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CAPÍTULO 4: El regreso

作者: Gaela Nakpil
last update publish date: 2026-09-11 03:40:11

Sofía contempló la imponente estructura de cristal de la corporación Bianchi que se

levantaba hacia el cielo. El aire de la ciudad era el mismo y las calles seguían llenas del

movimiento frenético de siempre. Para ella, sin embargo, regresar significaba pisar el

territorio que le había destrozado la infancia y la juventud.

—¿Segura de querer hacer esto hoy mismo, Sofía? —preguntó Luciano a su lado,

ajustándose los espejuelos con gesto preocupado.

—No vine a perder el tiempo, Luciano. Mia y Giorgio ya están instalados en el apartamento

del centro,nada mas termine lo que vine hacer me marcho ,esta ciudad me trae muy malos

recuerdos.

—Lo sé. Y te agradezco más de lo que puedo decir.

— Ahora me toca a mí poner las cartas sobre la mesa antes de que tío Franco destruya lo

poco que queda de esta familia.

Sofía avanzó hacia el vestíbulo con paso firme.

Cuando entró en la sala de reuniones del último piso, las conversaciones se cortaron de

golpe. Varios accionistas ya la esperaban alrededor de la enorme mesa de caoba. Franco

Bianchi, sentado cerca de la cabecera con una postura arrogante, ni siquiera intentó ocultar

su desprecio al verla entrar.

Sofía no esperó a que le ofrecieran un asiento. Caminó directo al extremo opuesto de la

mesa, dejó su maletín de cuero negro sobre la superficie y barrió la sala con una mirada

que hizo que más de un inversionista bajara la vista.

—Veo que todos recibieron la notificación de mi regreso.

Franco soltó una risa seca, reclinándose en su silla con suficiencia.

—Vaya, vaya. Miren quién decidió aparecer después de una década entera escondida.

—provocó Franco, mirándola de arriba abajo—. Sobrina... o como sea que te hagas llamar

ahora. Antes de que pretendas tomar la palabra en este consejo, aclaremos tu autoridad

aquí. El nombre legal en el testamento de mi hermano es Giuliana Sofía Bianchi Moretti.

¿Quién eres tú para exigir un voto en una empresa que ha funcionado perfectamente sin ti?

Los murmullos de aprobación de los accionistas aliados a Franco no se hicieron esperar.

Sofía, lejos de inmutarse, sonrió con sutil arrogancia y apoyó ambas manos sobre la mesa

de caoba. —Sofía Moretti —corrigió de inmediato—. Me cambié el nombre legalmente hace diez años,

el día en que decidí borrar tu apellido de mi vida. Pero veo que tu ambición te ha vuelto un

analfabeto corporativo, tío Franco. No vine aquí a pedir un voto basado en el testamento de

mi padre. Vine como la fundadora, presidenta y dueña absoluta de SWR Technologies.

Franco Bianchi frunció el ceño, y la sonrisa se le empezó a borrar del rostro.

—No me vengas con tecnicismos, Sofía. Tú creaste el software original de SWR cuando

trabajabas para nosotros siendo una adolescente. Esa tecnología y su patente pertenecen a

los activos de la familia Bianchi porque se financió en nuestros laboratorios —intervino uno

de los accionistas mayores, intentando ponerse del lado de Franco.

Sofía se giró hacia él, abriendo su maletín con una parsimonia que aumentó la tensión en la

sala. Sacó un documento legal con sellos internacionales y lo deslizó sobre la madera.

—Ese es tu primer error de cálculo, caballero —replicó Sofía, desarmando al accionista con

una mirada implacable—. Hace diez años, cuando trabajaba para ustedes como la

heredera, creé un código base que efectivamente se quedó en sus servidores. Pero lo que

la corporación Bianchi utiliza hoy para proteger sus finanzas no es ese código viejo. El

sistema Nexus, el cifrado de ciberseguridad que mantiene a flote sus contratos

internacionales y que todas las grandes firmas del país se mueren por comprar, fue

desarrollado, financiado y registrado de manera independiente por mi propia empresa en el

extranjero. Los Bianchi no tienen un solo derecho legal sobre Nexus, ni sobre mi compañía,

ni sobre mi tecnología.

Franco se puso de pie de golpe, golpeando la mesa con el puño, con el rostro encendido

por la furia.

—¡Estás usando los secretos de nuestra empresa para chantajearnos! ¡Esa patente es

nuestra!

—Esa patente es mía —lo cortó Sofía, elevando la voz lo justo para imponer su autoridad—.

Y aquí está la realidad financiera que tu ambición no te deja ver, querido tío. Tu facción en

este consejo planeaba ejecutar un golpe corporativo esta mañana, aprovechando la

enfermedad de mi padre, para consumar la destitución de Luciano y nombrarte

administrador temporal. Pensabas que con la toma de control de la corporación Bianchi

tendrías el poder absoluto.

Sofía dio un paso hacia el frente, acortando la distancia con su tío.

—Pero te olvidaste de un pequeño detalle legal: la cláusula de rescisión por inestabilidad de

la junta. El contrato de soporte técnico de Nexus vence este viernes. Si intentas mover un

solo voto en contra de mi hermano, SWR Technologies revocará la licencia de uso y

suspenderá las actualizaciones de seguridad de sus servidores de inmediato. Dejaré a la

corporación Bianchi completamente desprotegida frente a sus clientes extranjeros antes de

que termine el día. No vine a quitarle el puesto a Luciano; vine a dejarte claro que si tocas a

mi hermano, bloquearé tu acceso técnico y hundiré tu preciada empresa desde mi propia

mesa de negociaciones. El silencio que cayó sobre la sala de juntas fue devastador. Los accionistas que antes

apoyaban a Franco comenzaron a revisarse las manos, asustados por la demostración de

poder financiero y técnico de la mujer. Franco miró los documentos en la mesa con el rostro

desencajado, dándose cuenta de que estaba acorralado por una empresa externa de la que

no tenía forma de defenderse.

Luciano, sentado a un lado, carraspeó para ocultar su absoluta satisfacción. Observó a su

hermana con una mezcla de orgullo y asombro; ya no quedaba nada de la niña que lloraba

en el pasillo de la mansión por su madre. Sofía habia regresado convertida en una fuerza

independiente, capaz de poner de rodillas al imperio familiar en cinco minutos mediante

respuestas letales.

—Si no tienen las agallas ni los argumentos legales para rebatir mis términos, les

recomiendo que se callen y empecemos a firmar la renovación del soporte bajo las

condiciones de mi compañía —

— — —

Mientras la confrontación en la empresa Bianchi se extendía por varias horas en los pisos

ejecutivos, en el centro comercial más exclusivo de la ciudad, Mia caminaba por los pasillos

llevando a Giorgio de la mano. El pequeño observaba las luces del lugar con fascinación,

sosteniendo firmemente su dinosaurio de plástico.

—Tía Mia, ¿viste ese cartel? Tiene un tiranosaurio rex gigante —dijo el niño de seis años,

señalando una tienda con entusiasmo.

—Lo vi, campeón. Pero recuerda lo que prometiste antes de salir: nada de correr y nada de

alejarse de mi lado. Si te portas como el hombre responsable que eres, buscaremos el

helado de chocolate que te prometí.

Giorgio entornó los ojos con una madurez divertida que le había copiado exactamente a

Sofía.

—Siempre cumplo mis promesas, tía. Soy un niño muy responsable.

—Sí, claro, un ejecutivo en miniatura. Espera aquí junto a esta columna de mármol. No te

muevas ni un centímetro. Iré al puesto de la esquina a comprar el helado y regreso en un

segundo.

—Trato hecho. Aquí me quedo.

Mia caminó los pocos metros que la separaban del puesto de dulces. Giorgio permaneció

de pie, golpeando suavemente su juguete contra el mármol mientras esperaba.

Sin embargo, la distracción llegó pronto. Un hombre disfrazado con un enorme traje de oso

pasó caminando cerca de él, cargando un letrero brillante que anunciaba la inauguración de

una tienda de videojuegos en el piso superior. Fascinado por las luces del letrero, Giorgio dio un par de pasos hacia adelante para verlo mejor. Luego dio otros dos. El oso avanzaba

rápido y el niño lo siguió por el pasillo principal, maravillado por el espectáculo.

Cuando el oso subió por las escaleras mecánicas y Giorgio decidió que era momento de

regresar con Mia, se dio la vuelta. Todas las columnas del enorme pasillo se veían

exactamente iguales. Miró a ambos lados, pero la figura de su tía Mia no aparecía por

ningún lado.

Recordando los estrictos consejos que Sofía le daba cada vez que salían, Giorgio decidió

no correr ni asustarse. Sabía que debía buscar a alguien que trabajara en el lugar y

mantener la calma. Con las manos firmes en los tirantes de su mochila, comenzó a caminar

con paso decidido buscando un guardia de seguridad o el módulo principal.

Iba tan concentrado en su búsqueda que, al doblar una esquina cerca de la fuente central,

chocó de frente contra las piernas de un hombre alto que avanzaba a paso veloz mientras

revisaba su teléfono celular. El impacto hizo que Giorgio tambaleara hacia atrás, aunque

logró mantener el equilibrio.

El hombre se detuvo en seco, bajó el teléfono con evidente fastidio y miró al pequeño

intruso que se había interpuesto en su camino.

—Ten más cuidado, enano —dijo Alexander Sterling, con ese tono cortante que solía

intimidar a sus empleados—. Mira por dónde caminas, podrías tumbar a alguien.

Giorgio se acomodó la mochila, levantó la cabeza sin una pizca de miedo y observó al

imponente CEO de Sterling Company con una mirada de absoluta desaprobación infantil.

—Tú también deberías tener más cuidado —le reclamó el niño, cruzándose de brazos—. No

puedes caminar por un lugar lleno de gente mirando el teléfono. Es peligroso. Podrías

lastimar a un niño.

Alexander se quedó mudo por un segundo. No estaba acostumbrado a que nadie, y mucho

menos un niño que apenas le llegaba a la cintura, le hablara con semejante osadía. Guardó

el teléfono en el bolsillo de su saco y se agachó levemente, intrigado por el carácter del

pequeño. Aquel niño tenía una forma de fruncir el ceño que le resultó extrañamente familiar,

despertando algo en su pecho que no logró comprender. 

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