Inicio / Romance / Quédate Conmigo / Capitulo 2 Huésped de media noche

Compartir

Capitulo 2 Huésped de media noche

Autor: JanEscritor
last update Fecha de publicación: 2026-08-29 14:07:16

​Abrí la puerta de mi apartamento y me hice a un lado para dejarla pasar. El silencio habitual de mi hogar se rompió con el eco de sus pasos vacilantes. Elena entró como quien camina sobre una capa de hielo muy fina, con los hombros tensos y la mochila aferrada contra su pecho como si fuera un escudo. Su desconfianza era casi palpable, una barrera invisible que mi educación intentaba derribar con cuidado.

​—Es aquí. No es una mansión, pero estarás a salvo del frío —le dije, dejando las llaves en el cuenco de la entrada y tratando de que mi voz sonara lo más tranquila posible.

​Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, grandes y cansados, recorrieron la sala. Se quedó de pie en medio de la alfombra, sin saber qué hacer con sus manos. Me sentí un poco torpe; no estoy acostumbrado a recibir visitas, y mucho menos a desconocidas que recojo en callejones oscuros.

​—Mira, Elena... estás empapada y debes de tener frío —continué, señalando hacia el pasillo—. ¿Por qué no tomas una ducha caliente? Te ayudará a relajarte mientras yo preparo algo para cenar.

​Ella me miró con una mezcla de sorpresa y duda. Parecía que no estaba acostumbrada a que alguien hiciera algo por ella sin pedir nada a cambio. Finalmente, asintió con un movimiento casi imperceptible de cabeza.

​—Puedes cambiarte en mi cuarto, es la puerta al fondo a la derecha —le indiqué.

​—No... no traje más ropa —susurró ella, bajando la mirada hacia su mochila—. Solo mis libros.

​Me froté la nuca, pensando rápido. No podía dejar que se pusiera de nuevo esa ropa húmeda.

—No te preocupes. Te puedo prestar una de mis camisas y un short deportivo. Te quedarán grandes, pero estarás seca. ¿Te parece bien?

​Ella dudó un segundo más y luego aceptó con un hilo de voz. Fui a mi armario, saqué una de mis camisas blancas de algodón —la más suave que tenía— y un short de gimnasia con cordón ajustable. Se los entregué en la puerta del baño y me retiré a la cocina para darle privacidad.

​Mientras el sonido del agua corriendo llenaba el apartamento, yo me concentré en lo que mejor sabía hacer: organizar el caos a través de la cocina. Piqué un par de tomates frescos, batí unos huevos y puse una sartén al fuego. Cocinar me calmaba, me devolvía esa sensación de control que Melisa me había arrebatado horas antes en la oficina.

​Diez minutos después, escuché la puerta del baño abrirse. Me giré y no pude evitarlo: una risa ligera escapó de mis labios.

​Elena estaba allí, prácticamente perdida dentro de mi ropa. Mi camisa le llegaba casi por las rodillas y las mangas le colgaban tanto que apenas se le veían las puntas de los dedos. El short, apretado al máximo con el cordón, parecía una falda abultada. Se veía pequeña, casi como una niña jugando a disfrazarse de adulto.

​—¿De qué te ríes? —preguntó ella, poniéndose roja como un tomate y rascándose la cabeza con timidez, un gesto que me pareció extrañamente tierno.

​—Lo siento, lo siento —dije, tratando de recuperar la compostura mientras servía los platos—. Es solo que... te queda un poco grande. Pero al menos estás seca. Siéntate, la cena está lista.

​Nos sentamos a la pequeña mesa. Ella comía con una concentración absoluta, como si cada bocado fuera un tesoro. El silencio empezó a volverse pesado, lleno de preguntas que me quemaban en la punta de la lengua.

​—Elena... —comencé, dejando los cubiertos a un lado—. No quiero presionarte, pero... ¿por qué estabas en ese callejón? ¿Qué pasó realmente con tus padres?

​El ambiente cambió en un segundo. La poca luz que había en sus ojos se apagó. Dejó de comer y se quedó mirando fijamente el plato, apretando los labios.

​—No quiero hablar de eso. Todavía no —respondió en un susurro cargado de amargura.

​La vi tan frágil que decidí dar un paso atrás. Como administrador, sé cuándo una negociación está estancada y cuándo es mejor esperar. Tal vez me contará más adelante, pensé, o cuando esté lista. No puedo obligarla a abrir una herida que todavía sangra.

​—Está bien —le dije suavemente—. No tienes que decir nada ahora. Pero escucha: puedes quedarte aquí mientras arreglas las cosas con tus padres o decides qué hacer. No te voy a dejar en la calle.

​Ella levantó la vista, sorprendida por mi oferta.

—¿De verdad?

​—De verdad. El sofá es bastante grande y cómodo.

​Me levanté y fui al armario de blancos. Saqué unas sábanas limpias que olían a suavizante de lavanda y una manta gruesa. Con la precisión que me caracterizaba, acomodé el sofá para ella, estirando cada esquina de la sábana hasta que no quedó ni una arruga.

​—Aquí tienes. Si necesitas algo, mi habitación está justo ahí. Descansa, Elena.

​​Media hora después, yo estaba acostado en mi propia cama, mirando el techo en la oscuridad. El silencio de mi habitación, que siempre me había parecido relajante, ahora se sentía cargado de una tensión eléctrica. Podía escuchar el leve sonido de Elena acomodándose en el sofá al otro lado de la pared.

​Me giré de lado, cerrando los ojos con fuerza.

​¿Qué demonios estoy haciendo?, me pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en el estómago.

​Soy un hombre de veintiséis años, con una vida planeada, una carrera en ascenso y una obsesión por la seguridad. Y acabo de meter a una desconocida, una chica que no conozco de nada, a mi apartamento. No sé quién es, no sé por qué sus padres no la quieren ver, ni siquiera sé si me está diciendo toda la verdad.

​Mi parte lógica, esa que administra recursos y evalúa riesgos, me gritaba que esto era un error catastrófico. Pero luego recordaba su mirada de terror en el callejón y cómo se rascaba la cabeza con timidez al salir del baño, y la lógica se quedaba muda.

​Mañana sería un día largo en la oficina. Tendría que ver a Melisa y actuar como si nada hubiera pasado, mientras mi casa albergaba un secreto que podría cambiar mi vida para siempre. Con ese pensamiento dándome vueltas en la cabeza, tardé mucho tiempo en lograr conciliar el sueño

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 5: El Teorema de la Intrusa

    (Perspectiva de Santi)​Si hay algo que aprendí en mis treinta años de vida —vale, veintisiete, pero redondeo para parecer más sabio— es que Julián es un reloj suizo. Un reloj suizo aburrido, obsesionado con las facturas y con el tipo de peinado que no se mueve ni aunque pase un huracán por Chicago. Por eso, cuando el viernes en la oficina lo vi mirando el reloj cada cinco minutos como si estuviera esperando el lanzamiento de un cohete espacial, supe que algo olía mal. O muy bien.​—"Problemas de logística en el apartamento", me dijo el muy cínico.​¿Logística? Por favor. Conozco a Julián desde la universidad. Su idea de "problema de logística" es quedarse sin servilletas de papel reciclado. Pero había algo en su mirada, una especie de brillo de pánico mezclado con... ¿ternura? No, eso era imposible. Julián solo sentía ternura por los balances de fin de mes y, bueno, por Melisa, aunque eso era más un martirio silencioso que otra cosa.​Así que, como el excelente mejor amigo que soy (y

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 4: El factor variable

    (Perspectiva de Julián)​El viernes por la mañana en "Logística & Valores" solía ser mi momento de máxima eficiencia. Los reportes de cierre semanal se alineaban en mi pantalla con una lógica impecable, pero hoy, cada vez que intentaba concentrarme en las gráficas de rendimiento, mi mente se desviaba hacia un sofá gris a tres kilómetros de distancia.​¿Estaría despierta? ¿Habría encontrado el café? Me sorprendí a mí mismo revisando el reloj cada diez minutos.​—¡Tierra llamando al administrador más aburrido del hemisferio sur! —La voz de Santi, acompañada de un golpe en el marco de mi puerta, me hizo dar un salto.​Santi entró sin invitación, como siempre, luciendo una camisa con estampados de palmeras que desafiaba cualquier código de vestimenta. Se sentó en mi escritorio, desordenando una pila de facturas que yo acababa de organizar.​—Te vi en el café de la esquina y ni me saludaste. Estabas como en trance, Julián. ¿Qué pasa? ¿Finalmente le dijiste a Melisa que quieres que sea la m

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 3: Coordenadas de un naufragio (Perspectiva de Elena)

    ​El frío de la noche anterior todavía parecía vivir debajo de mi piel, justo al lado de esa opresión en el pecho que no me dejaba respirar desde que cerré la puerta de mi casa. Caminar por esas calles desconocidas, con el peso de mis libros de economía golpeando mi espalda, se había sentido como un descenso lento hacia un lugar del que no se vuelve.​¿Cómo había terminado en ese callejón? Unas horas antes, mi vida tenía una trayectoria predecible: universidad, biblioteca, casa. Pero entonces ocurrió aquello. Las voz de mi padre todavía resonaba en mi cabeza como cristales rotos. "E invertido tanto en ti, y no puedes hacer algo tan simple", "Has arruinado todo por lo que trabajamos, si quedo en la quiebra todo sera tu culpa". El rechazo no fue solo de palabras; fue el silencio gélido con el que me entrego esa mochila y me señalo la puerta. No me dio explicaciones, solo me borro.​Caminé sin rumbo hasta que mis pies no pudieron más. El callejón, con su máquina de refrescos parpadeante,

  • Quédate Conmigo    Capitulo 2 Huésped de media noche

    ​Abrí la puerta de mi apartamento y me hice a un lado para dejarla pasar. El silencio habitual de mi hogar se rompió con el eco de sus pasos vacilantes. Elena entró como quien camina sobre una capa de hielo muy fina, con los hombros tensos y la mochila aferrada contra su pecho como si fuera un escudo. Su desconfianza era casi palpable, una barrera invisible que mi educación intentaba derribar con cuidado.​—Es aquí. No es una mansión, pero estarás a salvo del frío —le dije, dejando las llaves en el cuenco de la entrada y tratando de que mi voz sonara lo más tranquila posible.​Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, grandes y cansados, recorrieron la sala. Se quedó de pie en medio de la alfombra, sin saber qué hacer con sus manos. Me sentí un poco torpe; no estoy acostumbrado a recibir visitas, y mucho menos a desconocidas que recojo en callejones oscuros.​—Mira, Elena... estás empapada y debes de tener frío —continué, señalando hacia el pasillo—. ¿Por qué no tomas una ducha calien

  • Quédate Conmigo    Capitulo 1: El administrador del caos

    ​La oficina de "Logística & Valores" siempre tenía el mismo olor a las seis de la tarde: una mezcla de café recalentado, ozono de las impresoras y el perfume costoso de Melisa. Para Julián, ese aroma era el cronómetro de su ansiedad. A sus veintiséis años, como administrador principal, era capaz de cuadrar presupuestos de millones de pesos sin que le temblara el pulso, pero cuando se trataba de la mujer que ocupaba el escritorio de marketing, sus habilidades sociales se reducían a las de un adolescente tartamudo.​Julián ajustó su corbata frente al reflejo del cristal de su oficina. Todo en él era impecable: la camisa blanca sin una sola arruga, el cabello peinado con la precisión de un arquitecto y su escritorio organizado por códigos de colores. Sin embargo, por dentro, era un desastre de nervios. Llevaba tres años enamorado de Melisa en silencio, tres años siendo el "buen compañero" que le traía su té favorito y que se quedaba hasta tarde solo para verla recoger sus cosas.​-Hoy es

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status