LOGINEl silencio en la bahía médica era tan denso que casi podía oírse el zumbido de los monitores de biometría. Noah me apretaba la mano con fuerza, mientras Kenia aguardaba junto al umbral de la puerta con la mirada puesta en el pasillo, atenta a cualquier movimiento sospechoso. La sombra de la traición de Cassian flotaba sobre nosotros como una niebla venenosa.
—No tenemos tiempo para esto, Corine —dijo Adrian, rompiendo el aire con esa voz tajante que siempre lograba tensarme los nervios—. Los protocolos de contención de la estación ya se activaron. Si te quedas en esta cama diez minutos más, las fuerzas del consejo te llevarán a una celda de aislamiento de la que jamás saldrás.
—¿Y pretendes que me levante y corra como si nada? —le espeté, intentando ocultar el temblor en mis manos mientras me aferraba a la sábana—. Apenas puedo mantenerme en pie. Hace un rato estaba muerta, Miller. Tu querida élite se aseguró de eso a través de Cassian.
—¡Es una locura, Adrian! —intervino Noah, poniéndose de pie con el rostro encendido de indignación—. ¡Aún no está recuperada! Sus lecturas cerebrales siguen inestables y el tejido interno apenas comenzó a regenerarse. ¡No puedes tratarla como a un soldado de vanguardia!
Adrian ni siquiera se molestó en mirar a mi padre adoptivo. Su atención permanecía clavada en mí, fría, implacable, midiendo cada uno de mis gestos.
Su tono no cambió. No hubo un solo gramo de calidez en sus palabras ni una fisura en su postura cuando dio un paso al frente, acortando la distancia con la misma severidad implacable que me había mostrado el primer día en aquel pasillo.
—¿Quién crees que te encontró desangrada en el suelo, Corine? —espetó Adrian, clavando en mí una mirada tan fría que helaba la sangre—. ¿Quién demonios crees que luchó a brazo partido contra la guardia y corrió por los pasillos cargándote en brazos para llevarte hasta la sección médica antes de que tu pulso se apagase por completo?
Me quedé helada, sintiendo cómo el aire se atascaba en mi garganta.
—Si fuera por mí, te habría dejado tirada allí mismo —continuó con una franqueza brutal, sin pestañear—. Al fin y al cabo, solo eres una recluta más. Una cadete prescindible entre los miles que componen esta estación. Pero no lo hice. Y ahora, te guste o no, soy tu única esperanza frente a los mismos bastardos que masacraron tu nave cuando solo eras una bebé.
Se acomodó los guantes con un movimiento seco, recortando el espacio entre los dos hasta que su sombra me cubrió por entero.
—No te queda otra opción que confiar en mí —sentenció, sosteniéndome la mirada con un desprecio calculated—. O si quieres, no lo hagas. Me da exactamente igual. Pero nos vamos de aquí ahora mismo. Tu vida me importa un comino, Corine, pero la vida de las miles de personas que habitan en esta estación sí me importa, y si te quedas, los vas a arrastrar a todos contigo.
—¿Amenazándome con la seguridad de la estación? —murmuré, apretando los dientes para contener la rabia y el dolor que me punzaba el costado—. Eres un monstruo arrogante. Solo te preocupa que tu reputación de comandante perfecto no se manche si me capturan.
—Me preocupa la realidad, Corine, algo con lo que pareces no estar muy familiarizada —contestó, apoyando una mano sobre el marco de la camilla y obligándome a sostenerle la mirada—. Cassian vendió las claves de acceso de tu cuadrante. La élite intergaláctica sabe que despertaste y los cazadores ya están en la red de embarque. ¿Quieres quedarte a esperarlos? ¿Quieres ver cómo Noah muere intentando protegerte?
El nombre de mi padre sonó como un latigazo. Volteé a ver a Noah; sus ojos reflejaban una mezcla de rabia y resignación.
—Tiene razón, muchacha —susurró Noah con amargura, poniendo una mano sobre mi hombro—. Si los escuadrones de la élite entran a este sector, no dejarán a nadie vivo para tapar sus huellas. Debemos movernos.
—Kenia, asegúrate de que el canal secundario de la bahía esté limpio —ordenó Adrian sin quitarme los ojos de encima—. Si se cruza algún patrullero, desactiva las cerraduras magnéticas.
—Todo listo en el nivel cuatro, comandante —respondió Kenia desde la puerta, con la respiración contenida—. Pero debemos darnos prisa. Las alarmas de contención sonarán en dos minutos.
Sus palabras cayeron como un jarro de agua helada sobre mi orgullo. Quería responderle, quería gritarle que era un monstruo insensible y tirarle el pasaporte falso a la cara, pero la lógica aplastante de su amenaza me dejó sin argumentos. Miré a Noah, quien me hizo un leve gesto con la cabeza implorándome cordura, y luego a Kenia, que aguardaba en silencio con la respiración contenida.
Tragué saliva, sintiendo un sabor amargo a derrota en la boca. A regañadientes, me ajusté la túnica médica y eché a andar detrás de él.
Caminamos en silencio por los niveles inferiores de la estación hasta llegar al hangar privado de acceso restringido. Allí, posada sobre la plataforma de despegue, nos esperaba la nave. No era un transporte militar común ni una barcaza de suministros; era un navío de sigilo de clase ejecutiva, de líneas pulidas, casco cromo y motores de salto cuántico de última generación. Una de las piezas tecnológicas más avanzadas en posesión de la élite de las flotas humanas.
Subimos los tres a bordo. La compuerta hidráulica se selló a nuestras espaldas con un soplido pesado que resonó en mi pecho como el cierre de un ataúd.
A través del ventanal translúcido de la cubierta, vi cómo La Rosa de los Vientos comenzaba a empequeñecerse en la inmensidad del espacio a medida que los propulsores nos alejaban de la plataforma. Mientras la estación se convertía en un punto brillante entre la penumbra de las estrellas, sentí un nudo opresivo en la garganta. Dejaba atrás los años de instrucción, el sudor vertido en los simuladores, la traición de Cassian y todos aquellos sueños juveniles de convertirme en una gran oficial de la Flota.
Mi vida tal como la conocía había terminado. Y el único hombre que me guiaba hacia el abismo era el mismo al que juré detestar desde el primer día.
El aire helado de la noche no fue suficiente para despejarme la mente. Incapaz de conciliar el sueño, abrí el ventanal de la habitación y salí al balcón. La brisa nocturna de la colina traía un olor fresco a hierba húmeda y tierra que me llenó los pulmones, pero la inquietud me seguía carcomiendo el pecho. Necesitaba moverme. Decidí bajar la escalinata de piedra hacia los jardines traseros de la mansión, caminando en silencio entre las sombras de los árboles y los senderos de gravilla.Avancé hasta alcanzar un patio interior rodeado por columnas de mármol. Justo cuando iba a cruzar la última arcada, me detuve en seco y retrocedí de un salto, pegando la espalda a la piedra fría.Allí estaba él.Adrian se encontraba en el centro del patio, bañado por la luz plateada de la luna. Entrenaba en calzoncillos, sin más ropa sobre su piel. Sostenía una katana real, una espada de filo curvo y acero pulido que cortaba el aire nocturno con un silbido limpio y preciso.Me quedé paralizada, incapaz
El transporte blindado avanzó en silencio durante casi una hora, dejando atrás los rascacielos impolutos de la megalópolis blanca para adentrarse en las colinas que custodiaban las afueras de la ciudad. El paisaje urbano dio paso a campos verdes y bosques tupidos hasta que los neumáticos rugieron sobre el adoquín de un camino privado.Nos detuvimos frente a una mansión imponente de arquitectura vanguardista, de muros blancos, ventanales de suelo a techo y líneas sobrias que destilaban un lujo refinado y antiguo.Al detenerse el vehículo, un hombre mayor, vestido con un traje impecable y de postura perfectamente erguida, se acercó a abrir la portezuela. Su rostro maduro se iluminó con una calidez genuina al ver a Miller.—Bienvenido a casa, señor Adrian —dijo el mayordomo con un tono de profunda familiaridad, inclinando levemente la cabeza—. Todo está preparado como lo solicitó.—Gracias, Thomas —respondió Adrian, bajando del transporte y haciendo un gesto para que Noah y yo lo siguiér
El descenso a través de la atmósfera terrestre comenzó con una sacudida brutal que hizo crujir la estructura del módulo. La cápsula tembló violentamente cuando la fricción contra las capas de gas convirtió el cristal exterior en un infierno de fuego anaranjado y chispas incandescentes. Apreté las manos con fuerza contra mis rodillas, sintiendo cómo la presión gravitacional intentaba aplastarme los pulmones contra el asiento. A mi lado, Adrian mantenía la mirada fija en los indicadores táctiles, sereno como una estatua de piedra en medio del caos.Sin embargo, de un segundo a otro, el rugido ensordecedor de los propulsores comenzó a desvanecerse.Un frío denso y helado me recorrió la nuca, paralizándome los músculos. El aire dentro de mi pecho se volvió espeso, casi insoportable, y antes de que pudiera aferrarme con los dedos a las correas del asiento, la realidad se desdibujó por completo. La conciencia se me escapó como agua entre las manos.La negrura no duró más que un pestañeo, pe
Adrian colocó la carga de implosión térmica en la consola central del puente Cirsus antes de que el humo de la cabeza decapitada del comandante terminara de disiparse. Volvimos al caza corriendo, la adrenalina latiéndome en las sienes mientras el temporizador digital marcaba la cuenta regresiva en el panel del casco. La cubierta de cuarzo se selló, los propulsores de plasma rugieron a máxima potencia y nos desacoplamos del navío enemigo justo a tiempo.A través del visor posterior, vi cómo la nave Cirsus se contraía sobre sí misma en un destello púrpura para luego colapsar en una bola de fuego silenciosa que se extinguió en la negrura del espacio.Una hora más tarde, el transporte de Noah se acoplaba de nuevo a la nave principal y retomábamos el curso hacia el perímetro terrestre.La Estación Aduanera de la Tierra no se parecía en nada a la austeridad militar de La Rosa de los Vientos. Era la frontera intergaláctica, un coloso circular de anillos giratorios, cristal templado y luces d
El caza se lanzó al vacío como un proyectil de sombra. La inercia me aplastó contra el respaldo del asiento mientras Adrian ejecutaba una maniobra de tirabuzón imposible, esquivando por un margen de centímetros las ráfagas de plasma verde que la nave Cirsus descargaba contra nosotros. La vibración del casco retumbaba en mis dientes, pero mi atención estaba fija en los paneles tácticos.—¡Sistemas de fijación acoplados! —grité por el intercomunicador, ignorando las luces de advertencia que parpadeaban en rojo—. ¡Apunta al reactor secundario del flanco izquierdo, Miller!Adrian no respondió con palabras; solo apretó el gatillo. Dos haces de energía concentrada perforaron el escudo térmico del navío enemigo, paralizando sus motores de maniobra en medio de una explosión silenciosa. En lugar de alejarse, Adrian aceleró al máximo, encandilando los retropropulsores para clavar el espolón blindado de nuestro caza directamente contra el escotillón de abordaje Cirsus.El impacto nos sacudió las
De pronto, un zumbido agudo y penetrante cortó el aire del comedor. La iluminación cálida de la nave se apagó de golpe, reemplazada por el parpadeo rojo de la luz de emergencia táctica, mientras una voz sintética resonaba sobre nuestras cabezas con una cadencia fría:—Alerta de proximidad. Firma energética no identificada emergiendo de la sombra orbital. Patrón de aproximación de interceptación directa. Identificación de casco: Cirsus.Noah se puso de pie de un salto, desenvainando el arma reglamentaria que llevaba al cinto con un reflejo automático de veterano. Miller, en cambio, ni siquiera se alteró; se puso de pie con una calma calculada y ejecutó una secuencia en el panel táctil de la pared.—Nos han rastreado —murmuró Adrian, con la vista fija en las lecturas holográficas que flotaban en el centro del salón—. Ya estamos en la periferia del sistema solar, a pocos minutos de entrar en la atmósfera terrestre. No podemos arriesgar el casco de este transporte; si nos interceptan aquí