LOGINTERA
—No sé si puedas mediar por mí, pero hay una escena de explosión que se supone debo filmar y el director quiere que la haga yo misma. No me siento segura al respecto y... —Estaba diciendo mientras Matteo y yo desayunábamos, masticando mis waffles, cuando él dejó caer la cuchara sobre el plato con brusquedad. Su teléfono empezó a vibrar de inmediato y lo tomó sin dedicarme una sola palabra. —No, no puedo ir. Cancela todo mi itinerario, tengo que estar en otro lugar. —Dijo, y colgó, poniéndose de pie, tomando su maletín mientras salía por la puerta. Parpadeé dos veces, pellizcándome para asegurarme de que eso había sucedido de verdad. Y sí, había pasado. Vaya. Isadora. Todavía me sentía un poco mareada por el sangrado del día anterior y probablemente debería ir al hospital, pero eso tendría que esperar hasta después de la filmación de hoy. Ya lista para trabajar, caminé rápido hacia el auto de mi asistente, que me esperaba. ¿De verdad podía hacer la escena de la explosión? ¿Con mi bebé creciendo dentro de mí? Parecía una apuesta demasiado arriesgada, pero de todos modos tenía que hacerla. —¿El director cambió de opinión sobre la escena de la explosión? Creo que podríamos hacer un salto de tiempo ahí. —Comenté al acomodarme en el asiento del copiloto, y ella se ajustó los lentes mientras negaba con la cabeza. —No. Intenté convencerlo, pero se negó rotundamente. Dijo que es una de las escenas más importantes, así que... —Se quedó a media frase mientras yo soltaba un suspiro, trazando líneas suaves sobre mi vientre. —¡Bien! —Suspiré, y el resto del trayecto transcurrió en silencio hasta que llegamos al lugar de la filmación. —Esto es... llevaron lo de "zona remota" a otro nivel. —Me quejé al bajar del auto y caminar hacia el director. —Casi llegas tarde, Tera. Rápido, ve a cambiarte. —Me cambié de vestuario de inmediato y repasé mis diálogos otra vez antes de que comenzara el rodaje. Al detenerme a recuperar el aliento después de la toma, me pareció ver una figura alta y oscura recostada contra una camioneta negra estacionada al borde del set. Pero cuando volví a mirar, ya no estaba. Seguramente alguien de seguridad. Logré sacar adelante la escena de la explosión en una sola toma, y todavía respiraba agitada por toda la carrera cuando vi el auto de Matteo estacionado justo frente a nuestra escena. ¿Está aquí? Caminé hacia el auto y, por lo oscuro de los vidrios, no pude ver nada, así que golpeé suavemente la ventana. Matteo la bajó un poco. Lo justo para que yo viera... ISADORA. Con el pelo... desarreglado, por no usar una palabra más fea. La sonrisita en el rostro de Isadora lo decía todo, y en vez de armar un escándalo, me mordí el labio inferior. —¿Qué está pasando aquí? —Pregunté, y Matteo puso los ojos en blanco. —¿Deberías estar preguntando eso? ¿Ya terminaste tu rodaje? —Su voz sonaba indiferente mientras me despachaba con un ademán de la mano. —Matteo, ¿te estás cogiendo a mi hermana en tu auto? ¿Y me preguntas si ya terminé mi rodaje? —Pregunté, incrédula, mientras me acercaba un poco más a mirar. Y, oh, ¿no tenía yo razón? La tenía, por desgracia. —Tera, baja la maldita voz. —Me cortó Matteo, mirando alrededor de inmediato para comprobar si alguien lo había escuchado. El corazón se me retorció y se me hundió hasta el vientre al confirmar todo lo que ya había escuchado antes. Sentí que se me caían las escamas de los ojos mientras me mordía por debajo del labio para evitar que las lágrimas se desbordaran. No puedo hacer esto aquí. Aquí no. Si lloraba, solo lograría que Isadora se sintiera satisfecha de sí misma, y eso no se lo iba a permitir. —Ay, la bebita bonita, ¿vas a llorar? —Dijo Isadora con voz muy suave, y yo me eché el cabello hacia atrás. —¿Llorar? Ay, no. Eso arruinaría mi maquillaje, y todavía no termino de filmar mi escena. Debería volver a eso. —Murmuré, rascándome un poco el párpado mientras me alejaba. —Les está yendo muy bien a todos. Tomemos un respiro, cinco minutos. —Anunció el director, y respiré hondo. Justo lo que necesitaba en ese momento, gracias al cielo. No estaba segura de poder terminar mi siguiente escena si no me tomaba un momento para procesar lo que acababa de pasar. —Hola, hermanita. —Escuché la voz de Isadora detrás de mí y no pude evitar maldecir por lo bajo. —Veo que ya terminaste de ejercer la prostitución. —Respondí, girándome para encararla, y su expresión se agrió, aunque rápido la disimuló. —Ay, ¿te dolió? ¿Quieres saber por qué? ¿Por qué tu esposo está conmigo y no contigo? —Preguntó con una sonrisa radiante mientras yo abría una botella de agua. Me la bebí de un tirón, negando con la cabeza, usando el dorso de la mano para limpiarme la comisura de los labios. —¿Y por qué habría de preguntar eso? Sería como si no supiera ya la razón, y eso sería tan tonto como patético. —Me estaba muriendo por dentro, el pecho se me apretaba y cada vez me costaba más respirar, pero no quería que ella notara mi incomodidad. Sería como si ganara otra vez, y eso no se lo iba a dar. —Ay, qué bien, entonces ya sabes que nunca te amó y que solo fuiste una suplente. —Presionó justo donde más dolía, y yo sonreí, ocultando el caos que se desataba en mi pecho. —Eso no, pero lo que sí sé es que tienes un talento especial para quedarte con mis sobras. Como si te diera algún tipo de satisfacción. —Agregué, y su rostro se contorsionó de horror mientras yo le guiñaba un ojo. —Y aun así, sin importar cuánto tomara, siempre fuiste tú la que se quedaba atrás. Tal vez por eso nuestro padre nunca te reconoció. Al menos él sabía que yo valía algo. Y tú siempre dejaste migajas atrás, como una mendiga. Tal vez por eso nadie se quedó nunca contigo... ni siquiera tu propia sangre. ¿O ya se te olvidó que tu mamá se fue? —Preguntó, y fue como si me hubieran dado un golpe bajo directo al pecho. No supe ni cómo pasó, pero le agarré el cabello con el puño, jalando con furia. —Cómo te atreves. —Escupí, gritando mientras ella se quejaba de dolor. —¡Tera, suéltame! —Tiraba de mi muñeca mientras gritaba, pero mi agarre solo se hizo más fuerte. —No te atrevas a abrir esa boca sucia para mencionar a mi madre. Sé lo que hizo la tuya, y que no diga nada porque todavía no tengo pruebas no significa que no lo sepa. Porque lo sé. —Dije sin inmutarme, dándole una cachetada. —¡Suéltame! —Gritó, y me volteé justo a tiempo para ver a Matteo acercarse, o mejor dicho, correr, junto con el director. —¿Qué está pasando aquí? —Preguntó Matteo, precipitándose hacia Isadora mientras yo la empujaba. —Ella simplemente me atacó. Solo vine a saludarla y me jaló el cabello. —Las lágrimas le corrían por los ojos, y yo abrí los ojos como platos, resoplando. —¿En serio? Serías mejor actriz que yo. No le vas a creer, ¿verdad? —Pregunté, girándome hacia Matteo, solo para recibir un ardor en la mejilla. ¡Me había abofeteado! ¡Matteo acababa de abofetearme! —¿Cómo te atreves a ponerle una mano encima a tu hermana? —Gritó, y la rabia me recorrió entera. Un fuego empezaba a crecer en mí. No voy a poder contenerme. —¿Y qué te hace pensar que tú puedes ponerme una mano encima a mí? —Repliqué, dándole una cachetada, e Isadora jadeó, en shock. —Ay, no, no lo hiciste. —Siseó Matteo, alzando las manos para golpearme, y cerré los ojos con fuerza, pero de alguna forma, sus manos no llegaron a tocarme. Abrí los ojos despacio y vi a alguien frente a mí, vestido de negro. *Traje negro, pantalón negro.* No le había visto el rostro, pero podía jurar que era el mismo hombre de antes. —¿Matteo? Tengo un desprecio personal por los hombres que golpean a sus esposas. Sobre todo si están embarazadas. —Dijo, arrastrando las palabras. ¡Mierda! ¿Quién era él? ¿Cómo lo sabía? —¿Embarazada? —Matteo e Isadora jadearon al unísono, pero yo... yo solo estaba dolida. Furiosa. Con ese extraño que había creído buena idea soltar mi secreto de esa manera.TERACaminé hacia el auto que esperaba con calma, pero no podía ignorar lo inquieta que me sentía. Volví a mirar atrás para ver si Dante seguía detrás de mí, algo que me pareció estúpido porque yo misma le había pedido que se fuera.En efecto, ya no estaba, lo cual se suponía que era algo bueno, pero se sentía tan mal. Traté de ignorarlo mientras me apresuraba hacia el auto antes de que Caty o alguien más me viera y me hiciera quedarme.A esas alturas, ya estaba tan cansada de la fiesta y de todo lo que había pasado junto con ella, y estaba lista para volver a la suite y salir de este vestido.Llegué al auto y el chofer abrió la puerta apresuradamente, mientras se veía confundido.—¿Ya nos vamos? —Preguntó con cuidado, como
TERALos aplausos no se detenían.Crecían a nuestro alrededor, fuertes y abrumadores, llenando todo el salón con un tipo de energía que debería haberse sentido emocionante.La gente sonreía, aplaudía, se susurraba entre sí mientras nos miraban como si acabáramos de ejecutar algo extraordinario.Pero lo único que podía escuchar era mi propio corazón, demasiado fuerte en mis oídos.Me quedé ahí parada, apenas registrando los rostros a mi alrededor, el pecho subiéndome y bajándome mientras trataba de estabilizar la respiración. El calor del baile todavía se me pegaba a la piel, el pulso negándose a calmarse, y por alguna razón, eso empeoraba todo.Porque no era solo el baile, era él.
DANTEEncajaba demasiado bien entre mis brazos.Eso fue lo primero que noté en el instante en que la coloqué en posición, la mano posándoseme en su cintura mientras la otra sostenía la suya, guiándola hacia el ritmo de la música.No era solo algo físico, aunque eso solo ya bastaba para distraer, sino la forma en que su cuerpo se alineaba con el mío, como si recordara algo que su mente todavía no había alcanzado a procesar.Me moví sin pensar, dejando que la música guiara mientras mantenía mi atención puesta por completo en ella.Y era un desastre.Su postura estaba rígida, los hombros tensos bajo mi mano, la mirada disparándosele hacia todas partes menos hacia mí, como si buscara una ruta de escape que no existía. Práctic
TERAMe quedé paralizada.No del tipo de quietud en la que se puede fingir compostura, sino del tipo que traba cada músculo en su lugar, dejándome suspendida entre la reacción y la incredulidad. Los pensamientos se me dispersaron en direcciones distintas, negándose a asentarse en nada coherente, porque lo que acababa de pasar no tenía sentido.Dante me había besado.No en los labios, no como me había preparado para ese instante cargado en el que su mano me sostenía la mandíbula y su mirada me clavaba en el sitio, sino en la mejilla.Y de alguna forma, eso se sintió peor.Los dedos se me quedaron flotando torpemente a los costados, la respiración superficial mientras el calor de ese contacto breve se demoraba en la piel, ardiendo de una forma que volvía a apretarme el pecho, aunque esta vez no tenía nada que ver con el pánico.No me moví. No hablé. Ni siquiera parpadeé. Solo me quedé ahí, tratando de ponerme al día.La noche estalló a nuestro alrededor.Los fuegos artificiales iluminar
TERA—Arregla. Mi. Vestido —repetí, cada palabra cortante, controlada, la paciencia colgando de un hilo.Dante no se movió.Ni siquiera un tic.En cambio, esa sonrisa de suficiencia tan exasperante se le quedó en los labios, la mirada fija en la mía como si tuviera todo el tiempo del mundo mientras yo me quedaba ahí, mitad expuesta, furiosa, y completamente a su merced.—Eres persistente —dijo con suavidad, ladeando la cabeza como si me estudiara—. Eso te lo concedo.Los dedos se me cerraron en puños a los costados.—Y tú eres insoportable. Arréglalo.Tarareó suavemente, dando un paso lento hacia atrás en vez de adelante, las manos metiéndosele a los bolsillos como si esto no fuera más que una charla casual.—Se te olvida algo.Los ojos se me entrecerraron.—¿Qué?—La palabra mágica.Por un segundo, solo me quedé mirándolo fijo.Luego solté una risa seca, incrédula.—No puedes estar hablando en serio.—Ay, hablo muy en serio —respondió, el tono suave, completamente impasible—. Quieres
TERAMi mano nunca llegó a conectar.Se detuvo a medio aire, atrapada en un agarre firme antes de poder aterrizar, los dedos curvándose inútilmente contra una palma que ni siquiera se inmutó.Me quedé paralizada.La respiración me salía en ráfagas cortas e irregulares mientras la mirada se me disparaba hacia arriba, y ahí estaba él.Dante.Por un segundo, mi cerebro se negó a procesarlo. La tensión, el pánico, la opresión asfixiante en el pecho; todo se volvió borroso hasta que lo único en lo que podía concentrarme era en la forma en que su mano sostenía la mía, firme, inquebrantable.—Cuidado —dijo en voz baja, soltándome con la misma suavidad con la que me había atrapado, como si todo esto no le hubiera costado ningún esfuerzo—. Tus ganas desquiciadas de violencia podrían salir muy mal.Retrocedí un paso, tambaleante, el pulso corriéndome desbocado mientras intentaba estabilizar la respiración, pero no funcionaba. El aire no me entraba bien. Los pulmones me ardían, el pecho apretán







