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Capítulo 85: Mi vida

Author: sheyla garcia
last update publish date: 2026-11-08 00:06:59

Alanne

La casa de mi madre era una bonita propiedad de dos plantas, con una fachada color crema, ventanas amplias y un pequeño jardín que Anne cuidaba personalmente desde hacía muchos años. Las rosas que crecían junto al sendero estaban floreciendo y el aroma de las plantas llegaba hasta el pórtico. Había algunas macetas nuevas cerca de la entrada y me pregunté cuándo había encontrado tiempo para comprarlas.

Me detuve frente a la verja y respiré profundamente.

Siempre había amado aquella casa.
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    AlanneLa casa de mi madre era una bonita propiedad de dos plantas, con una fachada color crema, ventanas amplias y un pequeño jardín que Anne cuidaba personalmente desde hacía muchos años. Las rosas que crecían junto al sendero estaban floreciendo y el aroma de las plantas llegaba hasta el pórtico. Había algunas macetas nuevas cerca de la entrada y me pregunté cuándo había encontrado tiempo para comprarlas.Me detuve frente a la verja y respiré profundamente.Siempre había amado aquella casa. De niña podía pasarme horas jugando en el jardín mientras mi madre escribía en su despacho, situado en la segunda planta. Recuerdo que algunas tardes bajaba con una taza de té y se sentaba conmigo para leerme los fragmentos de sus novelas que consideraba apropiados para mi edad. Yo fingía comprender todas aquellas historias de amor, aunque lo único que realmente me interesaba era pasar tiempo con ella.Mi madre había comprado la propiedad cuando sus novelas comenzaron a venderse por miles de eje

  • Por error, embarazada de un millonario   Capítulo 84: Recuerdos y el presente

    AlanneEran casi las seis de la tarde cuando Jazmín terminó de cerrar la caja registradora. Yo estaba sentada en uno de los taburetes del mostrador, revisando unos mensajes en mi teléfono mientras esperaba que terminara. Habíamos pasado buena parte de la tarde organizando los últimos detalles de la boda y, aunque no había hecho demasiado esfuerzo, comenzaba a sentirme cansada.—Listo, señorita. Podemos marcharnos —anunció Jazmín mientras guardaba las llaves en su bolso—. Mañana nos espera un día bastante largo, así que espero que esta noche duermas como una persona normal.—Eso intentaré, aunque primero tengo que sobrevivir a la cena con mi madre —respondí, levantándome con cuidado.Jazmín hizo una mueca.—¿Todavía no te ha dicho para qué quiere verte?—No. Y eso es precisamente lo que me preocupa. Mi madre nunca ha sido una mujer de muchas sorpresas. Cuando dice que necesita hablar conmigo de algo importante, generalmente significa que voy a terminar escuchando algo que no me gustará

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    Alanne—¿Rey? ¿El detective?Jazmín dejó de masticar su panecillo de limón y me miró con una expresión que conocía demasiado bien. Era la misma que ponía cuando estaba a punto de decir alguna barbaridad y esperaba que yo no la juzgara.—Sí, ¿qué pasa con él? —preguntó mientras se limpiaba los dedos con una servilleta y volvía a colocar los lirios blancos dentro del recipiente.—¿Cómo que qué pasa con él? ¡Jazmín, es el detective que está investigando la denuncia de Dalila! —exclamé, acercándome al mostrador—. ¿Qué hacía aquí?Mi amiga se encogió de hombros con una tranquilidad que consiguió ponerme todavía más nerviosa.—Vino a traerme un café. También hablamos un rato, por si te interesa saberlo.Me quedé mirándola, intentando comprender cómo había ocurrido aquello. Hacía menos de una hora me había encontrado con Rey en Louise y lo había visto salir con dos cafés. Jamás se me habría ocurrido que uno de ellos era para mi mejor amiga.—En serio, ¿te gusta ese hombre? —pregunté finalment

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    AlanneLa pastelería Louise estaba más concurrida de lo habitual. Eran poco más de las once de la mañana y casi todas las mesas estaban ocupadas por personas que desayunaban o conversaban mientras disfrutaban de una taza de café.Me acerqué al mostrador y observé los postres que había detrás del cristal. Había tartaletas de frutas, cruasanes rellenos de chocolate, pequeños pasteles de vainilla y unos panecillos de limón que parecían recién salidos del horno.Se me hizo agua la boca.Desde que había comenzado el embarazo, mis gustos habían cambiado bastante. Había días en los que no soportaba el olor de ciertos alimentos y otros en los que podía pasarme horas pensando en comer algo específico.Aquella mañana quería un panecillo de limón.—Buenos días —saludó una de las empleadas.—Hola. ¿Me puedes dar dos panecillos de limón, por favor?—Por supuesto. ¿Algo de beber?—Un capuchino descafeinado, por favor.—Enseguida.Mientras la muchacha preparaba mi pedido, busqué la cartera dentro de

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    AlanneDesperté con la sensación de haber dormido durante una semana entera.Me quedé unos segundos mirando el techo, intentando recordar qué día era. Después sentí una molestia en la parte baja del abdomen y llevé la mano hasta allí por instinto.El bebé.Cerré los ojos y respiré despacio. El médico había dicho que todo estaba bien, pero el miedo no desaparecía tan fácilmente. Cada vez que sentía algo diferente, mi cabeza comenzaba a imaginar lo peor.Me incorporé con cuidado y miré la hora en el teléfono. Eran las ocho y veinte.Tenía varios mensajes, la mayoría de Jazmín, que me preguntaba cómo había pasado la noche. También había uno de un número desconocido. No lo abrí.Me levanté, me puse una bata y fui a la cocina. Había dejado los platos del día anterior en el fregadero y todavía quedaban algunas cosas que Jazmín había comprado para mí.Preparé un vaso de leche y unas tostadas. No tenía demasiada hambre, pero debía comer.Mientras desayunaba, volví a mirar el teléfono.Julián h

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    JuliánEran casi las diez de la mañana cuando regresé a casa.Había dormido poco y tenía la sensación de que el día llevaba horas persiguiéndome. Primero había tenido que ocuparme de Dalila, después de la situación en la comisaría y finalmente de Alanne, que parecía haber decidido que no quería volver a verme.Dejé las llaves sobre la consola de la entrada y me aflojé la corbata.—¿Señor Kensington?Hendrickson apareció desde el pasillo.—¿Qué sucede?—Su madre ya desayunó. Está en el salón, preguntando por usted.Asentí.—¿Ha tomado sus medicamentos?—Sí, señor. La enfermera se encargó de ello.—Bien.Me dirigí al salón. Mi madre estaba sentada junto a la ventana, con una manta ligera sobre las piernas. Tenía un libro abierto en el regazo, aunque dudaba que estuviera leyendo.—Buenos días, mamá.Levantó la cabeza y sonrió.—Por fin apareces.Me incliné para besarle la mejilla.—He tenido una mañana complicada.—Siempre estás ocupado.—Intentaré no estarlo tanto.Me senté a su lado. El

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