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Capítulo 3

Autor: Ciprés
Durante los días siguientes, me dediqué por completo a preparar los últimos detalles de mi solicitud para estudiar en el extranjero.

Muy pronto recibí la carta de admisión de una universidad en el extranjero. Fijé mi fecha de salida para el mes siguiente.

Pocos días antes de irme, apenas salí de la biblioteca, dos guardaespaldas me cerraron el paso.

—La señorita Guzmán quiere verlo.

Me obligaron a subir a un auto. El auto avanzó a toda velocidad y, al final, se detuvo frente a un rascacielos con vista al río. Luego me llevaron hasta el último piso.

—La señorita Guzmán está ocupada. Por favor, espere aquí.

Los guardaespaldas me llevaron a una sala acristalada. Luego se dieron la vuelta, salieron y cerraron la puerta con llave.

Desde allí, la vista era impresionante. Una pared entera estaba cubierta por enormes ventanales de piso a techo.

Y al otro lado del cristal estaba el restaurante más exclusivo de la ciudad, con un jardín en la azotea.

En ese momento, el restaurante estaba lleno de luces y voces. Se estaba celebrando una gran fiesta de cumpleaños.

El festejado de la noche era Jaime.

Vestía un traje lujoso y estaba rodeado por todos los invitados.

Y la mujer que estaba a su lado, acomodándole la corbata de moño y mirándolo con ternura, era Valeria.

Vi cómo Valeria tomaba la mano de Jaime y bailaba con él la primera canción.

Giraban, se acercaban, se susurraban al oído. Se veían tan íntimos como una pareja perfecta.

Los invitados alrededor aplaudían. Todos sonreían como si estuvieran celebrando su felicidad.

De pronto, me dieron ganas de reír. Me dieron ganas de reírme de mi propia terquedad en la vida pasada.

Por una mujer que no me amaba, sacrifiqué toda mi vida. ¿Valió la pena?

Cerré los ojos. No quería seguir viendo aquella escena tan hiriente.

Pero la imagen del rostro ensangrentado de Valeria durante el terremoto, y de su espalda temblando mientras me protegía, volvió a aparecer en mi mente sin que pudiera evitarlo.

Ella me odiaba, pero también me salvó.

Aquella contradicción me dejó paralizado, sin saber cómo sentirme.

No supe cuánto tiempo pasó. La fiesta parecía estar llegando a su fin.

De pronto, la puerta detrás de mí se abrió.

Me di la vuelta y vi a Jaime de pie en la entrada.

Tenía una sonrisa triunfante en el rostro mientras caminaba hacia mí lentamente.

—Esteban —dijo, deteniéndose frente a mí y mirándome con aire de superioridad—. ¿Qué se siente ver que la mujer que amas me organizó una fiesta como esta?

En ese instante lo entendí.

Jaime había enviado a esos guardaespaldas usando el nombre de Valeria.

Quería que me rindiera por completo.

Pero, en realidad, no hacía falta. En esta vida, yo ya no sentía nada por Valeria.

No dije nada. Solo lo miré con frialdad.

Mi silencio pareció enfurecerlo. La sonrisa en su rostro empezó a deformarse.

—¿Crees que por quedarte callado te las vas a dar de digno? Te lo digo de una vez: lo que no te pertenece, jamás vas a poder tenerlo.

Se acercó a mí y bajó la voz hasta casi susurrar.

—¿Sabes algo? Si no hubieras aparecido de pronto, Valeria y yo ya estaríamos comprometidos. Tú arruinaste todo lo que era mío.

—¿Ya terminaste? —pregunté con indiferencia—. Entonces déjame ir.

Mi actitud lo hizo temblar de rabia.

De pronto, sacó una navaja del bolsillo interior de su saco. Bajo la luz, el filo brilló con un destello frío.

El corazón se me apretó de golpe.

—¿Qué piensas hacer?

—¿Qué pienso hacer? —Jaime soltó una risa fría, y en sus ojos apareció una chispa de locura—. Voy a hacer que Valeria crea que tú me obligaste. Voy a hacerle entender que, mientras tú existas, yo jamás tendré paz.

Antes de que pudiera reaccionar, levantó la navaja y se abrió la muñeca de un tajo.

Me miró con una sonrisa en el rostro y, enseguida, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Te lo suplico! ¡Puedo darte lo que quieras! ¿Por qué quieres obligarme a morir?

De inmediato se oyeron pasos apresurados fuera de la puerta.

Valeria fue la primera en entrar corriendo y sostuvo a Jaime entre sus brazos, con el rostro desencajado.

Jaime se apoyó débilmente en sus brazos, pálido, y levantó una mano temblorosa para señalarme.

—Él dijo que era el verdadero hijo de los Castro. Dijo que yo no merecía tener nada de lo que tengo ahora. Dijo que yo debería morirme…

Valeria levantó la cabeza.

Sus ojos ardían de furia al mirarme.

—Esteban —dijo con voz helada—, ¿no te advertí que no armaras problemas?

—Hoy es el cumpleaños de Jaime. Iba a ser el día más feliz para él, y tú lo arruinaste todo.

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