FAZER LOGIN(Perspectiva de Santi)
Si hay algo que aprendí en mis treinta años de vida —vale, veintisiete, pero redondeo para parecer más sabio— es que Julián es un reloj suizo. Un reloj suizo aburrido, obsesionado con las facturas y con el tipo de peinado que no se mueve ni aunque pase un huracán por Chicago. Por eso, cuando el viernes en la oficina lo vi mirando el reloj cada cinco minutos como si estuviera esperando el lanzamiento de un cohete espacial, supe que algo olía mal. O muy bien. —"Problemas de logística en el apartamento", me dijo el muy cínico. ¿Logística? Por favor. Conozco a Julián desde la universidad. Su idea de "problema de logística" es quedarse sin servilletas de papel reciclado. Pero había algo en su mirada, una especie de brillo de pánico mezclado con... ¿ternura? No, eso era imposible. Julián solo sentía ternura por los balances de fin de mes y, bueno, por Melisa, aunque eso era más un martirio silencioso que otra cosa. Así que, como el excelente mejor amigo que soy (y porque mi serie favorita de N*****x se retrasó), decidí que no podía dejar que mi hermano pasara el viernes solo con sus "problemas de logística". Compré un pack de cervezas —de las buenas, no las que él compra para castigarse— y me presenté en su edificio sin avisar. La sorpresa es el picante de la vida, y Julián necesita mucho picante. Subí el ascensor silbando una canción de pop vieja y saqué mi copia de la llave. Sí, tengo llave. La tengo desde que se emborrachó una vez hace tres años y tuve que cargarlo hasta su cama de sábanas con olor a flores. —¡Llegó el alma de la fiesta, Julián! ¡Abre esa nevera que traigo oro líqui...! Me detuve en seco. Las palabras se me atascaron en la garganta como un hueso de pollo. Mi cerebro tardó exactamente tres segundos en procesar la escena, y otros dos en decidir si me había equivocado de apartamento. Pero no, ahí estaba el cuadro de arte abstracto que Julián compró solo porque las líneas eran perfectamente paralelas. Y ahí estaba el sofá gris. Pero en el sofá gris no estaba Julián. Había una chica. Una chica muy joven, con el cabello castaño todo revuelto y unos ojos enormes que me miraban como si yo fuera un asaltante de bancos. Pero lo más impactante no era ella, sino lo que llevaba puesto: un vestido de flores pequeñas, de esos que parecen de catálogo de "chica buena", que todavía tenía la etiqueta colgando de la manga. Y a su lado, en el suelo, había una montaña de bolsas de una tienda de ropa cara del centro comercial. —Eh... ¿hola? —soltó ella con una voz pequeñita. Se encogió en el sofá, abrazando un cojín como si fuera un escudo—. ¿Quién eres tú? —¿Quién soy yo? —solté una carcajada nerviosa, dejando las cervezas en la mesa—. ¡La pregunta es quién eres tú y qué hiciste con mi amigo el administrador! ¿Lo tienes secuestrado en el baño? ¿Eres una espía de la competencia enviada para robarle sus hojas de cálculo? —Santi, por el amor de Dios, ¡deja de gritar! Julián salió de la cocina con un trapo en la mano y la cara roja como un tomate. Nunca, en diez años de amistad, lo había visto perder la compostura de esa manera. Tenía el delantal puesto y... ¿estaba sudando? —¿Julián? —lo señalé con el dedo, luego señalé a la chica, y luego a las bolsas de ropa—. Explícame esto. Ahora mismo. O llamo a tu madre y le digo que te has vuelto loco y has comprado una humana por catálogo. —No seas idiota —gruñó Julián, acercándose para quitarme las cervezas de la mano—. Ella es Elena. Es... una amiga. Está pasando por un momento difícil y se está quedando aquí unos días. —¿Elena? —repetí, analizando a la chica. Ella me miraba con una timidez que me dio hasta un poco de pena. Parecía un pajarito caído del nido—. Hola, Elena. Soy Santi, el único rastro de alegría en la vida de este hombre de piedra. Mucho gusto. Ella asintió tímidamente, rascándose la cabeza. —Hola, Santi. Siento... el desorden. Estaba intentando ayudar con la cocina y... bueno... Miré hacia la cocina y solté un silbido. Había marcas de espuma en el mármol y un trozo de cerámica pegado sospechosamente en una esquina. Julián, el hombre que sufre si un vaso deja un aro de agua, estaba allí parado, viendo el desorden y ¡no estaba gritando! Es más, miraba a Elena como si el hecho de que hubiera roto algo fuera lo más adorable del mundo. —"Logística", ¿eh? —le di un codazo a Julián en las costillas—. Así que esta es la logística. Comprar vestidos de flores y rescatar universitarias en apuros. ¿Dónde quedó Melisa, tigre? ¿En la papelera de reciclaje? Julián me lanzó una mirada que habría matado a un hombre menos valiente que yo. —Santi, te lo advierto. No empieces. Elena estudia Economía, es muy inteligente y solo necesita un lugar donde quedarse mientras arregla unos asuntos familiares. No es lo que piensas. —Oh, claro que no es lo que pienso —dije, sentándome en el taburete de la barra como si fuera el dueño de la casa—. Es mucho mejor. El administrador perfecto ha metido el caos en su casa. ¡Esto es oro puro! Elena, cuéntame, ¿cómo aguantas a este hombre? ¿Ya te dio el manual de convivencia de 400 páginas? ¿Te obliga a dormir en un ángulo de noventa grados para no arrugar las sábanas? Elena soltó una risita. Fue corta, casi ahogada, pero la hizo ver mil veces más bonita. —No, es muy amable —dijo ella, mirando a Julián con una gratitud que me hizo darme cuenta de que aquí había tema—. Me prestó su ropa ayer porque yo no tenía nada... y hoy me trajo esto. —¿Su ropa? —me giré hacia Julián con los ojos como platos—. ¿Le prestaste TU ropa? ¿Tus camisas de hilo egipcio que no me dejas tocar ni con guantes? Julián, eres un hombre nuevo. Te han cambiado el software por uno más... humano. Julián suspiró, derrotado. Sabía que no se iba a librar de mí tan fácil. —Santi, si te vas a quedar, quédate callado y ayúdame a servir esto. Elena tiene hambre. —A la orden, mi capitán —me puse firme, pero no pude evitar fijarme en los detalles. Mientras Julián servía la cena, Elena intentaba ayudar, pero era un desastre andante. Tropezó con la alfombra, casi tira un tenedor y se veía distraída, como si su cabeza estuviera procesando ecuaciones en lugar de la realidad. Y Julián... Julián la seguía con la mirada, listo para atrapar cualquier cosa que ella dejara caer. No había rastro de su irritación habitual por el desorden. Había algo más. Algo que olía a protección, a cuidado... a algo que Julián no sabía que tenía dentro. Cenamos los tres. Yo hice la mayoría del trabajo hablando por los tres, contando anécdotas vergonzosas de Julián en la universidad (como la vez que organizó su fiesta de cumpleaños con un cronograma impreso para cada invitado). Elena se reía, y Julián me lanzaba miradas asesinas, pero por primera vez en mucho tiempo, el apartamento no se sentía como una oficina fría. Se sentía como un hogar. Cuando Elena se fue al baño para quitarse la etiqueta del vestido, agarré a Julián por la camisa y lo arrastré a un rincón. —Escúchame bien, Romeo de los presupuestos —susurré—. Esa chica está huyendo de algo, se le nota en los ojos. Y tú... tú estás cayendo por ella más rápido que la bolsa en el 2008. —No digas estupideces, Santi. Solo la estoy ayudando. —Ayudar es darle dinero para un hostal, Julián. Esto es otra cosa. La miras como si fuera un activo de alto riesgo que quieres salvar de la quiebra. Ten cuidado. No sabemos quién es, ni por qué sus padres la echaron. Y Melisa... —Melisa es una compañera de trabajo —me interrumpió él, con una seguridad que me dejó mudo—. Elena es... diferente. Me quedé helado. Julián nunca hablaba así. Melisa había sido su norte durante años, y ahora, en menos de veinticuatro horas, una universitaria desordenada le había dado la vuelta al mapa. —Bueno —dije, soltándolo y tomando un largo trago de mi cerveza—. Solo espero que sepas lo que haces. Porque si Melisa se entera de que tienes a una "amiga" viviendo aquí con vestidos que tú mismo compraste, la logística de tu vida se va a ir directamente al infierno. Julián no respondió. Miró hacia el pasillo por donde Elena acababa de aparecer, ahora sin la etiqueta, luciendo el vestido que él había elegido. Ella le sonrió tímidamente, y vi cómo a mi amigo se le derretía la máscara de administrador frío. "Estamos perdidos", pensé para mis adentros. "O quizás, por fin, Julián se ha encontrado"(Perspectiva de Santi)Si hay algo que aprendí en mis treinta años de vida —vale, veintisiete, pero redondeo para parecer más sabio— es que Julián es un reloj suizo. Un reloj suizo aburrido, obsesionado con las facturas y con el tipo de peinado que no se mueve ni aunque pase un huracán por Chicago. Por eso, cuando el viernes en la oficina lo vi mirando el reloj cada cinco minutos como si estuviera esperando el lanzamiento de un cohete espacial, supe que algo olía mal. O muy bien.—"Problemas de logística en el apartamento", me dijo el muy cínico.¿Logística? Por favor. Conozco a Julián desde la universidad. Su idea de "problema de logística" es quedarse sin servilletas de papel reciclado. Pero había algo en su mirada, una especie de brillo de pánico mezclado con... ¿ternura? No, eso era imposible. Julián solo sentía ternura por los balances de fin de mes y, bueno, por Melisa, aunque eso era más un martirio silencioso que otra cosa.Así que, como el excelente mejor amigo que soy (y
(Perspectiva de Julián)El viernes por la mañana en "Logística & Valores" solía ser mi momento de máxima eficiencia. Los reportes de cierre semanal se alineaban en mi pantalla con una lógica impecable, pero hoy, cada vez que intentaba concentrarme en las gráficas de rendimiento, mi mente se desviaba hacia un sofá gris a tres kilómetros de distancia.¿Estaría despierta? ¿Habría encontrado el café? Me sorprendí a mí mismo revisando el reloj cada diez minutos.—¡Tierra llamando al administrador más aburrido del hemisferio sur! —La voz de Santi, acompañada de un golpe en el marco de mi puerta, me hizo dar un salto.Santi entró sin invitación, como siempre, luciendo una camisa con estampados de palmeras que desafiaba cualquier código de vestimenta. Se sentó en mi escritorio, desordenando una pila de facturas que yo acababa de organizar.—Te vi en el café de la esquina y ni me saludaste. Estabas como en trance, Julián. ¿Qué pasa? ¿Finalmente le dijiste a Melisa que quieres que sea la m
El frío de la noche anterior todavía parecía vivir debajo de mi piel, justo al lado de esa opresión en el pecho que no me dejaba respirar desde que cerré la puerta de mi casa. Caminar por esas calles desconocidas, con el peso de mis libros de economía golpeando mi espalda, se había sentido como un descenso lento hacia un lugar del que no se vuelve.¿Cómo había terminado en ese callejón? Unas horas antes, mi vida tenía una trayectoria predecible: universidad, biblioteca, casa. Pero entonces ocurrió aquello. Las voz de mi padre todavía resonaba en mi cabeza como cristales rotos. "E invertido tanto en ti, y no puedes hacer algo tan simple", "Has arruinado todo por lo que trabajamos, si quedo en la quiebra todo sera tu culpa". El rechazo no fue solo de palabras; fue el silencio gélido con el que me entrego esa mochila y me señalo la puerta. No me dio explicaciones, solo me borro.Caminé sin rumbo hasta que mis pies no pudieron más. El callejón, con su máquina de refrescos parpadeante,
Abrí la puerta de mi apartamento y me hice a un lado para dejarla pasar. El silencio habitual de mi hogar se rompió con el eco de sus pasos vacilantes. Elena entró como quien camina sobre una capa de hielo muy fina, con los hombros tensos y la mochila aferrada contra su pecho como si fuera un escudo. Su desconfianza era casi palpable, una barrera invisible que mi educación intentaba derribar con cuidado.—Es aquí. No es una mansión, pero estarás a salvo del frío —le dije, dejando las llaves en el cuenco de la entrada y tratando de que mi voz sonara lo más tranquila posible.Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, grandes y cansados, recorrieron la sala. Se quedó de pie en medio de la alfombra, sin saber qué hacer con sus manos. Me sentí un poco torpe; no estoy acostumbrado a recibir visitas, y mucho menos a desconocidas que recojo en callejones oscuros.—Mira, Elena... estás empapada y debes de tener frío —continué, señalando hacia el pasillo—. ¿Por qué no tomas una ducha calien
La oficina de "Logística & Valores" siempre tenía el mismo olor a las seis de la tarde: una mezcla de café recalentado, ozono de las impresoras y el perfume costoso de Melisa. Para Julián, ese aroma era el cronómetro de su ansiedad. A sus veintiséis años, como administrador principal, era capaz de cuadrar presupuestos de millones de pesos sin que le temblara el pulso, pero cuando se trataba de la mujer que ocupaba el escritorio de marketing, sus habilidades sociales se reducían a las de un adolescente tartamudo.Julián ajustó su corbata frente al reflejo del cristal de su oficina. Todo en él era impecable: la camisa blanca sin una sola arruga, el cabello peinado con la precisión de un arquitecto y su escritorio organizado por códigos de colores. Sin embargo, por dentro, era un desastre de nervios. Llevaba tres años enamorado de Melisa en silencio, tres años siendo el "buen compañero" que le traía su té favorito y que se quedaba hasta tarde solo para verla recoger sus cosas.-Hoy es







