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QUEDATE CON ELLA, QUE YO ME VOY A CASAR CON EL
QUEDATE CON ELLA, QUE YO ME VOY A CASAR CON EL
Author: Yeny

CAPITULO 1: CRUEL REALIDAD

Author: Yeny
last update publish date: 2026-10-01 00:37:54

—Valeria, por favor —pidió Amanda, ajustándose el velo con dedos temblorosos—. Ve adentro y confirma que él ya está allí. A lo mejor entró por la sacristía.

Valeria Ramos la miró un segundo, dudando, pero asintió rápido para no alterar más la situación.

—Tranquila, Amanda. Seguro ya está adentro arreglándose el traje. Calma.

Valeria bajó del vehículo. Amanda se quedó sola en el asiento trasero, apretando el ramo contra su regazo. El corazón le daba golpes violentos contra las costillas. No era rabia, era pánico. Julián jamás llegaría tarde a algo así salvo que hubiese sufrido un accidente en la carretera.

A través del cristal polarizado, vio a Valeria subir los escalones, asomarse por el portón de madera de la parroquia y permanecer allí unos segundos. Cuando su amiga se giró para regresar, la postura de sus hombros y la rigidez de su rostro le enviaron a Amanda una descarga directa al pecho. Ese presentimiento amargo y visceral.

Valeria abrió la puerta del auto y su expresión lo dijo todo antes de hablar.

—No ha llegado —murmuró.

—Lleva media hora de retraso, Valeria —dijo Amanda, con la voz quebrándose en la última sílaba—. Dame tu teléfono.

Le arrebató el aparato a su amiga y marcó de memoria el número de Julián. Un tono. Dos tonos. Buzón de voz. Cortó. Volvió a marcar. Lo intentó cinco, ocho, diez veces. Siempre la misma respuesta automatizada.

Pasaron treinta minutos más dentro de ese auto que la hacía sentir en una carcel. El calor del mediodía y el silencio entre las dos mujeres convirtieron la espera en un suplicio.

—Me voy a bajar —sentenció Amanda.

—Amanda, no, espera aquí, déjame ir a averiguar...

—No me voy a quedar encerrada aquí como una idiota si le pasó algo grave en la calle.

Amanda abrió la puerta por su cuenta, recogió la falda del vestido y caminó directo hacia la entrada principal.

Al cruzar el umbral de la iglesia, el murmurio de los asistentes cesó de golpe. Decenas de rostros se giraron hacia ella. La vergüenza intentó consumirla, pero la angustia por la integridad de su prometido era infinitamente mayor. Ignoró los murmullos y avanzó por el pasillo central con paso firme.

Cerca del altar, de pie y visiblemente desencajados, estaban los padres de Julián. Amanda se acercó directamente a ellos.

—¿Saben algo de él? ¿Han hablado con Julián? —preguntó sin rodeos.

El hombre maduro, de cabello cano y postura severa, suspiró pesadamente. La mujer a su lado, de rostro pálido, le tomó las manos a Amanda.

—Hija, no sabemos nada —respondió la mujer con la voz temblorosa—. Gregario también ha estado llamándolo desde hace una hora y no entra ninguna señal. Nadie en su departamento contesta.

—No entiendo, Edelmira, él estaba listo desde temprano —intervino Amanda, mirando a la madre—. Tuvo que haberle pasado algo en la avenida. Un choque, un asalto...

—Amanda —dijo Gregario, intentando mantener la calma mientras le sostenía el brazo con firmeza paternal—. Tranquila, por favor. No pensemos lo peor. Pudo ser una falla mecánica o un imprevisto con el tráfico. Mi hijo jamás te haría una cosa así deliberadamente.

—Gregario tiene razón, hija —añadió Edelmira, acariciándole las manos heladas—. Manten la calma. Vamos a solucionar esto.

Antes de que Amanda pudiera responder, el eco de unos pasos apresurados resonó desde la entrada principal de la parroquia. Un repartidor de mensajería rápida avanzaba por el pasillo central, esquivando a los invitados que murmuraban. Llevaba en las manos un paquete mediano envuelto en papel neutro.

—¿La señorita Amanda Esola? —preguntó el muchacho al llegar al grupo, revisando una libreta digital.

—Soy yo —respondió ella, con el corazón en la garganta.

—Urgente. Me dieron instrucciones estrictas de entregárselo en sus manos.

Valeria se adelantó para firmar el recibido mientras Amanda, con los dedos temblándole descontroladamente, rasgó el envoltorio. Dentro no había ningún regalo de bodas; solo una caja simple y, encima, una carta manuscrita.

Amanda reconoció la caligrafía de inmediato. No era de Julián. Era de Camila, su otra amiga cercana, la misma que había afirmado esa mañana que no podría asistir a la ceremonia por un supuesto compromiso familiar fuera de la ciudad.

Desdobló el papel. Sus ojos recorrieron las líneas escritas a toda prisa.

«Amanda: Para cuando leas esto, Julián y yo estaremos fuera del país. Nos vamos juntos. Él nunca te amó como me ama a mí, y la empresa que creías tuya ya no tiene con qué sostenerse. No me busques ni intentes rastrearnos. Disfruta tu fiesta vacía. Él acaba de dejarte plantada frente a todos. — Camila.»

El aire se le escapó de los pulmones. El papel crujió en su puño mientras el color desaparecía por completo de su rostro. La visión se le nubló por un segundo.

—No... No, no puede ser —murmuró Amanda, dando un paso hacia atrás, negando con la cabeza—. No puede ser verdad.

—Amanda, ¿qué dice? ¿Qué pasa? —preguntó Valeria, acercándose alarmada al ver su reacción y tomándola por los hombros.

Amanda levantó la mirada, con los ojos desorbitados y la voz reducida a un hilo de angustia y humillación:

—Me dejó plantada, Valeria... Se fue con Camila. No me puede hacer esto... ¡No me puede hacer esto!

—No, Amanda, mi hijo no es capaz de hacer una cosa así —aseguró Gregario, negando con la cabeza.

Valeria, al escuchar la verdad, se dejó caer sobre el borde de uno de los bancales de madera, en shock.

—¿Qué está pasando aquí? —exigió el sacerdote—. ¿Se va a realizar la boda o no?

Amanda apretó la carta en la mano y explotó.

—¡No! ¡No se va a realizar nada! —gritó con rabia, girándose hacia los invitados que la observaban—. ¡Lárguense! ¡Todos ustedes, váyanse de aquí! ¡Quiero que se vayan ya!

—Amiga, por favor, cálmate —pidió Valeria, levantándose rápido para sostenerla.

—¡Me dejó, Valeria! —chilló Amanda, rompiendo a llorar sin control mientras sus piernas cedían—. ¡Mi novio me dejó y se burló de mí!

Las fuerzas se le acabaron por completo. Cayeron al suelo juntas mientras Amanda lloraba desconsolada, incapaz de sostenerse en pie.

—Hija, por favor, levántate —le rogó el sacerdote, acercándose para tomarla del brazo—. Todo esto tiene una solución, tiene que haber una explicación.

Amanda se soltó de un tirón y lo miró fijamente con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

—Esto no se va a quedar así, padre, se lo juro —sentenció con la voz cortada, levantándose como pudo—. Lo que Julián me acaba de hacer lo va a pagar él mismo, y lo va a pagar con sangre.

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