INICIAR SESIÓNJulián, un hombre de 26 años administrador de una prestigiosa empresa, siempre a pensado que el orden lo es todo, que la seguridad esta por encima de todo, a estado enamorado de su compañera melisa pero despues de 2 años ha sido incapaz de decirle lo que siente. Pero en un callejón encontrará una chica que se convertirá en un "caos" para el y para su corazón, Elena de 22 años estudiante de economía ala que el destino por alguna razón la hizo llegar al lado de julian ¿se le declarará a Melisa alfin? O Elena se convertirá en la dueña inesperada de su corazon.
Ver más(Perspectiva de Santi)Si hay algo que aprendí en mis treinta años de vida —vale, veintisiete, pero redondeo para parecer más sabio— es que Julián es un reloj suizo. Un reloj suizo aburrido, obsesionado con las facturas y con el tipo de peinado que no se mueve ni aunque pase un huracán por Chicago. Por eso, cuando el viernes en la oficina lo vi mirando el reloj cada cinco minutos como si estuviera esperando el lanzamiento de un cohete espacial, supe que algo olía mal. O muy bien.—"Problemas de logística en el apartamento", me dijo el muy cínico.¿Logística? Por favor. Conozco a Julián desde la universidad. Su idea de "problema de logística" es quedarse sin servilletas de papel reciclado. Pero había algo en su mirada, una especie de brillo de pánico mezclado con... ¿ternura? No, eso era imposible. Julián solo sentía ternura por los balances de fin de mes y, bueno, por Melisa, aunque eso era más un martirio silencioso que otra cosa.Así que, como el excelente mejor amigo que soy (y
(Perspectiva de Julián)El viernes por la mañana en "Logística & Valores" solía ser mi momento de máxima eficiencia. Los reportes de cierre semanal se alineaban en mi pantalla con una lógica impecable, pero hoy, cada vez que intentaba concentrarme en las gráficas de rendimiento, mi mente se desviaba hacia un sofá gris a tres kilómetros de distancia.¿Estaría despierta? ¿Habría encontrado el café? Me sorprendí a mí mismo revisando el reloj cada diez minutos.—¡Tierra llamando al administrador más aburrido del hemisferio sur! —La voz de Santi, acompañada de un golpe en el marco de mi puerta, me hizo dar un salto.Santi entró sin invitación, como siempre, luciendo una camisa con estampados de palmeras que desafiaba cualquier código de vestimenta. Se sentó en mi escritorio, desordenando una pila de facturas que yo acababa de organizar.—Te vi en el café de la esquina y ni me saludaste. Estabas como en trance, Julián. ¿Qué pasa? ¿Finalmente le dijiste a Melisa que quieres que sea la m
El frío de la noche anterior todavía parecía vivir debajo de mi piel, justo al lado de esa opresión en el pecho que no me dejaba respirar desde que cerré la puerta de mi casa. Caminar por esas calles desconocidas, con el peso de mis libros de economía golpeando mi espalda, se había sentido como un descenso lento hacia un lugar del que no se vuelve.¿Cómo había terminado en ese callejón? Unas horas antes, mi vida tenía una trayectoria predecible: universidad, biblioteca, casa. Pero entonces ocurrió aquello. Las voz de mi padre todavía resonaba en mi cabeza como cristales rotos. "E invertido tanto en ti, y no puedes hacer algo tan simple", "Has arruinado todo por lo que trabajamos, si quedo en la quiebra todo sera tu culpa". El rechazo no fue solo de palabras; fue el silencio gélido con el que me entrego esa mochila y me señalo la puerta. No me dio explicaciones, solo me borro.Caminé sin rumbo hasta que mis pies no pudieron más. El callejón, con su máquina de refrescos parpadeante,
Abrí la puerta de mi apartamento y me hice a un lado para dejarla pasar. El silencio habitual de mi hogar se rompió con el eco de sus pasos vacilantes. Elena entró como quien camina sobre una capa de hielo muy fina, con los hombros tensos y la mochila aferrada contra su pecho como si fuera un escudo. Su desconfianza era casi palpable, una barrera invisible que mi educación intentaba derribar con cuidado.—Es aquí. No es una mansión, pero estarás a salvo del frío —le dije, dejando las llaves en el cuenco de la entrada y tratando de que mi voz sonara lo más tranquila posible.Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, grandes y cansados, recorrieron la sala. Se quedó de pie en medio de la alfombra, sin saber qué hacer con sus manos. Me sentí un poco torpe; no estoy acostumbrado a recibir visitas, y mucho menos a desconocidas que recojo en callejones oscuros.—Mira, Elena... estás empapada y debes de tener frío —continué, señalando hacia el pasillo—. ¿Por qué no tomas una ducha calien


















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