LOGINMi esposo, comandante del batallón, me prometió que solo acompañaría noventa y nueve veces a su “amor de juventud”, Paula Ferrer, cuando su depresión se descontrolara. Pero cuando terminé de contar las noventa y nueve veces, lo vi abrazándola, él la sostenía fuertemente entre sus brazos. Después de eso, dejé de llorar y de intentar detenerlo cada vez que iba a buscarla. Solo le pedí un amuleto de protección como regalo para el hijo que estaba por nacer. Cuando mencioné al bebé, su expresión se suavizó un poco, era suave y tierna. —Espérame, volveré e iré contigo al hospital para el control prenatal. Yo solo asentí obediente. No le dije que, diez días atrás, ya había presentado la solicitud de divorcio en el registro civil. Ahora, estamos divorciados.
View MorePaula, por seguir negándose a pedir disculpas, causó un escándalo en el hospital y se la llevaron a la comisaría.Al llegar a la comisaría, Daniel estaba sorprendentemente tranquilo. Desde que leyó mi carta, empezó a reflexionar. Pensó mucho en todo lo relacionado con Paula… y conmigo.Cuanto más pensaba, más ansioso se sentía, y más molestia le provocaba Paula. Pero solo con pensar que ella estaba enferma, debía contener toda esa molestia en su interior, y eso lo hacía sentir todavía peor.También quería encontrarme, y volver a estar junto a mi, quería expiar sus errores. Pero yo ya había dicho que no quería volver a verlo.Él pensaba que al Paula intentar suicidarse, era lo que le causaba dolor y le hacía sentir mal. Pero ahora sabe que, lo que más le causa dolor, es mi partida. Pero ya era demasiado tarde.El jefe de la comisaría era un antiguo compañero suyo y, al enterarse por qué había venido,, rápidamente le explicó lo que había sucedido.Aunque el hospital había denunciado
Pero todo aquello ya no tenía nada que ver conmigo. Mientras tanto, Daniel ya había regresado a la casa.—¡Claudia! ¡Claudia! ¡Me equivoqué, Claudia! ¡Lo siento! ¡Ya compré el amuleto que querías! ¡Claudia!Pero, por más que gritara, nadie respondió. Sintió que el pecho se le apretaba y el pánico lo golpeó de repente. En la sala… la cocina… el dormitorio… Nadie, no había nadie.De pronto , como si hubiera recordado algo, abrió el armario. Vio que faltaba la mitad de la ropa. Todas mis cosas habían desaparecido, solo quedaba un vestido rojo.Era el mismo que me había comprado cuando nos casamos. En ese año yo tenía diecinueve, y le dije en ese entonces:—Daniel, cuando nos casemos, ¿podrías comprarme un vestido rojo? Mi mamá dice que la novia debe vestir de rojo el día de la boda, así el matrimonio será feliz y duradero.Daniel me prometió que lo compraría.Y yo cumplí mi deseo, llevé aquel hermoso vestido rojo en nuestra boda. Pero nuestro matrimonio nunca conoció lo que era la
Paula se agachó de inmediato, intentando cubrir la pulsera en su tobillo.—No… no es nada…Daniel frunció el ceño, y con la mirada penetrante le dijo:—¿Dónde está el amuleto de protección que te pedí que guardaras? ¡Sácalo!Ella bajó la mirada, culpable, sin atreverse a mirarlo a los ojos:—Daniel… solo es un amuleto de protección, yo…—Te lo digo por última vez, ¡sácalo!Daniel la miraba, con la ira acumulándose en su mirada.Finalmente, Paula se puso nerviosa. Se levantó y, dio unos pasos hacia atrás, incómoda, dejando al descubierto el amuleto en su tobillo. Símbolos de buena suerte y de bendición… idéntico al que había comprado Daniel.Él se le abalanzó de repente, arrancándole el amuleto del tobillo, y lo agarraba con tanta fuerza que los dedos se le hundían en la palma de la mano.—Enfermera, dijiste que… Claudia había venido, ¿verdad?Clara frunció el ceño:—¿Cuál Claudia? ¿Claudia Vega? Sí, ella vino. Cuando caminaba por el pasillo la vi salir de esta habitación y,
Si hubiera sido apenas un poco más arriba, le habría dado en el ojo.—Carla, ¿qué pasó?Mientras cuidadosamente, le limpiaba y desinfectaba la herida con algodón la jefa de enfermeras le preguntó preocupada.Carla Ríos, había ingresado al hospital ese mismo año; apenas ni tenía diecinueve años y además todavía era soltera. Pero ahora tenía una herida en el rostro, si por casualidad le quedara una cicatriz, incluso podría afectarla en su futuro a encontrar una pareja.Carla también lo sabía. Así que al ver a la jefa de enfermeras, enseguida habló con los ojos enrojecidos:—Licenciada Romero, fue ella quien me lanzó algo. —Señaló a Paula, casi a punto de llorar y con un gesto dolido. El semblante de la jefa de enfermeras cambió a uno más autoritario y exigió una respuesta a Paula, la paciente.—Señora, ¿no piensa explicarse? Estamos en una sociedad moderna. Herir a alguien sin ningún motivo implicaría asumir responsabilidades por los daños provocados. En ese momento, Paula ya se






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