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Capítulo 2

Author: Yolanda
—¡Papá, me da miedo el dolor, no quiero la inyección!

El niño, al hablar, alzaba ligeramente la barbilla para mirar al hombre, dejando al descubierto un rostro pequeño, hermoso y delicado a la vista.

Valeria contuvo la respiración, clavando la mirada en ese rostro infantil.

¡Era prácticamente idéntico al de Javier!

¿Lo llamaba "papá"?

¿Acaso Javier... le había sido infiel?

El rostro de Valeria fue perdiendo el color.

Sentía como si le arrancaran un pedazo del corazón. Un dolor tan agudo que todo su cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente.

Javier, con una paciencia infinita, calmaba al niño: —Leo, mi cariño, la inyección es para que te mejores. Me quedo contigo, ¿sí? Sé valiente.

—Si me porto bien... ¿puedes dormir conmigo hoy, papi? Mami dice que mañana cumplo cinco años. ¡Quiero verte al despertar!

La mano grande y fina del hombre acarició suavemente la cabeza del niño. —De acuerdo. Te lo prometo, Leo.

—¡Gracias, papi! ¡Eres el mejor, te quiero mucho!

Una leve sonrisa se dibujó en los labios del hombre. —Yo también te quiero, Leo.

Las palabras inocentes y dulces del niño, la ternura paciente del hombre... cada sílaba destazaba en vida a Valeria.

Cinco años. ¡El niño cumplía cinco años!

Su corazón se retorcía como si una mano invisible lo estrujara. Un mareo nauseabundo le revolvió el estómago.

Valeria se cubrió la boca, giró de golpe y se inclinó sobre un basurero cercano, intentando vomitar sin éxito.

El sonido de la arcada llamó la atención del pequeño Leo.

El niño volvió la cabeza hacia la esquina y, señalando con el dedo, dijo: —Papi, esa señora parece enferma también. Se ve mal.

Javier frunció ligeramente el ceño. Al escuchar aquel sonido, una extraña inquietud se apoderó de él.

Se levantó con el niño en brazos, dispuesto a acercarse, cuando unos pasos apresurados resonaron tras ellos...

—¡Javi!

Javier se detuvo y miró hacia quien lo llamaba.

Valeria, aún con náuseas, se quedó paralizada.

¡Conocía demasiado bien esa voz!

Una mujer con traje profesional se acercó, tocó con preocupación la mejilla sonrosada del niño y preguntó con ansiedad: —¿Qué dijo el médico?

—Tiene una infección, por eso la fiebre no cede. Necesita suero —la voz de Javier era grave—. Vamos a pagar y luego a ponerle la inyección.

—De acuerdo —la mujer asintió, mirando al niño con el corazón encogido—. Leo, perdóname por llegar tarde.

El pequeño negó con la cabeza. —Papi dice que trabajas mucho. Sé que estás cansada, no te culpo.

—Eres un cielo —la mujer le acarició el cabello y luego miró a Javier—. Javi, ¿quieres que lo coja?

—No hace falta. Ya pesa bastante...

El hombre con el niño en brazos, la mujer a su lado. Una familia de tres, alejándose juntos.

Tras la esquina, Valeria se apoyó contra la pared para mantenerse en pie. Su rostro era de una palidez cadavérica, las lágrimas nublaban su vista.

Hasta hoy, nunca hubiera imaginado que Javier, ese hombre inalcanzable, pudiera engañarla. Como nunca pensó que Alicia pudiera traicionarla.

Uno era el hombre al que amaba con el alma. La otra, la estudiante humilde a quien rescató de la pobreza, a quien pagó los estudios, a quien trató como a una hermana.

***

Cuando Valeria reaccionó, su coche ya estaba estacionado bajo la sombra de un árbol, frente a la casa.

A través de la ventanilla, vio el Maybach de Javier entrar en la villa.

La puerta con relieves se cerró lentamente, cortando por completo su vista.

Sus manos en el volante temblaban sin control. Clavó la mirada en esa puerta, mientras dentro del auto cerrado, su respiración se hacía cada vez más entrecortada y violenta.

—¡Agh!

La portezuela se abrió de golpe. Valeria, tapándose la boca, bajó del coche y se apoyó contra un árbol cercano, vomitando sin parar.

Pasó un buen rato antes de que su estómago, convulsionado, se calmara. Logró incorporarse, enjugó las lágrimas que le cubrían el rostro y, agarrada aún al tronco, se volvió lentamente.

Su mirada recorrió la villa, cuya arquitectura le resultaba tan familiar. El dolor en el pecho era ya casi un entumecimiento.

En la exclusiva zona de Ciudad Norte, donde conseguir una propiedad era una hazaña, su casa conyugal con Javier, la Villa Estrella, estaba en la sección A. Esta, llamada Villa Nube, en la B.

Solo las separaba un camino interno de unos mil metros.

Javier y Alicia habían construido su hogar aquí, a sus espaldas, y habían tenido un hijo. ¿Verdad?

¿Desde cuándo?

El niño ya tenía cinco años. Eso significaba que, durante los cinco años en que ella se consumía en el dolor por la pérdida de sus hijos, Javier y Alicia disfrutaban de una vida feliz y plena, como una familia de tres.

Javier tenía un nuevo hogar, un nuevo hijo. ¿Cómo iba a importarle aquel par de mellizos que murieron por un accidente?

Valeria volvió al coche y cerró la puerta.

Sentada al volante, sacó el teléfono del bolso y marcó de nuevo el número de Javier, como buscando más dolor.

Una llamada sin respuesta. Marcó una segunda...

Perdió la cuenta de cuántas veces llamó. Como en los últimos cinco años, cuando perdía el control, marcaba una y otra vez su número. Sabiendo que no contestaría, pero apretando el botón una y otra vez.

Hasta que anocheció, la batería se agotó y el teléfono se deslizó de su mano.

Parpadeó, con los ojos hinchados y ardientes. Las lágrimas cayeron sin parar.

Las luces de la urbanización se encendieron, iluminando el interior oscuro del automóvil.

Valeria, como presintiéndolo, alzó la vista hacia la ventana del dormitorio principal en el segundo piso.

A través de la gasa de la ventana corrida, distinguió dos figuras abrazadas...

Valeria apretó los labios, esforzándose por calmarse, pero su barbilla no dejaba de temblar.

Sintió su corazón como si un cuchillo lo estuviera desgarrando sin piedad. Un dolor agudo, mezclado con desesperación. ¡Estaba a punto de enloquecer!

Extendió la mano, agarró la manija. En el instante en que iba a abrir la puerta, su vista cayó sobre el informe de embarazo en la consola central.

En su mente resonaron las palabras que sus mellizos le dijeron en el sueño.

Al final, soltó la manija.

A partir de hoy, el bebé en su vientre sería solo suyo.

***

Al regresar a casa, Valeria guardó el informe de embarazo.

Esa noche, Javier no volvió. Ni siquiera hubo una llamada.

Valeria no le telefoneó más. Se acostó en silencio y permaneció despierta hasta el amanecer.

Cuando los primeros rayos de sol bañaron la habitación, Valeria se incorporó, abrió su agenda de contactos y llamó a su abogada, Sofía López.

Sofía era su amiga de la universidad. Al oír que quería divorciarse, soltó un suspiro de resignación.

—Valeria, cuando perdieron a los niños, el señor Vega también debió sufrir mucho. Han pasado cinco años... tienes que dejarlo ir.

Ese tipo de consejos los había escuchado una y otra vez durante cinco años.

Todos sus amigos en común se compadecían de su dolor, pero siempre le pedían que comprendiera lo "difícil" que era para Javier.

Antes, hasta llegaba a reflexionar y culparse a sí misma. Hasta ayer, al toparse con Javier, Alicia y el niño, supo lo estúpida que había sido.

¿Cómo iba a sufrir Javier?

Él disfrutaba de una vida familiar plena en ese hogar de tres. Al volver y verla a ella, probablemente solo veía a una mujer desquiciada que armaba escenas.

En realidad, las señales estuvieron allí desde que empezó a no volver a casa, excusándose con el trabajo. Ella simplemente no se dio cuenta.

Al recordar al niño, un dolor agudo le atravesó el corazón.

¡Sentía que sus propios hijos no habían valido nada!

El resentimiento y el odio hacia Javier, tras una noche de reflexión, habían llegado a su punto máximo. Con voz fría, Valeria declaró: —Sofía, quiero el divorcio. Javier es la parte culpable. Exijo que se vaya con lo puesto.

—¿¡Qué!? —al otro lado de la línea, Sofía tartamudeó, conmocionada—. ¿El señor Vega es el culpable? ¿Él... él te ha sido infiel? Eso no puede ser.

—Él y Alicia han estado viviendo juntos a mis espaldas. Y tienen un hijo —Valeria hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, su voz estaba quebrada por el llanto—. Sofía... ese niño cumple cinco años este año. Tiene la misma edad que habrían tenido mis hijos...
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