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CAPÍTULO 4: El factor variable

Autor: JanEscritor
last update Fecha de publicación: 2026-08-29 14:09:11

(Perspectiva de Julián)

​El viernes por la mañana en "Logística & Valores" solía ser mi momento de máxima eficiencia. Los reportes de cierre semanal se alineaban en mi pantalla con una lógica impecable, pero hoy, cada vez que intentaba concentrarme en las gráficas de rendimiento, mi mente se desviaba hacia un sofá gris a tres kilómetros de distancia.

​¿Estaría despierta? ¿Habría encontrado el café? Me sorprendí a mí mismo revisando el reloj cada diez minutos.

​—¡Tierra llamando al administrador más aburrido del hemisferio sur! —La voz de Santi, acompañada de un golpe en el marco de mi puerta, me hizo dar un salto.

​Santi entró sin invitación, como siempre, luciendo una camisa con estampados de palmeras que desafiaba cualquier código de vestimenta. Se sentó en mi escritorio, desordenando una pila de facturas que yo acababa de organizar.

​—Te vi en el café de la esquina y ni me saludaste. Estabas como en trance, Julián. ¿Qué pasa? ¿Finalmente le dijiste a Melisa que quieres que sea la madre de tus hijos y te mandó a volar?

​—Cállate, Santi —respondí, tratando de recuperar mi máscara de seriedad—. Solo dormí mal. Un problema de... logística en el apartamento.

​—¿Logística? ¿Se te rompió el estante de las especias por orden alfabético? —Se rió, pero luego su expresión se volvió curiosa—. Oye, hablando de Melisa, ahí viene. Pon cara de que eres un tipo interesante y no alguien que sueña con hojas de Excel.

​Melisa entró con su elegancia habitual, sosteniendo una tablet. Me dirigió una sonrisa que ayer me habría dejado sin aliento, pero hoy, extrañamente, solo me hizo sentir una punzada de incomodidad.

​—Julián, necesito que apruebes el presupuesto para la campaña de redes sociales —dijo ella, apoyándose ligeramente en mi escritorio. Su perfume, ese aroma caro y floral, inundó el espacio.

​—Claro, déjame revisarlo —respondí.

​—¿Pasa algo? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. Estás... distraído. Normalmente me das un sermón sobre el retorno de inversión antes de firmar.

​—No es nada, Melisa. Solo... un asunto personal que debo resolver al salir.

​Santi me miró con una ceja levantada, oliendo sangre. Melisa se encogió de hombros, me dio las gracias y se fue. En otros tiempos, me habría quedado mirando mientras se alejaba por el pasillo. Hoy, mis ojos volvieron al reloj. Faltaban seis horas para salir.

​Cuando finalmente terminó la jornada, esquivé a Santi —que insistía en ir por unos tragos— y me dirigí al centro comercial. Entré en una tienda de ropa femenina y me sentí como un astronauta en un planeta extraño.

​¿Qué le gusta a una estudiante de economía que vive en un callejón?, me pregunté frente a un estante de vestidos. Recordé su timidez, cómo se rascaba la cabeza y cómo mis camisas gigantes le daban un aire de fragilidad. Busqué algo que fuera cómodo pero bonito: unos jeans suaves, un par de suéteres de lana de colores cálidos y, tras mucho dudar, un vestido sencillo con un estampado de flores pequeñas.

​Al pagar, el cajero me preguntó si era para mi novia.

—Es para... una huésped —respondí, sintiendo que la palabra se quedaba corta para describir lo que Elena estaba empezando a significar en mi rutina.

​(Perspectiva de Elena)

​El apartamento de Julián se sentía como un museo de cristal. Después de que él se fue, me quedé sentada en el sofá durante una hora, temiendo que si me movía demasiado rápido, desequilibraría la armonía del lugar. Pero el agradecimiento es una fuerza impulsora peligrosa. Quería ser útil. Quería que cuando Julián regresara, pensara que no había sido un error dejarme entrar.

​—Bien, Elena. Eres economista. La eficiencia es lo tuyo —me dije a mí misma, poniéndome en pie—. Vamos a optimizar este espacio.

​Decidí empezar por la cocina. Julián la tenía limpia, sí, pero bajo mi mirada de "caos creativo", le faltaba vida. Empecé por reorganizar la despensa. Según mis cálculos, si ponía los granos por peso y no por marca, se aprovechaba mejor el espacio cúbico.

Luego, decidí que las plantas del balcón necesitaban agua.

​El problema es que, cuando me concentro en una teoría, mi cuerpo olvida la coordinación básica.

​Mientras movía una de las macetas de cerámica para que recibiera "el ángulo óptimo de fotosíntesis", mi codo golpeó un pequeño jarrón decorativo que estaba sobre una mesa lateral. Lo vi caer en cámara lenta. Se hizo pedazos contra el suelo de madera.

​—¡No, no, no! —me arrodillé, tratando de recoger los pedazos.

​Me sentí morir de la vergüenza. Julián, el hombre del orden, llegaría y encontraría su santuario profanado por mi torpeza. En mi desesperación por limpiar, decidí que también debía lavar los platos que él había dejado secando, pero al intentar ser rápida, derramé detergente de más y pronto la encimera de mármol estaba cubierta de una espuma blanca que parecía no tener fin.

​Estaba allí, con el cabello más revuelto que nunca, intentando secar la espuma con una toalla de papel mientras las lágrimas de frustración empezaban a asomar, cuando escuché la llave girar en la cerradura.

​Julián entró cargado con bolsas de tiendas de ropa. Se detuvo en seco al ver la escena: yo, en el suelo, rodeada de espuma, con un trozo del jarrón en la mano y su camisa blanca —que todavía llevaba puesta— con una mancha de agua.

​—¡Lo siento mucho! —exclamé antes de que pudiera decir nada—. Intentaba ayudar, quería organizar la cocina y... el jarrón se interpuso... y la espuma... Julián, de verdad lo siento.

​Me cubrí la cara con las manos, esperando que me pidiera que me fuera. Esperando el rechazo que mis padres me habían enseñado a esperar.

​En cambio, escuché el sonido de las bolsas dejadas en el suelo y unos pasos suaves. Julián se puso en cuclillas frente a mí. No parecía enojado; parecía... ¿divertido?

​—Elena —dijo con esa voz pausa —. El jarrón era de una tienda de saldos, no valía nada. Y la espuma... bueno, al menos sé que el mármol está realmente limpio ahora.

​Levanté la vista. Él me tendió una mano.

—He traído ropa para ti. Pensé que preferirías algo de tu talla en lugar de seguir pareciendo un fantasma en mis camisas. Anda, deja eso. Yo me encargo.

​En ese momento, mientras él me ayudaba a levantarme y me entregaba las bolsas con una sonrisa tímida, me di cuenta de algo aterrador: me estaba acostumbrando a su amabilidad mucho más rápido de lo que mi desconfianza podía permitirme. Y eso era mucho más peligroso que cualquier callejón oscuro.

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