FAZER LOGINParte 2
Literatura le parecía fácil, era un lector compulsivo y amaba analizar qué pasaba por la mente del escritor, pero estaba desconcentrado y nervioso mientras leía un fragmento de “El corone no tiene quien le escriba”
—Concentrate —le dijo Camila. La chica no había dudado una milésima en arrastrar su asiento ruidosamente hasta Gabriel cuando el profesor pidió parejas para el ejercicio.
—Si lo sé, lo siento —se disculpó, tanto se le notaba lo distraído que estaba .
—Tranquis — la chica le golpeó el hombro con fuerza en un gesto amistoso —en un par de días estarás como si nada. Gabriel asintió.
—La verdad me preocupaba ser demasiado mayor para estar en once — Camila hizo un ruido raro con los labios.
—Claro que no, yo también tengo veinte, perdí dos años —señaló, poco discreta al chico de la cara pecosa —él tiene como veintidós. No ha perdido ningún año, pero empezó tarde. La mayoría del salón es mayor de edad.
—Bueno, me alegra.
—No te alegres tanto, la verdad resaltas mucho —Gabriel la miró con desesperanza fingida.
—Gracias por tu ánimo —la chica se encogió de hombros.
—Eres muy atractivo para ser de acá, ¿haces ejercicio? — Gabriel sintió.
— Sí, tenía una especie de entrenador en Medellín.
—¿En serio? Y como…
—¡Chicos! —el profesor les llamó la atención y Gabriel sintió como se le subía el calor a la cara —luego tendrán tiempo para conocerse —añadió con un tono que hizo que los demás los miraran con complicidad —por el momento, lo único que me importa es que conozcan a Gabriel García marques —luego miró a Gabriel como si hubiera encontrado el secreto más grande del mundo —¡tu homónimo! —luego se dirigió a toda la clase —¿se acuerdan que es un homónimo? —
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La tarde pasó más rápido de lo que se hubiera imaginado, el colegio estuvo bien, y Camila aprovechaba cualquier descuido del profesor para pasearse y explicarle de la manera más cómica cómo debía comportarse con cada uno de sus compañeros sin caer en desgracia, por último terminaron enviando a cada uno a una esquina del salón. El descanso no estuvo como se lo había imaginado, Irán y Camila pelearon un rato para ser ellos mismos quienes les enseñaran a Gabriel las instalaciones del colegio, al final decidieron que serían los dos. No tardaron tres minutos en dar todo el recorrido.
Todo parecía ir bien, pero el día era largo, y aún le quedaba algo por hacer.
Cuando salió del colegió quedó con Camila a las seis, y ella insistió bastante en que tenía que cumplir al pie de la letra el toque de queda, y Gabriel, por su parte, estaba bastante de acuerdo con ella.
Mientras bajaba por la calle abajo, notó que la gente lo miraba, unos con desaprobación, otros con curiosidad, y con ello dio por hecho que el pueblo entero estaba al tanto de lo ocurrido la noche anterior con los tres brabucones, eso sí, cada uno tenía una versión diferente de las cosas.
Continuó caminando, ignorando las miradas y con la cabeza alta, pero lo que Gabriel no sabía era que las miradas siempre terminan por agachar una cabeza.
Cuando llegó a la casa de su tía, lo primero que percibió fue el intenso aroma a ajiaco que se filtraba por todas partes, y de repente le entro un hambre que no había sentido nunca en su vida, un hambre que se fue tan rápido como había llegado cuando vio a su primo Axel esperándolo en el comedor, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mira serena que camuflaba mediocremente una inquietante preocupación. Cuando vio a Gabriel, sonrió, y eso hizo que le entrara más miedo aún.
— Te estaba esperando — le dijo, y Gabriel tragó saliva.
— Supongo — contestó sentándose a su lado. Saludó a su tía que estaba en la cocina y se dirigió a Axel — ¿y Tomás? — Axel sonrió.
— Debe estar invocando un tornado en la guardería, pero esta tarde cuando salgamos del hospital podemos pasar directamente por él para que lo conozcas — Gabriel asintió con la cabeza, y se dispuso a darle cuenta al plato humeante que puso su tía frente a él, pero la incertidumbre ya le había cerrado el estómago.
Se cambió el uniforme y se puso algo ligero, comenzando por un pantalón de franela que luego decidió cambiar por un pantalón corto que le bajaba hasta las rodillas, una camisa ligera y los zapatos más bonitos que había traído desde Medellín.
Cuando salió a la calle una oleada de frio se coló por debajo del pantalón y le puso la piel de gallina.
— ¿Pero? ¿qué…? — su primo, que venía detrás, lo interrumpió.
— Espero que comiences a acostumbrarte al clima cambiante de aquí — pasó por su lado con una sonrisa extraña en los labios.
Era tarde cerrada, el viento golpeaba con violencia los techos de las casas, y las briznas de polvo se arremolinaban en las esquinas acorraladas por el soplo frio que anunciaba una inminente tormenta.
Gabriel continuó caminando tras su primo, ignorando las miradas y haciendo oídos sordos a los comentarios que dejaban tras de sí como el velo de una novia. Todos sabían para donde iban, y a qué.
Más pronto de lo que esperaba comenzó a llover, y el pueblo se cubrió de un velo lechoso y espeso de neblina. Las aceras se tornaron resbaladizas, y a Gabriel se le hacía difícil seguirle el ritmo a su primo por entre las personas que corrían despavoridas buscando donde guarecerse. Se movió grácilmente entre dos muchachos de su misma edad y se aferró al brazo de Axel antes de que cruzara la calle y se enfrentara a la lluvia.
— ¿Podrías ir más despacio? — le dijo, y Axel negó con vehemencia.
— Vamos tarde. Además, es mi venganza personal por lo idiota que has sido — Gabriel sonrió con desgana y se apresuró a continuar, pero Axel lo detuvo mientras se quitaba la chaqueta y se la tendía — Pero soy muy malo siendo malo, como tú. Además, ya estoy acostumbrado al frio — Gabriel le recibió la chaqueta y se la puso notando que le quedaba barias tallas más grande, pero estaba caliente, y el calor lo trajo un poquito más a la vida. Antes de cruzar la calle se cubrió la cabeza con el gorro y siguió a su primo hacia el aguacero.
Siguieron caminando por la acera de en frente, luego doblaron una esquina donde los techos eran demasiado cortos y el agua les caía directo en la espalda, pero Axel parecía inmune a todo aquel frio que parecía congelarle la sangre de las venas a Gabriel, y caminaba imperturbable a pesar de que su cabello rubio había bajado tres tonos y estaba más oscuro gracias a la humedad, pero siguió caminando y Gabriel trató de seguirle el ritmo, pero fue él quien dobló primero la siguiente esquina, y Gabriel se sintió solo y perdido, así que echó a correr, pero la acera estaba resbaladiza y no se pudo detener cuando percibió un cuerpo que apareció, directo hacia él.
El golpe fue duro, y los lanzó a ambos hasta la calle. La cabeza de Gabriel rebotó en el pavimento, y todo el impacto lo recibió su ceja izquierda. La persona a su lado se enredó con sus propias manos tratando de levantarse, y cuando lo hizo sujetó a Gabriel por el ante brazo y lo levantó con fuerza.
Gabriel nunca se había sentido tan frágil y liviano como en aquel momento, sus pies se separaron del suelo y su cuerpo fue manejado a la voluntad del hombre que lo sostenía en el aire. De un solo tirón le dio la vuelta, y cuando sus pies tocaron el suelo sintió las manos del tipo apretarlo por los hombros y sacudirlo.
— ¿Qué diablos le pasa? — Gabriel no lo reconoció al principio, su rostro estaba transfigurado en una mueca de malgenio, pero podía reconocer en cualquier parte aquel cabello color chocolate, aquellos ojos azules y aquellos labios rojos, pero los recordaba sonriendo, no encogidos como en aquel momento. El hombre lo miró a los ojos, y en su rostro comenzó a desdibujarse la rabia.
— Perdón — trató de defenderse Gabriel, pero él negó.
— Estás herido — Gabriel se llevó los dedos a la ceja y los retiró notando que por su dedo índice escurría un hilo de sangre carmesí mesclada con el agua que caía inclemente.
— Nunca he sido muy descuidado — sonrió con desgana y el hombre se encogió de hombros, como si no le importara.
— Gabriel — escuchó que lo llamó su primo y se deshizo del agarre al que estaba sometido para dirigirse él.
— Estoy bien — le dijo mientras pasaba junto al hombre y se acercaba a su primo.
— estás sangrando.
— No es nada.
— Nadie sangra por nada.
— Chocamos — les interrumpió el hombre y ambos lo miraron. Continuaba en la lluvia, observándolos — estoy un poco distraído esta mañana.
— Siempre lo estás, Samuel — le contesto Axel con un rencor contenido que Gabriel notó a kilómetros de distancia.
— Me iré a cambiar — anuncio Samuel a modo de despedida — nos vemos en un momento, tenemos que hablar — se dirigió a Axel, pero éste no le contestó. Lo miró con una mueca extraña y guío a Gabriel por la acera hacia la entrada del hospital.
— Me quita la mujer que me gusta, quiere mi puesto en el hospital y ahora atropella y lastima a mi primo, como lo odio — comenzó a enumerar Axel cuando estaban lo suficientemente lejos con una calma fingida.
— Más bien fui yo quien lo atropellé a él — lo defendió Gabriel, pero su primo se encogió de hombros.
— Igual lo odio.
— Yo creo que eres un exagerado —le replicó Gabriel.
— Si, el golpe te afectó la cabeza — Gabriel le dio la razón, ya comenzaba a dolerle.
Antes de subir las escaleras Gabriel dedicó una última mirada al lugar de los hechos, y comprobó que Samuel seguía ahí observándolos, bajo la lluvia, en silencio.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







