로그인El cañón del arma no le tembló a Anna ni un solo milímetro mientras apuntaba directo al pecho descubierto de Doménico. El peso del arma en sus manos pequeñas le transmitía una firmeza de plomo, pero por dentro la ardía una furia fuera de control. La amenaza de Rossi sobre la vida de Valery retumbaba en su cabeza como un eco tormentoso que ahogaba cualquier atisbo de sensatez.Doménico no pestañeó. Se quedó de pie frente a ella, con el torso desnudo mostrando las marcas de su pasado, observándola fijamente, con los ojos oscuros encendidos por un orgullo indomable. No hizo el menor intento de cubrirse ni de dar un paso atrás. La miró a los ojos, con una tensión que dibujó los contornos duros de su rostro.—Aprieta el gatillo si tienes las agallas, pequeña mamba —le dijo Doménico con un tono de voz grave, rasposa y desafiante—. Dispara de una vez. Pero sabes perfectamente que si me matas, jamás vas a salir viva de este búnker y tu querida amiga morirá desangrada en las manos de Rossi ant
El chasquido de los altavoces fue seguido por tres golpes secos y apresurados en la puerta de acero. Doménico soltó a Anna con brusquedad, apartándola como si la cercanía de la abogada le quemara. Anna dio un paso atrás, respirando con dificultad, mientras le sostenía la mirada cargada de odio.Doménico abrió la puerta de un jalón. En la entrada apareció Marco, con el rostro pálido y sudoroso, sosteniendo una tableta electrónica en las manos.—Señor Carpio —dijo Marco con la voz temblorosa, ignorando por completo la presencia de Anna en la habitación—. Llegó un mensaje urgente a través de un canal encriptado. Viene directamente de las líneas de Rossi. Es un video. Dijeron que si no lo veía usted de inmediato, no habría negociación.Doménico frunció el ceño, y extendió la mano arrebatándole la tableta al escolta. Anna, llevada por la curiosidad y un presentimiento que le encogió el estómago, caminó a pasos rápidos hacia la puerta, colocándose a un costado de Doménico para intentar ver
El motor de la camioneta rugió con ferocidad mientras el vehículo aceleraba devorando las calles oscuras de la ciudad. En el interior del asiento trasero, el silencio era irrespirable, cargado de odio y una sensación eléctrica que ponía los pelos de punta. Anna se acomodó en la esquina opuesta del asiento, pegándose a la puerta todo lo posible para apartarse de Doménico. Tenía la respiración agitada, la parte superior del vestido medio desgarrada y el pulso latiéndole con fuerza en las sienes. No obstante ello, en lugar de encogerse, lo miró de frente, entrecerrando los ojos con rabia.—Eres un monstruo —le repitió, escupiendo cada sílaba con desprecio puro—. Un maldito secuestrador. Crees que porque tienes hombres armados y camionetas blindadas me vas a doblegar. Puedes encerrarme donde te dé la gana, Carpio, pero no me vas a ver suplicar jamás.Doménico ni siquiera se giró a mirarla. Mantenía la vista fija en el parabrisas, pero la rigidez de su postura y las venas marcadas en sus
El aliento ardiente de Doménico le quemó la piel del cuello, la dejó fría y paralizada, y la taza entre sus dedos tembló de manera evidente, hasta que el líquido estuvo a punto de derramarse. El impacto de escucharlo tan cerca, pegado a su espalda sin haber emitido un solo ruido que la alertara al entrar, le atravesó el pecho produciéndole un pánico tremendo que se transformó de inmediato en rabia.La frase del hombre todavía resonaba en el aire de la cocina cuando ella apretó los dientes, giró sobre sus talones con brusquedad y le arrojó el café hirviendo directamente al rostro.Doménico no retrocedió ni un solo centímetro. Levantó el brazo con rapidez y bloqueó la taza con el dorso de la mano. El líquido caliente le salpicó la piel y la taza se estrelló en el piso de manera estruendosa. Sin darle tiempo a reaccionar, la mano enorme del capo se cerró alrededor del cuello de Anna, acorralándola contra el borde de la barra. El impacto del golpe seco le sacó el aire de los pulmones.
El vapor que despredía la taza de café le entibiaba las manos a Anna, ofreciéndole un respiro insignificante en medio de la tormenta interior que la consumía. Se llevó la taza a los labios, dando un pequeño sorbo mientras escuchaba los latidos acelerados de su propio corazón. El silencio del departamento era sofocante, pero ella se negaba a dejarse vencer por el miedo. Había crecido en un entorno violento, rodeada de hombres que creían que el poder se medía con la fuerza de las armas y la cantidad de dinero en sus cuentas bancarias, pero nadie la obligaría a agachar la cabeza.En el salón, Valery regresó de la planta baja con los hombros caídos y el rostro tembloroso por la fatiga. Cerró la puerta del pasillo con llave, asegurando el cerrojo doble antes de mirar a Anna con conmiseración y espanto.—Todo está asegurado en el garaje, Anna —dijo Valery en un susurro, dejándose caer sobre el sofá de tela gris—. Pero no me pidas que me calme. Estamos en el centro de una bomba de tiempo.
Anna cruzó el umbral del edificio, oyendo el pesado portón de hierro cerrarse a su espalda con un chasquido que pareció sellar el mundo de afuera. La oscuridad del pasillo la recibió con una calma tensa. Valery ya había ingresado la camioneta al estacionamiento subterráneo y subía a toda prisa por las escaleras internas, con los ojos abiertos de par en par y la respiración agitada.—Cerré todo abajo, Anna —dijo Valery al llegar a su lado, apoyando las manos en las rodillas para tomar aire—. El sistema de seguridad ya está activo. Si alguien intenta forzar la entrada principal o el garaje, las cámaras nos darán aviso antes de que crucen el vestíbulo.—Bien —respondió Anna con la voz rasposa por el cansancio—. Vamos arriba.Subieron en silencio hasta el piso tres, el único departamento habitable de esa estructura antigua que Anna había adquirido meses atrás a través de una firma fantasma. Al cruzar la puerta, el espacio las acogió con la calidez simple de un hogar improvisado: una cocin







