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Capítulo 4

Author: September
Para evitar que Silas interfiriera, abandoné el apartamento a primera hora y me quedé en un hotel a unas cuadras del Consejo.

Lo último que me esperaba era que la primera llamada fuera de Iris Nightingale.

Yo ya conocía su voz de escucharla en el celular de Silas. Siempre sonaba suave, dulce, como la hierba lunar con el viento. Pero esta vez era otra cosa.

—Calla Hayes —pronunció, con voz fría—. Seis veces, ¿puedes creerlo? ¿Aún no te has enterado de a quién ama en realidad?

No respondí.

—La primera vez dijiste que él era compasivo. La segunda, que no tenía otra opción. La tercera, que sería la última. —Se echó a reír—. Cinco veces y ahora seis veces. ¿Cuánto tiempo seguirás engañándote?

Apreté el teléfono con fuerza.

—¿Sabes por qué me elige? —continuó Iris—. Porque yo sí lo necesito. Tú no lo necesitas a él. Tú tienes tu territorio. Tu manada. La manada de Hale te respalda. Yo no tengo nada.

—¿Y eso qué? —inquirí.

—Por eso jamás te va a elegir —afirmó con tono sereno—. Solo te pone en ese lugar por un tiempo. Cuando yo lo necesito de verdad, él me entrega tu posición. Una y otra vez. ¿Acaso no te has dado cuenta?

Cerré los ojos.

—¿Llamaste solo para decir esto?

—Solo quiero que lo sepas —susurró Iris—. Cediste seis veces y no fue para protegerme como él se jactaba de decirte. Nunca fuiste su prioridad, es por eso.

La llamada terminó.

Me senté en la cama del hotel. La pantalla se apagó.

No lloré. Estaba cansada de sufrir, de arrodillarme hasta que me dolieran las piernas y de preguntarme durante las noches de insomnio qué hice mal. En esta sexta ocasión aprendí a callar y planificar en secreto.

Iris se equivocaba. Yo no ignoraba la situación. Solo me negaba a aceptarla.

No dormí esa noche. Me senté en el sofá y miré la luna a través de la ventana. La luz entraba a raudales. Brillante y serena. Llenaba la habitación con ese azul plateado como si fuera una cueva en el Ártico.

Mañana era el séptimo día.

Para entonces, Silas esperaría mi regreso a la casa principal para recuperar todo lo que había entregado: el título de Luna, la protección, los derechos de residencia, el acceso a los sanadores y mi asiento en el Consejo... Pero ya no volvería jamás.

A las siete de la mañana, tomé un taxi hacia el aeropuerto.

Silas no había enviado ningún mensaje. Toqué su perfil. Lo eliminé.

Abordé el avión con el teléfono en la mano. Un mensaje breve acababa de llegar: el acuerdo para disolver el vínculo entró en vigor. Era un recordatorio. Ya no estaba atada al compañero equivocado y podía empezar de cero.

Sentí un dolor seco y fuerte en medio del pecho. El vínculo, ese hilo invisible que nos amarraba, se terminó de romper. No era un puesto ni un papel. Era algo mucho más profundo, algo de nuestra naturaleza. Mi loba se revolvió adentro, dejó escapar un gemido en mi pecho y luego se acomodó, resignada y en silencio.

Apoyé la frente contra el asiento de adelante, mordiéndome el labio para aguantarme el dolor. El avión zumbaba a mi alrededor. Todo mi mundo, lo único que me había mantenido atada a ese lugar, ya no existía.

En eso, el teléfono vibró otra vez. La pantalla se prendió con su nombre.

Silas Blackthorn: Calla. ¿Dónde estás?

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