombre de Alberto se encendía y se apagaba una y otra vez.Era evidente que Alberto no había tomado en serio la advertencia que Elba le había dado aquel día, porque sus mensajes eran cada vez más desesperados:"Elba, ¿dónde estás?""La policía ya revisó las cámaras del quirófano, ¡haz algo!""Sé que me equivoqué, no me dejes solo con esto."Elba tomó el celular y, sin siquiera mirar bien la pantall
Elba lloró en la cafetería durante muchísimo tiempo. Solo cuando se le acabaron las lágrimas se puso de pie, con los ojos hinchados y enrojecidos.Salió tambaleándose hasta la puerta. En cuanto el viento frío le golpeó el rostro, se estremeció.Yo la seguí afuera y la vi quedarse junto a la acera, quieta, como un alma en pena que no sabía adónde ir.Pasó un buen rato antes de que sacara el celular.Sus dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla durante un largo momento, pero al final llamó a Alberto.—¿Elba? —se oyó la voz de Alberto al otro lado de la línea, con una preocupación fingida—. ¿Dónde estás? Llevo rato buscándote.Elba respiró hondo. Tenía la voz tan ronca que casi no sonaba como la suya.—Ven. Tenemos que hablar.—¿Hablar de qué? ¿Ya hay noticias de Antonio?—Ven y lo sabrás.Elba no esperó su respuesta. En cuanto terminó de hablar, colgó.Luego fue a sentarse en un banco del parque y se quedó mirando las hojas caídas en el suelo, perdida en sus pensamientos.Yo flota
No sé cómo describir la expresión de Elba en el instante en que vio ese mensaje. Solo sentí que, de golpe, era como si le hubieran arrancado el alma.Ni siquiera se acordó de su bolso; se dio la vuelta y salió corriendo.Los tacones le repiqueteaban sin compás en el pasillo, y ella iba tropezando a cada paso. Varias veces estuvo a punto de torcerse el tobillo.Ya dentro del auto, una lágrima cayó con un golpecito seco sobre el volante. Después vinieron más, una tras otra, hasta convertirse en un hilo continuo.Con una mano se limpiaba la cara y con la otra maniobraba el volante casi a ciegas, hasta estar a punto de estrellarse contra la barrera de contención del camino.—No puede ser… Antonio no puede estar muerto… Él siempre podía con todo, siempre salía adelante…Yo flotaba sobre el asiento del copiloto y volví la vista hacia ella. Miré esos ojos rojos de tanto llorar. Esos mismos ojos que, cuando me despidieron del hospital, me miraron con puro desprecio.Los mismos que, cuando me a
Al volver del hospital, Elba entró a la casa casi de golpe.Al verla entrar, Alberto, que estaba sentado en el sofá, adoptó al instante esa típica expresión inocente.—Elba, ¿ya regresaste? ¿Encontraste a Antonio?Ella ni siquiera se molestó en responderle. Fue directamente a la mesa y dejó caer el bolso con fuerza.—¿Qué demonios pasó con Sandra?Alberto se quedó congelado con la taza en la mano. Frunció el ceño.—¿Sandra? ¿No estaba bien? Yo le transfería el dinero puntualmente todos los meses.—¿Bien? —Elba dejó escapar una risa helada mientras sacaba el celular y le enseñaba la foto del certificado de defunción que le había enviado la enfermera—. ¡Murió hace tres años! Le cambiaste los medicamentos y le cancelaste la tarjeta del banco. ¿Todavía te atreves a decir que no sabías nada?La fecha en la foto era clarísima.Alberto palideció al instante.Dejó la taza sobre la mesa y empezó a frotarse las manos mientras intentaba explicarse:—Esto… Elba, escúchame, yo también tenía mis raz
—¿Qué dijiste? ¿Sandra murió hace tres años?La enfermera asintió con cautela.—Eso es lo que aparece en el sistema. Fue en primavera, hace tres años: cáncer de pulmón en fase terminal, complicado por una infección.—¡No puede ser! ¡Eso es imposible!Elba perdió el control de golpe y dio un fuerte golpe al mostrador de enfermería, haciendo que varios pacientes a su alrededor voltearan a ver.Pero enseguida se obligó a calmarse.Como médica, sabía perfectamente que el sistema del hospital no podía estar equivocado, y mucho menos estar manipulado.Le apretó la muñeca a la enfermera con tanta fuerza que, cuando habló, la voz se le quebró:—¿Cómo pudo pasar esto? ¡Se supone que el servicio de oncología del hospital es el mejor! ¿Cómo pudo morir? Y además…De pronto recordó algo y el rostro se le puso aún más pálido.—Además, yo estuve depositando dinero todos los meses en esa cuenta bancaria. La semana pasada, Alberto todavía me dijo que Sandra estaba bien, que sus resultados habían mejora
Como Elba estaba desesperada por encontrarme, el primer lugar en el que pensó fue donde estaba Sandra.Yo seguí su auto hasta el Hospital Municipal.Conocía muy bien ese camino, porque durante años mi vida no había sido más que una línea recta entre el hospital y mi casa.Vi cómo Elba pisaba el acel
Parecía que mi alma había quedado atrapada junto a Elba, obligada a seguirla de vuelta a casa.Apenas abrió la puerta, Alberto salió a su encuentro, con expresión expectante.—Elba, ¿qué pasó? ¿Encontraste a Antonio?Elba negó con la cabeza, todavía algo aturdida.—No… Y además dijeron que Antonio y
En el pasillo, la puerta chirrió al girar la llave.Mi alma flotaba junto al techo mientras veía a Elba irrumpir en mi antiguo departamento, con aquel acuerdo falsificado apretado entre los dedos.Se tapó la nariz y espantó el polvo suspendido en el aire con la mano. El apresurado repiqueteo de sus







