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Renací y Dejé de Competir por su Amor
Renací y Dejé de Competir por su Amor
Penulis: Carol Soler

Capítulo 1

Penulis: Carol Soler
POV: Alessia

En mi vida pasada, me cansé de ver cómo Giulio Panzeri elegía una y otra vez a Camilla Messina y a su hijo, Nico Mancini, por encima de nosotras. Al final, no pude soportarlo más y me divorcié de él.

Poco después, mi hija, Romina Panzeri, se desmayó en la escuela. Los médicos le diagnosticaron un daño renal grave y nos advirtieron que necesitaba un trasplante con urgencia.

El costo de la cirugía era absurdo y la lista de espera para conseguir un donante compatible parecía interminable. Cuando entendí que no podía salvarla por mi cuenta, sentí que el mundo se me venía encima.

Desesperada, fui a buscar a Giulio, pero Camilla ni siquiera me permitió cruzar la entrada de la finca de los Panzeri.

—Tú y Don Giulio ya están divorciados, Alessia. No tienes ningún derecho a entrar aquí —declaró Camilla mientras me cerraba el paso—. Será mejor que te vayas.

Para entonces, ya se había mudado allí con Nico y disfrutaba de todos los privilegios que antes me pertenecían. Desde lo alto de las escaleras, me observó con la seguridad de quien ya se consideraba la nueva dueña de la casa.

—Por favor, déjame hablar con Giulio —le supliqué, dispuesta a humillarme con tal de salvar a mi hija—. Romina está en cuidados intensivos.

Camilla soltó una risa burlona.

—¿Y a nosotros qué nos importa si tu hija se muere? —preguntó con crueldad.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

—Romina es su hija biológica —rebatí con la voz débil—. Giulio no puede quedarse de brazos cruzados mientras ella muere.

Camilla resopló, divertida por mi desesperación.

—¿Y eso qué? —replicó con una sonrisa cargada de desprecio—. Nico también es su hijo biológico.

La miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.

Camilla bajó un escalón y se acercó lo suficiente para asegurarse de que escuchara bien sus palabras.

—La noche anterior a tu boda, Giulio te dejó sola y vino a verme —reveló con satisfacción—. Los dos bebimos demasiado y esa misma noche quedé embarazada de Nico.

Se inclinó hacia mí, disfrutando cada segundo de mi reacción.

—Tú y tu hija ocuparon nuestro lugar durante demasiado tiempo —añadió con malicia—. Ahora que por fin desaparecieron de nuestras vidas, ¿por qué iba a permitirles regresar?

El sudor frío me empapó la espalda y un fuerte zumbido me aturdió.

Giulio me había traicionado desde el principio.

Camilla jamás me permitió verlo y yo nunca volví a hablar con él. Romina murió de insuficiencia renal en aquel mismo hospital, mientras yo seguía esperando un milagro que nunca llegó.

Ahora que había renacido, no pensaba volver a desperdiciar mis fuerzas sintiendo celos de Camilla. Ya no me importaba cuántas excusas inventara para apartar a Giulio de mi lado ni cuántas veces intentara provocarme. Toda mi atención estaría puesta en Romina.

Por eso no discutí ni armé ningún escándalo. Fingí no darme cuenta de cada una de sus maniobras y llevé a mi hija al hospital para que le realizaran un examen médico completo.

Gracias a eso, descubrimos su insuficiencia renal más temprano que en mi vida pasada.

Cuando Giulio leyó el diagnóstico, hizo algo que nunca había hecho por nosotras: canceló todas sus reuniones y llamó personalmente al doctor Marino, director del Hospital Panzeri.

—¡Encuentre cuanto antes un donante compatible y programe la cirugía! —ordenó Giulio con firmeza—. Mi hija recibirá la mejor atención posible.

Poco después, trasladaron a Romina a una habitación VIP del hospital privado. Giulio también contactó al doctor Bruno, el mejor cirujano de Ingoria, y le confió la operación.

En cuanto apareciera un donante compatible, Romina podría recibir el trasplante. Esa vez llegaríamos a tiempo. Mi hija no moriría como en nuestra vida pasada.

Me encontraba sentada junto a la cama, acomodándole con cuidado la manta, cuando el teléfono de Giulio comenzó a sonar. Un nombre demasiado conocido apareció en la pantalla.

Camilla.

Giulio se quedó mirando el teléfono durante unos segundos antes de responder. La voz alegre de Nico se escuchó a través del altavoz.

—¡Tío Giulio! Dijiste que me llevarías al campo de tiro para practicar —le recordó el niño con entusiasmo—. ¡También prometiste que un hombre de verdad debía acertar cien veces en el blanco!

Después de terminar la llamada, Giulio miró a Romina. Mi hija permanecía acostada en la cama, con el rostro pálido y una venda alrededor de la muñeca por la vía intravenosa.

Ella le había rogado incontables veces que la llevara a montar a caballo, aunque fuera una sola vez, o que hicieran juntos un viaje al mar. Giulio siempre le daba la misma respuesta.

—Estoy muy ocupado —solía contestarle sin prestarle demasiada atención.

Sin embargo, aquella vez se agachó frente a ella e intentó hablarle con suavidad.

—Sé una niña buena, Romy —le pidió mientras extendía la mano para acariciarle la cabeza—. Mamá se quedará contigo durante el tratamiento. Cuando te recuperes, te llevaré a esquiar a las montañas.

Observé a Romina con preocupación. Sabía cuánto había deseado siempre el cariño de su padre. Cada vez que Giulio rechazaba uno de sus planes para atender a Nico, ella se escondía bajo las mantas y lloraba durante horas.

Pero esta vez apartó la cabeza antes de que él pudiera tocarla.

—No importa, papá —respondió Romina en voz baja—. Ve a hacer lo que tengas que hacer. Es suficiente con que mamá esté aquí conmigo.

Giulio se quedó inmóvil, sorprendido por el rechazo. Era la primera vez que Romina evitaba su contacto.

Antes de que pudiera decir algo, el teléfono volvió a sonar. Giulio miró la pantalla y salió de la habitación para responder.

En cuanto la puerta se cerró, Romina se volvió hacia mí y me miró con cautela.

—Mamá, si esta vez no peleo con Nico por papá… ¿podré vivir? —preguntó con una voz tan frágil que me partió el corazón.

Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas. Solo entonces comprendí que ella también había renacido y la estreché con fuerza entre mis brazos.

—Sí, mi amor —le prometí con la voz quebrada—. Después de tu cirugía, nos iremos de esta ciudad y nos alejaremos de esta familia.

Besé su cabello y la abracé con más fuerza, como si así pudiera protegerla de todo lo que ya habíamos sufrido.

—Nunca volveremos —le aseguré entre lágrimas.

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