Início / Romance / Quédate Conmigo / Capitulo 1: El administrador del caos

Compartilhar

Quédate Conmigo
Quédate Conmigo
Autor: JanEscritor

Capitulo 1: El administrador del caos

Autor: JanEscritor
last update Data de publicação: 2026-06-20 22:56:38

​La oficina de "Logística & Valores" siempre tenía el mismo olor a las seis de la tarde: una mezcla de café recalentado, ozono de las impresoras y el perfume costoso de Melisa. Para Julián, ese aroma era el cronómetro de su ansiedad. A sus veintiséis años, como administrador principal, era capaz de cuadrar presupuestos de millones de pesos sin que le temblara el pulso, pero cuando se trataba de la mujer que ocupaba el escritorio de marketing, sus habilidades sociales se reducían a las de un adolescente tartamudo.

​Julián ajustó su corbata frente al reflejo del cristal de su oficina. Todo en él era impecable: la camisa blanca sin una sola arruga, el cabello peinado con la precisión de un arquitecto y su escritorio organizado por códigos de colores. Sin embargo, por dentro, era un desastre de nervios. Llevaba tres años enamorado de Melisa en silencio, tres años siendo el "buen compañero" que le traía su té favorito y que se quedaba hasta tarde solo para verla recoger sus cosas.

​-Hoy es el día, Julián. Deja de ser un cobarde -se susurró a sí mismo, tomando una respiración profunda que le infló el pecho.

​Salió de su oficina con paso firme. Melisa estaba allí, de espaldas, guardando su computadora en un bolso de cuero color crema. Su cabello castaño caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Era la imagen de la sofisticación.

​-Melisa... -la llamó con una voz que, para su horror, sonó más aguda de lo normal.

​Ella se giró, regalándole una de esas sonrisas profesionales que siempre lo hacían dudar.

-¿Dime, Juli? ¿Sucedió algo con el cierre del trimestre? El director me comentó que faltaban unas firmas en los contratos de transporte.

​Julián sintió que el corazón le martilleaba en las sienes. Tenía el discurso ensayado: "Melisa, me preguntaba si te gustaría ir a cenar, conozco un lugar de comida italiana donde hacen un risotto que te encantaría...". Pero al ver sus ojos brillantes y esa expresión de "estoy apurada por irme", las palabras se le atascaron en la garganta como trozos de vidrio.

​-No, no es eso -balbuceó él, sintiendo que el sudor empezaba a perlar su frente-. Es... solo quería decirte que... que el informe de marketing quedó muy bien. Gran trabajo.

​Melisa parpadeó, confundida por un segundo, y luego soltó una risita ligera.

-Ah, gracias, Julián. Viniendo del administrador más exigente de la ciudad, es un cumplido enorme. Bueno, me voy, que tengo planes. ¡Hasta mañana!

​Ella pasó por su lado, dejando una estela de su perfume y el sonido rítmico de sus tacones alejándose por el pasillo. Julián se quedó allí parado, solo en la oficina silenciosa, sintiéndose como el hombre más patético del planeta. Había vuelto a fallar. Había vuelto a elegir la seguridad del silencio sobre el riesgo de la verdad.

​El sabor amargo de la cobardía

​Al salir del edificio, el aire nocturno de la ciudad lo golpeó con frialdad. Julián caminaba rápido, pero no porque tuviera prisa, sino porque quería escapar de sus propios pensamientos. Cada paso que daba sobre la acera era un recordatorio de su falta de agallas.

​-"¿Gran trabajo, Melisa?" -se mofó de sí mismo en voz baja-. "¡Qué idiota! Eres un administrador, Julián, no un pasante de dieciocho años. ¡Díselo de una vez!"

​La rabia contra sí mismo era tan intensa que sentía un nudo en el estómago. No quería llegar a su apartamento perfecto y silencioso para enfrentarse a su reflejo en el espejo. Necesitaba algo que apagara el ruido de su autocrítica. Se desvió de su ruta habitual y entró en una tienda de conveniencia abierta las veinticuatro horas.

​La campana de la puerta tintineó de forma irritante. Julián recorrió los pasillos con la vista fija en el suelo, ignorando al cajero que apenas levantó la mirada de su teléfono. Fue directo a la sección de refrigerados. Sus dedos largos y cuidados rodearon un pack de seis cervezas. No solía beber entre semana -eso rompía su estructura de vida saludable-, pero hoy la estructura le importaba un bledo.

​Pagó con un billete exacto, sin esperar el cambio, y salió a la calle con la bolsa de plástico golpeando su pierna. Decidió tomar un atajo por un callejón lateral para acortar el camino hacia su edificio. Era una zona de edificios antiguos y máquinas expendedoras oxidadas que siempre evitaba por seguridad, pero hoy sentía que si un ladrón intentaba asaltarlo, al menos tendría algo más de qué preocuparse que de su timidez crónica.

​

​El callejón estaba sumido en una luz amarillenta y parpadeante proveniente de una vieja máquina de refrescos. El suelo estaba húmedo y el olor a humedad era penetrante. Julián caminaba con la mirada al frente hasta que un movimiento a su izquierda lo hizo detenerse en seco.

​Allí, encogida contra la pared de ladrillos, junto a la máquina que emitía un zumbido eléctrico constante, estaba una chica.

​Al principio pensó que era alguien bajo el efecto de alguna droga, pero al acercarse notó que llevaba una mochila escolar y varios libros gruesos de tapa dura asomando por la parte superior. Era joven, quizá de unos veinte años, con una expresión de extravío total. Su cabello oscuro estaba un poco desordenado y sus manos temblaban ligeramente mientras abrazaba sus propias rodillas.

​Julián, a pesar de su frustración, no podía ignorar a alguien en ese estado. Su educación y su naturaleza protectora se impusieron sobre su mal humor.

​-Oye... -dijo con cautela, manteniendo una distancia prudencial-. No deberías estar aquí sola. Este barrio no es seguro después de medianoche.

​La chica levantó la vista. Tenía unos ojos grandes, llenos de una mezcla de inteligencia y desamparo. No parecía una persona de la calle; su ropa estaba limpia, aunque arrugada, y sus zapatos eran de marca, aunque desgastados.

​-Lo sé -respondió ella con una voz pequeña y ronca-. Pero el peligro es un concepto estadístico irrelevante cuando no tienes coordenadas de destino.

​Julián parpadeó, sorprendido.

¿Acaba de hablarme en términos estadísticos?

-¿Estadístico? Mira, lo que es relevante es que si alguien pasa por aquí con malas intenciones, no te va a preguntar por tus coordenadas. ¿Vives cerca? ¿Quieres que llame a alguien? ¿A tus padres?

​Al mencionar a sus padres, el rostro de la chica se contrajo en una mueca de dolor absoluto. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.

-Mis padres son las últimas personas en el mundo que querrían verme, señor -dijo con una amargura que heló la sangre de Julián-. Y no, no tengo a dónde ir.

​Julián suspiró, frotándose la nuca. Su mente de administrador empezó a trabajar en modo de resolución de problemas.

-Bueno, no puedes quedarte aquí. Hay un refugio a unas diez calles, o puedo pagarte un taxi a un hostal si tienes tus documentos.

​Ella bajó la cabeza, avergonzada.

-No tengo dinero. Nada. Y mis tarjetas están bloqueadas.

​El silencio se apoderó del callejón, solo roto por el zumbido de la máquina expendedora. Julián miró su bolsa de cervezas y luego miró a la chica. Ella se veía tan pequeña, tan frágil y, a la vez, tan fuera de lugar en ese entorno. Era como ver una pieza de cristal fino tirada en un basurero.

​-Yo... -Julián dudó. Su apartamento era su santuario de orden. Nunca dejaba entrar a nadie sin avisar, ni siquiera a su mejor amigo Santi. Pero la idea de dejar a esa universitaria allí, sabiendo lo que le podría pasar, era algo que su conciencia no le permitiría perdonar-. Vivo a la vuelta. Es un tercer piso, es seguro.

​La chica lo miró con desconfianza, pero también con una chispa de esperanza que lo conmovió.

-¿Me está ofreciendo un lugar? -preguntó ella, abrazando más fuerte su mochila.

​-Tengo un sofá -aclaró él rápidamente, recuperando su tono formal y educado-. Y sé cocinar algo decente. Es mejor que una máquina expendedora y un callejón húmedo, ¿no crees?

​Ella lo estudió por un momento. Vio su corbata perfectamente anudada, sus zapatos pulidos y la mirada honesta, casi tímida, de aquel hombre que parecía más asustado de la situación que ella misma.

​-Me llamo Elena -dijo ella, levantándose con dificultad. Al ponerse de pie, se le cayó un libro de la mochila: Principios de Macroeconomía.

​Julián se agachó para recogerlo y se lo entregó con una leve inclinación de cabeza.

-Soy Julián. Y creo que ambos hemos tenido un día de m****a, Elena. Vamos, mi casa está cerca.

​Mientras caminaban hacia el edificio de Julián, él no podía evitar pensar en la ironía de la situación. Había salido de la oficina sintiéndose un cobarde por no poder hablar con Melisa, y ahora estaba llevando a una desconocida a su casa. Quizás, después de todo, el orden de su vida estaba a punto de cambiar de una forma que ningún presupuesto podría prever.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 17: El teorema de la felicidad

    (Perspectiva de Elena)​El sol de la mañana se filtraba por las persianas del salón de River North, dibujando franjas doradas sobre mis apuntes de microeconomía. Me desperté con una sensación extraña en el pecho; la tristeza de anoche por la corbata de Melisa seguía ahí, pero el aroma a café recién hecho y el sonido de Julián tarareando una melodía suave en la cocina me obligaron a levantarme.​—Buenos días, madrugadora —dijo Julián al verme aparecer con el cabello revuelto y mi sudadera de la universidad. No llevaba traje. Vestía unos pantalones oscuros y un suéter gris de cachemira con las mangas recogidas. Se veía... humano.​—Buenos días —respondí, frotándome los ojos—. Tengo que estudiar mucho hoy, Julián. El examen del profesor Miller es el lunes y dicen que es un carnicero con las gráficas de equilibrio.​Julián dejó su taza de café y me miró con una chispa de diversión en los ojos que rara vez le veía.—¿El profesor Miller? Lo conozco de oídas. Es de la vieja escuela. Pero hoy

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 16: El peso de las expectativas

    (Perspectiva de Elena)​La mañana en el apartamento de River North comenzó con un silencio inusual. Julián se había ido temprano a una reunión de desayunos de negocios, dejándome una nota escrita a mano junto a una cafetera recién hecha: "Hay fruta fresca en la nevera. Estudia mucho, Elena. J."​Me quedé mirando la caligrafía firme y elegante de Julián mientras tomaba mi café. Era una nota sencilla, pero para mí contenía todo el peso de su protección. Me sentía una intrusa en su orden, una variable que no terminaba de encajar en sus muebles de diseño y sus alfombras impecables.​Alrededor de las once de la mañana, mientras intentaba concentrarme en la teoría de juegos de Nash, el timbre del interfono sonó. Me sobresalté; nadie venía nunca sin avisar.​—¿Sí? —pregunté, con la voz algo temblorosa.​—Entrega especial para el señor Julián hanks de parte de la señora Melisa Vance —respondió una voz profesional desde abajo.​Bajé a abrir, con el corazón latiéndome con fuerza. En la puerta m

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 15: Entre líneas y silencio

    (Perspectiva de Elena)​El apartamento en River North me recibió con esa calma que solo Julián sabía construir. Al entrar, lo vi en la cocina. Se había quitado la chaqueta y tenía las mangas de la camisa dobladas, preparando un té. No parecía el ejecutivo agresivo de las reuniones; parecía simplemente él, el hombre que me había dado un lugar cuando no tenía nada.​Al escuchar la puerta, levantó la vista y me dedicó esa media sonrisa que siempre lograba que mis nervios se calmaran, aunque hoy solo sirvió para que el nudo en mi estómago se apretara un poco más.​—Hola, Elena. Justo a tiempo —dijo, señalando la tetera—. Pensé que el frío de la calle te traería con ganas de algo caliente. ¿Cómo estuvo el Navy Pier?​Dejé mi mochila en el taburete y me acerqué, tratando de que mis ojos no se quedaran fijos en él más de lo necesario.—Estuvo bien. Hacía mucho viento, pero Thomas es... divertido. Me presentó a unos amigos de la clase. Estuvimos caminando un rato y viendo la noria.​Julián a

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 14: La variable del corazón

    (Perspectiva de Elena)​El Navy Pier de Chicago es un lugar diseñado para la felicidad superficial. Hay luces de colores, el sonido distante de la noria gigante girando contra el cielo gris y el olor dulzón de los pretzels calientes. A mi lado, Thomas no dejaba de hablar sobre una exposición de arte cinético que acabábamos de ver, gesticulando con entusiasmo mientras esquivábamos a familias de turistas.​—¿No te pareció increíble cómo la luz cambiaba según el ángulo? —me preguntó Thomas, deteniéndose frente a la barandilla que daba al lago Michigan—. Es como la economía, Elena. Todo depende de la perspectiva desde la que mires el gráfico.​—Sí, supongo que sí —respondí, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos.​Thomas era perfecto. Era divertido, era guapo de esa manera americana y atlética, y sobre todo, era fácil. Con él no había silencios cargados de tensión ni reglas de convivencia estrictas. Pero mientras él me explicaba su teoría sobre el arte moderno, mi mente estaba a k

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 13: La aritmética del deseo

    (Perspectiva de Julián)​El restaurante Spiaggia era el epítome del orden que yo siempre había buscado. Mesas con mantelería de lino impecable, el sonido sutil de los cubiertos de plata y una vista privilegiada del Navy Pier y el lago Michigan. Frente a mí, Melisa personificaba ese mismo orden. Llevaba un vestido de seda azul marino que resaltaba su elegancia natural y esa seguridad que siempre me había resultado magnética.​—Hacía tiempo que no compartíamos un almuerzo sin hablar de presupuestos desde el primer minuto —dijo ella, brindando con su copa de vino blanco—. Me alegra que hayamos aclarado lo de esa chica, Julián. Me tenías preocupada.​—Te lo dije, Melisa —respondí, aunque sentí una ligera punzada de culpa al pronunciar las palabras—. Elena es... un caso especial. La veo como a una hija, o quizás una hermana menor que tomó el camino difícil por pura integridad. No podría dejar que Chicago la devorara después de lo que hizo por sus principios.​Melisa sonrió, y por un moment

  • Quédate Conmigo    CAPÍTULO 12: La tregua de cristal

    (Perspectiva de Julián)​La oficina de Melisa en el piso 42 de Logística & Valores siempre olía a éxito y a un perfume floral que solía resultarme reconfortante. Hoy, sin embargo, el ambiente se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Melisa estaba sentada tras su escritorio de caoba, con una taza de porcelana entre las manos y la mancha de café de ayer ya limpia de su ropa, pero no de su memoria flotando en el aire entre nosotros.​—Me alegra que hayas venido temprano, Julián —dijo ella, señalando la silla frente a su escritorio—. Supongo que sabes por qué estamos aquí. No es por el presupuesto de la junta.​—Es por Elena —respondí, yendo directo al grano. No tenía sentido andar con rodeos con una mujer que leía los mercados como si fueran libros de cuentos.​Melisa dejó la taza con un tintineo seco.—Es una chica inteligente, Julián. Demasiado inteligente para estar "perdiendo el tiempo" en la casa de un hombre que tiene un futur

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status