LOGIN“You want to know what I am?” he murmured against her mouth, his hands shoving her dress up around her waist. “I’m a man who takes what he wants. And I want you. Here. Now.” Nina Falcone is LAPD. Undercover. Posing as a high-end escort, she has one mission: get close to El Sombras, the drug lord no one can name, photograph, or catch. Every night, powerful men buy pieces of her. Every morning, she washes them off her skin and turns their secrets into evidence. She tells herself it is duty. She tells herself she is still in control. Then Cruz finds her. Dark. Beautiful. Dangerous. He doesn’t buy her. He sees her. He strips through every mask she wears with one look and leaves her a card that feels like a command. Next time, don’t look away. She doesn’t. One night becomes obsession. Obsession becomes surrender. He touches her like he owns her, protects her like she is sacred, and ruins her for every life she had before him. Nina forgets the badge, the case, every line she swore she’d never cross. But the case won’t die. Every lead she pulls turns up dead before she can use it. Someone is watching. Someone who sees her coming before she arrives. And the clues keep circling closer to the man in her bed — doors that open for Cruz without a knock, men who lower their eyes when he speaks, phone calls at three in the morning in a voice she’s never heard. The ghost she’s hunting keeps getting closer close enough to touch, close enough to hold her in the dark and whisper stay. The only thread left to pull is the one tied around her own throat.
View MoreLa historia que estás por leer no es un cuento de hadas, ni una historia de amor o momentos felices. Su origen se remonta a un reino lejano, en un país donde la magia no es solo una habilidad, sino una forma de vida. En este lugar llamado Leória, aquellos que nacen con el don de invocar magia son considerados razas superiores. El resto, los desafortunados sin esta habilidad, están condenados a la esclavitud.
La leyenda de la princesa se esparció rápidamente. Todos en la ciudad sabían que el día en que la Reina diera a luz, sería un día de guerra. Las profecías del oráculo siempre habían sido certeras, y ninguna había sido tan ambigua como la que predecía el poder de la princesa.
Nadie esperaba que la Reina Elora diera a luz a gemelas. El caos que siguió superó cualquier predicción. La noche de su nacimiento se tiñó de sangre. Aunque los soldados protegían el castillo, nadie pensó en resguardar al pueblo que vivía en sus alrededores. Toda la atención estaba puesta en la seguridad de la reina.
Han pasado dieciséis años desde aquella noche, ahora recordada como una gran derrota. Pese a todos los esfuerzos, una de las princesas fue secuestrada y nunca más se supo de ella. Cada año, en esta fecha, los Reyes ofrecen una recompensa de diez mil monedas de oro a quien aporte información veraz sobre su paradero. Y si alguien logra traerla con vida, recibirá cien mil monedas de oro, un título nobiliario, un lugar en la corte y básicamente todo lo que desee.
Hasta ahora, muchos han intentado engañar a los Reyes presentando impostoras, pero todos han sido descubiertos. Algunos fueron simplemente desterrados, pero quienes persistieron en el engaño pagaron con su vida.
Desesperado por recuperar a su hija, el Rey Alfonce encomendó personalmente a su hijo, el príncipe André, la búsqueda de su hermana. Pasaron casi cuatro años sin una sola pista confiable, pero ahora, finalmente, han dado con un indicio que parece ser auténtico.
El príncipe está convencido de que esta información es verídica. Se dirige hacia una isla remota en los mares del este, donde se rumorea que la organización Zion tiene su base.
Durante su investigación, André descubrió que Zion fue la responsable del secuestro. Sin levantar sospechas, envió a su hombre de mayor confianza: su amigo, guardia y médico, Lord Héctor Villacrés.
Uno de los hombres de la tripulación se acercó al príncipe — Señor, nos acercamos a la isla. Si continuamos con este rumbo, seremos visibles para el enemigo —
André, decidido a no perder el factor sorpresa, respondió — Nos mantendremos fuera de su vista. Hasta que Héctor nos dé la señal, mantendremos un perfil bajo —
El barco rodeó la isla para ocultarse en la parte más alejada.
Mientras tanto, Héctor llevaba meses preparándose para infiltrarse. Tuvo que crear una identidad falsa: la de un noble con parafilias difíciles de satisfacer. Esto le permitió ganar la confianza de Zion, una organización que se dedica principalmente a dos actividades: la creación de asesinos a sueldo, entrenados para eliminar reinos enteros en una sola noche, y la trata de personas, en la que cumplen los deseos más retorcidos de los nobles más poderosos del mundo.
La pista más reciente llegó meses atrás. Un hombre, que vivía en las montañas de Kerlen, se presentó ante los Reyes afirmando haber visto a una joven con habilidades mágicas cuya descripción coincidía con la de la princesa. Según su testimonio, ella le confesó que escapaba de sus captores. Todo apuntaba a que formaba parte del grupo que Zion tenía bajo su control.
Al enterarse de la conexión de la organización Zion con la desaparición de la princesa, Héctor decidió infiltrarse haciéndose pasar por uno de los nobles más excéntricos de Leória. Su primer paso fue contactar directamente con la organización y solicitar una esclava para prácticas de sexo sádico. Necesitaba una excusa convincente que le permitiera acercarse a las jóvenes cautivas, con la esperanza de identificar a la princesa entre ellas. Su plan era sencillo pero arriesgado: cuando estuviera cerca, usaría un anillo con un diamante rosa creado a partir de la sangre de la princesa. Aquella gema reaccionaba a su presencia, brillando con intensidad si se encontraba cerca de ella.
Sin embargo, Zion no permitiría que un recién llegado accediera libremente a todas las chicas. Para ganarse su confianza, Héctor debió permanecer infiltrado durante varios meses. Durante ese tiempo, se vio obligado a mantener relaciones con múltiples mujeres y a participar en torturas sexuales, actos que lo llenaban de repulsión. Pero sabía que esa era la única forma de acercarse a su objetivo sin levantar sospechas. Finalmente, logró reunir el estatus y la credibilidad suficiente como para pedir una “degustación”, una práctica infame que costaba cerca de 30 mil monedas de oro. Para Héctor, el precio no importaba si eso significaba encontrar a la princesa y salvarla.
La degustación consistía en alinear a todas las jóvenes desnudas frente a él. Podía elegir a cualquiera para tener relaciones, y dispondría de una hora con cada una de las seleccionadas. Héctor sabía que no necesitaba tocarlas con lujuria ni someterlas, bastaba con acercarse lo suficiente para que el anillo reaccionara.
Se levantó del sofá con la expresión de un hombre satisfecho, fingiendo entusiasmo. A medida que recorría lentamente la fila, notaba el dolor en los rostros de aquellas chicas, muchas de las cuales ni siquiera habían alcanzado la mayoría de edad. El asco que sentía le hervía por dentro; desde el primer día había querido destruir aquel lugar. Aun así, debía mantener su fachada.
Avanzó con paso firme, rozando suavemente a cada una. Al fin, una pequeña luz comenzó a brillar en el anillo cuando se aproximó a una joven con maquillaje cargando que pretendía ocultar las marcas de abuso. La observó con atención, buscando la marca de nacimiento que confirmaría su identidad. Al tocarla, el diamante emitió un resplandor más intenso. No había duda: era ella. Rápidamente se quitó el anillo y lo guardó en su bolsillo, ocultando su reacción.
— Ya he elegido — dijo al guardia con voz firme — Me llevaré a esta chica a la habitación privada —
Caminaron juntos hasta la sala asignada para los gustos que Héctor había fingido tener durante su infiltración. Al entrar, la joven se arrodilló frente a él, completamente sumisa, sin rastro de voluntad. Era como una marioneta: un cuerpo humano al que le habían robado el alma.
— Levántate — ordenó él, manteniendo su rol de amo hasta estar completamente seguro.
Ella obedeció sin dudar. Héctor inspeccionó cada parte de su cuerpo. Su piel era extremadamente pálida, no como la de una persona de tez clara, sino como la de alguien que no había visto la luz del sol en años. Su cuerpo carecía de color, de vida, de humanidad. Lo examinaba todo minuciosamente, no por deseo, sino en busca de la marca de nacimiento que confirmaría su identidad.
Y entonces la vio. Justo debajo del brazo derecho, una pequeña marca distintiva, la misma que había sido descrita en los registros reales. No había error: era la princesa.
La miró fijamente y supo que debía sacarla de ese infierno cuanto antes. Sin perder tiempo, llamó al guardia.
— Deseo comprarla. ¿Cuánto me costará? —
— Permítame, señor. Llamaré a la encargada. Ella le informará si es posible realizar esa transacción —
Si Héctor lograba negociar la compra, podría abandonar el lugar con la princesa sin despertar sospechas y contactar al príncipe André para finalizar la misión. Pero si rechazaban la oferta, llevarla por la fuerza sería casi imposible.
Poco después, la encargada del lugar apareció. Era una mujer elegante y atractiva, de unos treinta años, con una presencia imponente. Entró en la habitación y se dirigió directamente a Héctor.
— Señor, me informan que desea comprar a esta esclava —
— Así es. La quiero únicamente para mí. No dudaré en pagar lo que sea necesario —
— Si lo desea, podemos tenerla lista para usted siempre que decida venir — respondió la encargada, dejando claro que no estaba buscando una transacción directa.
— No me está entendiendo, señorita. No quiero que nadie más la toque, jamás. Quiero llevármela conmigo, tenerla a mi lado cada segundo, cada vez que yo lo desee —
— Señor, adquirir a una esclava como ella costaría una auténtica fortuna —
— Eso no me interesa. ¿Cuál es el precio? —
— Si la desea tanto... tendría que pagar diez millones de monedas de oro —
El precio era ridículo, muy por encima de cualquier venta anterior. Pero Héctor no dudó — Muy bien. Enviaré un mensajero. El oro llegará por la mañana —
La encargada, visiblemente complacida, sonrió con un brillo codicioso en los ojos. Sabía que acababa de cerrar el negocio de su vida — ¿Está usted seguro, señor? Es una suma descomunal —
— Completamente. Solo asegúrese de que todo esté listo para recibir el oro. Nadie debe detener mi embarcación —
— Excelente, mi señor. Si me permite, me la llevaré para prepararla para usted — dijo mientras tomaba a la joven por el brazo.
— ¡No! Como ya he dicho, no quiero que nadie más la toque. Eso también la incluye a usted. Si desea mi oro, obedézcame —
La mujer quedó perpleja por un momento, pero no podía permitirse perder semejante cantidad. Asintió, aceptando las condiciones del hombre. Estaba convencida de que, cuando la líder regresara de su viaje, estaría más que complacida.
Normalmente, el precio de una esclava oscilaba entre uno y dos millones de monedas de oro. Las ganancias obtenidas con esta transacción eran enormes. La codicia de Silvana, la encargada, era evidente, y confiaba en que la "arpía", como llamaban a su líder, la felicitaría.
Héctor envió a uno de sus hombres de confianza a informar sobre el acuerdo. El mensajero llegó al barco donde se encontraba el príncipe André y se dirigió a él de inmediato — Majestad, Héctor ya ha encontrado a la princesa. Ha confirmado su identidad y tiene un plan —
André sintió alivio, pero también un profundo malestar al imaginar el tipo de lugar donde su hermana había estado cautiva — Muy bien, ¿cuál es el plan? —— Ha solicitado comprarla como esclava. Acordó pagar diez millones de monedas de oro —
— ¡Eso es una suma exorbitante! No podemos pagar algo así —
— Él lo sabe, Alteza. Aceptó fingir el pago con tal de permitir el ingreso de la embarcación. Ahora tenemos dos opciones: pagar esa suma imposible... o atacar y destruir ese lugar infame —
André comprendía que la intención real de Héctor era usar la supuesta compra como una distracción para llevarse a la princesa. Pero sabía que los guardias de Zion estaban entrenados como asesinos, y enfrentarlos sería prácticamente un suicidio. Sin embargo, pagar esa cantidad de oro era impensable.
— Capitán, ¿cuántos hombres tenemos listos para el combate? —
— Unos ochenta, señor. Atacar sería una misión suicida. No saldríamos con vida —
— Lo entiendo. Entonces, tendremos que usar un poco de magia —
— ¿Usará su invocación, señor? —
— Solo si es absolutamente necesario. Prepárense para pelear — ordenó André.
Hi, reader.If you made it all the way to this page, thank you. Genuinely, from the bottom of my heart — you spent your time with characters I built out of nothing but stubbornness and a laptop, and that is not a small thing to give someone. I don't take it for granted, ever.A quick note for anyone who wandered in without the warning up front: this book is adult romance, explicit, and entirely fictional. Everything in these pages — the heat, the tension, the messier feelings, all of it — exists to entertain consenting adult readers who want a story that doesn't fade to black at the good part. If that's you, welcome. You're exactly who I'm writing for.Writing romance — the steamy, unapologetic, adult kind — is genuinely the thing I love most. I love slow burns that make you yell at your screen. I love the moment two characters stop pretending they don't want each other. I love writing the tension right up until it snaps, and then writing what happens after. This genre gets dismissed
Three months later.The house was small, white, with blue shutters and a garden that grew wild because neither of them had a talent for plants. It sat on a street in a town that neither of them had heard of before they’d moved there, a town on the coast of a country that wasn’t theirs, where the language wasn’t theirs, where the life they were building was strange and new and imperfect and theirs.Isabella was three months old, and she was the center of everything. She slept in a crib beside the bed, and Nina woke at every sound, every shift, every breath, the hypervigilance of a cop turned to the purpose of a mother. Cruz made bottles and changed diapers and walked the floor at three in the morning when Isabella cried, and he did it with the same intensity he’d once brought to running an empire, and Nina watched him and felt her heart break open a little more every day.The deal Marsh had cut was complicated. Cruz had cooperated fully, turning over e
The dawn came gray and slow, the jungle mist rising off the trees, the ocean turning from black to steel to the pale gold of early morning. The firefight had stopped at first light, Damián's men pulling back to regroup, to tend to their wounded, to plan their next move. The cave entrance was dark with powder burns, the rock chipped where bullets had struck. Emilio was out of shotgun shells. Mateo had three rounds left in the Glock. Cruz had one magazine for the SIG.Nina sat in the back of the cave with Isabella against her chest, the baby sleeping, her small fist curled around Nina's finger, and she watched the three men at the cave entrance and thought about what came next.They couldn't stay. The cave was defensible but not impregnable, and when Damián's men came again, they'd come with more, and with grenades, and the cave would become a tomb. They needed to move. But move where? The island was small, the jungle thick, the beach controlled by Damián's boat
The baby came at three in the morning.Not from the assault, not from the fear, not from the running. From time. From biology. From the simple fact that the baby had been ready for days, and the stress and the running and the cliff paths and the gunshots had finally pushed her body over the edge.Nina felt the first contraction in the cave, a wave of pain that gripped her abdomen and squeezed, and she gasped and doubled over and grabbed the wall, and the SIG nearly slipped from her fingers."Cruz," she gasped. "The baby. It's coming."He was at her side in an instant, his face going white, the gun forgotten. "Now? Here?""Now." Another contraction, harder, and she felt something give, a warmth between her legs, her water breaking, and she knew there was no stopping this."We can't do this here," Mateo said, his eyes on the cave entrance where Emilio was still positioned, listening to the jungle. "We need to move her somewher












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