LOGIN¿Puede el color de una artista ocultar la oscuridad de un imperio? Beatriz Oliveira ha cruzado el mundo desde el vibrante caos de Río de Janeiro hasta la precisión gélida de Tokio con un solo objetivo: consolidar su carrera como diseñadora. Pero en el Gilded Dragon, el casino de lujo donde el minimalismo zen se tiñe de peligro, descubre que su contrato con el conglomerado Ishida no es solo una cuestión de moda. Kenji Ishida es el heredero de un legado que huele a pólvora y deudas de honor. Con una cicatriz que rompe la perfección de su rostro y un dragón tatuado que reclama su piel, Kenji busca en el talento de Beatriz la distracción perfecta para purificar el nombre de su familia. Él es el silencio y la sombra; ella es el ruido y la luz. Sin embargo, en el submundo de Shinjuku, las alianzas se firman con hilos de seda que pueden convertirse en sogas. Cuando el pasado violento de los Ishida irrumpe en el presente, Beatriz comprende que no ha sido contratada solo para diseñar vestidos, sino para sobrevivir a una guerra de clanes donde la belleza es la mejor armadura. En una ciudad donde las sombras son más largas de lo que parecen, el primer roce eléctrico es solo el inicio de un incendio. ¿Logrará la seda ocultar la sangre, o terminarán ambos consumidos por el fuego de su propia ambición?
View MoreTras lavarse la cara y cambiarse la camisa de lino por un suéter tejido más abrigado, Beatriz salió al pasillo. Siguió el sonido leve del agua hasta encontrar la galería principal, donde Kenji estaba de pie, mirando hacia el jardín con una taza de té humeante entre las manos. Se había quitado el abrigo de lana y la chaqueta del traje; ahora vestía solo la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos fuertes y la parte superior del tatuaje que le subía por la muñeca.Beatriz se detuvo un segundo antes de pisar la madera que crujía. Observó la línea recta de sus hombros, la forma en que el cuello de la camisa se ajustaba a su nuca y la postura relajada pero alerta que parecía ser su estado natural.—El suelo avisa antes de que llegues —dijo él sin darse la vuelta, dando un sorbo a su taza.—Era la idea —respondió ella, acercándose hasta quedar a su lado en el borde del porche. El aire frío de la tarde le dio de lleno en la cara—. Tu ca
El tren dejó atrás la estación de Kioto con un suspiro de aire comprimido. En la plataforma, el aire no olía a la electricidad frenética de Shinjuku ni al asfalto mojado de las avenidas principales de Tokio. Olía a madera húmeda, a tierra vieja y a ese frío seco que se mete en los huesos sin pedir permiso.Beatriz se ajustó el abrigo con dedos torpes. No por el frío, sino porque las manos le seguían temblando ligeramente. La conversación en el vagón le había dejado una sensación extraña en el pecho, una mezcla de vértigo y esa clase de curiosidad peligrosa que siempre la metía en problemas. Miró a Kenji. Él caminaba a su lado, con las manos metidas en los bolsillos del tapado y la mirada fija en el sedán negro que los esperaba a la salida de la terminal.—Parece que el mundo se hubiera vuelto más lento aquí —murmuró ella, intentando romper el hielo mientras el chofer les abría la puerta.—Es una ilusión —respondió Kenji, esperando a que ella entrara primero antes de acomodarse a su la
El frío de las cinco de la mañana en Tokio no pertenecía al invierno, sino a la piedra. Era una humedad seca que se pegaba al lino del abrigo y obligaba a apretar los dientes antes de que los pulmones terminaran de llenarse. En la terminal privada de la estación de Shinagawa, el aire olía a ozono, aceite de fricción y el acero recién pulido del Shinkansen que aguardaba sobre las vías como una hoja de catana en reposo.Beatriz caminaba dos pasos por detrás de Kenji Ishida, observando el ritmo medido de su pisada. No había un solo movimiento errático en él. Llevaba las manos en los bolsillos de un abrigo largo de lana virgen de color carbón, cuya solapa alzada apenas dejaba ver la línea afilada de su mandíbula. Si la noche anterior había dejado rastros de la conversación con Sato, o si la cicatriz de su pómulo aún latía bajo la piel, Kenji lo disimulaba tras una compostura impenetrable.—El trayecto dura poco más de dos horas —dijo él sin girarse, reduciendo apenas la marcha para permit
Las sábanas de hilo de la suite inferior eran demasiado frías, o tal vez era el cuerpo de Beatriz el que estaba demasiado caliente para encontrar descanso.A las dos de la mañana, la diseñadora permanecía descalza en el centro de la habitación, observando cómo la llovizna de Tokio golpeaba el cristal con la cadencia de una cuenta regresiva. Cerraba los ojos y el eco de la voz de Kenji resonaba en su mente, denso y magnético, tapando cualquier intento de racionalizar la locura en la que se había sumergido.El peligro era real; había visto los ojos de Sato, había sentido la vibración de una violencia a punto de estallar en el casino. Pero en la intimidad de la penumbra, su mente no volvía al miedo, sino a la presencia del hombre que la había protegido.Incapaz de quedarse en la cama, caminó hacia la mesa de noche, tomó su cuaderno de bocetos y un lápiz de grafito blando, y se sentó en la alfombra, apoyando la espalda contra el borde de la cama.Al principio, sus trazos fueron instintivo












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