MasukAlexander se quedó mirando la pantalla de su celular, todavía con el mensaje de Giuliana
Bianchi frente a sus ojos. No estaba acostumbrado a recibir una negativa tan directa, mucho
menos de alguien que ni siquiera había mostrado interés en conocer los detalles de una
propuesta que podía representar millones para su empresa.
—¿Y bien? —preguntó Nicolás, que llevaba varios segundos observándolo desde el otro
lado del escritorio—. ¿Te contestó la gran Giuliana Bianchi?
—Me rechazó. De inmediato. Ni siquiera quiso escuchar una cifra.
Nicolás parpadeó, sorprendido. Había esperado cualquier respuesta menos aquella,
especialmente porque Alexander tenía fama de conseguir prácticamente todo lo que se
proponía cuando se trataba de negocios.
—Vaya. La princesita de la tecnología tiene garras. ¿Qué te dijo exactamente?
—Que no tiene el menor interés en hacer negocios conmigo. Y que no vuelva a contactarla.
—Es en serio. Es la primera vez que alguien le contesta así al todo poderoso señor Sterling.
Alexander dejó el teléfono sobre el escritorio y se levantó. La respuesta de aquella mujer
seguía rondándole la cabeza y no lograba entender por qué le había molestado tanto.
No era únicamente el rechazo al negocio. Había algo en la seguridad con la que Giuliana
había respondido, como si no necesitara su dinero, su aprobación ni siquiera su atención.
—¿Qué vas a hacer? —insistió Nicolás—. Sabes que necesitamos el sistema Nexus para el
contrato del próximo año. Si ella se niega...
—Nadie es incorruptible, Nicolás. Si no quiere hablar por teléfono, tendrá que verme cara a
cara. Averigua dónde está. Viajaré a donde sea necesario.
Nicolás soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Consígueme la información antes de esta tarde —ordenó.
—Lo intentaré.
—No. Hazlo.
Nicolás levantó las manos en señal de rendición. —Está bien, jefe. Lo haré.
Mientras tanto, al otro lado del océano, Sofía bloqueó la pantalla de su teléfono y respiró
hondo. Había intentado dejar de pensar en el mensaje de Alexander, pero resultaba difícil
cuando acababa de aparecer en su vida bajo un nombre que él jamás relacionaría con la
mujer que había expulsado de su casa.
—¿Mamá? ¿Ya nos vamos? —preguntó Giorgio desde la puerta, balanceando su mochila.
Sofía levantó la mirada y le dedicó una sonrisa.
—Sí, mi amor. Ya nos vamos.
Mia la observó en silencio mientras Sofía tomaba las llaves del auto. No preguntó nada
delante del niño, aunque su expresión dejaba claro que quería saber qué había ocurrido.
El camino al colegio fue un alivio. Giorgio habló durante buena parte del trayecto. Sofía
respondió a cada una de sus ocurrencias mientras conducía, agradecida de tener algo que
ocupar su mente.
Al llegar al colegio, el niño se despidió con un beso en la mejilla y corrió hacia la entrada.
Sofía lo observó hasta que desapareció detrás de las puertas y luego regresó al auto.
Cuando llegó a su edificio y salió del ascensor privado que llevaba directamente a su piso,
vio a un hombre parado frente a su puerta.
Era alto, llevaba un traje impecable y mantenía la cabeza ligeramente inclinada. Tenía una
mano en el bolsillo del pantalón y en la otra sostenía unos espejuelos de montura fina. Al
escuchar sus pasos, se los colocó antes de levantar la mirada.
Sofía se quedó inmóvil. No esperaba encontrarlo allí.
—¿Sofía?
—¿Luciano? ¿Qué haces aquí?
Él dio un paso hacia adelante.
—Necesitaba verte en persona, sorellina. Por teléfono no me ibas a escuchar.
—Tienes razón. Tampoco te voy a escuchar ahora.
Luciano dejó escapar un suspiro. Había esperado aquella reacción, pero tenerla frente a él
resultaba mucho más difícil de lo que había imaginado.
—Papá está muy enfermo. No es una excusa para que vuelvas a hablarme. Es la verdad. Sofía dudó con la mano sobre la cerradura, sin abrir completamente la puerta. Una parte de
ella quería cerrarla y terminar aquella conversación sin embargo, las palabras de Luciano
consiguieron detenerla.
—¿Qué tiene?
—El corazón. Los médicos dicen que no le queda mucho tiempo. Debe operarse de
urgencia, pero no sabemos si va a resistir la cirugía.
Sofía apretó los dedos alrededor de las llaves.
—¿Y por eso viniste? ¿Para que yo llore por un hombre que me dio la espalda?
—Creo que ya es hora de dejar el pasado y los rencores. Él ya está pagando por ese error.
—¿Estás bromeando? Ni todo el sufrimiento que él pueda estar pasando ahora se compara
con el sufrimiento de ver a tu madre quitarse la vida por un hombre que nunca le creyó.
Luciano bajó la mirada. Sabía perfectamente el dolor que habían causado y se sentía inútil
cada vez que recordaba que no había podido protegerlas.
—También era mi madre, Sofi.
—Pero yo fui la que tuvo que esconder los cuchillos, vigilarla por las noches, la que vivió
con miedo de perderla en cualquier momento. La que tuvo que quitarle la soga del cuello,
Luciano. ¿Dónde estabas tú?
Luciano cerró los ojos durante unos segundos. No tenía una respuesta capaz de reparar
aquello.
Su hermana siempre había sido la fuerte, la inteligente, la que parecía encontrar una
solución para cada problema. Él, en cambio, había preferido refugiarse en el arte y pasar
horas frente a un lienzo.
Nunca imaginó que aquella decisión y una cadena de acontecimientos dentro de su propia
familia terminarían desencadenando la prueba que destruyó la vida de Sofía.
Aquella prueba de paternidad había sido presentada como un resultado médico irrefutable,
para años después decir que era una equivocación.
—Vine porque te necesito, sorellina. Las cosas en la empresa están muy mal.
Sofía cruzó los brazos.
—Explícate. —¿Puedo pasar?
Sofía dudó, pero finalmente abrió la puerta y se apartó para dejarlo entrar.
Luciano pasó al interior y se sentó sin que ella se lo ofreciera. Se quitó los espejuelos, los
limpió distraídamente con un pequeño paño que sacó del bolsillo y volvió a colocárselos
antes de hablar.
—El tío Franco está tomando el control de la empresa mientras papá está en el hospital.
—Eso no es nada nuevo. Siempre ha querido la empresa para él.
—Esta vez es diferente. Papá cambió el testamento hace poco.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
Luciano sostuvo su mirada.
—Te dejó a ti la mayoría de las acciones, Sofía. Sumadas a las que ya tenías del abuelo, te
convierten en la accionista mayoritaria de todo el imperio Bianchi. Más que yo. Más que
Franco. Más que nadie.
Ella quedó paralizada. La noticia tardó unos segundos en ser asimilada.
—Papá sabe que no voy a volver a pisar esa empresa.
—Lo sabe. Y aun así lo hizo. Creo que es su forma de pedirte perdón antes de morir.
—Es tarde para eso.
Lo dijo con la voz firme, pero por dentro sintió que algo se le apretaba en el pecho. No
quería pensar en su padre, mucho menos en la posibilidad de que realmente estuviera a
punto de morir.
—Lo sé. Pero si el tío se entera de que ese testamento existe antes de que quede
formalizado, va a hacer lo que sea para impugnarlo o impedir que se cumpla. Ya está
moviendo votos en el consejo para nombrarse administrador temporal, usando la
enfermedad de papá como excusa.
Sofía caminó lentamente hacia la ventana. Desde allí podía ver el movimiento de la ciudad
en la que había construido su nueva vida, tan lejos de todo aquello que había jurado dejar
atrás.
—¿Qué necesitas de mí exactamente? —Que vuelvas. Que reclames lo que es tuyo antes de que Franco termine de consolidar su
golpe. Sin ti ahí, legalmente, no tengo cómo detenerlo.
Sofía giró el rostro hacia él.
—Nunca me creíste inocente de nada, Luciano. Tú tampoco me defendiste cuando pasó
todo.
Luciano se puso de pie.
—Yo sí te creí. Siempre te creí. Le dije a papá mil veces que se equivocaba, que ese
estudio no podía estar bien, que te conocía y sabía que eras su hija tanto como yo. Nunca
me escuchó.
—Eso no cambia lo que pasó con mamá.
—Lo sé.
—No cambia que él nos dejó solas cuando más lo necesitábamos.
—Lo sé, Sofía. Y no vengo a pedirte que lo perdones. Vengo a pedirte que no dejes que
Franco se quede con todo lo que mamá y tú perdieron. Si él gana esta pelea, va a ser como
si nunca hubieran importado. Además, creo que ahí había algo más. No pienso que haya
sido solo un error del hospital.
Había demasiadas cosas que nunca habían tenido una explicación convincente,
empezando por aquella prueba que había cambiado para siempre la relación con su padre.
—Dame tiempo para pensarlo.
—No tenemos mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Diez días. La junta se reúne para votar la administración temporal.
Diez días no eran suficientes para decidir si estaba dispuesta a regresar a una familia de la
que había huido, pero quizá sí bastaban para decidir si permitiría que Franco se quedara
con todo.
Luciano tomó sus espejuelos de la mesa y se dirigió hacia la puerta.
—Sea cual sea tu decisión, me alegra haberte visto, aunque sea así. Te extrañé, sorellina. Y
quisiera poder conocer a mi sobrino algún día. ¿Es verdad que se parece tanto a nosotros
como dicen? Sofía no respondió, pero tampoco se apartó cuando él, antes de irse, le apretó suavemente
el hombro. Había demasiados recuerdos entre ellos para fingir que Luciano era un extraño.
Podía estar dolida con él, podía reprocharle lo que no hizo, pero no conseguía borrar el
vínculo que los unía.
Mia salió de la cocina. Sofía la miró fijamente.
—Creo que me debes una explicación.
—Sofía...
—¿Desde cuándo te comunicas con Luciano a escondidas?
—Yo solo me comunico con él porque quiere saber de ti. Te juro que no dije más de lo
necesario.
—¿Y pensabas contarme que estaba aquí?
—No sabía que vendría.
—Después ajustaremos cuentas.
Entre ellas había suficiente confianza para saber que aquella conversación no terminaría
allí. Sofía tampoco quería discutir en ese momento; todavía tenía demasiadas cosas dando
vueltas en la cabeza.
—¿Vas a ir?
Sofía suspiró, con la vista perdida en la calle. Frente a ella estaba la vida que había
construido lejos de los Bianchi y los Sterling, la misma que había protegido durante años.
—Tengo diez días para decidir si vuelvo a un lugar que juré no pisar nunca mas.
La sala de espera de la clínica Santa Elena olía a café frío y desinfectante. Pasadas las once de la noche, solo quedaban dos guardias de los Bianchi junto a la puerta y Sofía, sentada en un rincón con la laptop sobre las rodillas.Escribía sin parar. Las líneas de código se sucedían en la pantalla y sus dedos se movían tan rápido que Luciano, que llevaba varios minutos paseándose de un lado a otro, había dejado de preguntarle qué hacía.—¿Algo? —preguntó al fin.—Todavía no. Quien lo hizo borró los registros principales, pero siempre queda algún rastro en las copias de respaldo. Solo tengo que encontrarlo.—¿Cuánto tardarás?—Lo que haga falta.Luciano se frotó la nuca y volvió a mirar el reloj. Ferraro llevaba casi dos horas en el quirófano. No decía en voz alta lo que temía, pero se le notaba en la cara.Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Alexander apareció con una camisa limpia y el cabello todavía húmedo, como si hubiera pasado por su casa para cambiarse antes de regresar.
Alexander estaba revisando unos contratos cuando sonó el teléfono. Lo tomó sin mirar la pantalla.—Habla.—Señor, tiene que saber algo. —Era su investigador, con la voz tensa—. Hace diez minutos, la señora Moretti y Luciano Bianchi salieron corriendo de la mansión. Van en dos autos, con hombres armados.Alexander se puso de pie de golpe.—¿Adónde?—No lo sé todavía. Tomaron la carretera norte. Parecen tener prisa.—Sigue a esos autos. No los pierdas.—¿Y usted?—Voy para allá.Tomó las llaves y bajó al estacionamiento sin avisar a nadie. Mientras conducía, la mente le iba más rápida que el auto. Sofía con guardias armados. Luciano a su lado. Algo grave había pasado en esa casa y ninguno de los dos pensaba compartirlo con él.Si pasaba algo en esa mansión, el niño estaba dentro. Ese pensamiento le cerró la garganta.Había firmado un acuerdo. Lo recordaba bien: ni él ni Sterling investigarían a los Bianchi ni a Giuliana Bianchi, bajo ninguna circunstancia. Si Sofía descubría que sus hom
A las cinco y media, la mansión parecía una casa en duelo. Las cortinas estaban cerradas, las luces del pasillo bajas y todos los hombres de Luciano ocupaban sus puestos sin hacer ruido.Sofía se asomó al ala médica. Ricardo estaba recostado, con los ojos cerrados y una mascarilla de oxígeno sobre el rostro, tan quieto que por un instante le dio miedo. El médico, sentado en una esquina, le hizo un gesto para que se tranquilizara. Ella entró un momento y le tomó la mano a su padre.—Hija, pase lo que pase, no quiero que me tengas lástima. Esta vez no.—Papá…—Prométemelo.—Te lo prometo.Ricardo apretó sus dedos y volvió a cerrar los ojos. Sofía salió al pasillo con las manos heladas y empezó a caminar de un lado a otro frente a la puerta.—Si algo sale mal…—Nada va a salir mal —dijo Luciano—. El médico está dentro, mis hombres en cada puerta y papá sabe lo que tiene que hacer. Hay un micrófono bajo la cama. Todo lo que diga Franco quedará grabado.—Tiene que parecer que se está murie
Regresaron a la mansión cuando ya había anochecido. Ferraro viajaba en el segundo auto, rumbo a una casa segura, con dos de los hombres de Luciano vigilándolo sin perderlo de vista.Sofía bajó con la concha todavía entre las manos. Se la entregó a Mía en el recibidor.—Es para Giorgio. Dile que la encontré yo, en la orilla.—Se va a poner feliz. —Mía la miró con atención—. Tú no estás bien.—Después te cuento.Luciano la esperaba al pie de la escalera que llevaba al ala médica.—¿Estás segura de querer hacerlo hoy?—No puedo seguir callando. Las mentiras y el silencio han destruido a esta familia. Él tiene derecho a saberlo.—Los médicos dicen que su corazón está mejor, pero cualquier impresión fuerte…—Lo sé. Por eso quiero ser yo quien se lo diga.—¿Quieres que entre contigo?—No. Esto me toca a mí.Luciano la abrazó un instante y la dejó subir sola.El pasillo del ala médica olía a desinfectante y a silencio. La enfermera de turno levantó la vista cuando Sofía se acercó a la puerta
Salieron de la ciudad antes del amanecer. Luciano conducía en silencio, con las dos manos en el volante, y detrás los seguía un segundo auto con los hombres de confianza.Sofía miraba por la ventanilla sin ver nada. Había intentado dormir un rato y no lo había conseguido. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver el rostro de su madre.—Estás muy callada —dijo Luciano cuando llevaban dos horas de camino.—Estoy pensando en mamá.—Yo también.—Murió sin saber la verdad. Y yo no pude despedirme de ella. —La voz se le quebró—. Ni siquiera sé si me perdonó antes de morir.—Mamá nunca dejó de quererte. Ni un solo día.—No lo sabes.—Lo sé porque yo la veía. Se sentaba junto a la ventana, mirando la calle, como si esperara que aparecieras. Cada vez que sonaba el timbre, se levantaba de golpe. —Luciano tragó saliva—. Y cada vez volvía a sentarse sin decir nada.Sofía se tapó la boca para no gritar.—Perdóname. No debí contártelo así.—No. Quería saberlo. —Respiró hondo—. Hoy puede que empe
Alexander llegó a la oficina antes que nadie. Casi no había dormido, y la voz de Giorgio seguía dando vueltas en su cabeza como una canción que no se puede dejar de tararear.Nicolás entró a las nueve con dos cafés y la carpeta del día.—Tienes mala cara —dijo, dejando un vaso sobre el escritorio—. ¿Otra noche en vela?—Hablé con el niño.Nicolás se quedó con el vaso a medio camino de los labios.—¿Con Giorgio?—Contestó el teléfono de Sofía. Estuvimos hablando casi cinco minutos. De la escuela, de su amigo, de cualquier cosa.—¿Y ella?—Me colgó. Me pidió que no vuelva a llamar a ese número.—Era de esperarse. Después de la reunión del otro día, que te contestara habría sido un milagro.—Yo no lo busqué. Fue él quien contestó.—Lo sé, pero para ella da igual.Alexander se levantó y caminó hasta la ventana.—Me dijo que él hablaba conmigo cuando yo quisiera. Así, sin más, como si me conociera de toda la vida.—Es un niño cariñoso.—No es solo eso. —Alexander se pasó la mano por el ros







