Mag-log inÉl se desnudó sin prisa.
Primero la camisa. Botón por botón. La tela resbaló por sus hombros y dejó al descubierto un torso que parecía esculpido en piedra. Músculos definidos, una cicatriz fina que le cruzaba las costillas, un vello oscuro que descendía hacia el pantalón. Siena lo miró sin querer hacerlo. El cuerpo de él era increíble. Era el tipo de cuerpo que las mujeres suspiraban por ver, el tipo de cuerpo que prometía placer y dolor en partes iguales. Ancho, duro, imponente. Sus brazos parecían capaces de partirla en dos. Sus manos, de sostenerla sin esfuerzo. Luego se quitó el cinturón. El pantalón. Y Siena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era grande. Demasiado. Siena llevaba años sin nada de intimidad, y lo que veía frente a ella no era solo intimidante. Era aterrador. Él notó su reacción. —¿Problema? —No —mintió ella, con la voz rota—. Ninguno. Él se acercó. Esta vez, Siena no retrocedió. Él la tomó por la nuca y la obligó a arrodillarse. No con violencia. Con autoridad. Como si fuera lo más natural del mundo. —Trabaja con la boca —ordenó—. Y no uses los dientes. Siena abrió la boca, obedeciendo. Lo tomó con las dos manos, sintiendo el calor, la dureza, la textura de la piel. Cerró los ojos y lo llevó a sus labios. El sabor era salado, ligeramente amargo. No sabía exactamente qué hacer. Había olvidado cómo se hacía. Si es que alguna vez lo supo. Él suspiró con impaciencia. —Eso es una m****a —dijo, sin consideración—. Usa la lengua. Más profundo. Siena obedeció, lamiendo desde la base hasta la punta, pasando la lengua por la vena hinchada. Lo introdujo en su boca, centímetro a centímetro, hasta que la garganta se le cerró. Tuvo arcadas. Lágrimas en los ojos. Pero no se detuvo. Él le agarró el cabello con una mano, guiándola con movimientos firmes. Empezó a moverse contra su boca, imponiendo un ritmo que ella apenas podía seguir. El sonido húmedo y su respiración entrecortada llenaron el silencio. —Así —gruñó él, con la voz ronca—. Así se hace. Siena continuó, con la mandíbula adolorida y la garganta irritada. Por un momento pensó que acabaría ahí. Pero no. Él la apartó de un tirón. La levantó como si pesara nada y la empujó contra la cama. Siena cayó de espaldas, desnuda, expuesta. Él se detuvo frente a ella y la observó con una calma aterradora, con una mirada que la hizo sentirse todavía más vulnerable. —Estás seca —dijo, sin sorpresa—. Qué dolor de cabeza. Y sin más, bajó por su cuerpo y buscó su centro con la boca. Siena jadeó. Él no fue brusco esta vez. La boca de él encontró un ritmo preciso, implacable, que la hizo retorcerse, a pesar del miedo, a pesar de la vergüenza. La recorrió, la provocó, la llevó al borde. Siena no quería sentir placer. Pero su cuerpo la traicionó. Un gemido escapó de sus labios. Sus caderas se alzaron involuntariamente, buscando más. La respuesta llegó, inevitable, traidora. Él lo notó y soltó una risa breve contra su piel. —Eso es —murmuró—. Así de fácil. Se apartó, con una calma peligrosa, y se incorporó. Sacó protección de la mesita de noche y se preparó sin prisa. Luego volvió a ella. —Aguanta —dijo. Y la tomó de una sola vez. Siena gritó. El dolor fue inmediato, intenso, cegador. Demasiado grande. Demasiado brusco. Su cuerpo se tensó, resistiéndose, pero él no se detuvo. Empujó más profundo, con una fuerza que la hizo arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas. —Dijiste que harías lo que yo quisiera —gruñó él, con los dientes apretados—. Ahora aguanta. Y comenzó a moverse. No fue suave. Fue un ritmo salvaje, animal. Cada golpe la sacudía entera, arrancándole gemidos que no sabía si eran de dolor o de placer. Él la sujetaba por las caderas, levantándola a su antojo, llegando hasta el fondo sin piedad. Una de sus manos subió hasta su cuello y la apretó. No demasiado. Lo justo para cortarle el aire un instante, para que el mundo se volviera borroso y el placer se mezclara con el pánico. Siena abrió la boca, jadeando, y él aprovechó para meterle dos dedos entre los labios. Ella los lamió, los succionó, mientras él continuaba. Luego le agarró el cabello y le jaló la cabeza hacia atrás, exponiéndole el cuello. Bajó la boca y la mordió. No fue un mordisco suave. Fue una mordida profunda, en el hombro, justo donde la piel se une al cuello. Siena sintió los dientes clavándose, perforando, buscando sangre. Un grito agudo escapó de su garganta. El dolor fue tan intenso que vio estrellas. Y él soltó un gruñido gutural, como si el sabor de su sangre lo encendiera aún más. Los azotes llegaron sin aviso. Primero uno. Luego otro. Luego una serie interminable que le dejaron la piel ardiendo, marcadas, sensibles. Cada golpe la hacía saltar, apretarse alrededor de él, y él lo aprovechaba para moverse más profundo. Las lágrimas corrían por las mejillas de Siena. No podía detenerlas. Eran de dolor. De vergüenza. De un placer oscuro que no quería aceptar. Él se inclinó sobre ella, sin dejar de moverse, y lamió esas lágrimas. Su lengua recorrió sus mejillas, desde la barbilla hasta las sienes, con una suavidad que contrastaba brutalmente con la violencia de sus caderas. La saboreó. Bebió de ella. —Llora —murmuró contra su piel—. Me gusta. Y siguió. --- Aquello duró mucho más de lo que Siena creía posible. La cambió de posición una y otra vez. De espaldas. De lado. A gatas. En cada postura, él encontraba una nueva forma de romperla. La tomó con una intensidad que no daba tregua, que no dejaba espacio para el pensamiento. Solo existía su cuerpo, sus manos, su boca, su ritmo. Siena perdió la noción del tiempo. Solo sabía que le dolía todo, que la había mordido en los muslos, en los hombros, en el vientre. Que le había dejado marcas en las muñecas de tan fuerte que la había sujetado. Que su piel ardía. Que su hombro sangraba. Y que, a pesar de todo, su cuerpo había respondido. Llegó al climax más veces de las que podía contar. A veces con él. A veces sola, cuando él la tocaba con los dedos mientras la observaba retorcerse. A veces sin previo aviso, cuando la sensación la atravesaba como un rayo. Pero él no se detuvo. No hasta que lo consiguió. Cuando por fin acabó, lo hizo con un gruñido profundo, quedándose ahí, inmóvil, con los músculos tensos y la respiración agitada. Siena se quedó tendida en la cama, exhausta. No podía moverse. No podía hablar. No podía pensar. Su cuerpo era un mapa de dolor y placer, una ruina humeante de lo que había sido esa mañana. Él se apartó de ella sin una palabra. Se levantó de la cama, se deshizo del condón y caminó hacia la ventana. Encendió otro cigarrillo. El humo subió en espirales. Siena lo observó desde la cama, a través de los párpados entrecerrados. Su cuerpo desnudo se recortaba contra la ventana, enorme, poderoso, sudoroso. No le habló. No la miró. El teléfono sonó. Él lo tomó sin prisa. —Habla. Siena escuchó una voz al otro lado, lejana, ininteligible. Él dio una calada al cigarrillo, exhaló el humo despacio. —No me interesan las excusas. Soluciona rápido eso. Hubo una pausa. Luego, añadió: —Solo pégale un tiro en la frente y quema esa basura de cuerpo. Siena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No había dudado. Lo había dicho como quien pide un café. Como si ordenar la muerte de alguien fuera parte de su rutina. Él colgó y volvió a fumar, indiferente. Y Siena, tendida en la cama, con el cuerpo lleno de marcas y el alma encogida, se hizo la única pregunta que importaba: ¿Qué clase de monstruo es este?Salazar no tuvo respuesta para la pregunta que siguió. Siena salió de aquella casa con más dudas de las que había traído.Cuando subió al auto, los gemelos la miraron sin entender qué había pasado. Ella se quebró de pronto. Se cubrió el rostro con las manos y lloró.—No está aquí. Salazar no lo tiene.—¿Estás segura? —preguntó Cormac—. Ese maldito puede estar mintiendo.Siena negó con la cabeza.—No miente. Lo vi en su cara.—¿Y quién querría llevarse al niño? —dijo Declan—. No lo entiendo.Siena empezó a atar cabos. Quien estuviera detrás de esto no buscaba perjudicar a Roman. La buscaba a ella. Gabriel era su hijo, y había desaparecido justo cuando su médula era lo único que podía salvar a Leonardo. Era demasiada coincidencia. Roman estaba herido, a punto de morir. Todo se sentía como una venganza, algo muy personal.De pronto levantó la mirada, con un pensamiento nuevo. Todo había sido contra ella desde el principio. Desde la muerte de Mathias, todo se había girado en su contra. Ha
Siena no sabía qué hacer. Se quedó clavada en el pasillo del hospital, como si las piernas se le hubieran pegado al suelo. Todo estaba pasando a la vez. Era como estar dentro de una pesadilla de la que no podía despertar. Entonces, a su lado, pasaron un par de personas conversando. —¿Viste lo que pasó en la intersección? Dicen que hubo un altercado armado. Siena oyó eso y supo, sin necesidad de confirmarlo, que se trataba de Roman. El miedo se le desprendió del cuerpo de golpe. Salió corriendo del hospital, llegó a la entrada y detuvo un taxi. —Rápido, a la intersección. El taxista aceleró. No quedaba lejos. En cuanto llegaron, vio el lugar acordonado, las sirenas de la policía iluminándolo todo. Pagó y se bajó casi sin esperar a que el auto se detuviera. Apenas se acercó vio un cuerpo en el suelo. La sangre se le heló. A su alrededor, la sangre formaba varios charcos oscuros. Tuvo miedo de acercarse. Miedo de ver el rostro y confirmar que era Roman. No quería ni pensar en la
Siena sintió que las piernas se le doblaban. Habría caído al suelo si Roman no la hubiera sostenido por la cintura.—No —susurró—. No puede ser.—Le haremos el examen mañana en la mañana —dijo el médico—. El resultado no estará listo hasta dentro de veinticuatro horas.Ella no pudo responder. Lo hizo Roman.—Está bien. Gracias, doctor.El médico asintió y se marchó por el pasillo. Roman llevó a Siena hasta una silla y se sentó a su lado. Le tomó las manos y ella se quebró. Lloró sin pudor, con sollozos que le sacudían el cuerpo entero.—Tienes que ser fuerte ahora, Siena —dijo él—. Tus hijos te necesitan.—¿Cómo voy a ser fuerte? —Apenas le salía la voz—. Pasé por cosas horribles, Roman. Pero esto... esto me pasa por encima. No soporto la idea de perder a Leonardo. Prefiero morir mil veces.Él la rodeó con los brazos y ella hundió la cara en su pecho.Era un dolor que nunca había imaginado. Deseó con todas sus fuerzas ser ella quien estuviera en esa cama de hospital y no su pequeño. ¿
Pasó más de un mes en una tranquilidad extraña. Siena ya estaba recuperada, pero las cosas con Roman se sentían tensas. Él no había olvidado, y cada noche se encerraba en su despacho con los gemelos Doherty a trazar planes para derrocar a Victor Salazar. Siena lo sentía distante, aunque él se esforzaba por estar siempre para ella. Sin embargo, ese día era especial. Al día siguiente sería el cumpleaños número cinco de sus hijos, y Siena estaba preparando una fiesta. Algo que nunca había podido permitirse antes, por los problemas económicos. Los niños llevaban toda una semana emocionados, y ella también lo estaba por ellos. Sus preciados hijos crecían cada día. Y ese año, además, empezarían la escuela. Las empleadas la ayudaban a decorar el jardín. Había mesas, globos rojos y azules por todas partes. No habría muchos invitados. Siena no tenía demasiados allegados, pero había invitado a algunos niños del vecindario con los que sus hijos solían jugar antes de mudarse. Anabella llegó m
Roman llegó al lugar de encuentro con Natasha. Ella había insistido en que, por su seguridad, debían verse en un sitio privado, así que él eligió uno de los almacenes de sus casinos: un lugar apartado, donde trabajaban pocas personas, todas de su absoluta confianza.Natasha llegó vestida como salida de una película de espías. Toda de negro, con un pañuelo cubriéndole la cabeza y parte del rostro.Se acercó a Roman, y él, tajante, sin ganas de perder el tiempo, fue directo.—¿Quién ordenó atacar a Siena?Natasha hizo una mueca.—Primero tienes que aceptar hacer un trato conmigo. Cuando te lo diga, mi vida va a correr peligro.Roman guardó silencio unos segundos, observándola. Sus palabras no concordaban con su rostro. Supuestamente tenía miedo, pero no había rastro de miedo en sus ojos. Era una zorra astuta, como siempre. Pero subestimar a un hombre como Roman era una tontería.Sonrió de lado.—No voy a hacer ningún trato contigo.—Entonces jamás sabrás quién le disparó a la mosquita m
Siena estaba en shock. No lograba procesar del todo lo que oía. Solo alcanzó a decir: —¿Qué? A Roman le costó repetirlo, pero lo hizo. —Perdiste al bebé. Siena bajó la mirada a sus manos. No podía sostener la vista en los ojos de él. Se pasó la mano por el abdomen, ahora cubierto de vendas. Ahí había estado formándose una pequeña vida. Ahora estaba vacío. Tan vacío como la sensación que se le abría en el pecho. Un par de lágrimas rebeldes le rodaron por el rostro hasta caer sobre las sábanas. —Lo siento —dijo Roman—. Es mi culpa. No pude protegerte. Ella negó con la cabeza, se limpió las lágrimas. —No es tu culpa. Ni siquiera lo sabías. Y no quiero volver a oírte decir que fue por ti, porque no lo fue. Él se veía realmente enojado, dolido. Una combinación peligrosa en un hombre como él. —¿Vas a estar bien? —preguntó Roman. —Voy a estarlo. Él asintió, le dio un beso en la frente. —Vuelvo luego. Pero ahora tengo que encontrar al responsable de esto. Ella le tomó la mano.







