LOGINEl rugido del motor del sedán blindado era el único sonido dentro del vehículo mientras Kenji regresaba hacia el centro de Tokio. El amanecer apenas despuntaba sobre los rascacielos, tiñendo el cielo de un gris plomizo y helado. El teléfono encriptado de Kenji vibró sobre el asiento del copiloto. Lo tomó al primer tono y lo llevó a su oído. —Habla —ordenó con voz impecable y firme. —Ishida-sama —la voz del inspector jefe de la Policía Metropolitana sonó nítida, acompañada por el murmullo lejano de teclados e impresoras—. Tenemos la ruta completa. El vehículo utilizado en el asalto a la residencia Masuda fue una furgoneta negra sin placas. Las cámaras de vigilancia del distrito de Minato registraron su huida hacia el norte y la rastrearon hasta un edificio abandonado en la zona industrial de Shinjuku Norte. Kenji apretó los dedos sobre el volante. —¿Quiénes son? —Una banda local de poca monta que opera en los callejones de la zona —explicó el oficial, consultando sus informes—.
El sonido agudo del teléfono irrumpió en el silencio de la madrugada en Kioto con la violencia de una alarma de incendio. Kenji, que apenas había vuelto de su tenso encuentro en Shinjuku y se disponía a revisar los informes de seguridad, tomó el terminal encriptado al primer tono. Al otro lado de la línea, la voz de Toshiro Masuda no era la del flemático y respetado magnate corporativo, sino la de un hombre aterrorizado, con la respiración entrecortada y el pánico filtrándose en cada sílaba. —¡Kenji! —exclamó Masuda, casi sin aliento—. Entraron a mi casa... Violentaron el estudio, golpearon a mi seguridad y se llevaron el maletín de la inversión. ¡Los diamantes, los títulos de crédito... todo! Kenji apretó el auricular, sintiendo cómo una ola de calor peligroso le recorría la nuca. La calma de su rostro se transformó en una grieta de piedra. —Masuda-san, calme la voz y dígame si usted está herido —ordenó Kenji con una gravedad baja. —¡Estoy vivo de milagro! —protestó el anci
La noche sobre el exclusivo barrio de Minato se desplegaba bajo una llovizna constante que asfaltaba las calles de un brillo azabache. La residencia de Toshiro Masuda, una impresionante mansión de arquitectura moderna rodeada por altos muros de piedra y vegetación tupida, lucía en aparente calma. El anciano accionista, confiado en la tranquilidad de la zona y en el prestigio del nombre de Kenji Ishida, mantenía solo una guardia básica de dos hombres en la entrada vehicular. A tres manzanas de distancia, en la penumbra de una furgoneta industrial sin placas, Ryuta se ajustaba los guantes de cuero negro. El corazón le palpitaba con el ritmo frenético de la ambición. A su lado, tres muchachos de su banda de Shinjuku revisaban los pasamontañas y aseguraban las pistolas de bajo calibre y las palancas de acero. —Recuerden bien lo que dijo el señor Sato —murmuró Ryuta, con la voz ahogada por la adrenalina—. Nada de disparos si no es estrictamente necesario. Entramos, neutralizamos, nos l
Sato contemplaba la noche de Tokio desde el ventanal blindado de su oficina privada en Roppongi. La herida del incendio en Osaka aún sangraba en su orgullo, y el recuerdo del sake derramado sobre la mesa del Gilded Dragon —junto a la ejecución fría de su guardia— le hacía apretar los dientes con una furia rabiosa. Sin embargo, no era un imprudente. Sabía que un movimiento directo en ese momento contra Kenji Ishida pondría a todos los patriarcas de la región en su contra y desataría una cacería de la que no saldría vivo. Kenji vigilaba cada uno de sus pasos. Para golpear a un hombre que se movía entre la sombra de la yakuza y el brillo de la alta sociedad, Sato necesitaba una distracción: un peón prescindible que hiciera el trabajo sucio mientras él permanecía limpio ante los ojos del consejo. A sus espaldas, la puerta de madera pesada se abrió. Entró Ryuta, un joven cabecilla de una banda callejera de Shinjuku que intentaba abrirse paso a la fuerza en el crimen organizado. Vestí
En el taller de Kioto, el silencio resultaba ensordecedor. Beatriz caminaba de un lado a otro entre los percheros de madera y las mesas de corte. Desde la partida repentina de Kenji hacia Tokio tras la llamada de los escoltas, las horas se habían vuelto densas, pesadas como el plomo. Cada pequeño ruido en el pasillo exterior —el crujido sutil del suelo de ruiseñor o el roce del viento contra los paneles de papel de arroz— hacía que la brasileña contuviera la respiración, esperando ver aparecer la figura erguida del magnate. La incertidumbre le quemaba el pecho. Sabía que Kenji no había viajado a la capital para una simple reunión de negocios; la frialdad en su mirada antes de marcharse y la sombra de la violencia que siempre lo rodeaba eran señales inequívocas de que la guerra con Sato había alcanzado un punto de no retorno. —Concéntrate, Bia —se ordenó a sí misma en un susurro, presionándose las sienes con las yemas de los dedos manchadas de tiza. No podía permitirse colapsar. L
El trayecto desde Kioto hasta Shinjuku a bordo del sedán blindado fue un intervalo de silencio sepulcral. A través de los cristales ahumados, Kenji observó cómo las colinas verdes y la calma ancestral de la antigua capital iban cediendo terreno paulatinamente al asfalto húmedo y a la vorágine de neón de Tokio. Llovía con fuerza sobre la autopista. Cada gota de agua rebotaba contra el capó del vehículo como un recordatorio metálico de que el tiempo de la tregua había expirado. Kenji no revisó el teléfono ni pronunció una sola palabra durante las dos horas de viaje. Apoyaba la barbilla sobre el puño cerrado, con la mirada fija en el limpiaparabrisas que barría rítmicamente la penumbra. Sato había solicitado un encuentro de emergencia tras el incendio en Osaka, y el terreno neutral elegido no podía ser otro que una de las salas privadas en el piso superior del Gilded Dragon. Jugar en casa no le daba a Kenji ninguna garantía de paz, pero sí el control absoluto sobre las sombras del reci







