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Algo se lo Llevó

Author: Gaius James
last update publish date: 2026-09-29 20:14:22

POV de Kieran

Ya no recordaba la matanza.

Un momento estaba frente al altar, sosteniendo las manos de Aurelia y sintiendo el vínculo de pareja arder con intensidad entre nosotros.

Al siguiente, tenía las garras fuera y había sangre por todas partes: en mis manos, en mis brazos, sobre la piedra y empapando la tierra.

Mi propia manada me arrastró hacia los árboles mientras los gritos de los lobos moribundos seguían resonando a nuestras espaldas.

Ronan, mi Beta y la única persona en quien confiaba por completo, mantenía un agarre firme sobre mi brazo mientras atravesábamos el oscuro bosque. Respiraba con dificultad, casi jadeando.

—Alfa, háblame. ¿Qué demonios pasó ahí atrás?

Negué con la cabeza y el mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

—No lo sé.

—La rechazaste delante de ambas manadas y después arrasaste con los Ironheart como si no fueran nada —dijo Ronan con voz baja y urgente—. Ese no eras tú. Te conozco desde que éramos cachorros y ese no era el hombre al que sigo.

—Algo iba mal, Ronan —dije.

Las palabras salieron ásperas, raspándome la garganta al escapar.

—No... no se sentía como yo. Recuerdo los votos, la felicidad, la sonrisa en su rostro y después... recuerdo la sangre. Nada entre una cosa y la otra.

Me detuve un instante, intentando ordenar los fragmentos que tenía en la cabeza.

—Sentí que algo se metía en mi mente. Tomó el control. No podía detener mi propio cuerpo. Veía cómo se movían mis manos y no podía hacer nada para detenerlas.

Ronan me miró de reojo. Su expresión decía que quería creerme, pero la sangre seca en mi ropa se lo ponía difícil.

—Los demás ya están hablando. Dicen que lo planeaste todo, que la alianza era una trampa desde el principio y que utilizaste la ceremonia de apareamiento para acercarte lo suficiente como para acabar con todo el linaje Ironheart.

Me detuve tan bruscamente que Ronan casi chocó conmigo.

El bosque a nuestro alrededor quedó completamente en silencio. Hasta los insectos nocturnos parecieron contener el aliento.

—Jamás habría planeado algo así —dije, con una dureza mayor de la que pretendía—. Me conoces, Ronan. Sabes que quería que terminara la lucha. Sentí el tirón del vínculo el primer día que la vi y cada palabra de aquellos votos era sincera hasta que, de repente, todo salió mal.

No respondió de inmediato.

Finalmente, asintió una vez, despacio y con cautela.

—Lo sé. Pero la manada no. Están asustados. Algunos de los guerreros más jóvenes ya te llaman traidor y Silas no deja de alimentar ese fuego.

Llegamos a la frontera de las tierras de Kaldenmoor antes del amanecer, justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de un gris desolador.

Los guerreros nos esperaban formando una línea rígida, con los rostros endurecidos y los brazos cruzados.

Nadie vitoreó.

Nadie dio un paso al frente para recibir a su Alfa.

El aire estaba cargado de sospecha y de una ira apenas contenida.

Silas estaba cerca de la primera fila. Sus ojos permanecieron clavados en mí durante todo el tiempo que tardamos en acercarnos.

No había respeto en ellos.

Solo una frialdad calculadora.

—Alfa —dijo lentamente, haciendo que el título sonara como un insulto deliberado—. El consejo quiere respuestas. Ahora. Quieren saber por qué su líder asesinó a todo un linaje y rompió un tratado de paz en una misma noche.

Pasé junto a él sin decir una palabra.

Ronan se mantuvo lo bastante cerca como para que nuestros hombros casi se rozaran, y podía sentir el peso de cada mirada hostil clavándose en mi espalda mientras entrábamos en la casa de la manada.

Una vez dentro, fui directamente a mi despacho y cerré la puerta de golpe.

Las manos todavía me temblaban.

Bajo la tenue luz de la única lámpara, bajé la mirada hacia ellas.

La sangre había desaparecido porque me la había lavado en un arroyo helado durante el camino de regreso, pero aún podía sentirla.

Pegajosa.

Caliente.

Completamente ajena.

Cerré los ojos y busqué a mi lobo, como había hecho cada día de mi vida adulta.

Nada respondió.

La presencia habitual que vivía dentro de mi pecho estaba completamente en silencio.

No había un gruñido bajo que respondiera a mi llamada, ni ese impulso de fuerza compartida, ni el calor de aquella mitad animal que siempre había estado conmigo.

Solo había un espacio vacío y hueco donde antes vivía mi lobo.

El pánico me golpeó con una fuerza repentina.

Caí de rodillas sobre el suelo de madera e intenté de nuevo, forzando la transformación como había hecho desde los dieciséis años.

Busqué más profundamente.

Exigí que mi cuerpo cambiara.

Mis huesos deberían haber crujido. El pelaje debería haber atravesado mi piel. Mis sentidos deberían haberse agudizado hasta permitirme escuchar cada uno de los latidos dentro de la casa de la manada.

No ocurrió nada.

El silencio de mi pecho se hizo todavía más ensordecedor.

Ronan abrió la puerta sin llamar y se quedó paralizado al verme en el suelo.

—¿Kieran?

Alcé la mirada hacia él.

Cuando hablé, la voz se me quebró.

—Se ha ido.

—¿Quién?

—Mi lobo.

Tuve que obligarme a pronunciar las palabras.

—No puedo sentirlo. No puedo transformarme. Algo me abandonó esa misma noche, cuando todo salió mal. Sentí cómo se desgarraba de mi pecho mientras todavía corríamos por el bosque.

Ronan cerró la puerta rápidamente y echó el cerrojo.

Su rostro había perdido todo el color.

—Eso es imposible. Eres el Alfa. El vínculo de la manada necesita...

—¡Sé lo que necesita la manada!

Me puse de pie demasiado rápido y la habitación comenzó a dar vueltas con tanta violencia que tuve que aferrarme al borde del escritorio para no caer.

—Algo se lo llevó o rompió la conexión. No sé cuál de las dos cosas. Lo único que sé es que este silencio duele más que cualquier herida que haya recibido.

Ronan me observó durante un largo y pesado instante.

—¿Se lo has contado a alguien más?

—No. Y no lo haré. Si la manada descubre que su Alfa no puede transformarse, se volverán contra mí antes de la próxima luna llena. Silas se encargará de ello.

Se pasó una mano por el cabello. Cada uno de sus movimientos dejaba ver su agitación.

—Silas ya está al acecho. Lleva toda la noche hablando con los guerreros más jóvenes. Si perciben debilidad, no esperarán a tener pruebas. Te desafiarán.

—Lo sé.

Un golpe seco retumbó contra la puerta.

La voz de Silas atravesó la madera, suave y fría.

—Alfa. El consejo está esperando y empieza a impacientarse.

Obligué a mi rostro a recuperar algo que pareciera control.

Ronan quitó el cerrojo y abrió la puerta.

Silas estaba allí, acompañado por otros dos guerreros. Su sonrisa era fina y afilada.

—Todos están reunidos en el salón principal. Quieren escuchar por qué su Alfa asesinó a todo un linaje y destruyó una paz que tardó años en construirse. Quieren la verdad.

Pasé junto a él.

—Entonces la escucharán.

Mientras recorríamos el largo pasillo hacia el salón principal, volví a sentir aquel vacío opresivo en el pecho.

El silencio donde debería haber estado mi lobo era más fuerte que cualquier aullido que hubiera lanzado jamás.

Presionaba contra mis costillas como una criatura viva.

Ronan se inclinó hacia mí lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

—¿Qué vas a decirles?

No lo miré. Mantuve la vista fija en las grandes puertas dobles que nos esperaban al final del pasillo.

—La verdad. O, al menos, toda la que pueda contarles sin poner mi garganta en bandeja de plata.

Entramos en el salón principal.

Todos los lobos de rango de Kaldenmoor aguardaban formando un amplio semicírculo.

Sus ojos eran fríos. Algunos ardían de ira abierta.

Otros albergaban algo mucho peor.

Cálculo.

El aire estaba cargado de tensión y de ese filo agudo que anuncia que la violencia está a punto de estallar.

Silas avanzó hasta el frente y alzó la voz para que llegara a cada rincón de la sala.

—Alfa Kieran Ashford. Explíquese. La manada exige respuestas.

Abrí la boca para hablar.

No llegué a pronunciar una sola palabra.

Un dolor agudo y desgarrador atravesó el vacío donde antes vivía mi lobo.

Fue como si alguien hubiera metido la mano profundamente en mi pecho y hubiera arrancado lo poco que aún quedaba allí.

Las rodillas me fallaron sin previo aviso y caí con fuerza sobre el suelo de madera.

Lo último que escuché fue a Ronan gritando mi nombre, presa del pánico.

Después, la risa baja y satisfecha de Silas.

Y la oscuridad me arrastró con ella.

Cuando desperté más tarde, estaba solo en una habitación cerrada con llave.

El silencio seguía allí, instalado en mi pecho.

Y comprendí con una certeza helada que todo había comenzado exactamente la misma noche en que la ceremonia terminó cubierta de sangre.

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