LOGIN—¿Sigues aquí?
Alexander ni siquiera levantó la mirada de la pantalla. Llevaba más de una hora revisando los informes financieros del trimestre y todavía tenía varios documentos pendientes sobre el escritorio. —Tengo trabajo, Nicolás. Si viniste a buscarme para salir, tendrás que hacerlo sin mí. Nicolás soltó una risa y se acercó al pequeño bar junto a la ventana. Se sirvió un poco de whisky antes de acomodarse frente al escritorio. —Tienes una obsesión y sigues llamándola trabajo. No es lo mismo, amigo mío. Alexander continuó leyendo los documentos como si no hubiera escuchado. —Si tienes algo que decirme, dilo de una vez. No tengo toda la noche. —Eso es precisamente lo que me preocupa. Llevas seis años diciendo que no tienes tiempo para nada que no sea la empresa. Alexander finalmente levantó la mirada. —No empieces. —No he dicho su nombre. —No hace falta. Sé perfectamente de quién estás hablando y ya te dije que no quiero hablar de ella. Nicolás bebió un sorbo de su whisky y lo observó durante unos segundos. No era la primera vez que intentaba hablar con Alexander sobre aquel tema, pero cada vez que mencionó el nombre de Sofía, la expresión de su amigo cambiaba por completo. —Yo tampoco quiero hablar de Sofía. Estoy hablando de ti. Ella se fue hace seis años y, que yo sepa, se llevó sus maletas, no tu vida entera. Desde entonces no has vuelto a una fiesta, no has salido de vacaciones y ni siquiera te has acercado a otra mujer. Empiezo a pensar que, además de llevarse sus maletas, también se llevó tu virilidad. La mirada de Alexander se volvió peligrosa. —Cuidado con lo que dices. —Digo lo que todos pensamos y nadie se atreve a decirte en la cara. Para castigarte así, mejor le hubieras dado la oportunidad de explicarse, pero como siempre te ganó el orgullo. Alexander cerró la computadora y se recostó en su silla. Durante unos segundos permaneció en silencio, observando a Nicolás con una expresión que dejaba claro que su paciencia estaba llegando al límite. —¿Terminaste? —Casi. Solo quería comprobar cuánto tardabas en enfadarte. Ahora que ya tengo la respuesta, podemos hablar de algo que sí puede interesarte. —Entonces habla. La sonrisa de Nicolás cambió. Dejó el vaso sobre la mesa y sacó una carpeta de su maletín. —SWR Technologies. Alexander tomó la carpeta y comenzó a revisar los documentos. —¿La compañía de ciberseguridad? —La misma. Han desarrollado una tecnología que podría cambiar por completo el mercado. Se llama Nexus y combina sistemas de cifrado con un procesamiento de datos que ninguna de las compañías que hemos estudiado ha conseguido replicar. Alexander pasó varias páginas mientras Nicolás continuaba explicando los detalles. —Tres de las empresas tecnológicas más importantes del país intentaron comprar los derechos y las rechazaron. Ni siquiera aceptaron negociar una venta parcial. —¿Quién está detrás de Nexus? —Ahí es donde la historia se pone interesante. Nicolás señaló una de las hojas. —La patente original pertenece a Giuliana Bianchi. Alexander detuvo el movimiento de sus manos. —La princesita Bianchi. —Exactamente. Le dicen así por su apellido, pero se lo ganó de verdad cuando empezó a destacar en tecnología siendo apenas una niña. A los catorce años ya había creado sistemas que dejaron impresionados a ingenieros con décadas de experiencia. Alexander volvió a mirar el informe. El nombre de Giuliana Bianchi aparecía varias veces acompañado de cifras, patentes y contratos que convertían aquella empresa en una oportunidad demasiado grande para ignorarla. —¿Y ahora? —Desapareció. —¿Desapareció cómo? —De la vida pública. No concede entrevistas, no aparece en conferencias y nadie ha conseguido una fotografía reciente de ella. Algunos dicen que vive fuera del país; otros creen que simplemente decidió desaparecer y dejar que su empresa hablara por ella. Alexander cerró la carpeta lentamente. —Pero SWR sigue creciendo. —Y bastante. Por eso quiero que consigamos ese contrato antes de que otra compañía se nos adelante. —Quiero una reunión con ellos. Nicolás sonrió. —Sabía que dirías eso. También supuse que querrías el contrato de distribución. —No me conoces tan bien como crees. —Te conozco demasiado bien. Cuando ves una oportunidad de negocio, no la sueltas hasta conseguirla. Alexander ignoró el comentario. —¿Puedes conseguir la reunión? —Puedo intentarlo, pero no será sencillo. Hay empresas con mucho más dinero que nosotros intentando acercarse a ellos desde hace meses. —Entonces tendremos que encontrar otra manera. Nicolás se quedó observándolo con una sonrisa divertida. —Por eso hice algo mejo. —¿Qué hiciste? Nicolás sacó su teléfono del bolsillo y lo dejó sobre el escritorio. —Conseguí el número de teléfono de Giuliana Bianchi. Alexander miró el teléfono unos segundos antes de extender la mano. —Dámelo. Nicolás lo retiró justo antes de que pudiera tomarlo. —Primero admite que, por una vez, mi existencia resulta bastante útil. —Nicolás, llevo años soportando tus estupideces. No abuses de mi paciencia. Nicolás soltó una carcajada y finalmente dejó el teléfono frente a él. —Llámala. Si conseguimos hablar directamente con Giuliana, quizá tengamos la oportunidad de cerrar el negocio antes que todos los demás. Alexander tomó el teléfono y observó aquel número desconocido en la pantalla. No sabía quién era Giuliana Bianchi ni qué clase de mujer encontraría al otro lado de aquella llamada. Lo único que sabía era que Nexus podía convertirse en uno de los negocios más importantes de Sterling Company en los últimos años. Y Alexander nunca había sido un hombre dispuesto a dejar escapar una oportunidad. — — — —Mamá, vas a llegar tarde otra vez. Sofía levantó la mirada de la pantalla de su computadora y encontró a su hijo frente a ella, con la mochila puesta y los brazos cruzados. —¿Desde cuándo eres tú quien controla mi horario? —Desde que prometiste que hoy ibas a llevarme al colegio. Mia, sentada en el sofá con una taza de café, soltó una carcajada. —Tiene razón. Ese niño ya aprendió a reclamarte las promesas. —No lo animes —respondió Sofía, cerrando la computadora con un suspiro—. Dame cinco minutos. —Eso dijiste hace veinte minutos. —Es que esto no se cierra solo, Giorgio. Hay tres empresas esperando que les confirme la implementación esta semana. —Las empresas pueden esperar. Yo no. Mia casi escupió el café. Se limpió con el dorso de la mano, todavía riendo. —Ese niño te va a manejar mejor que cualquier junta directiva. – Y tú tienes la culpa por consentirlo tanto. No siempre tienes que ser la tía perfecta. Sofía sonrió a pesar de sus regaños. No podía estar más agradecida con ella. Cuando se fue del país, Mia había dejado todo para acompañarla. Había sido su mejor amiga durante los momentos más difíciles y también había estado a su lado durante el parto, gritándole a todo pobre médico que pasaba por la sala que hiciera algo porque Sofía estaba sufriendo demasiado. Desde entonces, Mia había tratado a Giorgio como un hijo. Incluso había sido ella quien terminó eligiendo su nombre y quien lo había mimado tanto que, algunas veces, Sofía pensaba que tenía una pequeña copia de Mia frente a ella. —Está bien, pequeño jefe. Vamos. —¿Y el chocolate que prometiste para el recreo? —Giorgio... —Fue una promesa, mamá. Mia soltó otra carcajada. —Dale el chocolate, Sofía. No puedes negociar con un ejecutivo de seis años. Sofía negó con la cabeza, abrió uno de los cajones y sacó el chocolate que había comprado la tarde anterior. —Toma. Pero no le digas a nadie que gano todas las juntas de informática, pero pierdo todas contigo. —Trato hecho. Giorgio tomó su mochila y se acercó a la puerta, pero antes de salir, el teléfono de Sofía emitió una notificación. El nombre que apareció en la pantalla hizo que se quedara completamente inmóvil. Alexander Sterling. Durante unos segundos, Sofía no pudo apartar la mirada del teléfono. Habían pasado seis años desde la última vez que había visto aquel nombre aparecer frente a ella y, aunque se había repetido cientos de veces que ya no significaba nada, su cuerpo reaccionó antes que su razón. Sus dedos temblaron cuando finalmente abrió el mensaje. Señorita Giuliana Bianchi, soy Alexander Sterling, presidente de Sterling Company. Me interesa conversar con usted sobre una posible alianza comercial. Estoy interesado en Nexus y estoy dispuesto a ofrecerle un acuerdo muy beneficioso. Sofía leyó el mensaje dos veces. No podía creer que, después de seis años, Alexander hubiera conseguido encontrarla precisamente por aquello que había construido lejos de él. Mia nota el cambio en su expresión. —¿Qué sucede? Sofía apagó la pantalla. —Nada. No quería explicarlo todavía. Había pasado demasiado tiempo construyendo una nueva vida como para permitir que un simple mensaje del pasado alterara todo lo que había conseguido. Volvió a mirar el teléfono y comenzó a escribir. Sus dedos todavía temblaban, pero cuando envió la respuesta, cada palabra sonó tan firme como si nunca hubiera dudado. No tengo interés en hacer negocios con usted, señor Sterling. No vuelva a contactarme. Pensó que con eso terminaría la conversación. Pero el teléfono volvió a vibrar casi de inmediato. No acostumbro aceptar una negativa sin conocer las razones. Si las condiciones de mi propuesta no son de su agrado, estoy dispuesto a negociarlas. Nexus es demasiado importante para dejar pasar una oportunidad como esta. Sofía observó la pantalla en silencio. Alexander Sterling seguía creyendo que podía conseguir todo lo que se proponía. Pero esta vez no sabía con quién estaba tratando. Y, sobre todo, no sabía que la mujer detrás de Nexus era la misma esposa a la que había expulsado de su vida seis años atrás.—Pero qué desgraciado...Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era untiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaronblancos.—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojerasdelataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Losmédicos dijeron que ya estaba estable, no debería...—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardandoel teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.—¿De Alexander?Sofía parpadeó, sorprendida.—¿Cómo lo sabes?—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa mane
Capítulo 8 — Obsesión sin treguaAlexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de SterlingCompany en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era uncaos.Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces,el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos enel vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre unode los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos.La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Eseniño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba vivientede su traición.La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró aldespacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo.—Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puer
Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas devisitar ,Sterling.Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.—Yo tampoco.Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia elinterior del apartamento.Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando ladirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas misfuerzas... es que se haya equivocado.La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de sedapegada a su cuerpo.Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente de
Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendoel sudor frío en las palmas.—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahorapretendes que actúe como si no pasara nada.En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoróla primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes ymiró la pantalla con fastidio.Mamá.—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.El teléfono volvió a vibrar.—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con lamirada una salida.—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.Pero Victoria no parecía dispuesta a rendir
Alexander observó al pequeño, atrapado entre el desconcierto y una repentina curiosidad.La seguridad con la que le reclamaba por su falta de atención no era algo común.—¿Y tú siempre le hablas así a los desconocidos, enano? —preguntó, cruzándose debrazos, divertido por la osadía.—Solo cuando se lo merecen —respondió Giorgio, acomodándose los tirantes de lamochila—. Y no me digas enano. Mi nombre es Giorgio.Una ligera e inexplicable punzada le recorrió el pecho al escuchar el nombre, pero ladescartó de inmediato. El mundo estaba lleno de niños llamados así.—De acuerdo, señor Giorgio. Yo soy Alexander —replicó, permitiéndose una leve sonrisaque suavizó sus facciones habitualmente rígidas—. ¿Y se puede saber por qué caminassolo por aquí? ¿Estás perdido?—No estoy perdido. Sé exactamente lo que tengo que hacer —contestó con firmeza,inflando el pecho—. Mi mamá me enseñó el protocolo de seguridad. Me dijo que si nosseparábamos, debía buscar una posición fija, mantener la calma y
Sofía contempló la imponente estructura de cristal de la corporación Bianchi que selevantaba hacia el cielo. El aire de la ciudad era el mismo y las calles seguían llenas delmovimiento frenético de siempre. Para ella, sin embargo, regresar significaba pisar elterritorio que le había destrozado la infancia y la juventud.—¿Segura de querer hacer esto hoy mismo, Sofía? —preguntó Luciano a su lado,ajustándose los espejuelos con gesto preocupado.—No vine a perder el tiempo, Luciano. Mia y Giorgio ya están instalados en el apartamentodel centro,nada mas termine lo que vine hacer me marcho ,esta ciudad me trae muy malosrecuerdos.—Lo sé. Y te agradezco más de lo que puedo decir.— Ahora me toca a mí poner las cartas sobre la mesa antes de que tío Franco destruya lopoco que queda de esta familia.Sofía avanzó hacia el vestíbulo con paso firme.Cuando entró en la sala de reuniones del último piso, las conversaciones se cortaron degolpe. Varios accionistas ya la esperaban alrededor de







