ANMELDENEl almacén olía a óxido y a gasolina vieja.
Roman entró sin apurar el paso, aflojándose los gemelos de la camisa mientras caminaba. Dimitri lo esperaba junto a la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que llevaba media hora conteniendo la pregunta. —¿Dónde estabas? Roman no respondió. Se limitó a encender un cigarrillo y caminar hacia el centro del almacén, donde dos hombres sostenían a un tercero de rodillas, con la cara ya hinchada y un ojo cerrado por la sangre seca. Dimitri no insistió. Sabía cuándo Roman no iba a contestar. El interrogatorio ya había terminado. Lo que quedaba era el castigo, y Roman prefería estar presente para eso. No por placer —o no solo por placer—, sino porque un hombre que traiciona necesita ver la cara de a quién traicionó antes de dejar de respirar. Fumó en silencio mientras los golpes seguían, cada uno más metódico que el anterior, sin prisa, sin rabia, solo trabajo. El hombre de rodillas gimoteaba nombres, excusas, promesas. Roman no escuchaba ninguna. Ya sabía lo que había hecho. Había vendido información sobre un cargamento a la gente equivocada, y ese error le había costado a Roman dos hombres y medio millón de dólares. Hubo un tiempo en que esto era lo único que llenaba el vacío. Los golpes, la sangre, el control absoluto sobre el dolor ajeno: durante años había sido el único idioma capaz de aquietar algo en su pecho que nunca tenía nombre. Esa noche, sin embargo, notó algo distinto. El vacío seguía ahí, pero más pequeño, como si una parte de él ya se hubiera entretenido en otro sitio horas antes, en una habitación de hotel, con una mujer que no sabía nada de este mundo. No se detuvo a pensar en lo que eso significaba. Cuando terminaron, Roman se acercó. Se agachó frente al hombre, que apenas podía sostener la cabeza en alto, y le sostuvo la barbilla con dos dedos, casi con la misma delicadeza con la que había sostenido la de Siena unas horas antes. —Fue un error muy grave traicionarme —dijo, en voz baja. —Perdón —jadeó el hombre—. Roman, por favor, perdón, yo no— Roman no lo dejó terminar. Apagó el cigarrillo contra su mejilla. El grito rebotó contra las paredes de metal del almacén. Roman se enderezó, sin mirar atrás, y le hizo una señal a Dimitri con dos dedos. Una orden simple, silenciosa, definitiva. Salió del almacén sin esperar el disparo, aunque lo escuchó de todas formas antes de llegar a la puerta. --- Metió la mano en el bolsillo del pantalón buscando el encendedor y encontró otra cosa. Tela suave. Pequeña. Un pedazo de encaje barato. Las bragas de ella. Las había tomado esa mañana, antes de irse del hotel. Estaban tiradas en el suelo, junto a la cama, y él las recogió sin pensarlo. Un trofeo. Un recordatorio. Siena ni siquiera se dio cuenta. Salió del hotel sin ellas, con el vestido pegado al cuerpo y las piernas temblando. Nadie lo notó. Nadie lo sabía. Solo él. Roman las miró un momento bajo la luz sucia del almacén, y sonrió, recordando su cara. Hermosa. Torpe. Obviamente inexperta, y aun así decidida a quedarse cuando cualquier otra mujer con algo de sentido común habría huido. Sabía que la había lastimado. Lo sabía y no le importaba especialmente, salvo por un detalle que no dejaba de darle vueltas: la expresión de ella mientras dolía. No era solo dolor. Había orgullo mezclado ahí, una negativa muda a suplicarle que se detuviera, y eso —verla luchar contra algo que evidentemente no podía manejar— lo había excitado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Él no se acostaba con prostitutas. Nunca lo había hecho, ni pensaba volver a hacerlo. Pero ella no contaba, no del todo. Era su primera vez, y eso la ponía en una categoría distinta: no una profesional del cuerpo, sino una mujer desesperada que había cruzado una línea por primera vez esa noche, y que él había cruzado con ella. Sus otras mujeres eran distintas. Experimentadas, cómodas en su propio cuerpo, capaces de manejarse sin que él tuviera que enseñarles nada. Con ellas nunca había nada más que sexo, un pasatiempo entre reuniones, sin ataduras y sin nombres que recordar al día siguiente. Roman prefería eso. No se permitía relacionarse con nadie más allá de lo físico, y tenía sus razones. Ya lo había intentado antes. Confiar. Acercarse. Y en cada ocasión, el cuchillo había llegado por la espalda, literal o figuradamente, de alguien a quien había dejado entrar. Sabía que era en parte su culpa: un hombre con tantos enemigos como él no podía darse el lujo de tener puntos débiles, y cada persona que le importaba se convertía automáticamente en uno. Se preguntó, guardándose la prenda de nuevo en el bolsillo, si aquella prostituta improvisada sería igual. Al fin y al cabo, ya había demostrado que su cuerpo tenía un precio. ¿Su lealtad también sería así de barata? Subió al auto sin responderse la pregunta. --- Siena contó el dinero tres veces. La primera vez pensó que se había equivocado. La segunda, que tal vez había confundido el número en los billetes. La tercera vez, aceptó que el número era real: mucho más de lo que había imaginado que pagaría un hombre por una noche, mucho más de lo que le pagaban a cualquier mujer en su situación, según lo poco que sabía de ese mundo. No se preguntó por qué. Prefirió no hacerlo. Hizo cuentas rápidas sobre la mesa de la cocina. Con eso podía mantener la despensa llena por lo menos tres meses, cubrir el alquiler atrasado, pagar los servicios que llevaba semanas postergando. En ese tiempo buscaría trabajo, cualquier trabajo, con tal de no tener que repetir lo de anoche. La sola idea de volver a prostituirse le revolvía el estómago. No quería volver a sentirse así. Sucia. Rota. Usada. Guardó el dinero en un frasco vacío de café y lo escondió en el fondo de la alacena, detrás de las pocas latas que tenía. Salió a comprar algo de pan mientras los niños veían televisión donde Anabella, y fue entonces cuando lo vio. Un auto negro, estacionado a media cuadra de su casa. No encajaba en ese barrio de fachadas descascaradas y calles rotas, tan fuera de lugar como ella se había sentido la noche anterior frente al club. Un escalofrío le recorrió la espalda sin que pudiera explicarse por qué. Volvió a casa más rápido de lo necesario y se encerró con doble llave. El auto avanzó despacio y se detuvo justo frente a su puerta. Siena se apartó de la ventana, con el corazón golpeándole el pecho, y en ese momento su teléfono empezó a sonar. Un número desconocido, sin nombre, sin identificar. Contestó con la voz quebrada. —¿Quién habla? Del otro lado, una voz gruesa e inconfundible. —No te escondas. ¿Por qué mejor no vienes a recuperar tus bragas? Siena se quedó helada, con el teléfono pegado a la oreja y los ojos fijos en el auto negro que no se movía de su puerta.El resto del día, Siena lo pasó como ausente de sí misma, la mente atrapada en Mathias, en lo que planeaba hacer. Sabía, con una certeza amarga, que no iba a rendirse tan fácil.Al caer la noche, llegó un mensaje de Roman: estaba en el edificio, que bajara a verlo. Dejó a los niños frente a la televisión y bajó rápido.En la recepción, Roman la esperaba con el semblante serio.—Me avisaron aquí en el edificio —dijo, sin preámbulos—. Alguien vino a buscarte. Un tipo conflictivo.Ella suspiró.—Veo que nada se te escapa.—¿Quién era?—Mathias —confesó—. El padre de los niños.Se negó, incluso en su cabeza, a llamarlo esposo otra vez. Solo pensar la palabra le daba asco.El rostro de Roman se endureció.—¿Qué mierda quería ese bastardo?—Dinero. Vio la foto filtrada, sabe que estoy contigo, y quiere dinero.Roman soltó una risa irónica, pasándose una mano por el cabello, como conteniéndose.—Claro. Qué más iba a querer esa rata.—Tengo miedo de que intente algo.—Como se atreva a poner u
Siena se quedó pálida, casi sin poder pensar.—¿Qué hago, señorita? —preguntó el trabajador—. ¿Lo dejo subir?—No —respondió, rápido, casi sin dejarlo terminar la pregunta—. No lo deje subir bajo ninguna circunstancia.El hombre asintió y se retiró. Siena cerró la puerta y le puso el seguro, aunque sabía que un pestillo no la protegería de lo que de verdad importaba. Si Mathias había vuelto, el pasado había vuelto con él, y de eso no había cerradura que sirviera.Dejó los utensilios de limpieza olvidados en algún rincón de la sala y empezó a caminar de un lado a otro, sin poder quedarse quieta. Miraba hacia la puerta cada pocos segundos, como si pudiera atravesarla con la vista.Tocaron de nuevo. Se sobresaltó.¿Sería él?Se asomó: era el mismo trabajador de antes.—El hombre se marchó —dijo, al abrir—. Costó bastante. Tuvimos que decirle que llamaríamos a la policía. Dijo que le dijéramos a la señorita que iba a regresar. Que no podía esconderse para siempre.Un escalofrío le recorri
—Para —susurró Siena, con los ojos muy abiertos—. Nos van a descubrir.Él no paró. Siguió embistiendo con fuerza, arrancándole gemidos bajos que ella apenas lograba contener.—Responde —le susurró él al oído.¿Responder? Apenas podía ocultar los sonidos que se le escapaban. Iba a delatarse sin remedio.La voz de la mujer insistió al otro lado de la cortina. Siena tragó saliva y habló, con la voz temblando pero controlada.—Estoy bien. Me golpeé la rodilla probándome algo.—Está bien —respondió la empleada—. Estaré cerca por si necesita ayuda.—Gracias —logró decir, con un hilo de voz.Roman no esperó. Le cubrió la boca con una mano, y con la otra le sujetó la cadera, siguiendo con embestidas fuertes. Siena ahogó sus gemidos en la palma de su mano. El sonido de sus caderas chocando era inconfundible. Rezó para que la empleada estuviera lo bastante lejos como para no oírlo.Miró hacia abajo y vio los fluidos cayendo al suelo bajo ella. Estaba tan mojada que literalmente goteaba. Jamás
El día siguiente pasó lento y pesado, con Siena alerta a cada sonido, como si en cualquier momento la policía fuera a tocar la puerta. Molesta, ansiosa, incapaz de concentrarse en nada por más de unos minutos.Cuando cayó la tarde, llegó el mensaje de Roman: la esperaba en la recepción del edificio, y una niñera ya subía en el ascensor para quedarse con los niños.Ella, ya vestida con lo más sencillo que tenía —no le quedaba nada que pudiera llamar bonito—, abrió la puerta a una mujer distinta a la de la vez anterior. Le dio instrucciones detalladas sobre el reposo de Leonardo, los horarios, los números de emergencia, y le pidió que llamara ante cualquier mínima cosa.Bajó. Roman la esperaba afuera, vestido de una forma que ella no le conocía: pantalón de tela negra, camisa blanca de mangas cortas, un suéter azul echado sobre los hombros. Se veía más joven, más relajado, y —como siempre— demasiado guapo.La recibió en un auto deportivo que tampoco le conocía. Le abrió la puerta del co
Después de eso, Siena no dijo nada más. Subió al auto en silencio, y se pusieron en marcha.—¿Por qué pasó eso? —preguntó, cuando por fin encontró la voz—. ¿Sabías que algo así iba a suceder?—¿Crees que si lo hubiera sabido te habría llevado y expuesto a eso?Ella bajó la mirada, todavía confundida por todo lo vivido esa noche.—Es que todo se descontroló en un segundo. ¿Quién querría hacerle daño a tanta gente?—Probablemente solo querían hacerle daño a una sola persona —respondió él, con calma—. Todo lo demás se salió de control.Ella asintió, sin más preguntas, y giró la mirada hacia la ventanilla, dejando que la ciudad pasara borrosa al otro lado del cristal.Llegaron al edificio. Roman bajó del auto, pero ella no le dio tiempo a acompañarla.—Adiós —dijo, seca, y le dio la espalda para entrar.Subió sola en el ascensor. Mientras el número de los pisos cambiaba en el panel, pensó en lo rápido que había cambiado todo esa noche. Horas antes, bailaban en la pista, él hablaba de llev
El salón se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos.Los hombres que hasta hacía un momento parecían simples invitados sacaron armas y empezaron a disparar sin distinción, como si la cena de negocios hubiera sido una fachada esperando el momento exacto para romperse. Junto a Siena, una de las jóvenes que acompañaba a un hombre mayor recibió un disparo en el pecho.Siena se cubrió la boca para contener el grito que se le escapó de todas formas.La chica cayó al suelo, y su vestido blanco se tiñó de un rojo grotesco que se extendía cada vez más rápido. Siena la vio morir sin poder apartar la mirada. Incluso muriendo, era hermosa —se desplomó como un cisne, y en su último gesto extendió una mano hacia Siena, como pidiendo ayuda que ya no llegaría a tiempo. Siena estiró la suya en su dirección, pero no alcanzó a tocarla: Roman la agarró de la mano y tiró de ella hacia el lado contrario, esquivando cuerpos que corrían y otros que ya no se movían.Las balas silbaban cerca d







