LOGINEl baño era más grande que mi antiguo dormitorio entero, con una bañera de piedra que parecía tallada más que fabricada, y durante los primeros diez minutos bajo el agua caliente casi logré olvidar dónde estaba y por qué.
Casi.
Llamaron a la puerta antes de que terminara de aclararme el jabón. Una voz de mujer, educada y sin ninguna curiosidad aparente por lo que estuviera pasando al otro lado, anunció que el "encargo del señor Falcone" había llegado. Salí envuelta en una toalla y me encontré el vestidor —porque aquello tenía vestidor propio, por supuesto que lo tenía— lleno de cajas apiladas con una precisión casi ofensiva, cada una con un lazo negro idéntico.
La guinda del pastel estaba en una bandeja de plata, en la mesa de cristal negro: era una copa de champán, todavía fría, con una tarjeta doblada apoyada contra el pie de la copa. Reconocí la letra antes de leerla casi jurando que no podría ser de otra persona que aquel hombre de cabello gris y mirada traumática— trazo seguro, sin una sola curva de más, la letra de alguien que no había dudado nunca al escribir nada en su vida.
Cuidado con el champán. Todavía no hemos llegado a la parte en la que te dejo atragantarte.
Sentí que se me subían los colores a la cara, sola en aquel vestidor, y odié un poco que un trozo de papel pudiera hacerme eso.
La segunda caja contenía una pulsera de oro rosa, fina, con un cierre tan discreto que tardé un momento en encontrarlo. Otra tarjeta, más pequeña.
No es un regalo. Los regalos significan algo. Esto es solo para que no se te olvide a quién perteneces.
Me quedé mirando la pulsera más tiempo del que estaba dispuesta a admitir. Eran grilletes, pero joder, de oro rosa.
El vestido que había elegido su gente —o él, no me atrevía a preguntar cuál de las dos cosas era peor— era rosa pálido con detalles blancos, corto, delicado, con un lazo a juego para el pelo que até yo misma frente al espejo mientras intentaba no pensar demasiado en la chica que me devolvía la mirada. No se parecía en nada a la que había entrado en aquella mansión hacía apenas unas horas, aterrada y con el vestido arrugado. Esta tenía los labios brillantes de gloss, los ojos delineados con precisión quirúrgica, unos tacones blancos de charol que hacían que cada paso sonara como una declaración, y una pulsera de oro rosa que pesaba en la muñeca mucho más de lo que debería pesar un trozo de metal tan pequeño.
Me miré una última vez antes de salir. Casi no me reconocí. Y por primera vez en toda la noche, no supe si eso me asustaba o me gustaba. En cualquier caso, todo lo que había conocido antes de los Falcone era pura miseria.
El comedor, cuando llegué, tenía sobre la mesa una escena que solo podía calificarse de ridícula: tres salmones enteros dispuestos como si fueran el centro de una exposición, y una anguila del tamaño de mi antebrazo enroscada sobre una bandeja de plata, burlándose abiertamente de lo desmedida que había sido mi lista.
Cesare ya estaba sentado a la cabecera, con la chaqueta del traje colgada en el respaldo de otra silla, las mangas de la camisa remangadas hasta el codo, el primer botón del cuello desabrochado y el pelo plateado un poco revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él más de una vez mientras esperaba — la primera grieta que le había visto en toda la noche en esa armadura de hombre perfectamente compuesto. Tenía los antebrazos apoyados sobre la mesa, fuertes, con las venas marcadas bajo la piel, y cuando levantó la vista y me vio entrar, algo cruzó su expresión que no logró disimular del todo antes de recomponerse.
Sus ojos grises rasgados se quedaron un segundo de más sobre los míos, azules, antes de bajar —despacio, sin ninguna vergüenza por hacerlo— por el vestido, la pulsera, los tacones, y de vuelta arriba.
—Siéntate, bebé —dijo, con la voz un poco más ronca de lo habitual.
Me senté a su derecha, no al otro extremo de la mesa donde el protocolo hubiera dictado.
Durante un rato comimos casi en silencio, un silencio raro que no era incómodo del todo —yo probando el salmón que tan poco me había costado pedir, él observándome comer con la misma atención con la que probablemente estudiaba a sus enemigos. Cada vez que levantaba la vista, le encontraba ya mirándome.
—¿Vas a decirme en algún momento por qué pedí tres salmones enteros y nadie parpadeó? —pregunté, señalando con el tenedor la mesa entera.
—Porque cuando pides tres salmones enteros a las diez de la noche, lo último que quiere hacer mi servicio es preguntar por qué. —Se llevó el vaso de brandy a los labios, sin apartar los ojos de mí—. Deberías probar a pedir cosas más ridículas más a menudo. Te sienta bien esa sonrisa.
—Cuidado, papi. Casi suena a que te gusto.
No pude evitar sonreir. En realidad, aquel juego no me desagradaba. Era casi una batalla intelectual que empezaba poco a poco. Cesare no contestó enseguida, y el silencio que dejó fue casi tan revelador como cualquier respuesta que pudiera haberme dado.
Fue ese escrutinio constante, más que el champán, lo que me hizo atreverme.
—Quiero que papi me dé de comer —dije, dejando el tenedor sobre el plato con una calma que no sentía en absoluto.
Quería ver hasta dónde llegaba. Quería, por lo pronto, ser yo quien decidiera qué límite cruzábamos.
Cesare se quedó completamente quieto un instante, con el vaso de brandy a medio camino de la boca, como si hubiera necesitado ese segundo entero para procesar que había dicho aquello en voz alta y no solo lo hubiera pensado. Después, despacio, dejó el vaso.
—Repítelo.
—Quiero que papi me dé de comer.
Algo oscuro y satisfecho le cruzó la cara. Escuché un pequeño gruñido de negación, pero se levantó de su silla sin prisa, rodeó la mesa, y cogió el tenedor del salmón antes de acercarse a mí por detrás, apoyando una mano en el respaldo de mi silla. Sentí su presencia entera contra mi espalda, el calor que desprendía a través de la tela fina de mi vestido, antes de que su otra mano me girara suavemente la barbilla hacia arriba.
—Abre la boca para papi—dijo, muy cerca de mi oído.
Obedecí, y cuando el salmón llegó a mis labios, sostenido con un cuidado que contrastaba brutalmente con la violencia que le había visto desatar en el sótano, entendí exactamente lo que estaba haciendo: demostrándome que podía ser igual de peligroso siendo tierno que siendo cruel. Cerré los labios en torno al tenedor despacio, sin dejar de sostenerle la mirada por encima del hombro, y le vi tragar saliva.
—Buena chica —dijo, con la voz reducida a poco más que un susurro.
Cuando terminé de masticar, me giré del todo en la silla, cogí el tenedor de su mano antes de que pudiera retirarla, y corté un trozo de salmón yo misma.
—Ahora le doy yo de comer a mi papi.
Vi algo cruzar por sus ojos que no supe nombrar —sorpresa, quizás, al ver que alguien no se meaba encima ante su presencia. Se sentó en el borde de la silla contigua, más cerca de lo estrictamente necesario, y no dijo que no.
Levanté el tenedor despacio, disfrutando cada segundo de tenerlo, por una vez, esperando algo de mí. Su mandíbula se tensó cuando acerqué el trozo de salmón a sus labios, y cuando por fin lo aceptó, sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca —no para detenerme, sino como si necesitara sujetarse a algo mientras masticaba despacio, sin apartar los ojos de los míos ni un solo instante.
Corté otro trozo. Y otro. Cada vez un poco más despacio que el anterior, cada vez sosteniendo su mirada un segundo más de lo necesario, aprendiendo en tiempo real lo fácil que era hacer que un hombre que sostenía cuchillos contra la garganta de otros sin pestañear se quedara completamente quieto por un tenedor en mi mano.
Fue en el cuarto o quinto trozo, con la risa todavía bailándome en el pecho por lo absurdo y lo delicioso de tenerlo así, cuando se me resbaló un pedazo del tenedor.
Cayó directo sobre mi escote, un trozo pequeño y húmedo de salmón que se deslizó apenas un centímetro antes de quedarse quieto contra la piel, brillando bajo la luz de las velas como si lo hubiera hecho a propósito.
No lo había hecho a propósito.
O eso me repetí, mientras la mirada de Cesare bajaba despacio hasta encontrarlo, tras pestañear con una tensión que me estremeció.
Isabella se acercó unos pasos más, deteniéndose a una distancia calculada, ni muy cerca ni muy lejos, la distancia exacta de quien ya ha decidido que no hay ninguna amenaza real en la habitación. Su corto cabello negro se movio apenas, y sus ojos marrón avellana profundos se clavaron en mí, escrutándome. Tenía la misma edad que Cesare, y casi podía escuchar la rabia que sentía al estudiar detenidamente mi apariencia física. —Así que tú eres el motivo por el que Cesare ni me responde a las llamadas —dijo, con una sonrisa que no le llegó a los ojos, recorriéndome de arriba abajo con la misma frialdad con la que se inspecciona un contrato antes de firmarlo, pero con un odio interno crepitante—. Debo admitir que esperaba algo... más. Aunque supongo que el atractivo pasajero nunca ha necesitado ser sofisticado. Alcé una ceja, perpleja ante un comentario tan vulgar. Sentí la vieja tentación de bajar la cabeza, de dejar que aquella mujer con generaciones de orgullo detrás me hiciera sentir
La mañana de la reunión llegó lapidaria. Me había vestido para la ocasión con un cuidado que no supe si era vanidad o puro instinto de supervivencia. Elegí un vestido granate, sobrio en apariencia pero cortado con la precisión suficiente para no dejar ninguna duda sobre las curvas que escondía debajo de esa elegancia, la tela ciñéndose a la cintura y cayendo después en una línea limpia hasta mis rodillas. Me recogí el pelo en un moño bajo, impecable, y me maquillé con trazos mínimos pero exactos —los labios en un tono oscuro a juego con el vestido, la mirada delineada lo justo para parecer serena en vez de asustada—, hasta que la mujer que me devolvió el espejo se pareció más a una modelo camino de una portada que a la chica que había llegado temblando a aquella casa hacía apenas unas semanas. Los tacones, altísimos y del mismo tono granate, añadieron los centímetros justos para sostenerme la espalda recta durante lo que fuera que me esperara al otro lado de aquella puerta.Cesare me
Volvimos de la sesión de fotos ya bien entrada la tarde, todavía con el subidón tonto de la risa compartida en el cuerpo, y lo que debería haber sido un final de tarde cualquiera se alargó de una forma que ninguno de los dos había planeado. Después de despedirnos temporalmente, Cesare apareció en la puerta de mi habitación pasadas las cuatro, todavía con la camisa del despacho pero sin la corbata, el primer botón desabrochado, con una expresión que no reconocí del todo —algo parecido a la indecisión, extraño en un hombre que normalmente sabía exactamente lo que quería antes de entrar en cualquier habitación y, claramente, tenía controlado el perfil que quería mostrar.—¿Interrumpo? —preguntó, señalando con la barbilla el libro abierto sobre mis piernas.—Depende. ¿Vienes a domarme, o a que hablemos de libros?Se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, con una sonrisa que no tenía nada del filo habitual.—¿Qué estás leyendo, bebé?Le enseñé la portada.—Cumbres Borrascosa
Cuando todavía estaba flotando en la nube tonta y confusa del desayuno de esa misma mañana, con la sensación extraña de que algo entre los dos acababa de cambiar de sitio sin que ninguno lo hubiera anunciado en voz alta, Cesare entró en mi habitación sin llamar, encontrándome enfrascada en el estudio.—Nos han pedido una sesión de fotos —anunció él, con el teléfono todavía en la mano y una expresión que oscilaba entre la resignación y algo parecido a la diversión—. Una marca de relojes. Por lo visto, lo de la gala corrió como la pólvora, y alguien de marketing decidió que hacíamos buena pareja para una campaña.—¿Literalmente porque somos guapos?—Literalmente. —Se encogió de hombros—. El dinero de esta familia no viene solo del miedo, Sephora. También viene de saber vender una imagen cuando conviene.Me alivió ver que una pequeña sonrisa sacudía las comisuras de los labios de Cesare. ¿Significaría aquello que la reunión con el Don ya estaba decidida? ¿Que mañana sería un día bueno? T
Me desperté tarde, todavía con el vestido de seda color champán puesto, arrugado sin remedio, con la vaga sensación de no haber dormido lo suficiente después de una velada como aquella.Lo primero que vi, nada más abrir los ojos, fue el ramo. No cualquier ramo —peonías blancas mezcladas con algo morado que no supe identificar, tan grande que apenas cabía sobre la mesita de noche—, colocado con un cuidado que no encajaba con la idea que tenía de cómo funcionaba el servicio de aquella casa. Junto al jarrón, doblada con precisión militar, había una caja larga y plana, y encima de la caja, una tarjeta.Como prometí. Lo de la corona tardará un par de días más —hay que encargarla. No te acostumbres a que cumpla todos tus caprichos con esta rapidez. — C.Abrí la caja con manos todavía torpes de sueño. Dentro, un vestido —no de fiesta, sino de los que una se pone para un día cualquiera y aun así siente que va vestida de domingo— en un tono verde botella que jamás habría elegido yo misma y que
La pregunta se quedó flotando entre los dos, en el aire cargado del despacho, mucho después de que dejara de sonar. El fuego de la chimenea proyectaba sombras inquietas sobre las paredes forradas de madera oscura, y el único otro sonido en la habitación era el hielo, deshaciéndose despacio en el vaso que Cesare todavía sostenía, como si el tiempo mismo se hubiera puesto de su lado para alargar aquel silencio todo lo posible.Poco a poco, sosteniendo un silencio tenso e imposible de interpretar, lo vi dejar el vaso en la mesita junto a la butaca, sin prisa, sin apartar los ojos de mí ni un segundo. Su mano trazó entonces una línea invisible hasta mi cabeza, acariciando primero un mechón de pelo antes de hundirse por completo en mi cuero cabelludo. Las yemas de sus dedos ardían, arremolinándose por mi melena con una precisión que no tenía nada de casual, como si llevara toda la noche memorizando exactamente dónde quería tocarme primero. Cedí a su tacto con un suspiro que no intenté disi







