MasukEl recuerdo emergió con la nitidez de una cicatriz antigua. Ocurrió tres años atrás, el día en que pisé por primera vez La Rosa de los Vientos.
El aire de la bahía de atracadero olía a combustible ionizado, lubricante industrial y metal caliente. Yo bajé de la nave de transporte comercial a tropezones, con los ojos bien abiertos y una emoción desbordante quemándome en el pecho. Llevaba mi pesado morral militar colgado al hombro y la certeza ciega de que finalmente estaba a punto de empezar a construir mi propio destino. A mi lado, Cassian caminaba con la misma sonrisa entusiasta, ajustándose la correa de su bolso mientras me daba un leve empujón juguetón en el brazo. Un par de metros atrás, Noah descendía a paso lento, renegando entre dientes mientras se encargaba de coordinar el desembarque y la documentación de la carga.
—¡Es enorme, Cass! —le dije en un murmullo fascinado, contemplando la arquitectura colosal del vestíbulo de la estación.
—Es nuestro nuevo hogar, Cor —respondió él, devolviéndome una mirada cargada de complicidad—. El comienzo de todo.
Sin embargo, cuando intentamos tomar el corredor central hacia el sector de reclutamiento, una barrera de luz roja se desplegó frente a nosotros y dos guardias de la Flota nos interceptaron con los rifles cruzados sobre el pecho.
—Alto ahí, reclutas —ordenó el oficial de guardia con brusquedad—. Detengan la marcha y esperen a un costado de la plataforma.
—Disculpe, oficial —intervino Cassian de inmediato, mostrando nuestras acreditaciones provisionales—. Vamos camino a la mesa de enlistamiento. Si nos retrasamos, perderemos la asignación del primer bloque.
—No me importa —espetó el guardia sin mirarnos a los ojos—. El Comandante Adrian Miller está desembarcando en este momento por la pasarela de honor. Al Comandante no le gusta tener inconvenientes ni estorbos en su camino. Nadie transita por la cubierta hasta que su escolta se haya retirado.
Apreté la correa de mi morral con fuerza, sintiendo cómo una punzada de rabia me recorría la espalda. ¿Inconvenientes? ¿Estorbos? Tuve que morder me la lengua para no responderle. Nos hicieron esperar más de quince minutos en la orilla del pasillo, marginados como basura cósmica mientras el tráfico de la estación se paralizaba por completo solo por el capricho de un hombre.
Y entonces lo vi bajar.
Adrian Miller descendió por la rampa VIP rodeado por una comitiva de oficiales que caminaban a dos pasos de distancia tras él. Vestía la túnica oscura de la nobleza militar, pulcra y resplandeciente. A su paso, el personal del muelle, los mecánicos y hasta los oficiales de alto rango se ponían firmes, inclinando levemente la cabeza con una servidumbre que me pareció grotesca. Se movían a su alrededor como si fuera un dios viviente al cual adular y servir. Él ni siquiera se molestó en mirar a nadie; mantenía la vista en el frente, distante, frío e inalcanzable, pisando la plataforma como si fuera el dueño absoluto del universo.
Arrogante, pensé con desprecio. Un aristócrata jugando a ser soldado.
Cuando la restricción terminó, corrimos hacia el sector administrativo. La fila para el enlistamiento oficial era kilométrica. Estaba a punto de resignarme a una espera eterna cuando la chica delante de mí se giró con una sonrisa amplia y una energía que parecía desafiar el cansancio del viaje.
—Hola, soy Kenia —dijo, ofreciéndome la mano sin ningún tipo de timidez—. Parece que seremos compañeras de sufrimiento por los próximos años.
—Corine —respondí, estrechando su mano y sintiendo una simpatía inmediata—. Y él es Cassian.
Conectar con Kenia fue instantáneo. Hablamos de todo mientras la fila avanzaba con una lentitud desesperante. Sin embargo, para cuando terminaron de sellar nuestros expedientes, el cronómetro digital de la pared marcaba que estábamos peligrosamente atrasadas para la formación de bienvenida en el patio de maniobras.
—¡Nos van a degradar antes de empezar! —exclamó Kenia, echando a correr por el corredor metálico.
Cassian y yo la seguimos a toda velocidad, sorteando cajas de suministros y personal de mantenimiento. Al doblar una esquina ciega a paso acelerado, no vi lo que había al frente.
Choqué de lleno contra una mole de carne y titanio.
El impacto fue tan seco que salí rebotada hacia atrás, perdiendo el equilibrio hasta casi dar contra el suelo. El morral se me resbaló del hombro y chocó contra las placas de metal. Me llevé una mano a la cabeza, mareada por el golpe, pero al levantar la vista, el aire se me congeló en la garganta.
No había chocado con un guardia común. La figura imponente que se erguía frente a mí, sin haberse movido un solo milímetro por el impacto, era Adrian Miller.
El Comandante me miraba desde su altura. Sus ojos, helados y desprovistos de cualquier matiz de calidez, se clavaron en los míos como dos agujas de cristal. La presión en el pasillo se volvió aplastante.
—Las prisas son la excusa de los incompetentes, recluta —dijo Miller. Su voz, grave y profunda, resonó sobre el metal del corredor con una disciplina implacable—. En esta estación, la velocidad sin control es una falla táctica.
Traté de ponerme de pie rápidamente, tragándome la molestia del golpe.
—Fue un accidente, señor...
—No me interesan sus justificaciones —me cortó con una frialdad ejecutiva que me heló la sangre—. En la Flota de Recuperación no hay espacio para la torpeza. Aquí servimos con disciplina, servicio y una lealtad absoluta a la institución. Si no es capaz de controlar sus propios pasos en un pasillo, no servirá de nada cuando tengamos que enfrentarnos al vacío.
Sostuvo mi mirada un segundo más, evaluándome como a un insecto defectuoso, antes de dar media vuelta y continuar su camino sin volver a mirarme.
Ese fue mi primer encuentro con Adrian Miller. El día en que me enseñó que para él, yo no era más que un estorbo que debía ser corregido.
El aire helado de la noche no fue suficiente para despejarme la mente. Incapaz de conciliar el sueño, abrí el ventanal de la habitación y salí al balcón. La brisa nocturna de la colina traía un olor fresco a hierba húmeda y tierra que me llenó los pulmones, pero la inquietud me seguía carcomiendo el pecho. Necesitaba moverme. Decidí bajar la escalinata de piedra hacia los jardines traseros de la mansión, caminando en silencio entre las sombras de los árboles y los senderos de gravilla.Avancé hasta alcanzar un patio interior rodeado por columnas de mármol. Justo cuando iba a cruzar la última arcada, me detuve en seco y retrocedí de un salto, pegando la espalda a la piedra fría.Allí estaba él.Adrian se encontraba en el centro del patio, bañado por la luz plateada de la luna. Entrenaba en calzoncillos, sin más ropa sobre su piel. Sostenía una katana real, una espada de filo curvo y acero pulido que cortaba el aire nocturno con un silbido limpio y preciso.Me quedé paralizada, incapaz
El transporte blindado avanzó en silencio durante casi una hora, dejando atrás los rascacielos impolutos de la megalópolis blanca para adentrarse en las colinas que custodiaban las afueras de la ciudad. El paisaje urbano dio paso a campos verdes y bosques tupidos hasta que los neumáticos rugieron sobre el adoquín de un camino privado.Nos detuvimos frente a una mansión imponente de arquitectura vanguardista, de muros blancos, ventanales de suelo a techo y líneas sobrias que destilaban un lujo refinado y antiguo.Al detenerse el vehículo, un hombre mayor, vestido con un traje impecable y de postura perfectamente erguida, se acercó a abrir la portezuela. Su rostro maduro se iluminó con una calidez genuina al ver a Miller.—Bienvenido a casa, señor Adrian —dijo el mayordomo con un tono de profunda familiaridad, inclinando levemente la cabeza—. Todo está preparado como lo solicitó.—Gracias, Thomas —respondió Adrian, bajando del transporte y haciendo un gesto para que Noah y yo lo siguiér
El descenso a través de la atmósfera terrestre comenzó con una sacudida brutal que hizo crujir la estructura del módulo. La cápsula tembló violentamente cuando la fricción contra las capas de gas convirtió el cristal exterior en un infierno de fuego anaranjado y chispas incandescentes. Apreté las manos con fuerza contra mis rodillas, sintiendo cómo la presión gravitacional intentaba aplastarme los pulmones contra el asiento. A mi lado, Adrian mantenía la mirada fija en los indicadores táctiles, sereno como una estatua de piedra en medio del caos.Sin embargo, de un segundo a otro, el rugido ensordecedor de los propulsores comenzó a desvanecerse.Un frío denso y helado me recorrió la nuca, paralizándome los músculos. El aire dentro de mi pecho se volvió espeso, casi insoportable, y antes de que pudiera aferrarme con los dedos a las correas del asiento, la realidad se desdibujó por completo. La conciencia se me escapó como agua entre las manos.La negrura no duró más que un pestañeo, pe
Adrian colocó la carga de implosión térmica en la consola central del puente Cirsus antes de que el humo de la cabeza decapitada del comandante terminara de disiparse. Volvimos al caza corriendo, la adrenalina latiéndome en las sienes mientras el temporizador digital marcaba la cuenta regresiva en el panel del casco. La cubierta de cuarzo se selló, los propulsores de plasma rugieron a máxima potencia y nos desacoplamos del navío enemigo justo a tiempo.A través del visor posterior, vi cómo la nave Cirsus se contraía sobre sí misma en un destello púrpura para luego colapsar en una bola de fuego silenciosa que se extinguió en la negrura del espacio.Una hora más tarde, el transporte de Noah se acoplaba de nuevo a la nave principal y retomábamos el curso hacia el perímetro terrestre.La Estación Aduanera de la Tierra no se parecía en nada a la austeridad militar de La Rosa de los Vientos. Era la frontera intergaláctica, un coloso circular de anillos giratorios, cristal templado y luces d
El caza se lanzó al vacío como un proyectil de sombra. La inercia me aplastó contra el respaldo del asiento mientras Adrian ejecutaba una maniobra de tirabuzón imposible, esquivando por un margen de centímetros las ráfagas de plasma verde que la nave Cirsus descargaba contra nosotros. La vibración del casco retumbaba en mis dientes, pero mi atención estaba fija en los paneles tácticos.—¡Sistemas de fijación acoplados! —grité por el intercomunicador, ignorando las luces de advertencia que parpadeaban en rojo—. ¡Apunta al reactor secundario del flanco izquierdo, Miller!Adrian no respondió con palabras; solo apretó el gatillo. Dos haces de energía concentrada perforaron el escudo térmico del navío enemigo, paralizando sus motores de maniobra en medio de una explosión silenciosa. En lugar de alejarse, Adrian aceleró al máximo, encandilando los retropropulsores para clavar el espolón blindado de nuestro caza directamente contra el escotillón de abordaje Cirsus.El impacto nos sacudió las
De pronto, un zumbido agudo y penetrante cortó el aire del comedor. La iluminación cálida de la nave se apagó de golpe, reemplazada por el parpadeo rojo de la luz de emergencia táctica, mientras una voz sintética resonaba sobre nuestras cabezas con una cadencia fría:—Alerta de proximidad. Firma energética no identificada emergiendo de la sombra orbital. Patrón de aproximación de interceptación directa. Identificación de casco: Cirsus.Noah se puso de pie de un salto, desenvainando el arma reglamentaria que llevaba al cinto con un reflejo automático de veterano. Miller, en cambio, ni siquiera se alteró; se puso de pie con una calma calculada y ejecutó una secuencia en el panel táctil de la pared.—Nos han rastreado —murmuró Adrian, con la vista fija en las lecturas holográficas que flotaban en el centro del salón—. Ya estamos en la periferia del sistema solar, a pocos minutos de entrar en la atmósfera terrestre. No podemos arriesgar el casco de este transporte; si nos interceptan aquí