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RENACIDA: No Cometere El Mismo Error
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Autor: Blackdiamond

El calabozo

last update Fecha de publicación: 2026-11-01 04:23:50

Capítulo uno: El calabozo

Perspectiva de Lydia

Me desplacé hacia el otro lado de la cama y acomodé la sábana con una sonrisa; esa clase de sonrisa que nunca llegaba a mis ojos.

Últimamente, Lucian se había mostrado menos frío conmigo, y no pude evitar preguntarme si, por fin, empezaba a fijarse en mí.

Me acerqué al espejo para arreglarme el cabello y aplicarme un poco de labial, cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe y chocó con fuerza contra la pared.

Giré la cabeza de inmediato. Allí estaba Lucian, con el pecho agitado y la respiración entrecortada.

—Lucian, ya estás en casa. —Me acerqué a él e intenté tomar su bolso.

Él lo apartó de un tirón, provocando que perdiera el equilibrio y cayera pesadamente al suelo. Mi codo golpeó el piso, enviando un dolor agudo a través de todo mi brazo.

—¿Qué ha pasado? ¿E-estás bien? ¿Ha ocurrido algo hoy?

Su rostro estaba tan sombrío que me hizo retroceder. Nunca antes había visto a Lucian tan enfadado.

—Me has traicionado.

Eso fue lo primero que salió de sus labios.

Lo miré fijamente, con el ceño fruncido. —¿D-de qué estás hablando, Lucian?

—¡Cállate! —gritó, haciendo que mi cuerpo temblara sobre el suelo.

Arrojó hacia mí las fotografías que llevaba en las manos.

Con las manos temblorosas, me incliné lentamente y recogí una de las fotos.

Mis ojos se abrieron de par en par.

En la imagen aparecía yo, sentada sobre un hombre cubierto de tatuajes, mientras me reía.

Negué con la cabeza y levanté la mirada hacia Lucian. —No... no, no... esto... —señalé la foto—. Esta no soy yo, Lucian. Te lo juro.

Negué con más fuerza, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por mi rostro mientras lo observaba.

—¿Creías que no me enteraría, eh?

—No, tienes que creerme, Lucian. Esa no soy yo. No conozco a ese hombre; jamás lo he visto en mi vida. ¡Te lo juro! —Me aferré a sus piernas. «Por favor, Lucian. Te lo prometo. No fui yo».

«Me aseguraré de darte una lección».

Apreté mis manos alrededor de su pierna. «Por favor, Lucian. Solo escúchame. Déjame explicarte».

«¡Markus! ¡Markus!».

Llamó a uno de sus hombres.

Markus apareció en cuanto fue llamado.

«Llévala al calabozo hasta que esté lista para decir la verdad, hasta que haya aprendido la lección».

Markus me agarró por el hombro, tirando de mí con fuerza y arrastrándome hacia la puerta.

«¡Lucian! —grité—. Por favor, escúchame. Créeme».

Le supliqué, pero no me escuchó.

****

Apoyé la espalda contra la fría pared de piedra y me llevé las rodillas al pecho, intentando conservar el poco calor que me quedaba. Habían pasado días desde que me arrojaron al calabozo bajo la casa de Lucian.

No recuerdo cuánto tiempo llevaba encerrada, pero de algo estaba segura: Lucian nunca vino a visitarme.

Ni una sola vez.

Al principio, pensé que tarde o temprano se daría cuenta de que yo no era culpable. Esperé. Esperé a que viniera a sacarme de aquí. Pero nunca lo hizo. Con el tiempo, tuve que decirme a mí misma que no iba a venir, y que tal vez ya se había olvidado de mí.

Sin embargo, cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, giraba la cabeza bruscamente hacia allí, con la esperanza de que fuera él.

El estómago se me retorció con dolor, haciéndome hacer una mueca con las pocas fuerzas que me quedaban.

Cierto.

Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que me pasaron comida a través de la puerta metálica.

¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres?

Una tos débil escapó de mis labios, y me cubrí la boca con la mano.

La mano que usé estaba cubierta de sangre.

Observé mi mano pálida y temblorosa sin ninguna sorpresa; no era la primera vez que ocurría. Sabía que mi cuerpo estaba llegando a su límite. Sabía que iba a morir.

Me sequé los labios agrietados con el dorso de la mano y me toqué las mejillas hundidas.

Ni siquiera sabía qué aspecto tenía ahora, pero podía sentir los cambios.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la pared. El frío penetraba en mi cuerpo tembloroso, pero lo dejé estar.

Era lo único que me distraía del vacío, de la soledad y de la idea de morir aquí.

Un sonido tenue a lo lejos hizo que abriera los ojos de golpe; luego, esbocé una sonrisa amarga.

¿Qué tan ingenua había sido?

¿Acaso, incluso ahora, seguía esperándolo?

Mi mente revivió los recuerdos del día en que mi padre me habló del matrimonio.

«Le pedí dinero prestado a un hombre peligroso y no pude devolvérselo», me dijo. «A cambio de la deuda, él quiere una esposa».

Lo miré, llena de preocupación.

«Quiero que tú, al ser la mayor, te cases con Lucian. Selene aún es demasiado joven».

Asentí.

Todo el mundo sabía quién era Lucian, aquel peligroso jefe de la mafia; aun así, acepté el matrimonio sin dudarlo, solo para salvar a mi padre. Incluso después del matrimonio, cuando Lucian jamás me miró como a su esposa, me aseguré de permanecer a su lado. Incluso cuando él gritaba, yo me quedaba. Incluso cuando no tenía la culpa, pedía perdón.

Qué estúpida fui al creer que él solo era emocionalmente distante, y al enamorarme de él.

Tragué saliva.

El líquido me quemó la garganta al pasar.

«Mírate», me susurré a mí misma. «Mira a lo que te ha llevado tanta obediencia».

Solté una risita amarga.

Mi respiración se volvió más lenta.

Apoyé la cabeza contra la pared y fijé la mirada en el techo.

¿Se enteraría alguien de que he muerto?

¿Le importaría a alguien?

Una lágrima se deslizó hacia mi oreja.

La dejé estar. De todos modos, no tenía fuerzas para secarla.

Quizás esto fuera un castigo de Dios por haber sido insensata, por confiar con demasiada facilidad, por creer que amar a los demás significaba anteponerlos a mí misma, por pensar que, si lograba mantener a todos felices, estaría a salvo y sería amada.

Entonces, un pensamiento extraño cruzó mi mente.

Si pudiera retroceder en el tiempo, antes de que todo sucediera...

Si se me diera la oportunidad de volver al momento en que todo comenzó, ¿tomaría las mismas decisiones?

¿Permitiría que me casara con Lucian?

No. Jamás volvería a cometer el error de elegir a Lucian. Nunca.

Mis párpados se volvieron más pesados.

Intenté mantenerlos abiertos, pero la oscuridad que se ocultaba tras ellos resultaba más reconfortante que el calabozo que me rodeaba.

Mi cuerpo ya no sentía frío. El dolor en el estómago había desaparecido, al igual que el ardor en la garganta. Incluso los latidos de mi corazón se volvieron distantes.

Quizás así es como se siente morir.

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