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Capítulo 2

Author: September
Tras dejar la casa principal de los Blackthorn, me mudé a un apartamento alquilado. Quedaba en el extremo oeste del territorio. Silas, como de costumbre, ni se dignó a comunicarse conmigo.

Ese día yo caminaba por la calle Market con mi mejor amiga, Freya. Ella deslizaba el dedo por la pantalla de su teléfono mientras maldecía a Silas, pero de pronto se quedó callada.

—Vi la publicación de Iris —dijo con cautela—. Está en las aguas termales de Moonstone con Silas. Él sale sonriendo en la foto.

No dije nada.

En el pasado, cada vez que yo cedía mi lugar, revisaba las fotos de Iris como una maníaca obsesiva. Ampliaba las imágenes para analizar cada rasgo de la cara de Silas hasta que me dolían los ojos. Ahora, no me interesaba volver a ver su cara.

La mirada de Freya se suavizó.

—¿Cediste otra vez?

Solo ella conocía la historia. Cada rendición, cada regreso, cada vez que yo pensaba que sería la última...

—Sí —respondí.

Dejó escapar un suspiro y me dedicó unas palabras de consuelo. La escuché por un rato mientras mantenía un semblante inexpresivo. Pensaba hablarle sobre mi partida del territorio de Blackthorn, pero su teléfono vibró. Al revisar la notificación, su rostro cambió.

—Calla, mira esto.

Era un comunicado oficial de la manada de Blackthorn:

«Se suspenden las funciones de Luna principal por un conflicto político. Iris Nightingale vivirá en la casa del Alfa como protegida. Por lo tanto, queda nombrada como Luna temporal con efecto inmediato».

Los comentarios no tardaron en aparecer. Algunos nuevos miembros de la manada se preguntaban quién era Iris, mientras que otros indagaban por mí. Varios decían que el anuncio era una simple excusa para ceder el título a una amante del Alfa, como siempre.

Freya apretó los dientes.

—Incluso te hizo firmar para autorizar esto. ¿Quién se cree que es?

No respondí. Saqué un documento de mi bolso y se lo entregué.

—El acuerdo para disolver el vínculo de compañeros —dije—. Lo presenté al Consejo esta mañana. Entrará en vigor en siete días.

Freya se quedó paralizada.

—¿Es en serio? ¿No estás jugando?

—Muy en serio.

Ella me conocía desde hacía mucho tiempo. Sabía cómo reaccionaba yo tras firmar los papeles. Solía llorar, gritar, guardar bajo llave los regalos de Silas para sacarlos a los pocos días.

Pero ahora, al verme tan tranquila, miró el documento por los dos lados y suspiró.

—O sea que la firma que le sacaste a Silas antes... ¿era para esto? Bien merecido lo tiene —comentó con una sonrisa maliciosa.

Me dio risa. Sí, se lo tenía bien merecido.

Seguimos caminando. La luz de la luna pintaba los adoquines del suelo. El aire olía a tierra mojada y a hierbas lunares. Por primera vez en años, mi loba descansaba tranquila en mi pecho.

—Oye —me dijo Freya—, ¿tenías algo qué decirme?

—Nada —le contesté—. Luego te cuento.

Faltaba poco para que la ruptura del vínculo fuera real y yo pudiera cruzar la frontera. Ya no tenía prisa.

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