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Capítulo 6

Autor: DiegoAlmary
last update Fecha de publicación: 2021-09-19 04:52:09

El hospital, si así podría llamarse, no era más que un muy pequeño centro de salud con grandes aspiraciones, con las paredes enmohecidas y el techo roto, claro que no había tenido mucho tiempo para observar la poco conservada estructura del lugar, ya que su primo lo había arrastrado a urgencias apenas entraron, pero el lugar era poco agradable, además estaba en reparaciones, y los ruidos alteraban el movimiento habitual del centro de salud.

Una brisa fresca entró por una inmensa abertura en el cielo falso e hiso que Gabriel se estremeciera, intentó quedarse quieto, pero estaba mojado, y el hecho de que una mujer perforaba la piel de su ceja con una aguja no ayudaba mucho.

— Que se esté quieto – le dijo la mujer con un pesado malgenio, Gabriel bufó, e inevitablemente pensó que toda la gente de Florencia estaba de malgenio ese día, incluso él estaba de malgenio. — Un solo punto – añadió la mujer después de acabar – Que dramático es Axel, cinta adhesiva hubiera sido más rápido y menos costoso – La mujer hablaba para sí misma, pero Gabriel sintió un nudo en la garganta.

— Si – le dijo a la mujer – Con ella se le podría sellar la boca a la gente que habla demasiado – la enfermera no contestó, lo miró como si ya hubiera esperado un comentario de aquel calibre, lo que a Gabriel le provocó otra oleada de malgenio, era la segunda persona en menos de dos días que era inmune a sus comentarios.

Pensaba en algo sardónico para criticar el horrible cabello de la enfermera cuando Axel entro por la puerta que separaba la sala de espera de la parte de urgencias con la normal, traía una chaqueta en la mano y se la extendió, Gabriel la tomó y no pudo evitar un quejido de placer al sentir la cálida tela resbalarse por sus manos.

—  Gracias — le dijo su primo a la mujer cuando esta se retiraba, ella de devolvió un bugido que podía significar un: de nada o un: lo hago porque me toca. — ¿cómo estás? — le preguntó ahora dirigiéndose a él, Gabriel asintió enérgica mente.

— Fue solo un punto – señaló la parte de su rostro que llevaba el vendaje – A propósito, que amable enfermera – Axel lo miró como si le sobrara un ojo, luego sonrió.

— Si, lo que tú digas – a continuación, le tendió la mano para ayudarlo a levantar de la camilla – Vamos, quiero que conozcas a Máoy –

Mientras caminaban hacia la salida de urgencias Gabriel se limitó a observar, en silencio y con calma. Ese sería su nuevo lugar de trabajo por unos cuantos, muchos, meses, tenía que acostumbrarse al color blanco manchado y el olor a antiséptico.

Estaban ya en la sala de espera de consulta general cuando Gabriel preguntó:

— ¿Entonces Máoy es el director? – Axel asintió.

— Soy como su mano derecha – dijo después de un suspiro – podría decirse que soy el segundo al mando. En realidad, ni siquiera sé desde cuando me tomó tanta confianza, y eso que no me cae bien. Él es el director, yo me encargo de la farmacia. El tercero a cargo podría decirse que es Samuel, es el jefe de enfermeros, aunque no hay muchos la verdad.– dijo lo último con en deje de amargura.

—¿Y los doctores? —Axel se acomodó la chaqueta.

—Ellos, la mayoría, vienen y van, hacen sus practicas acá así que son muy inconstantes.

— Samuel — le dijo y se quedó mirando su reacción —Tu eterna competencia – le aclaro Gabriel, como si él no lo supiera.

— Lo odio – Gabriel quería saber más del enfermero, pero su primo parecía recio y enojón, prefirió evitar un conflicto.

— ¿Por qué no te cae bien Máoy? – preguntó evadiendo la imagen mental de Samuel.

— Es raro, y sigue las ordenes de personas que no debería.

— ¿Es raro?

— Si, júzgalo tú mismo – Era un momento que Gabriel nunca iba a olvidar, en sus recuerdos de años venideros perpetuaba la escena. En cámara lenta recordaba el caminar decidido de aquel hombre, sus pasos seguros y su mirada penetrante; sintió el aura fuerte y decidida acercarse, pero trató de hacer compostura y pararse firme cuando el hombre se detuvo frente a ellos. Era alto y mestizo, de hombros anchos y cabello negro, reía con un deje de confianza arrolladora, y sus ojos negros parecían sonreír por sí solos; el tipo era guapo, qué guapo, era un dios reencarnado, de labios carnosos y una barba bien cuidada de la altura suficiente, Gabriel deseó acariciarla, y tuvo que apretar el puño para contenerse.

— Vaya – dijo después de un segundo – no eras lo que me esperaba – Gabriel se quedó sin habla ¿qué se supone que debería responder a eso?

— ¿Cierto que se convirtió en una cosita adorable? – dijo Axel mientras despeinaba a Gabriel.

 — Si – corroboró Máoy – cambió mucho en estos años.

— ¿Nos conocíamos de antes? — preguntó el implicado, y agradeció al cielo que la voz no le temblara, es más, parecía calmada y serena. Maoy incrementó su sonrisa, y pareció más guapo aún.

— Jugábamos cuando éramos pequeños, te montaba en mi patineta. Recuerdo que un día perdiste un diente, un poste se te atravesó – le estiró la mano – Seguro ya no me recuerdas, soy Máoy, pero me puedes decir Mao – Gabriel le estrecho la mano, y estaba tan caliente, y tan grande. Máoy se dirigió a Axel.

— ¿Podemos hablar un segundo? – Axel comenzó a alejarse hacia una esquina y Máoy se dirigió a Gabriel una última vez – fue un placer volverte a ver – y sonrió antes de irse. Gabriel lo vio alejarse como en un sueño, se sintió flotar, y estaba en el momento más cursi de su existencia cuando sintió un golpe fuerte en la retaguardia que casi lo tira de bruces al suelo. Se giró extrañado y se encontró con una mujer, con el uniforme retorcido, pequeña y enigmática, que halaba una camilla con una pequeña niña que alzaba las manos pidiendo más y más velocidad.

– Lo siento – le dijo la muchacha a Gabriel mientras desaparecía por una puerta con la niña destornillada de risa.

— Ok —se dijo Gabriel — eso fue raro.

Se quedó ahí, pensando que en el pueblo no había muchos hombres atractivos, Samuel, Maoy y su primo eran los únicos que había visto, no podía ser que tuviera tan mala suerte, uno era su primo, el otro era el enemigo de su primo y Maoy… desvió la mirada y lo vio, de espaldas y hablando con su primo, no parecía tener mucho musculo, pero tenía un no sé qué que lo hacía sexi. Se de tubo a pensar en cuanto tiempo podría aguantar sin sexo cuando la conversación de Maoy con su primo comenzó a hacerse mas intensa, era más bien una discusión en la que el único que gritaba era su primo. Gabriel intentó entender de qué discutían, pero estaban lejos y el eco no ayudaba demasiado. Cuando creyó escuchar la palabra Gabriel, su primo se separó de su compañero de trabajo y caminó hacia él con el ceño fruncido, y Gabriel tuvo miedo de que lo arrollara como un toro salvaje. Se detuvo justo en frente y se rascó la cabeza.

—Malas noticias — le dijo y Gabriel suspiró — ya no seré yo quien se encargue de ti, ni de tus horas —le dijo, refiriéndose al trabajo de supervisarlo.

— ¿Y entonces quien…? — la pregunta se le quedó atorada en la garganta a causa de un rayo que cayó super fuerte y estremeció todo el pueblo, seguido de un:

— Yo — Gabriel se dio media vuelta y encontró a Samuel, traía el uniforme de enfermería — Seré yo quien se encargue de ti — Axel le habló al oído.

— Cualquier cosa me avisas, estoy en la farmacia — y se alejó, y por la mirada que le dedicó Samuel supo que su primo no se había despedido de la mejor manera.

— Sígueme — le ordenó y Gabriel lo siguió sin reprochar. Samuel abrió una puerta y entraron a un largo pasillo — en las veredas — comenzó a decirle — hay muchos casos de bebes que nacen enfermos, faltos de alguna extremidad o con problemas mentales, las mujeres del campo son fuertes y trabajadoras, pero no pueden dedicarse al cien por ciento en sus hijos enfermos — llegaron hasta una puerta grande y se detuvieron ahí — creamos esta fundación para apoyar a todas estas familias, y cuidamos a los niños cinco días a la semana, para que ellas puedan trabajar.

— ¿Cuántos niños son? — le preguntó Gabriel.

— Cuarenta y dos, y sumando — Gabriel abrió la boca.

— ¿Por qué hay tantos? —el enfermero suspiró, como cansado de tratar con un niño que no entiende la lección.

— Preparate — fue su única respuesta, y abrió la puerta.

Una luz cálida llenó el pasillo, samuel se introdujo en la habitación y Gabriel lo siguió.  Lo que encontró en esa habitación lo dejo abrumado y paralizado.

Muchas risas de niños llenaban el lugar, los colores en las paredes eran coloridos, brillantes, y había muchos juguetes en todas partes, pero había algo que desentonaba en todo ese ambiente infantil y festivo, y era, precisamente, los niños, nada hubiera preparado a Gabriel para lo que se encontró allí; había niños sin brazos, sin piernas, con deformidades extrañas en los cráneos o en partes del cuerpo. Gabriel se quedó ahí paralizado, intentando disimular la extraña sensación de repulsión instintiva que sintió, no por asco, ni por prejuicio, si no por miedo, ¿Cómo se supone que ayudaría a cuidarlos? Se sintió aún más perdido. Él no sabía cómo tratar a un discapacitado, mucho menos a niños, niños discapacitados.

— Estos niños han sufrido mucho, como puedes ver — Samuel le habló — nuestro trabajo es hacer que sean un poco felices — le dio la espalda y caminó hasta una pequeña cámara hecha en cartón donde una mujer hacia malabares con dos títeres viejos. Los niños reían con la escena, todos estaban sentados en el suelo, dándole la espalda a Gabriel. Cuando vieron aparecer a Samuel, gran parte se levantó y corrió hasta él, los que no se levantaron era porque no podían gracias a su falta de extremidades. Samuel abrazó a todos los que pudo con sus enormes brazos y los levantó un poco en el aire. La mujer salió detrás del cartón, era la doctora de la que su primo estaba enamorado. Samuel, después de librarse de los niños, le dio un pequeño abrazo y un casto beso en la mejilla.

— ¿Nos vas a contar una de tus historias Sam? — le preguntó una niña que le faltaba una pierna, y que aún seguía sentada en el suelo. Samuel se acercó y la tomó en brazos, ¿Cuánto podría tener? Pensó Gabriel ¿cuatro años?

— Hoy no Valeria, hoy vengo a presentarles un amigo — señaló a Gabriel y cuarenta y cuatro pares de ojos se fijaron en él, y se quedó ahí sonriendo como un idiota. Samuel le abrió los ojos, instándolo a que dijera algo.

— Ah — su vos fue un susurro — hola — nadie respondió —soy… soy Gabriel y los vengo a ayudar.

— ¿A ayudar en qué? —le preguntó una de las niñas. Gabriel la reconoció, era la que iba en la camilla que lo atropelló hacia un rato. La niña esperaba una respuesta mientras miraba un punto fijo en la pared. Gabriel se supo sin que contestar, miró a samuel en busca de ayuda, pero este parecía complacido con su bochornosa presentación.

— Voy a ayudar a Sam… muel y a su novia con todo lo que ustedes necesiten — la doctora se cruzó de brazos y le enarcó una ceja. La niña parecía conforme con la respuesta de Gabriel, ya que sonrió complacida.

— Sabía que eran novios — dijo mientras apretaba los pequeños puños, otros niños se rieron y otros hicieron muecas de asco.

— Eso es todo — Samuel dejó a la niña en una alfombra mullida y caminó hasta Gabriel, lo tomó del brazo y lo empujó hasta la salida. Al salir Gabriel se lo quedó mirando —no mires a estos niños con lastima — le dijo — no es lo que necesitan.

— Yo no…

— Si, lo hacías —le cortó — solo necesitan olvidar, aunque sea por un instante, la m****a de vida que les tocó ¿me ayudarás a hacerlo, Gabriel? — su nombre en la boca de samuel le provocó un cosquilleo, y solo se limitó a asentir con la cabeza — sígueme entonces.

Gabriel lo siguió por el pasillo, luego la sala de espera y después a una pequeña oficina, que Gabriel supuso era la de él. Se quedó parado junto a la puerta mientras samuel rebuscaba en su escritorio. Otro rayo sonó fuerte.

— Samuel — Gabriel intentó que el nombre en sus labios provocara lo mismo que el suyo en los de él, pero samuel escasa mente levantó la cabeza.

—¿Sí? —contestó

— Creo que no le caigo bien a tu novia —esta vez samuel sí que lo miró, y se quedó mirándolo por un momento.

— Mi novia es complicada — le aseguró, Gabriel permaneció imperturbable. Le tendió unos papeles que el más pequeño recibió de mala gana — empecemos por el principio — le dijo — necesito que escribas a cerca de la labor social que vas a empezar: justificación, objetivos generales objetivos específicos, ¿sabes cómo hacerlo? — Gabriel asintió al tiempo que recibía el lapicero que samuel le ofrecía.

— ¿Lo voy a hacer a mano?  — samuel asintió con la cabeza

— Hoy no hay quien prenda un computador, un rayo demasiado cerca y se va a quemar.

— Eso es un mito — le espetó Gabriel.

— ¿Te vas a arriesgar a quemar tu computador por pereza de escribirlo a mano y luego pasarlo? — Gabriel se cruzó de brazos.

— No tengo computador.

— Peor aún — samuel caminó hasta él — tendré que prestarte el mío, y no lo voy a arriesgar hoy, siéntate ahí — le indicó la silla detrás del escritorio — cualquier duda me buscas, es pequeño el hospital — iba a salir, pero Gabriel se interpuso en su camino — ¿qué? — el enfermero se cruzó de brazos, impaciente.

— Para poder graduarse del bachillerato todo estudiante debe presentar noventa horas de labor social —

— yo sé eso — casi le interrumpe samuel — yo también tuve que hacerlas.

— Bien, el punto es que, ¿puedo hacer esa labor social junto con esta que me impuso la jueza —

— No — le dijo — tienes que hacer dos, para graduarte y la de tu castigo — Gabriel abrió los ojos, tal vez por tener que hacer dos labores sociales, o por el desprecio con que se lo dijo Samuel — El enfermero salió de la oficina y cerró la puerta, dejándolo solo y a oscuras.

—Con razón Axel lo odia — buscó el interruptor, luego se sentó en una de las sillas de la sala de espera y sacó su celular.

Samuel salió a la sala de espera y se acarició los cabellos, tenía una extraña mescla de sensaciones. Cuando supo de Gabriel se creó una imagen prejuiciosa de él, lo imaginó como todo un ñero, con los pantalones caídos y olor a marihuana. Pero no pudo estar más equivocado, el muchacho parecía haber salido de una película gringa, pero él sabía que su aspecto no lo podía engañar, y el ojo morado que traía de Medellín era una confirmación de eso. Él era violento y peligroso, y así debía tratarlo.

Sacudió la cabeza y se alejó, tenia mucho trabajo qué hacer. A medio camino la puerta se abrió, volteó la mirada y vio a Gabriel atrapado en la puerta que no cedía del todo, hizo una nota mental para decirle a Maoy que contratara a alguien que la arreglara. El muchacho batalló para abrirla, pero no lo consiguió, miró a Samuel y este levantó las cejas a modo de pregunta

— Está cayendo una gotera justo en medio del escritorio — dijo sacando medio cuerpo.

— Diablos. 

  

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