LOGINPasaron horas. El tiempo en la bahía médica transcurrió a cuentagotas, marcado únicamente por el parpadeo de las luces de soporte vital y el mutismo tenso de Noah, quien apenas se movió de la silla. Cuando el panel de la puerta volvió a abrirse, no esperaba la silueta que irrumpió en la sala.
—¡Corine!
Kenia prácticamente voló por la estancia antes de que Noah pudiera reaccionar. Se arrojó sobre un costado de la cama y me rodeó el cuello con los brazos, rompiendo en un llanto desbordado de emoción pura. Sentí sus lágrimas mojándome la túnica médica mientras me apretaba como si fuera a deshacerme entre sus manos.
—Estás viva... estás viva, por las estrellas —sollozó, ahogando la voz en mi hombro—. Dijeron que habías... que Cassian te había...
—Kenia, no exageres —interrumpí con voz suave pero firme, pasándole una mano por la espalda para calmar su temblor—. No me muero tan fácilmente. Mírame, estoy bien.
detrás de ella apareció Adrian. Vestía un abrigo largo de viaje, sin las insignias formales de la Flota, pero manteniendo esa presencia imponente que parecía ocupar todo el aire disponible.
—Preparen sus pertenencias mínimas —dijo Miller sin rodeos, con una frialdad ejecutiva que cortó el momento—. Nos marchamos de La Rosa de los Vientos en menos de veinte minutos. Una nave privada nos aguarda en el muelle de abordaje secundario.
—¿Una nave privada? —preguntó Noah, poniéndose de pie de inmediato—. Comandante, ¿de qué habla? ¿Qué ocurrió en el Consejo?
—Nuestra ruta está trazada hacia la Tierra —continuó Adrian, ignorando la pregunta de Noah. Se acercó a mi camilla, sacó un pequeño terminal de datos de su bolsillo y lo dejó caer sobre mis piernas—. Ese es tu nuevo registro. Tu pasaporte y tu identidad civil falsa. A partir de este segundo, la cadete Corine ya no existe para los sistemas de la estación.
El objeto de metal frío quemó sobre la tela de mis sábanas. La indignación, la confusión acumulada y la frustración que llevaba reteniendo desde la ceremonia colapsaron en un solo punto.
—¡Basta! —grité, golpeando la bandeja de la camilla y poniéndome de pie de un salto. El mareo me golpeó la cabeza, pero mantuve el equilibrio a pura fuerza de voluntad, deteniéndolos a todos de golpe—. ¡Se acabó! ¡Nadie da un solo paso más!
Kenia dio un paso atrás, asustada por el tono de mi voz, mientras Noah intentaba ponerme una mano en el hombro para calmarme. Me zafé de él y encaré directamente a Miller, acortando la distancia hasta quedar a centímetros de su pecho.
—¿Quién te crees que eres para venir a dar órdenes? —le espeté, sosteniéndole la mirada con los puños apretados—. Ya no estoy en tu nómina. No me impusiste ningún cargo en la ceremonia, así que oficialmente ya no pertenezco a la Flota, y tú ya no eres mi comandante. ¡No me debes nada y yo no te debo nada a ti! ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Por qué se supone que tenemos que obedecerte y salir huyendo a la Tierra con documentos falsos?
El silencio cayó sobre la habitación como una guillotina. La guardia de la bahía médica parecía contener la respiración, pero Adrian no reaccionó con la rabia o la disciplina militar que solía imponer.
En lugar de eso, ocurrió algo insólito. Su postura rígida colapsó. Bajó levemente la cabeza, sus hombros se relajaron y, cuando volvió a mirarme, el fuego de la autoridad implacable había desaparecido por completo de sus ojos.
—Corine... —murmuró. Su voz no era una orden; era un susurro roto, cargado de una gravedad casi desesperada—. Te lo ruego. Confía en mí. Solo por esta vez.
La palabra ruego retumbó en las paredes de la sala como una anomalía imposible. El Comandante Miller, el aristócrata intocable, el tirano de la academia, me estaba pidiendo que confiara en él.
Una risa amarga se me escapó de la garganta, llena de veneno y escepticismo.
—¿Que confíe en ti? —repetí, dando un paso atrás, sintiendo cómo el mundo a mi alrededor se desmoronaba por segunda vez—. Yo ya no sé ni en quién confiar. Confié en Cassian... confié en el hombre que me besaba la frente y me decía que éramos un equipo, y terminó clavándome un pedazo de acero en el corazón sin darme una sola explicación. ¿Por qué demonios confiaría en ti? ¿Por qué le entregaría mi vida a alguien que nunca ha tenido una sola muestra de compasión conmigo, a alguien que solo ha buscado aplastarme desde el primer día?
Miré su rostro en busca de la mentira, esperando descubrir al siguiente verdugo disfrazado de protector.
—¿Cómo sé que no eres tú el siguiente que va a intentar matarme?
El aire helado de la noche no fue suficiente para despejarme la mente. Incapaz de conciliar el sueño, abrí el ventanal de la habitación y salí al balcón. La brisa nocturna de la colina traía un olor fresco a hierba húmeda y tierra que me llenó los pulmones, pero la inquietud me seguía carcomiendo el pecho. Necesitaba moverme. Decidí bajar la escalinata de piedra hacia los jardines traseros de la mansión, caminando en silencio entre las sombras de los árboles y los senderos de gravilla.Avancé hasta alcanzar un patio interior rodeado por columnas de mármol. Justo cuando iba a cruzar la última arcada, me detuve en seco y retrocedí de un salto, pegando la espalda a la piedra fría.Allí estaba él.Adrian se encontraba en el centro del patio, bañado por la luz plateada de la luna. Entrenaba en calzoncillos, sin más ropa sobre su piel. Sostenía una katana real, una espada de filo curvo y acero pulido que cortaba el aire nocturno con un silbido limpio y preciso.Me quedé paralizada, incapaz
El transporte blindado avanzó en silencio durante casi una hora, dejando atrás los rascacielos impolutos de la megalópolis blanca para adentrarse en las colinas que custodiaban las afueras de la ciudad. El paisaje urbano dio paso a campos verdes y bosques tupidos hasta que los neumáticos rugieron sobre el adoquín de un camino privado.Nos detuvimos frente a una mansión imponente de arquitectura vanguardista, de muros blancos, ventanales de suelo a techo y líneas sobrias que destilaban un lujo refinado y antiguo.Al detenerse el vehículo, un hombre mayor, vestido con un traje impecable y de postura perfectamente erguida, se acercó a abrir la portezuela. Su rostro maduro se iluminó con una calidez genuina al ver a Miller.—Bienvenido a casa, señor Adrian —dijo el mayordomo con un tono de profunda familiaridad, inclinando levemente la cabeza—. Todo está preparado como lo solicitó.—Gracias, Thomas —respondió Adrian, bajando del transporte y haciendo un gesto para que Noah y yo lo siguiér
El descenso a través de la atmósfera terrestre comenzó con una sacudida brutal que hizo crujir la estructura del módulo. La cápsula tembló violentamente cuando la fricción contra las capas de gas convirtió el cristal exterior en un infierno de fuego anaranjado y chispas incandescentes. Apreté las manos con fuerza contra mis rodillas, sintiendo cómo la presión gravitacional intentaba aplastarme los pulmones contra el asiento. A mi lado, Adrian mantenía la mirada fija en los indicadores táctiles, sereno como una estatua de piedra en medio del caos.Sin embargo, de un segundo a otro, el rugido ensordecedor de los propulsores comenzó a desvanecerse.Un frío denso y helado me recorrió la nuca, paralizándome los músculos. El aire dentro de mi pecho se volvió espeso, casi insoportable, y antes de que pudiera aferrarme con los dedos a las correas del asiento, la realidad se desdibujó por completo. La conciencia se me escapó como agua entre las manos.La negrura no duró más que un pestañeo, pe
Adrian colocó la carga de implosión térmica en la consola central del puente Cirsus antes de que el humo de la cabeza decapitada del comandante terminara de disiparse. Volvimos al caza corriendo, la adrenalina latiéndome en las sienes mientras el temporizador digital marcaba la cuenta regresiva en el panel del casco. La cubierta de cuarzo se selló, los propulsores de plasma rugieron a máxima potencia y nos desacoplamos del navío enemigo justo a tiempo.A través del visor posterior, vi cómo la nave Cirsus se contraía sobre sí misma en un destello púrpura para luego colapsar en una bola de fuego silenciosa que se extinguió en la negrura del espacio.Una hora más tarde, el transporte de Noah se acoplaba de nuevo a la nave principal y retomábamos el curso hacia el perímetro terrestre.La Estación Aduanera de la Tierra no se parecía en nada a la austeridad militar de La Rosa de los Vientos. Era la frontera intergaláctica, un coloso circular de anillos giratorios, cristal templado y luces d
El caza se lanzó al vacío como un proyectil de sombra. La inercia me aplastó contra el respaldo del asiento mientras Adrian ejecutaba una maniobra de tirabuzón imposible, esquivando por un margen de centímetros las ráfagas de plasma verde que la nave Cirsus descargaba contra nosotros. La vibración del casco retumbaba en mis dientes, pero mi atención estaba fija en los paneles tácticos.—¡Sistemas de fijación acoplados! —grité por el intercomunicador, ignorando las luces de advertencia que parpadeaban en rojo—. ¡Apunta al reactor secundario del flanco izquierdo, Miller!Adrian no respondió con palabras; solo apretó el gatillo. Dos haces de energía concentrada perforaron el escudo térmico del navío enemigo, paralizando sus motores de maniobra en medio de una explosión silenciosa. En lugar de alejarse, Adrian aceleró al máximo, encandilando los retropropulsores para clavar el espolón blindado de nuestro caza directamente contra el escotillón de abordaje Cirsus.El impacto nos sacudió las
De pronto, un zumbido agudo y penetrante cortó el aire del comedor. La iluminación cálida de la nave se apagó de golpe, reemplazada por el parpadeo rojo de la luz de emergencia táctica, mientras una voz sintética resonaba sobre nuestras cabezas con una cadencia fría:—Alerta de proximidad. Firma energética no identificada emergiendo de la sombra orbital. Patrón de aproximación de interceptación directa. Identificación de casco: Cirsus.Noah se puso de pie de un salto, desenvainando el arma reglamentaria que llevaba al cinto con un reflejo automático de veterano. Miller, en cambio, ni siquiera se alteró; se puso de pie con una calma calculada y ejecutó una secuencia en el panel táctil de la pared.—Nos han rastreado —murmuró Adrian, con la vista fija en las lecturas holográficas que flotaban en el centro del salón—. Ya estamos en la periferia del sistema solar, a pocos minutos de entrar en la atmósfera terrestre. No podemos arriesgar el casco de este transporte; si nos interceptan aquí