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En Paz

Author: Blackdiamond
last update publish date: 2026-11-01 04:24:12

CAPÍTULO DOS: En paz

El calor de la luz del sol acarició mi rostro, suave y dorado, extendiéndose sobre mi piel. Permanecí inmóvil un instante, desconcertada por la sensación. Ya no había oscuridad presionando mis ojos. Ni piedra fría bajo mi cuerpo. Ni una puerta de hierro manteniéndome encerrada.

Solo calidez.

¿Así es como se siente la muerte?

Esperaba algo más oscuro, algo más frío. Esperaba silencio y vacío, no esta luz dorada filtrándose a través de mis párpados cerrados.

Abrí los ojos lentamente, parpadeando ante la claridad.

Miré a mi alrededor, confundida.

Cortinas blancas, paredes de color crema, una cama grande. Una cómoda conocida junto a la ventana.

Luz del sol.

Luz del sol de verdad.

Llevé mis manos hacia adelante y las observé. Ya no estaban delgadas ni magulladas. Ahora eran suaves y tersas.

Mis dedos temblaron al tocar mi rostro.

Sin labios agrietados, sin mejillas hundidas, sin rastro de sangre. Intenté tragar saliva; el dolor había desaparecido.

¿Acaso estaba, por fin, en el cielo?

Salí de la cama a trompicones y corrí hacia el espejo.

Jadeé.

La mujer que me devolvía la mirada era alguien a quien no había visto en años.

Joven, llena de vida y saludable.

Toqué mi reflejo, y ella me tocó a mí.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—No... —susurré, retrocediendo.

Esto no podía ser real.

Miré hacia la mesita de noche. Había un teléfono. Lo tomé con manos temblorosas. La fecha que aparecía en la pantalla me heló la sangre.

Conocía esa fecha.

La recordaba perfectamente.

Era, precisamente, el día en que mi padre me habló de sus deudas; el día en que me pidió que me casara con Lucian.

Hoy era, exactamente, el día en que toda mi vida cambió.

Las piernas me fallaron. Me aferré al borde de la mesa.

—No —dije con la voz quebrada—. No, no, no... —susurré, negando con la cabeza, incapaz de creerlo.

No estaba muerta.

Estaba aquí. Antes del matrimonio, antes de la traición, antes del calabozo, antes de Lucian.

Un sollozo escapó de mis labios. Me dieron otra oportunidad.

Al darme cuenta, hundí los dedos en la palma de mi mano. ¿Esta vez? No iba a desperdiciarla.

Unos golpes en la puerta me hicieron dar un respingo.

—¿Lydia? ¿Estás despierta? —preguntó Selene. Su voz sonaba ligera y alegre.

—¿Lydia? —volvió a llamar a la puerta—. ¿Estás bien ahí dentro?

Me obligué a respirar hondo y luego solté el aire.

—Sí —logré decir, con la voz firme a pesar de que el corazón me latía con fuerza—. Estoy despierta.

—Bien. Padre quiere que todos estemos en el comedor dentro de una hora. Dice que es importante.

Mis manos temblaban a mis costados; las presioné contra mis muslos para calmarlas.

—Estaré allí.

Sus pasos se alejaron por el pasillo. Escuché hasta que dejaron de oírse por completo, y entonces exhalé el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.

Me puse un vestido sencillo y me miré en el espejo una vez más.

—Puedes hacerlo —susurré.

Bajé las escaleras.

En cuanto entré en el comedor, los recuerdos me asaltaron de golpe.

Mi padre estaba sentado a la cabecera de la mesa, con mi madrastra a su lado.

Y frente a ella estaba mi hermanastra, Elena. La miré con repugnancia.

El estómago se me revolvió y cerré las manos en puños a mis costados.

Era la misma persona que me había tomado de la mano cuando lloraba. La que me decía que yo era la única hermana en la que podía confiar. La que me había manipulado para que revelara detalles de la vida de Lucian. La

persona que, a fin de cuentas, provocó mi muerte.

Ella me sonrió. —¿Qué miras?

Forcé una sonrisa y desvié la mirada. —Nada.

Mi padre se aclaró la garganta. —Siéntate.

Me senté.

La misma orden, el mismo tono. Por un segundo, mi viejo instinto regresó.

Baja la cabeza. No discutas, no empeores las cosas.

—Hay algo que necesito hablar contigo —comenzó.

Aquí viene.

Mantuve una expresión neutral, cuidando de no mostrar ninguna emoción.

—¿Sí, padre?

Se aclaró la garganta de nuevo y, por un momento, pareció casi avergonzado. Pero luego la máscara volvió a su lugar, y él fue de nuevo el hombre frío y calculador que siempre había conocido.

—He cometido un error —dijo—. Un error grave. Pedí dinero prestado a un hombre... un hombre peligroso. Y, por desgracia, no pude devolvérselo.

Permanecí en silencio.

En mi primera vida, habría jadeado y hecho preguntas, llena de preocupación. Habría intentado buscar una forma de ayudar de inmediato y me habría ofrecido voluntariamente, como un cordero al matadero.

Esta vez, no dije nada.

Mi padre frunció el ceño. Quizás esperaba una reacción, o tal vez esperaba que yo interviniera para intentar arreglar las cosas, como siempre hacía.

—Te cuento esto —continuó, con la voz endureciéndose— porque necesito tu ayuda. El hombre a quien le pedí el dinero, Lucian Bianchi, me ha ofrecido una forma de saldar la deuda. Una forma que salvará a nuestra familia.

Dejé que el nombre resonara en mi mente. Lucian Bianchi. El hombre que me encerró en un calabozo y me dejó morir.

—Lucian Bianchi —repetí en voz alta, con tono inexpresivo.

—Sí. —Mi padre se inclinó hacia adelante; sus ojos brillaban con desesperación—. Es un hombre poderoso. Muy poderoso. Y ha aceptado saldar la deuda a cambio de una esposa. Una esposa de esta familia.

Hizo una pausa y sus ojos se encontraron con los míos. —Pensé que serías la candidata más adecuada. Selene aún es demasiado joven.

Ahí está.

Las mismas palabras. La misma expectativa.

En mi primera vida, sentí una punzada de dolor al ser elegida en lugar de Selene. En el fondo, sabía que mi padre no me valoraba tanto como a ella, y lo había aceptado. Siempre lo había aceptado todo.

Pero esta vez, capté la verdad que se escondía tras sus palabras.

Me estaba ofreciendo porque yo era más fácil de controlar. Porque accedería sin rechistar. Porque me había pasado la vida entera diciendo que sí a todo.

Pero esta vez, no.

—No —dije, tragando saliva.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Mi padre parpadeó. —¿Cómo has dicho?

—No —repetí, con voz tranquila pero firme—. No lo haré. No me casaré con Lucian Bianchi para saldar tu deuda. —Levanté la cabeza con orgullo.

El silencio se prolongó. Mi madrastra se quedó boquiabierta y los ojos de Selene se abrieron de par en par por la sorpresa. El rostro de mi padre fue tiñéndose poco a poco de rojo por la ira.

—Lydia —dijo, apretando los dientes—. Creo que no entiendes la situación. Si no pago esta deuda, toda nuestra familia quedará destruida. Lo perderemos todo: la casa, el negocio, nuestro apellido. Estaremos arruinados.

Lo miré fijamente durante un instante. —No me voy a casar con él.

—¡Eres mi hija! —espetó mi padre.

—Y eso no me hace responsable de tu deuda —respondí, alzando la voz.

Su rostro se encendió aún más mientras me miraba, incrédulo.

La antigua Lydia se habría disculpado.

Habría llorado y le habría rogado que no se enfadara. Pero esta Lydia no hizo nada de eso. Lo miré directamente a los ojos.

—Tú decidiste pedir el dinero prestado. Tú puedes decidir cómo devolverlo. —Apreté el vestido con las manos mientras pronunciaba aquellas palabras, conteniendo el miedo que se instalaba en mi interior.

Mi madrastra golpeó la mesa con la mano. —¿Cómo te atreves a hablarle así a tu padre?

No me inmuté; en lugar de eso, me volví hacia ella. «¿Cómo te atreves a esperar que me case con un desconocido por culpa del error de otra persona?»

Nadie volvió a decir nada. Todos estaban demasiado conmocionados por lo que había hecho.

Sin esperar, me di la vuelta y me alejé. Apenas había llegado al pasillo cuando escuché a mi padre gritando a mis espaldas.

«¡Lydia!»

No me detuve.

Por primera vez en mi vida, me alejé de él, y me sentí feliz por ello.

Llegué a la planta superior antes de que mis manos empezaran a temblar. Cerré la puerta del dormitorio y me apoyé contra ella.

Lo había hecho. Había dicho que no.

Respiré hondo, caminé hacia la ventana y miré hacia afuera.

Quizás podría irme. Quizás podría desaparecer antes de que Lucian llegara a verme. Quizás podría construir una vida completamente distinta.

Cerré los ojos e inhalé el aire fresco que gritaba libertad.

Al abrir los ojos, vi coches negros entrando por las puertas de la finca.

La sonrisa en mi rostro se desvaneció.

Tres. No. Cuatro coches.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Reconocía esos vehículos; los había visto antes.

Los coches se detuvieron en la entrada y una figura conocida bajó del primero.

Alto, de hombros anchos, vestido con un traje negro y con esa misma expresión gélida. Supe exactamente quién era, incluso sin verle el rostro.

Lucian.

Mis dedos se aferraron con fuerza a la cortina.

¿Por qué estaba aquí?

Lo observé caminar hacia la casa y mi respiración se volvió entrecortada.

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