FAZER LOGINLa nave flotaba en la inmensidad del espacio profundo, sumida en una deriva silenciosa tras haber cortado los motores de curvatura. Sin una ruta fijada en el mapa estelar, quedamos suspendidos en medio del vacío, un punto insignificante rodeado por la frialdad de las estrellas. La urgencia del despegue había dado paso a un silencio denso y amargo. Ir al planeta donde se encontraba la última morada interestelar de Sainet ya no era una opción razonable. Enfrentar ese lugar sagrado sin saber cómo sobrevivir como Corine al resurgimiento de la diosa era una sentencia de muerte autoimpuesta, una caminata ciega hacia mi propia erradicación. Y para colmo, la única persona que tenía las respuestas precisas sobre el proceso, Iniri, nos había vendido y desertado en medio de la noche. Caminé despacio por los pasillos en penumbra de la nave, sintiendo el peso del agotamiento en los huesos. Las verdades a medias que me rodeaban se sentían como una red invisible que se cerraba sobre mi cuello.
Nos despertaron los estruendos. Una serie de detonaciones ensordecedoras sacudió los cimientos metálicos de la nave, rompiendo de golpe el calor delicioso y la calma sagrada que estaba disfrutando entre los brazos de Adrian. La vibración fue tan violenta que las pantallas táctiles del camarote parpadearon en rojo antes de apagarse. El aire aún no se había aclarado; la oscuridad de la noche desértica no se había levantado todavía para dar paso a la luz de los dos soles. En cuestión de segundos, la atmósfera de intimidad absoluta se evaporó, reemplazada por el instinto de supervivencia militar que ambos llevábamos grabado a fuego. Sin pronunciar una sola palabra, salimos de la litera y nos pusimos los trajes tácticos con una rapidez coordinada. Adrian se calzó las botas, ajustó las placas de protección de su torso y, abriendo el compartimento de armamento del camarote, me pasó un arma corta de pulso térmico. Nuestras miradas se cruzaron un instante: la vulnerabilidad de la noche
La penumbra del camarote dejó de ser un refugio metálico para convertirse en el único rincón del universo donde el tiempo y las guerras estelares perdían su dominio. El beso, hambriento y desesperado al inicio, fue transformándose en un dialecto distinto, en una tregua donde las palabras sobraban y la necesidad de reconocernos en la piel desnuda era la única verdad urgente. Adrian interrumpió el contacto solo por un segundo para mirarme. Su respiración agitada golpeaba mi rostro, pero sus ojos grises, antes fríos y blindados por la disciplina militar, ahora brillaban con una devoción casi sagrada. Había en él una vulnerabilidad tan absoluta que mi propio miedo a perder la identidad se disipó como humo en la oscuridad. Sus manos, firmes y expertas, comenzaron a despojarme de la túnica con una delicadeza abrumadora, como si estuviera desembalando un relicario frágil. Cada pliegue de tela que caía al suelo dejaba al descubierto mi piel bajo la luz tenue de los paneles tácticos. Adri
La nave permanecía en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el zumbido grave del soporte vital. Caminé por el pasillo envuelta en una marea de nervios, sintiendo que el suelo metálico vibraba bajo mis pies con cada latido desbocado de mi corazón. Mi mano tembló levemente al alzarla para tocar la compuerta de sus aposentos. Antes de que pudiera dar el segundo golpe, el panel se deslizó sin ruidosos mecanismos. Adrian estaba allí, esperando. Iba vestido de una manera sobria, con una camisa de cuello alto y pantalones tácticos, todo de un negro absoluto que contrastaba brutalmente con el tono gris de sus ojos. La prenda se amoldaba a la firmeza de sus hombros y a su torso esculpido, otorgándole una presencia imponente y peligrosamente atractiva que me cortó el aliento durante una fracción de segundo. —Entra —murmuró con voz baja, haciéndose a un lado. Crucé el umbral y esperé a que la puerta se sellara tras de mí. El ambiente en el camarote era tenso, cargado de esa
Adrian se alejó solo un poco, rompiendo el abrazo sofocante pero manteniendo sus manos firmes sobre mis hombros. Sostuvo mi rostro con delicadeza, obligándome a mirarlo directamente a los ojos. Sus pulgares limpiaron con ternura las huellas de las lágrimas que aún humedecían mis mejillas. —Tienes que conocer este mundo... te va a encantar —me dijo con una voz suave, matizada por una calidez extraña que jamás le había escuchado frente a la tropa. El contraste entre su rudeza habitual y esta protección silenciosa me desarmó. Con su ayuda, me incorporé despacio, sintiendo que las piernas me respondían de nuevo tras el colapso. Ajusté mi túnica táctica, respiré hondo y traté de recomponer la coraza que las memorias de Sainet me habían destrozado. —En la noche te espero en mi camarote para que revisemos la grabación y la transcripción del intercomunicador —añadió Adrian, dando un paso atrás pero sin dejar de fijar su mirada en la mía—. Veremos exactamente qué tramaba Iniri. Luego..
—En mi habitación —me susurró Adrian en el oído, rompiendo nuestro contacto con una brusquedad que me dejó sin aire—. La tuya no es segura. No protesté. La mezcla de adrenalina, sospecha y la vibración sorda del intercomunicador guardado en mi pecho me mantenían en un estado de alerta absoluta. Lo seguí a paso rápido por los corredores en penumbra, sin comprender del todo la magnitud de lo que estaba ocurriendo ni el alcance de la conversación que Iniri acababa de sostener en la sombra. En cuanto cruzamos el umbral de sus aposentos, la compuerta blindada se selló neumáticamente. Antes de que pudiera reaccionar o dar un solo paso hacia el interior, Adrian se giró y me acorraló contra el panel de metal de la puerta. Su silueta alta me cubrió por completo; me miraba desde arriba con los ojos grises encendidos por una mezcla peligrosa de rabia, urgencia y una contención límite. —Corine... ¿qué piensas hacer? —exigió saber, con la voz rasposa y apretada. Me quedé mirándolo, sintie







